Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XII
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Jeanne XII

J amás nadie me había regalado nada. Ni los vestidos que cubrían mi piel, ni las joyas que adornaban mi cuello, ni siquiera los libros que alimentaban mi mente me pertenecían. Todo —absolutamente todo— lo que me rodeó desde que tuve conciencia de mí misma pertenecía a la Nueva Fronda.

Incluida yo.

Una vez, cuando Ferdinand y yo éramos apenas unos adolescentes y nos acababan de trasladar por enésima vez para mantenernos seguros, él había encontrado en el granero del castillo una bonita gata blanca.

Ferdinand, al igual que yo, no tenía amigos, por lo que trajo la gata corriendo a mi habitación.

Durante unos pocos días, logramos ocultarla de la familia frondera que nos había acogido. Hasta que la descubrieron.

Nos la arrebataron de inmediato.

A Ferdinand lo obligaron a llevar la máscara de hierro durante una semana entera, como recordatorio de quién era, de dónde venía y a quién debía obediencia. A mí… Ojalá pudiera decir que solo me marcaron la espalda con el látigo.

Pero el castigo más profundo no fue físico. Fue comprender que no teníamos derecho al afecto, que no podíamos permitirnos vínculos, ternura, propiedad alguna. Ni siquiera el amor de una simple gata.

Nada .

Excepto la causa.

Excepto la obediencia.

Excepto la lucha.

Desde entonces, jamás había aspirado a poseer nada que fuera mío.

Louis, de un plumazo, cambió eso. Con ese caballo —con ese regalo, tan bello, tan inesperado— me estaba diciendo que yo también podía ser elegida por mí misma.

Y eso me asustó más que cualquier castigo de mi infancia.

Vomité en cuanto logré llegar a mi habitación. Eché a Coline a toda prisa y me incliné sobre la bacinilla hasta quedar vacía de todo, incluido aquel reducto de sentimentalismo que Louis me había hecho sentir con un simple regalo.

—Ese caballo, que vale más que la vida de diez franceses, lo ha pagado la sangre del pueblo —me repetí, una y otra vez, en un susurro que la luz de aquella mañana se llevó con ella hasta convertirlo en motas de polvo.

Corrí las cortinas y di orden a Coline de no molestarme hasta la hora de la cena. No quería acudir a los salones, no quería pasear por los jardines. Lo único que deseaba era fundirme con las sombras y desaparecer en la nada.

Aún estaba trastornada cuando el Vigilante abrió la puerta sin llamar y se coló en la penumbra que yo misma había creado como refugio.

—Louis te ha regalado un valioso corcel. Buen trabajo, Jeanne.

—Marchaos.

—¿Me estás dando una orden?

—Sí. Esta es mi habitación y no podéis colaros cuando os plazca. Cualquiera podría veros y pensar que somos amantes o…

—Nadie sospecha de mí, querida mía —me interrumpió, con una fría sonrisa en su atractivo rostro—. Mi familia es fiel a la corona desde hace siglos. Nuestro historial está completamente limpio de traiciones.

No dije nada. ¿Qué podía decir, si tenía razón?

La familia líder que sustentaba la sublevación de la Nueva Fronda era, en apariencia, fiel a la corona.

Sabíamos poco de ellos, excepto que el Orfebre había sido consejero de Louis XIII hasta poco antes de su muerte.

Jamás nos habían contado el motivo real de su caída en desgracia en la corte porque tampoco nos debían explicación alguna.

Una vez, tras una de sus lecciones amorosas, el Orfebre me había contado que, al abandonar la corte del Louvre, había jurado destruir el linaje del viejo y crear una Nueva Francia en manos de Ferdinand.

Cuando me atreví a preguntar qué daño le había hecho Louis XIV, tan solo me llevé un bofetón que me cruzó la cara. Jamás volví a preguntar.

Fue Ferdinand al que se le escapó el verdadero motivo del odio del Orfebre a la familia real: fueron apartados de la corte por la mala gestión de sus tierras.

El viejo monarca les quitó gran parte de ellas y, con ese gesto, los humilló públicamente.

Tras su subida al trono, Louis XIV no restableció su fortuna, lo que acrecentó el odio del Orfebre.

Pero el Orfebre estaba muerto y su hijo era el flamante líder de la Nueva Fronda, y yo me hallaba a su merced.

—Ven aquí.

—No.

—He dicho que vengas. No me obligues a hacerte daño .

Aquella frase activó los antiguos miedos, arraigados dentro de mí tras años de inclinar la cabeza y obedecer para evitar los castigos corporales, por lo que me incorporé y abandoné la cama.

Cada paso que di hacia él me sirvió para reconstruir mi máscara de falsedad y evitar que el Vigilante pudiera descubrir cómo me había afectado el gesto de Louis.

Para cuando llegué a su lado, volvía a ser Jeanne, una de las Semillas que echaría raíces en la tierra de tiranía cultivada por el Rey Sol.

—Los salones rebosan de habladurías sobre ti, querida.

—¿Sí? —dije, fría como el hielo.

—Y tú, misteriosa y distante, les niegas tu presencia.

Lo que no hace más que crecer el deseo de conocerte.

Realmente eres buena, sí que lo eres. —El Vigilante tomó mi cara con su mano, apretando mis mejillas con dedos de hierro y me obligó a sostenerle la mirada—.

¿Cuánto crees que tardarás en meterte en la cama de Louis?

—Si quisiera, esta misma noche sucumbiría a mis encantos. Pero, según se me ha enseñado, Louis se cansa de todos sus caprichos si estos consienten a la primera de cambio.

—Así es.

—En ese caso, debo llegar primero a su corazón y no a su entrepierna —repliqué, y los dedos del Vigilante se clavaron más en mi carne.

—Cuidado, Jeanne. Al rey le gusta el descaro femenino. A mí, no tanto.

Me soltó de golpe y yo me mantuve inmóvil, intuyendo que no había terminado conmigo. Se acercó a una mesita donde Coline había dejado una jarra de vino tinto y un par de copas. Se sirvió una y bebió lentamente, sin prestarme atención. No me ofreció la otra copa.

Tras un par de minutos de silencio, continuó hablando.

—Mi padre y yo discrepábamos ligeramente sobre cómo debía funcionar la Nueva Fronda.

Era un viejo idealista que pertenecía al siglo pasado, Jeanne.

Pero ahora, bajo mi mando, veremos caer a Louis XIV —dijo, sin prestarme demasiada atención, como si hablase más para sí mismo—.

En mi opinión, fue una estupidez confiar en el duque de Humières, pues el muy cretino puso por escrito qué familias nobles escondían a Ferdinand y con eso las ha condenado a la cárcel y reducido nuestra capacidad de acción.

Y, también en mi opinión, fue otra estupidez introducir el veneno en la corte.

Le advertí que Gérald de la Reynie acabaría por encontrar a Le Sorcier y hacerle hablar.

Lo cierto —dijo, bebiendo otro buen trago— es que el capitán de los mosqueteros es un incordio.

Y un peligro para nuestros planes. Lo ideal sería comprarlo, pero me temo que es un hombre incorruptible.

—¿Queréis que lo seduzca?

Él negó con la cabeza.

—Incluso una belleza como tú fracasaría en esa misión. Como he dicho, Gérald es incorruptible. Eso incluye los encantos físicos de una dama.

—¿Vais a matarlo?

—No. Jamás me ensuciaría las manos de esa manera y mucho menos por un vulgar mosquetero. Pero tengo hombres fieles y valientes, dispuestos a acabar con lo que más aprecia el rey. Ese plan ya está en marcha.

—¿Os referís a los Hijos de Francia?

El Vigilante asintió.

—Una vez muerto el Delfín, Louis será más vulnerable a tu influencia.

Dejó la copa de vino y se limpió la boca con el dorso de la mano .

—Posiblemente, mi padre me diría que no debería contarle a una Semilla este tipo de cosas.

La Nueva Fronda siempre ha funcionado así, con información fragmentada para que nadie tuviera la tentación de soltar más de lo que debería.

Pero mi padre era estúpido y, además… ¿A quién se lo contarías tú, Jeanne? Estás sola.

Tragué saliva.

«Estoy sola».

—Y no eres nadie.

«Y no soy nadie».