Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XII
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Louis XII

A pesar de sus reticencias, Philippe había accedido a acompañarme en la partida de caza.

Aún estaba ligeramente resentido conmigo por varios motivos: se había visto impelido a abandonar su querido Saint-Cloud para regresar a Versalles, a pesar de que yo no se lo había ordenado; no aprobaba la presencia de Françoise en mi vida y odiaba que no cambiase de opinión respecto a la necesidad de eliminar de una vez por todas a nuestro hermanastro Ferdinand.

Y, por supuesto, no dejaba perder ocasión de demostrarme su malestar.

—¿Te das cuenta de lo que se rumorea en la corte, hermano? Muchos nobles temen que revoques el edicto de Nantes y te pongas a perseguir a los protestantes que ahora acoges en Versalles.

—Eso es una tontería —respondí. Philippe cabalgaba a mi lado, y sentía la presencia de Gérald de la Reynie, Raoul de Brissac, Stéphane de Valois y un puñado más de caballeros a nuestras espaldas.

No debíamos hablar de semejantes cosas con tantos oídos cerca—.

Dejemos esta conversación para un lugar más privado.

—Al infierno con eso. No puedes tirar por tierra lo que nuestro padre firmó y garantizó a los protestantes. Eres rey de todos los franceses.

—Sí, lo soy —repliqué, empezando a perder la paciencia.

—También del príncipe de las sombras.

Le hice callar con una sola mirada de advertencia. Philippe resopló, molesto, pero no dijo ni unapalabra más.

Las caballerizas reales aparecieron ante nosotros y con esa visión también llegó la de Jeanne de Lormagne. Aunque mantuve mi expresión neutra, no pude evitar una sonrisa interior, entre el corazón y el estómago, que nadie pudo ver.

Lucille y Aurore eran dos de las damas más bonitas de la corte, de eso no había duda, y junto a ellas, la belleza de Jeanne aún resplandecía más, pues parecía más relajada.

Anoche, en la cena, tuvo que ceñirse al papel que todos esperábamos de una dama que se sentaba por primera vez a mi mesa.

Ahora, al lado de Lucille y Aurore, se veía risueña, joven, tranquila.

Cuando nos detuvimos a su altura, las tres se inclinaron ante mí.

Hice un gesto a mis acompañantes para que desmontaran.

Cuando pisé tierra firme, saludé cortésmente a las tres damas.

Philippe no tardó ni medio segundo en acercarse a su esposa para besarla en la mano y luego en la mejilla, arrancándole un ligero rubor de felicidad.

En ese momento advertí que, mientras Aurore y Lucille vestían sendos trajes de amazona, Jeanne no.

—Pensaba que las tres ibais a montar a caballo por los bosques —dije, ladeando la cabeza.

Antes de que Lucille pudiera contestarme, Jeanne alzó el mentón y respondió:

—¿Siempre conocéis el paradero de todos vuestros vasallos, majestad?

—Solo de los que me interesan, madame.

—Debe ser agotador ser vos, pues.

Sonreí, y ella me devolvió la sonrisa .

Habérmela encontrado en las caballerizas me parecía una señal más del destino que me empujaba hacia Jeanne, pues desde anoche no había podido dejar de pensar en el hecho de que había tenido que dejar a su querida yegua en la tierra de los Lormagne.

—Quiero ofreceros algo.

—¿A mí? —se sorprendió.

—A vos —confirmé.

Mi séquito pareció expectante cuando eché a andar en dirección a los establos. Todos me siguieron. Di una única orden a uno de los mozos, quien se apresuró a cumplirla.

Le alargué la mano a Jeanne, y ella, tras un titubeo, me la aceptó. La acerqué a mí, sin dejar de mirar aquellos ojos verdes que me desconcertaban e intrigaban a partes iguales.

—Majestad, no entiendo…

—Ahora entenderéis.

Entonces, conducido por un mozo de cuadra, apareció el corcel.

Era un animal magnífico, de porte altivo y andar elegante.

Su pelaje palomino resplandecía bajo el sol como si estuviera hecho de oro bruñido, y la crin blanca, espesa y cuidadosamente trenzada, caía por su cuello como una cascada de nieve.

Se trataba de un caballo único, de un color singular y resplandeciente, poco común.

A mis espaldas, los hombres contuvieron un gesto de asombro ante semejante belleza.

—Es vuestro —dije, dirigiéndome a Jeanne—. Es una raza nueva que criamos aquí mismo, en Versalles, mezcla de sangre árabe y normanda, así que tiene un poco de vuestra tierra natal. En mi opinión, creo que es un animal tan bello como noble, y por eso mismo considero que os pertenece.

El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto.

Aurore se llevó una mano a los labios, sorprendida.

Philippe me miró de soslayo, sin decir nada.

Gérald arqueó una ceja. Y Jeanne, por un momento —un brevísimo, eterno momento—, se quedó sin habla.Sus ojos se abrieron con una incredulidad tan pura, tan genuina, que durante un momento la máscara de desafío que siempre vestía desapareció para revelar vulnerabilidad.

—Nunca me habían regalado nada —declaró, sincera, y al notar las miradas extrañas de los cortesanos que la rodeaban, se recompuso—. Nada tan hermoso, quiero decir.

—Siempre hay una primera vez para todo.

Me aproximé al caballo, lo tomé de las riendas para acercarlo a Jeanne y las alcé ante ella, ofreciéndoselo. El caballo, obediente y tranquilo, esperó que su nueva dueña tomase posesión de él.

—¿Y bien, madame? Espero una respuesta.

Los ojos de Jeanne iban del caballo a mí, sin atreverse a aceptar las riendas que yo le tendía. Tras unos incómodos segundos, dijo en voz baja y temblorosa:

—¿Puedo hablaros en privado, majestad?

Asentí con un movimiento de cabeza. Alcé la mano y despaché a mi séquito. Los cortesanos se alejaron, dejándonos a solas frente a las caballerizas, con la única compañía del caballo dorado.

—No puedo aceptar este regalo —habló entonces Jeanne, sin rodeos, tan pronto como quedamos libres de oídos ajenos—. No soy vuestra favorita, ni de alta cuna, así que no tengo derecho a semejante gesto por vuestra parte.

—Nada de eso tiene importancia alguna para mí.

—Pero… yo no soy nadie.

—Decís que no sois nadie, pero habéis logrado algo que no creí que fuera posible —repliqué.

—No sé si quiero preguntar a qué os referís, majestad.

—El día en que nos conocimos, lograsteis que, por unas benditas horas, mi mente no estuviera envenenada de problemas y preocupaciones.

—Majestad, por favor…

—Hablar con vos es un bálsamo para mí, Jeanne —dije—. Si me permitís llamaros así .

—Sí, podéis llamarme Jeanne —accedió ella—. Puedo aceptar eso, pero no un presente como este.

—De nuevo me rechazáis. ¿Por qué?

—Porque ya hay ojos clavados en mí —contestó, con un deje de dureza—. La corte es un nido de víboras. Y si acepto este caballo, majestad, todos pensarán que me he vendido porque vos habéis querido comprarme.

—¿Y lo he hecho?

Ya no había rastro alguno de coquetería en Jeanne, solo una extraña tristeza en sus ojos, como si ya supiera cuál era el final de esta historia. De nuestra historia, que apenas había comenzado.

—¿Importa eso? —respondió, pesarosa—. ¿Acaso alguien en Versalles puede deciros que no? ¿Puede una dama negarse a ser disfrutada, si el Rey Sol lo demanda y lo exige?

El caballo resopló a nuestro lado, moviendo una oreja, inquieto, como si hubiera entendido el reproche oculto tras aquellas palabras. O tal vez era solo mi conciencia, sacudiéndose hasta sus cimientos.

No supe qué decir. La respuesta que me brotaba del pecho era demasiado cruda, demasiado humana, demasiado impropia de un rey. Me vi obligado a mirar hacia otro lado, a tragar esa punzada que, sin saber cómo, Jeanne había logrado infligirme sin alzar la voz.

—¿Creéis que eso es lo que deseo de vos? ¿“Disfrutaros”? —pregunté, con una amargura que no conseguí ocultar del todo.

—No lo sé, majestad. Pero el resto del mundo sí lo creerá.

Y no estoy segura de querer ser percibida así, como una favorita vuestra.

Ya os dije que no deseaban esa clase de enredos que solo me traerán complicaciones.

¿O es que vos haréis algo para desmentir esa imagen que todas las damas creerán de mí?

—No tengo costumbre de justificarme ante la corte.

—Y yo no tengo costumbre de regalar mi dignidad a cambio de un caballo, aunque sea el más hermoso que haya pisado este mundo.

Se apartó de mí, como si haberme dicho aquello le doliera en el alma. Tuve la tentación de colocar uno de aquellos mechones dorados detrás de su oreja. El viento se coló entre los dos, alborotando su cabello y agitando mi capa.

Pero ninguno de los dos se movió.

—No he querido compraros —dije—. Jamás os deshonraría con una intención tan ruin. Aceptad este caballo para cabalgar libremente por mis bosques, si eso os trae un instante de alegría. Aceptadlo sin condiciones, sin nada que tengáis que entregarme a cambio.

—No. Por favor, majestad.

Jeanne parecía herida en lo más profundo de su ser. Su máscara encantadora se había resquebrajado y en su lugar había quedado al descubierto una herida más antigua, más honda, que no tenía nombre, pero que dolía con solo verla. ¿Quién la había herido así, tan dolorosa y tan profundamente?

Quise besarla ahí mismo, a la luz del día, y hacer desaparecer esa aflicción que ahogaba sus ojos.

Quise tomar su rostro entre mis manos y borrar esa tristeza que se le escapaba por los iris, como si pudiera salvarla —y salvarme— de todo lo que este reino nos exigía.

Quise perderme en su belleza, en su carácter desafiante y en su lengua afilada. Una y mil veces.

Di un paso hacia ella.

Y entonces, la voz de Françoise se alzó en mi memoria, tan nítida como si estuviese hablándome al oído :

“Un rey no pertenece a sus pasiones, majestad, sino a Dios. La carne es efímera. El alma es eterna.”

Me detuve, incapaz de complacer mis propios y mundanos deseos.

En aquel instante, como habíamos hecho durante nuestras horas robadas en el Bosquete de Rocallas, Jeanne y yo nos comunicamos en silencio. Ella comprendió el peso de la corona que llevaba sobre mis hombros y yo entendí su temor a ser percibida como una más que pasaba por mi lecho.

—Permitidme devolveros este gesto con la misma honestidad con la que me lo habéis ofrecido —dijo, serena—. Aceptaré vuestro regalo si me lo dais como se le da algo a un igual, y no como una súbdita vuestra ni una conquista amorosa.

Mi corazón —que no siempre solía entender de sermones beatos ni de obligaciones de la corona— se atrevió a latir un poco más rápido ante aquellas palabras.

—Sea —respondí, inclinándome ante ella—. Como a una igual, pues, Jeanne de Lormagne.

—Como a una igual, Louis de Francia.

Jeanne imitó mi reverencia. Cuando ambos nos incorporamos, sentí que las cosas habían cambiado para siempre entre nosotros.

—¿Prometéis no hacerme más regalos?

—Mi honor no me permite hacer promesas que probablemente romperé.

Su risa estalló, ligera como un arroyo en primavera. Y yo, que ya no recordaba cuándo fue la última vez que reí con absoluta y feliz sinceridad, la seguí.

Le tendí las riendas de su nuevo corcel y ella las aceptó. En ese sencillo gesto, nuestros dedos se rozaron. Ese leve contacto fugaz fue más íntimo que cualquier caricia que hubiese compartido con las múltiples mujeres que adornaban mi pasado.

—Jamás he visto una criatura tan hermosa —susurró Jeanne, deslizando una mano sobre el cuello del caballo.

—Yo tampoco —dije, sin poder apartar los ojos de ella.

Jeanne notó mi mirada y un leve rubor cubrió sus mejillas.

Entre nosotros había una línea que, si yo decidía cruzarla, ya no podría volver atrás.

Convertirla en mi amante sería volver a cometer los mismos pecados del pasado, y Jeanne se merecía alguien que la tratase mucho mejor de lo que yo había tratado a decenas de mujeres que habían acabado en mi cama.

—Sería un honor si quisierais montar conmigo mañana y enseñarme vuestros bosques —propuso.

—El honor será mío —dije, acariciando al bonito caballo, justo al lado de Jeanne, y luego añadí—: Será feliz en vuestras manos.

—Y yo seré feliz cabalgándolo —dijo, sonriente, como una niña a la que acababan de consentir tras un largo periodo de austeridad—. Gracias, Louis.

La forma en que pronunció mi nombre, sin título alguno, me hizo sentir que el yugo de mi corona y mi reinado ya no existía entre nosotros.

Ni el deber, ni la etiqueta, ni los ojos de Versalles.

Solo ella y yo.