Jeanne XI
M i mente me traicionó aquella noche, tras la cena y el intercambio de palabras con Louis.
Me acosté satisfecha conmigo misma por haber captado toda su atención, segura de mis dotes de seducción y manipulación, pero, en cuanto me encontré en la penumbra silenciosa de mi habitación y cerré los ojos, mi corazón empezó a latir deliciosa y apresuradamente sin motivo aparente.
Me recordé a mí misma, con severidad, que aquel hombre era mi enemigo.
Que no debía perderme en la trampa dorada de su sonrisa, ni en el azul de su mirada, capaz de desnudar a cualquiera con la sola intensidad de su atención.
Louis era el tirano que debía caer, no el hombre cuyos labios debía imaginar rozando los míos.
Y, sin embargo, allí estaba yo, atrapada en el recuerdo de sus palabras.
Sonriendo en la oscuridad, como una insensata.
Recordando el destello de humor en sus ojos.
La promesa oculta en sus palabras. La certeza de que, entre los dos, se había encendido algo que ni siquiera mi férreo odio podía apagar del todo.
Me revolví entre las sábanas, furiosa conmigo misma. No podía permitirme semejante flaqueza. No cuando todo mi propósito, toda mi vida, habían sido consagrados a la destrucción de ese hombre. ¿Qué clase de rebelde era yo, si una sola sonrisa bastaba para hacer temblar mis certezas ?
Apoyé la frente contra la almohada, cerré los puños y me juré, una vez más, que sería fuerte. Que recordaría mi juramento. Que Louis XIV no era un hombre: era el enemigo. No me tentaría su humanidad, por mucho que mi corazón, necio y traidor, quisiera pensar lo contrario.
Acercarme al círculo más íntimo de Louis era peligroso, pero también un arma poderosa para conocerlo mejor y aprovecharme de sus flaquezas, por lo que acepté la cordial invitación de Lucille de Valois para acudir a las caballerizas reales.
Según me contó en una breve nota que Coline me entregó, se había propuesto enseñar a cabalgar a la duquesa de Orleans y me instaba a unirme a ellas para luego dar un breve paseo por los jardines, mientras los hombres acudían a una partida de caza.
Lucille y Aurore me esperaban en la Gran Escalera de los Embajadores, ataviadas con sendos vestidos de amazona.
Ambas brillaban, cada una con una luz muy propia: Aurore todavía conservaba esa encantadora inocencia libre de heridas infligidas por la protocolaria vida de la corte, y Lucille emanaba una energía elegante, propia de la sangre aristócrata y de antiguos reyes que corría por sus venas.
—¡Madame de Lormagne! —exclamó Lucille al verme, alzando una mano enguantada en señal de saludo—. Sois puntual, como una verdadera dama de honor.
—Puntual para ver mis desesperados intentos de convertirme en una amazona —añadió Aurore, riendo.
—¿Y vuestro traje de montar?
—No tengo ninguno —admití—. No creí que fuera a necesitarlo en la corte, si os soy sincera. Pero no quería rechazar vuestra invitación.
Lucille de Valois pareció indecisa sobre qué hacer con aquel inconveniente. Yo no podía montar a caballo con mi vestido diurno, eso estaba claro, y fue Aurore quien tomó las riendas de la situación.
—No importa, madame. Lucille puede darme sus consejos desde tierra firme, junto a vos. ¿No hay un cercado en las caballerizas reales para adiestrar a los potros?
—¡Cierto! —se animó mademoiselle de Valois—. Podéis practicar ahí, alteza, y luego pasearemos hasta los jardines. ¿Qué opináis, madame?
«Opino que no muchas damas se hubieran tomado semejante molestia para no hacerme sentir inferior por no tener un vestido de amazona», pensé.
—Ambas sois muy amables conmigo.
Descendimos juntas hasta el Patio de Mármol, cuyas losas relucían bajo el sol matutino, y lo cruzamos en dirección a las caballerizas reales.
Estas se alzaban al otro lado de las verjas doradas, más allá del recinto principal de Versalles.
El palacio, majestuoso y aislado, estaba rodeado por vastos bosques, ideales para la caza, mientras que la villa cercana quedaba oculta tras la espesa línea de árboles que protegía la serenidad de la corte.
Cuando llegamos a las caballerizas, varios mozos de cuadra ya nos esperaban con tres monturas listas.
—He pedido personalmente que os prepararan a Fleur —informó Lucille a Aurore—. Es una yegua de temperamento noble. Creo que os agradará, alteza.
—Aún estamos a tiempo de caminar hasta el Gran Canal para disfrutar de la mañana como damas normales y corrientes — respondió Aurore, bufando para apartarse un rizo rubio de la cara.
—¿Y quién dice que seamos damas normales y corrientes? —dije yo, provocando las sonrisas de ambas.
—Vamos, Aurore, no seas cobarde ante Madame de Lormagne. ¿O quieres darle la impresión a una súbdita tuya de que temes a un animal tan inofensivo como Fleur ?
No se me escapó cómo Lucille tuteaba a Aurore, lo que me hizo sentir aún más parte de aquella particular amistad.
—Tengo que soportar las chanzas de Monsieur , las de mademoiselle de Valois, las de Louis… —Se quejó Aurore mientras subía a la yegua, ante la risa disimulada de su amiga. Yo tampoco pude evitar sonreír—. ¿Quién me mandaba a mí casarme con la corona real francesa?
—Si me dieran un franco cada vez que decís eso, alteza, los Valois volveríamos a ser reyes de Francia.
Aurore se acomodó en la silla de montar con la habitual torpeza de quien aún no domina el arte ecuestre. No la envidié. Saber montar como una dama requería de bastante práctica y era un aprendizaje profundamente incómodo.
—¿También aprenderéis a cabalgar a horcajadas, alteza? —pregunté, realmente interesada.
—Eso ya lo sabe hacer gracias a Monsieur —soltó Lucille—. Me consta que no tiene ningún problema en montar a horcajadas sobre el duque de Orleans.
—¡Lucille de Valois! —la reprendió la princesa, aunque sin mal humor.
Una vez más, no pude evitar unirme a sus risas descaradas.
La brisa matinal nos envolvía y me sentí en una extraña paz, una que solo había sentido aquella vez en París, cuando me había escabullido con Ferdinand y ambos habíamos sido libres por unas cuantas horas. Era una sensación prácticamente nueva para mí.
—No os preocupéis, Aurore —la animó Lucille mientras la guiaba hacia el cercado—. Si conseguís cabalgar sin caer de Fleur , prometo solemnemente que os llevaré al Gran Canal para un paseo mucho más digno de damas que aprecian sus vestidos limpios.
—¡Lo tendréis que jurar sobre vuestra alma, Lucille! —exclamó Aurore, haciendo reír a varios pajes que nos miraban desde las caballerizas.
Había algo enternecedor en la frescura de Aurore, que contrastaba con la imagen calculada que la mayoría de las damas mantenían frente al rey.
Lucille era más sofisticada, más frívola y refinada, y se notaba que había nacido noble, no como Aurore.
La confianza que ambas parecían profesarse me llenó de una triste envidia.
Como Semilla, yo nunca había conocido la amistad.
Al menos, no una verdadera que no estuviera marcada por su propio destino, como la de Ferdinand.
La Nueva Fronda siempre me había recordado que las relaciones en Versalles estaban marcadas por el ascenso al poder y la acumulación de riquezas, por lo cual siempre eran interesadas y nunca auténticas.
Sin embargo, no tuve esa sensación con Aurore y Lucille.
Esta última alternaba el trato protocolario de su alteza con el vulgar tuteo, algo que se consideraba de extremo mal gusto entre cortesanos de distinta posición.
Luego recordé que Louis me había permitido llamarlo por su nombre y sacudí la cabeza para sacarlo de mis pensamientos.
Lucille y yo observamos en silencio a la princesa dar sus primeros pasos sobre Fleur , y tras unos minutos en que ella le ofreció varias recomendaciones para cabalgar, se dirigió a mí :
—Decidme, madame —me preguntó Lucille, sin dejar de vigilar a Aurore—, ¿habéis conocido ya a muchas de las damas de la corte en vuestros paseos por los jardines?
—La verdad es que no. ¿Algún consejo sobre a quién debo evitar a toda costa?
—¿Por qué creéis que existen damas que deben evitarse a toda costa?
—No nací ayer, mademoiselle de Valois. Versalles es tan hermoso por fuera como traicionero por dentro.
—Supongo que es la mejor manera de describir a la corte —asintió ella—. Bueno, entonces os diría que no os crucéis en el camino de Madame de Maintenon y su círculo de la moral. Se ha propuesto convertir Versalles en un nuevo Vaticano.
—¿Por qué?
—Por culpa de la Nueva Fronda.
Me tensé ante la mención de quienes me habían enviado, aunque me esforcé en disimularlo.
—¿De veras?
—Al parecer, para Françoise de Maintenon, los ataques fronderos son un castigo de Dios por las múltiples indiscreciones de su majestad y sus cortesanos.
—Me cuesta creer que alguien pueda ni siquiera considerar algo así.
—Se dice que ha convencido al rey de que debe purificar la corte —continuó Lucille, bajando un poco la voz—. Cada vez organiza más oraciones, más misas, más vigilias. Pronto necesitaremos permiso divino hasta para respirar.
—¿Y creéis que el rey de verdad la escucha? —pregunté, tratando de no parecer demasiado interesada.
—Ah, sí, la escucha —afirmó Lucille con una media sonrisa sardónica—.
Pero escuchar no siempre es lo mismo que obedecer.
Su majestad… —Titubeó, buscando las palabras adecuadas—.
Es devoto, sí, pero también es un hombre.
Y los hombres no cambian tan fácilmente, Madame de Lormagne, ni siquiera cuando los acosa el temor al infierno.
—Entonces, ¿qué rey es el verdadero de todos los que vemos? ¿El devoto católico? ¿El conquistador disoluto? ¿El líder iluminado? ¿O el tirano implacable?
Lucille se encogió de hombros.
—Depende de a quién le preguntéis. Sus enemigos lo llamarán tirano, sin duda, pero yo lo he visto reír y emocionarse, así como también he sido testigo de la generosidad que alberga su corazón.
—Cuesta creer semejante afirmación cuando una camina por las calles más miserables de París.
—Pero no cuesta tanto creerlo cuando somos el único país de Europa que permite a las mujeres ejercer la medicina, y ella —dijo, mirando a Aurore—, es la culpable de haberle abierto los ojos a su majestad respecto a ese horrendo decreto.
—¿Vos también consideráis, pues, que el progreso tiene un precio?
—Puede —respondió Lucille, apartando la mirada de la amazona inexperta y clavando sus bonitos ojos oscuros en los míos—. Considero que hasta el hombre más grande de Francia necesita buenas influencias y consejos amistosos, en vez de unas garras que quieran acumular poder a través de su afecto.
No pude contestar a eso, y ella sacudió la cabeza.
—He hablado demasiado y os he incomodado, madame, lo siento.
—No me habéis incomodado en absoluto. Y sería un honor que os dirigieseis a mí como Jeanne.
Lucille sonrió.
—Teniendo en cuenta que nos conocimos mientras yo estaba deshecha en lágrimas por la muerte de mi padre, creo que vos también podéis llamarme por mi nombre.
Me obligué a devolverle la misma sonrisa que ella me ofrecía, aunque sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Cada palabra que oía sobre la influencia de Madame de Maintenon y el aparente cambio religioso que se avecinaba en Versalles me confirmaba que mi misión era más urgente que nunca.
Si Louis se volvía un hombre firmemente piadoso, no lograría influir en él.
La princesa, que por fin lograba trotar con un poco más de confianza, agitó una mano para llamarnos.
—¡Venid! ¡Estoy lista para pasear como una auténtica amazona! —exclamó, radiante por sus progresos.
Lucille y yo intercambiamos una última mirada cómplice antes de dirigirnos hacia ella.
Sin embargo, nuestros pasos quedaron detenidos por el sonido de una multitud de cascos que se acercaba a nosotras.
Ambas nos giramos, a tiempo para ver cómo la partida de caza, capitaneada por el rey, se acercaba al galope a las caballerizas reales.
Solo pude pensar que el dicho que corría por palacio era cierto: todos los caminos en Versalles conducían a Louis.
Y en mi pecho, pese a mis advertencias, una punzada de anticipación vibró como una cuerda tensa a punto de romperse.