Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XI #2
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Louis XI #2

—¿Echáis algo de menos de vuestra vida en Lormagne? —preguntó Lucille, con genuina curiosidad—. Cuando me instalé en Versalles, recuerdo haber pasado una primera semana llena de melancolía pensando en mi Tarbes natal.

Todos los rostros de la mesa se giraron hacia Jeanne, quien, pensativa, ladeó la cabeza antes de responder:

—Echo de menos cabalgar al amanecer, cuando la niebla aún cubre los campos. Hay algo profundamente liberador en lanzarse a galope por la maleza sin otra compañía que el viento. Es algo que solía hacer cuando mis obligaciones me lo permitían.

—Aún tengo pendiente enseñar a montar a la duquesa de Orleans —comentó Lucille, mirando traviesamente a Aurore—. Quizá queráis uniros a nosotras en las caballerizas. Podríamos salir a cabalgar juntas.

—Nada me divertiría más, pero me temo que dejé a mi yegua atrás, en Lormagne.

Fue un regalo de mi difunto marido; uno que sus hijos no me dejaron llevar conmigo.

Jamás me perdonaré haber abandonado a un animal tan noble en unas manos tan crueles como las de mis hijastros, pero no me quedó más remedio que hacerlo.

—Si ese animal es tan importante para vos, madame, mandaré que lo traigan a la corte, no sin antes castigar a esos hijastros vuestros por el maltrato que os han dispensado —intervine—. No sería la primera vez que debo meter en vereda a unos cuantos nobles pendencieros.

La mesa entera se quedó en silencio ante mi rotunda declaración y Jeanne me miró, intensa y profundamente.

—No creo merecer tal venganza por vuestra parte, majestad.

Antes de que pudiera contestar, mi hermano soltó:

—Madame, mi hermano siente gran placer en hacer ostentación de su divino poder; no es algo personal. Aunque intuyo que vuestra belleza tiene algo que ver en semejante atención.

Acostumbrado como estaba a las declaraciones incendiarias de Philippe, ni siquiera enrojecí. Solo dejé escapar una risa en voz baja.

—¿Solo defendéis a las damas hermosas, pues, majestad? —me desafió Jeanne, acariciando su copa de vino.

—Solo defiendo a aquellas que se interesan por cómo estoy, aun sin recibir una inmediata respuesta a cambio —contraataqué, y eso la hizo sonreír.

Estaba preciosa cuando lo hacía, como si el mismo sol resplandeciera a través de las esmeraldas que eran sus ojos.

—Bien, si os gustan las cacerías, madame, podéis uniros a la de mañana.

Yo mismo os prestaré uno de mis caballos —comentó Raoul, chasqueando los dedos para que un sirviente le volviese a llenar la copa de vino—.

Aunque admito que vuestra afición me sorprende.

No hay muchas damas que disfruten de la caza.

Jeanne miró fugazmente a mi amigo antes de volver la vista a su plato.

—No disfruto de la caza, solo de cabalgar.

—Tampoco es una afición demasiado popular entre las mujeres.

—Alguien tiene que desmontar, de vez en cuando, las fantasías que los hombres se empeñan en llamar verdades en lo que concierne al comportamiento femenino.

—¿Es que acaso no tenéis miedo al peligro? —quiso saber Raoul.

—El miedo no es más que un obstáculo que se aprende a sortear —respondió ella, muy tranquila—. Además, a veces, el peligro es lo único que hace que la vida merezca la pena.

Mis labios, sin poder evitarlo, se curvaron en una sonrisa de orgullo ante sus afiladas palabras.

—¿Y qué hay de los bailes, madame? —preguntó Lucille—. ¿Estáis deseando asistir a uno de los festejos de su majestad?

—Mucho me temo que no conozco ninguna de las danzas de la corte —respondió Jeanne—. En Lormagne no se organizaban más que bailes rurales, y dudo que esos sean bien recibidos entre estos salones. No sé nada de la courante , el minuet o el passepied .

—Su majestad es un gran bailarín —intervino Aurore con picardía—. Estoy segura de que podría enseñaros algunos pasos de esos bailes.

La sonrisa en los labios de Jeanne se tensó un poco, como si acabara de recibir una invitación implícita a cruzar un campo de batalla repleto de soldados enemigos.

—¿Es cierto eso, majestad? —preguntó con suavidad, aunque aún parecía en tensión—. ¿Seríais tan generoso como para enseñarme a moverme según las normas de la corte?

—Depende —respondí, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos—. ¿Estáis segura de querer moveros como lo hacen los cortesanos?

—No. Pero estoy dispuesta a aprender, si mi maestro resulta paciente. Y hasta donde yo sé, majestad, no se os conoce precisamente por esa virtud.

Philippe dejó escapar una breve risa, tapándose la boca con la mano. Aurore y Lucille parecieron infinitamente divertidas ante tal provocación.

—Os advierto —continuó Jeanne—. Tengo unos pies muy rebeldes.

—Y yo tengo una amplia experiencia en tratar con la rebeldía, madame —contesté.

—¿Ah, sí? ¿Y cuántas de esas rebeldías han mordido la mano que intentaba domarlas?

—Menos de las que han terminado besándola —repliqué sin perderle el pulso, porque maldita sea si me iba a dejar vencer tan pronto por una sonrisa encantadora y un par de frases punzantes.

—Suena prometedor, majestad.

—¿El mordisco o el beso?

Jeanne levantó una ceja.

—¿Por qué renunciar a ambos placeres?

Esta vez fue Aurore quien soltó una carcajada y Lucille, con su típica lengua afilada, comentó:

—Esta conversación se parece cada vez más a un duelo.

—Con la diferencia de que aquí no corre la sangre, sino las lúbricas promesas —añadió Philippe, divertido—. Si vais a convertir este baile en una batalla, avisadme con antelación para poder apostar al ganador.

La mesa entera estalló en alegres risas y Jeanne levantó la copa, sin dejar de mirarme. Yo hice lo propio y ambos bebimos. Luego, la cena transcurrió entre conversaciones de todo tipo, en las que Jeanne participó con elegante cortesía.

Aquella noche, cuando me acosté en la soledad de la chambre du roi, aquella sonrisa suya aún me quemaba bajo la piel como un veneno lento y dulce.

Tendido sobre las sábanas frías, bajo el majestuoso dosel dorado, cerré los ojos e intenté no pensar en ella.

Fracasé. La veía sentada frente a mí, desafiante y luminosa, con esos ojos inteligentes que parecían prometer tanto placer como ruina.

Pasé una mano por mi rostro, maldiciendo en silencio mi debilidad.

Yo, que había sobrevivido a rebeliones, traiciones, a la envidia de monarcas europeos y a la ambición insaciable de mil cortesanos, me veía ahora hechizado por una mujer de provincias con sonrisa descarada y lengua de verdugo.

Jeanne de Lormagne no parecía albergar ninguna intención de convertirse en mi nueva favorita.

Eso la hacía peligrosa. Lo sabía con una certeza tan afilada como el cuchillo de un asesino en la oscuridad.

Y aun así, no podía dejar de desear que llegara el día siguiente para verla otra vez, en el Bosquete de Rocallas.

Para buscar en sus labios la promesa de esa mordedura o de un beso que quizás nunca llegaría.

Françoise me había repetido una y otra vez que yo era el representante de Dios en la Tierra y, como tal, no podía permitirme flaquezas humanas ni desviarme del camino de la rectitud.

Debía consagrarme a Francia en cuerpo y alma, y eso significaba que mi lecho solo podía ser compartido con María Teresa.

Pero yo no amaba a la mujer a la que me habían prometido y casado.

Jamás la había tratado mal, pero tampoco jamás la había querido.

Hacer el amor con mi esposa se sentía como entrar en una cueva repleta de nieve eterna que jamás se fundía, ni siquiera con el calor más desesperado.

Ella cerraba los ojos, como si al hacerlo pudiera borrar mi rostro y mi cuerpo, y se abandonaba a mis caricias con una resignación piadosa que me resultaba más amarga que cualquier rechazo abierto.

En esos momentos, la distancia entre nosotros se contaba en siglos de profunda soledad.

Mis pensamientos volvieron a Jeanne, a su risa fresca, al sonido de su voz cuando leía pasajes de libros en voz alta. No era, en absoluto, lo que la corte esperaba de una mujer que deseaba ascender.

Quizás por eso me atraía tanto.

Porque, a diferencia de tantos otros rostros hermosos que me sonreían sin alma, ella tenía un fuego propio, uno que no pedía mi permiso para arder.

Un fuego que, si me acercaba demasiado, podía consumirnos a ambos.

Por eso supe, con una lucidez implacable, que esa mujer pondría a prueba mi templanza.

Aquella noche, por primera vez en meses, no escuché en sueños los cánticos de la Corte de los Milagros y dormí en profunda paz, perdido en aquel amor inapropiado que estaba naciendo en mí.