Louis XI
A quella noche tampoco invité a Françoise a cenar en el Salón de Œil-de-Bœuf.
Ella se lo tomó mal, aunque lo disimuló con su habitual estoicismo.
Se retiró para rezar con la reina, quien volvía a sentirse indispuesta y prefería quedarse en sus aposentos.
La visité antes de cambiarme para la cena y, una vez más, María Teresa se volvió a negar a que Aurore la visitase.
Tuve que ser testigo de un nuevo sangrado por parte de los galenos reales, que me prometieron su rápida recuperación.
Yo ya no sabía qué pensar al respecto. Me recordé a mí mismo buscar un momento a solas para consultar ese asunto con Aurore.
Tal como le prometí a Jeanne, reduje mis invitados para la cena al mínimo: Philippe y Aurore, Raoul de Brissac, Lucille de Valois y Gérald de la Reynie. Mi mesa jamás había sido tan íntima como en aquella noche.
Para mi sorpresa, Jeanne llegó un par de minutos tarde, poco después de que Bontemps me anunciara con un claro y fuerte:
—¡El rey!
Entré en el Salón del Œil-de-Bœuf esperando encontrarme con sus ojos, pero no fue así y, por un momento, me sentí confundido por aquella osadía.
Jeanne de Lormagne apareció poco después y, ante su visión, toda mi ofensa se diluyó por completo.
Su vestido no era el más atrevido del salón, pero tampoco el más recatado.
El cabello lo llevaba recogido sin demasiados artificios: solo unos pocos mechones sueltos, dorados como la miel, caían para enmarcar su rostro.
Me perdí en su piel, que era perfecta, hecha de marfil y porcelana, y que lucía incluso más bonita bajo la luz de las velas y la hacía parecer casi irreal, como una aparición que solo pudiera conjurarse a medianoche.
Nunca le había preguntado su edad, aunque sin duda debía ser más joven que yo, quizá ocho o diez años.
Pero bastaba con mirar sus ojos, de un verde esmeralda, para saber que reflejaban el alma de alguien que había vivido mucho, quizá demasiado, y ese dolor que subyacía en sus pupilas me arrastraba hacia ella.
Jeanne no era bella en el sentido frágil o dócil que a menudo se esperaba de las mujeres de la corte.
Era bella como una daga bien forjada. Y quizá por eso no podía —no quería— dejar de mirarla.
—Majestad —dijo al inclinarse ante mí con cortesía.
—Madame de Lormagne —respondí, disimulando mal el hecho de que mi pulso se había acelerado ante la visión de su rostro—. Temía que la lectura os hubiera raptado de nuevo.
Ella alzó una ceja, divertida.
—¿Y perderme la ocasión de que el Rey Sol se escapara una vez más de contestar, esta vez en persona, una pregunta formulada ya demasiadas veces? Eso sería una tragedia digna de los antiguos griegos.
—Los griegos hablaban mucho de la hybris , madame. El exceso de confianza suele invocar a los dioses equivocados.
—¿Y no os parece, majestad, que toda esta corte es un exceso de confianza en sí misma? —me replicó, parpadeando con insolencia. Una provocación tan pequeña como deliciosa—. Tal vez esa sea su forma de adoraros.
La audacia en sus palabras me arrancó una carcajada breve y auténtica. En nuestro pequeño juego de poder, ella iba ganando con su descarado ingenio.
—Sois atrevida, Jeanne.
—¿Eso es una censura o una alabanza?
—Tendremos que adivinarlo. —Me incliné hacia ella, bajando la voz—. Hay quienes han caído por mucho menos que una lengua afilada en este salón.
Esa media sonrisa suya seguía ahí, burlona, tan elegante como insolente. Me sostuvo la mirada y yo hice lo propio, perdiéndome en sus ojos y ella en los míos. Sentí un incontrolable calor ascenderme por el cuello.
—Entonces rezad, majestad, para que mi lengua nunca apunte hacia vos.
Aquella respuesta provocó una carcajada en Philippe. Aurore y Lucille se miraron entre ellas, cómplices, y entonces recobré la compostura, recordando que no estábamos a solas como solíamos estar en el Bosquete de Rocallas.
—Permitidme que os presente a mi familia, madame, aunque a buena parte de ella creo que ya la conocéis —dije, apartándome de su lado—. Mi hermano Philippe, duque de Orleans y de Anjou, su esposa Aurore y su dama de compañía, Lucille de Valois.
—Un placer, altezas. Mademoiselle de Valois.
No me pasó por alto cómo Philippe la estudiaba con curiosidad, antes de tomar su mano y besarla de forma superficial y distante.
Aurore, en cambio, risueña y abierta como era, tomó a Jeanne del brazo y se la llevó con ella.
Ella, mejor que nadie, sabía lo difícil que era ser nueva en la corte y se tomaba muy en serio lo de dar la bienvenida a las nuevas e indefensas damas.
Pensé que Lucille las acompañaría, pero la joven me sorprendió con una inesperada petición .
—¿Podría hablar un momento con vos, majestad?
—Claro, mademoiselle de Valois.
Philippe, entendiendo que la muchacha quería un poco de intimidad, nos dejó a solas y siguió a su esposa hasta el otro lado del salón para tomar una copa de vino.
—Aún no he tenido la ocasión de transmitiros mi pesar por la pérdida de vuestro padre.
—Su majestad es un hombre ocupado.
—No lo suficiente para olvidar que Godefroy de Valois fue un buen hombre y un digno señor.
—Gracias, majestad; él idolatraba a vuestro padre y se alegró mucho cuando os convertisteis en rey tan joven.
Le ofrecí mi brazo, que ella tomó, y abandonamos el Salón del Œil-de-Bœuf en busca de más intimidad, pues intuía que quería hablarme de un asunto delicado.
—¿En qué puedo ayudaros, mademoiselle de Valois?
—¿Tengo permiso para hablaros con franqueza?
—Lo tenéis y debéis hacerlo.
Ella tomó aliento, intranquila.
—Sé que mi hermano os ha pedido que deis vuestro permiso para casarme.
—Así es —confirmé, y ya intuí qué quería decirme.
No me equivoqué.
—No deseo contraer matrimonio, majestad.
—Sabéis que no tengo motivos para negarme a la petición de vuestro hermano Stéphane, por muy alta estima que os tenga. Fuisteis valiente en la Corte de los Milagros y salvasteis la vida de sus altezas, por lo que siempre os estaré agradecido por ello, pero casarse es el deber de una dama.
Ella asintió.
—Lo sé, pero… ¿Cómo de escandaloso por mi parte sería pediros, pues, que Monsieur arreglase ese matrimonio con uno de sus amigos más cercanos?
La miré, curioso.
—¿Os referís a uno de sus amigos con el vicio italiano?
—Sí —dijo ella, sin rastro de duda—. A ojos de la corte sería un matrimonio tan respetable como cualquier otro. Conozco a los amigos de vuestro hermano; son gentiles y buenos hombres, como él.
—Entiendo, mademoiselle. Pero el fin de un matrimonio es… procrear.
—Prometo intentarlo.
—¿Con vuestro futuro marido o con el capitán de la Reynie? —sonreí yo, y ella enrojeció un poco.
—Un hijo es un hijo, majestad.
—Desde luego.
—Stéphane jamás permitirá que me case con el capitán de los mosqueteros.
Suspiré.
—Le he ofrecido a Gérald un título al menos una docena de veces y todas y cada una de ellas las ha rechazado. Si aceptase, yo vería con buenos ojos ese casamiento.
—Lo sé, majestad, pero Gérald no quiere convertirse en un noble.
—Entiendo.
Entonces, me fijé en una marca enrojecida que Lucille lucía en el cuello, cerca de su garganta.
—¿Os trata bien nuestro hosco capitán? —pregunté, acariciando con el índice aquella rojez en su piel—. ¿O debo amonestarlo por sus formas?
—No, majestad. —Y esta vez, Lucille recuperó aquella sonrisa pícara y descarada que la caracterizaba—. A veces, el dolor provoca el más intenso de los placeres, y es sumamente bienvenido.
Arqueé una ceja ante lo que esas palabras insinuaban, pero no dije nada.
Nunca había legislado en la intimidad de los nobles que habitaban en Versalles, siempre y cuando de cara a la galería se comportaran con cierta decencia.
Había cosas peores que infligir daño de forma consensuada, y lo cierto es que yo mismo no estaba exento de practicar alguna que otra variante de esa misma filosofía en mis noches más oscuras.
Versalles podía albergar luz, fasto y pompa, pero sus pasillos —y sus camas— eran terreno fértil para todo tipo de secretos y de placeres.
—Tenéis razón —dije, dejando que mi dedo se alejara de su cuello—. Y no seré yo quien os impida gozar de vuestra libertad, siempre y cuando mantengáis las formas.
—Lo haré —prometió ella—. Y si alguna vez no las mantengo, procuraré que nadie me vea.
Sonreí. Lucille era avispada y obediente cuando le convenía. No era de extrañar que Gérald estuviese atrapado en sus redes.
—Hablaré con su alteza —concedí—. Él sabrá a quién proponer para que toméis como marido. Si encontráis entre sus amistades un esposo complaciente y complacido, mi bendición será vuestra.
Lucille inclinó la cabeza con gratitud, con una inmensa sonrisa de triunfo adornando su hermoso rostro. No era una niña inocente. Y, por alguna razón, eso me resultaba reconfortante.
Cuando regresamos al salón, la cena ya estaba a punto de comenzar.
Aurore charlaba con Jeanne de forma animada, y Philippe, copa en mano, parecía más interesado en observar a Madame de Lormagne que en escuchar la conversación.
Gérald, discreto como siempre, se mantenía al margen junto a un aburrido Raoul de Brissac, pero sus ojos vigilaban a Lucille con una devoción que rozaba la adoración.
Me acerqué a la mesa y tomé mi lugar. Jeanne fue la última en sentarse, frente a mí. Su mirada me atrapó como una trampa invisible de la que no deseaba escapar.
Desde el otro lado de la mesa, ella me sonrió.
—Y decidnos, Madame de Lormagne, ¿qué os parece Versalles hasta ahora? —preguntó Aurore, una vez la cena estuvo servida y las copas llenas de vino.
—Reconozco que es un lugar sobrecogedor. Había escuchado historias sobre el palacio, pero una nunca se espera que los rumores estén a la altura.
—¿Lo decís en el buen o en el mal sentido? —soltó mi hermano, con la ceja levantada.
—En ambos, alteza, en ambos —dijo Jeanne—. Vine aquí esperando belleza y escándalo, cortesía y diversión y, hasta ahora, no he quedado decepcionada.