Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne X
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Jeanne X

A unque me cuidé de rehuir los salones, no pude evitar que los salones llegasen a mí, y lo hicieron en forma de suave golpeteo en la puerta de mi aposento privado.

Coline, que estaba bordando las mangas de uno de mis vestidos diurnos, corrió a abrir. Por un momento pensé que se trataría del Vigilante, quizá impaciente por ver resultados en nuestra misión, pero me equivoqué.

Era Lucille de Valois, que llegaba acompañada de una risueña dama de rizados cabellos dorados, maneras desenvueltas y tez sonrosada por el sol.

—¡Madame de Lormagne! —me saludó Lucille—. ¿Por qué insistís en rehuir la diversión que Versalles os ofrece?

—Disculpadme, mademoiselle de Valois, pero no conozco a vuestra gentil acompañante.

—Ah, por supuesto que no la conocéis —respondió Lucille, pícara—. Dejadme que os presente a su alteza, la duquesa de Orleans y de Anjou.

Me puse de pie de inmediato, azorada por estar frente a un miembro de la casa real, y me incliné respetuosamente ante Aurore Bechard.

—Lamento mi desconocimiento, alteza. Yo no sabía…

La princesa hizo un gesto de dispensa y se cruzó de brazos .

—Ahorraos las disculpas. Sé que no luzco precisamente como una aristócrata.

—Y jamás luciréis como una aristócrata, amiga mía, si insistís en cruzar los brazos como una campesina —dijo Lucille, entre risas, golpeando con su abanico las muñecas de Aurore. Luego volvió a prestarme atención—. ¿Y bien, madame? ¿Por qué os escondéis en vuestra habitación?

—No me escondo, pero prefiero no verme envuelta en las intrigas de esta corte, pues no me interesan.

Aurore Bechard me dedicó una sonrisa sincera.

—Entiendo vuestra postura. Mi primera vez en un salón fue terriblemente intimidante. Ahora, los disfruto si estoy en la mejor de las compañías —dijo, mirando de reojo a Lucille—. O incluso en la peor.

—Vaya, mi querida princesa —respondió Lucille, fingiendo sentirse escandalizada—. Habéis aprendido de Monsieur a usar vuestra lengua como una espada.

—De Monsieur he aprendido infinitas formas sobre cómo usar mi lengua.

No pude evitarlo: dejé ir una carcajada que se unió a las de ellas. Ya había sentido simpatía por Lucille de Valois en nuestro único encuentro, y ahora me veía incapaz de ninguna animadversión hacia la duquesa de Orleans. Ambas me hicieron sentir bien en apenas unos minutos.

—¿Puedo ofreceros algo de beber, alteza? —dije, señalándoles un pequeño diván. Coline corrió a traer un escabel para Aurore Bechard, quien le dio las gracias por su atención.

—Cualquier cosa fresca servirá, madame. Hace una primavera de lo más calurosa.

Mi criada me miró y yo asentí. Había previsto una visita de Louis e instruido a Coline para que contásemos con refrigerios de todo tipo, incluida la limonada, el zumo de grosella o el popular orgeat, un sirope de almendras que se mezclaba con agua fría traída de las neveras subterráneas de Versalles.

Nunca pude prever que tendría que servirlo a una princesa, pero no me molestó.

Auguraba que acercarme a Aurore Bechard era también acercarme a Louis.

Con ese pensamiento, un pinchazo de culpabilidad cruzó mi nuca. Me esforcé en ignorarlo.

Coline regresó enseguida con un carrito de bebidas que nos sirvió en el más reverente silencio. La duquesa de Orleans volvió a darle las gracias a la muchacha con una sonrisa encantadora.

—¿Puedo preguntar si os encontráis mejor de vuestra pena, mademoiselle de Valois?

Lucille suspiró, tomando un poco de orgeat .

—Mi padre estaba enfermo desde hacía años, por eso no vino a vivir a la corte.

Mi hermano mayor, Stéphane, se quedó en Tarbes para cuidar de todo: nuestros progenitores, las rentas, las tierras familiares…

La muerte de mi padre es una pérdida, sin duda, pero una que esperábamos tarde o temprano.

Gracias por vuestra preocupación, madame.

—Creo que lo que ahora le preocupa a nuestra joven Lucille es que Stéphane insiste en casarla cuanto antes —soltó Aurore.

Lucille puso los ojos en blanco con tal teatralidad que estuve a punto de aplaudirle la destreza.

—Mi hermano insiste en casarme bien —puntualizó, marcando la palabra con veneno—. O lo que él considera bien. Para desgracia suya, tengo mis propios planes al respecto.

Aquello lo dijo bajando la voz, como si las paredes que nos rodeaban pudieran delatarla. No pude evitar arquear una ceja ante aquella declaración de intenciones .

—¿Vuestros propios planes?

—Mi corazón tiene un interés muy particular. Y muy inconveniente.

Aurore soltó una carcajada suave.

—Inconveniente es la palabra favorita de esta corte. Continúa hablando, Lucille, no seas cruel con nuestra anfitriona.

Lucille jugueteó con su abanico unos segundos antes de hablar.

—Mi amante no es un noble, y eso es todo cuanto diré al respecto.

El silencio que siguió fue delicioso, de auténtica diversión femenina. Ni siquiera en mi adolescencia, rodeada de Semillas como yo, lo había sentido. No cabían demasiados chismes entre nosotras, ocupadas como estábamos en formarnos para ser deseadas por el Rey Sol.

—Ah, ya veo. ¿Y cómo es él? —pregunté, incapaz de evitar el interés que aquel chismorreo me provocaba.

—Él es único, por supuesto —respondió Lucille—. Valiente, audaz… y absolutamente consciente de que lo nuestro jamás podrá ver la luz del día.

—Entonces, ¿por qué seguís viéndolo?

Lucille se encogió de hombros.

—Porque, en realidad, siempre he preferido las sombras. Y él me las ofrece todas.

La honestidad de sus palabras me sorprendió. No había dramatismo en ellas, solo una lucidez tranquila que no pude menos que admirar.

—Parece que Versalles no está hecho para amores sencillos —murmuré.

—Ni para mujeres sencillas —añadió Aurore con suavidad—. Quizá por ese motivo estamos las tres aquí.

De las dos damas que tenía frente a mí, Aurore era la que más me intrigaba.

Había sido plebeya —y aún conservaba muchos ademanes que delataban su origen humilde—, amante de Louis y finalmente esposa del duque de Orleans.

Además de todo eso, continuaba ejerciendo como médico en su propio hospital femenino.

Para mí, Aurore era tan fascinante como un nuevo libro esperando a ser leído.

—¿Cómo es…? —dudé, pues lo que deseaba preguntar podía considerarse bastante indiscreto—. ¿Cómo es para vos estar casada con Monsieur ?

Aurore no pareció ofenderse por mi curiosidad.

—Divertido. A veces agotador. —Sonrió—. Philippe es muchas cosas, pero nunca aburrido, y disfruto enormemente de la vida a su lado.

—Pero… ¿Acaso Monsieur no se siente atraído por las compañías masculinas?

A la duquesa de Orleans se le dibujó una sonrisa nueva: satisfecha, pícara, desafiante.

—Así es. Y espero que nunca deje de sentir inclinaciones hacia el libertinaje. Si mañana se convirtiese en un caballero decoroso, mi vida sería soporíferamente aburrida.

—Además, se aprende mucho en las fiestas privadas de Monsieur —añadió Lucille.

Un rubor que quemaba cubrió mis mejillas.

Era consciente de a qué se referían, así como también sabía que Louis toleraba los comportamientos escandalosos de su hermano.

Debía quererlo mucho; en otras cortes europeas, solían esconderse esas inclinaciones, pero, en Versalles, nadie parecía demasiado preocupado por ello, mucho menos el Rey Sol.

Estudié a Aurore. De ella se decían muchas cosas, aunque en aquel momento solo podía pensar que había tenido un romance con Louis y con Philippe de Orleans a la vez.

¿Se seguiría acostando con el rey, estando casada con su hermano?

Aquel pensamiento, el de que Louis aún sintiera algo por su cuñada, me llenó de una extraña y molesta inquietud .

—Alteza, vos nacisteis plebeya —dije, no sin cuidado.

—Sí —asintió—. Y no me avergüenzo.

—Muchos en esta corte esperan verla tropezar, no estar a la altura del protocolo —añadió Lucille.

—¡El protocolo, el protocolo! —exclamó Aurore, con un tono exasperado en la voz que nos hizo reír tanto a Lucille como a mí—. Su alteza, el duque de Orleans, me quiere precisamente por eso.

Lucille chasqueó la lengua.

—Porque sois un delicioso desastre protocolario.

—¡No es por eso! —protestó Aurore—. Es porque no temo al rey. Eso divierte mucho a mi esposo.

Las tres nos echamos a reír; podía entender el cariño de Louis hacia su cuñada.

Era encantadora, con un corazón repleto de curiosidad y una aparente bondad que no parecía encajar en el mundo despiadado que era aquella corte.

Lucille, en cambio, me cautivó con su humor astuto y su aparente disposición al libertinaje sin tapujos.

Me hicieron sentir extremadamente cómoda entre ellas, lo que me inquietó un poco: no había planeado ganarme ninguna amistad en Versalles, mucho menos las de las damas cercanas a Louis.

—He oído hablar de vuestro trabajo en el Hôpital pour Femmes —dije entonces, dirigiéndome a Aurore—. Me interesa mucho ese oficio vuestro.

Sus ojos del color de la miel se iluminaron de inmediato ante mi interés.

—¿De veras os interesa?

—Sí. Creo que hay una violencia silenciosa que se ejerce contra las mujeres y que nadie quiere ver.

—Y que a nadie le preocupa — aportó Lucille, logrando un ademán afirmativo de Aurore.

—En mi vida he visto enfermedades, partos, golpes, abortos…

—comenté, y aquella última palabra me hizo temblar.

Llevaba demasiadas pérdidas acumuladas entre mis piernas, y todas y cada una de ellas aún dolían—.

Lo que nos ocurre se suele esconder e ignorar.

Nuestra voz y nuestro dolor parecen no tener jamás importancia alguna.

Aurore me observó con una mezcla de sorpresa y aprobación.

—No es habitual oír eso aquí —admitió—. La mayoría prefiere fingir que el sufrimiento femenino es una consecuencia inevitable de nuestra naturaleza.

—O un castigo —dijo Lucille—. Siempre hay un castigo de por medio si nos comportamos como no quieren que nos comportemos.

—En el hospital —continuó Aurore— trato con mujeres que no tienen nada. Mujeres que no importan a nadie, a veces ni siquiera a sus propios familiares. Para mí, sin embargo, cada una de ellas tiene una historia que merecería ser escuchada.

Sentí una opresión en el pecho y una oleada inmensa de simpatía hacia Aurore Bechard.

—Me gustaría ir un día a vuestro hospital y poder ver vuestro trabajo con mis propios ojos.

Aurore sonrió.

—Seréis bienvenida cuando queráis, si no os asusta la sangre o la penuria.

—No, no me asustan.

—Ya veo —respondió, y su sonrisa desprendía tal calidez que tuve que apartar la mirada y concentrarla en mi bebida.

Lucille carraspeó, levantando su copa para atraer nuestra atención.

—Bien, antes de que esta conversación se vuelva demasiado edificante y moralmente tediosa, propongo volver a asuntos verdaderamente escandalosos.

—¿Como cuáles? —pregunté.

Lucille me lanzó una mirada significativa.

—Como el hecho de que su majestad visita el Bosquete de Rocallas cada mañana con una puntualidad que ni los monjes acudiendo a misa.

Sentí cómo el calor me subía al rostro.

—Eso es tan solo una mera coincidencia —declaré.

—Claro —respondieron ambas al unísono, risueñas.

—Toda la corte sabe que su majestad está interesado en vuestra persona, madame —dijo Lucille—. Pero la corte no sabe nada de vos.

—Y eso —añadió Aurore— es lo que más desespera a las damas que aspiran a compartir cama con Louis.

No supe qué responder. Pensé en las notas que Louis me dejaba, en los silencios cómplices, en las miradas que no se atrevían a cruzar ciertos límites, en las horas que pasábamos rodeados de agua y naturaleza.

Pensé en el propio Louis. Tierno, sensible, amable.

Bajé la mirada con vergüenza por pensar en él en aquellos términos.

—Louis os tiene fascinación —dijo Aurore con naturalidad. Me negué a responder y continué bebiendo. Ellas supieron interpretar mi silencio a la perfección—. Y quiere cenar con vos.

Levanté la vista, sorprendida.

—¿Otra invitación?

—Solo es una cena con su círculo más íntimo —precisó la duquesa de Orleans—. Será cómodo y privado. Os lo prometo. No tenéis nada que temer de nosotros.

Mi primer impulso fue negarme una vez más.

—He rehusado ese tipo de invitaciones antes.

—Lo sé —dijo Aurore—. Por eso hoy os la traigo yo.

Lucille sonrió, cómplice.

—Consideradlo un acto de amistad femenina.

—Y una cosa más —añadió Aurore—. Louis me ha pedido que responda a esa pregunta que le hicisteis en vuestro primer encuentro.

—¿Qué pregunta es esa? —se interesó de inmediato Lucille.

—Jeanne le preguntó a su majestad cómo estaba. Y yo os traigo la respuesta, madame, de su parte: el rey se siente perdido, atribulado, cargado de responsabilidades.

Tuve que tomar aire. De pronto me sentía abrumada por todo, aunque no podía identificar del todo el origen de tal sentimiento. Que Louis me persiguiese una y otra vez había formado parte de mi plan, cuyo objetivo era introducirme en su círculo más íntimo. Y estaba a punto de lograrlo.

Entonces, ¿por qué me sentía tan sucia, tan impostora?

—Acepto cenar con su majestad, pues —dije al fin.

Aurore se levantó, satisfecha.

—Perfecto. Entonces está decidido: esta noche cenáis con nosotros en el Salón de Œil-de-Bœuf.

Lucille se puso de pie también y me tomó la mano un instante.

—Nos aseguraremos de que lo paséis divinamente. Os lo prometo, madame.

Cuando se marcharon, me quedé sola en mi aposento, con el corazón acelerado y la certeza incómoda de que acababa de cruzar un umbral invisible.

Aquella noche cenaría con el Rey Sol.

Y, por primera vez, no supe si debía temerlo… o desearlo.