Louis X
H acía años que no enviaba aquel tipo de notas a ninguna mujer.
Estaba acostumbrado a conquistas mucho más sencillas, a mujeres que se plegaban a mis deseos sin apenas resistencia, a caídas de ojos calculadas y sonrisas perfectamente estudiadas tras los abanicos.
Quizá, por ello, usar los silencios y las palabras escritas en tinta para estar cerca de Jeanne me resultaba tan refrescante.
Gérald de la Reynie carraspeó, incómodo al saber que interrumpía mis pensamientos.
—¿Majestad?
—Dime, capitán.
—Como me pedisteis, mis mosqueteros están efectuando redadas por todo París para encontrar la imprenta responsable de los panfletos en vuestra contra.
Hasta el momento, no hemos hallado pruebas fehacientes de la última resistencia frondera en la ciudad, aunque mis pesquisas conducen a un solo nombre: los Montault.
Suspiré, cruzando los dedos bajo mi barbilla. Era media tarde y en la cámara real solo estábamos Gérald, Philippe y yo. Mi hermano, por descontado, se sentía hastiado de hallarse ahí y no se molestaba en disimularlo con su mejor gesto de fastidio.
—¿Conoces a los Montault, Philippe?
—Una familia venida a menos que gana dinero con varios negocios de poca importancia a través del canal de la Mancha —contestó él—. Nunca han sido invitados al Palais Royal y, a juzgar por lo que recuerdo de ellos, no lo serán nunca.
—¿Por qué, alteza? —quiso saber Gérald.
Philippe hizo un aspaviento de profundo hastío, dejando claro que no sentía el más mínimo interés en seguir hablando de los Montault.
—Porque son exageradamente antiestéticos, Gérald, y yo no fornico con adefesios. A diferencia de su majestad, que insiste en dejarse ver con Madame de Maintenon. Apuesto a que tiene dientes muy afilados entre sus labios más íntimos.
Levanté una mano para que Philippe callase. Obedeció, no sin antes resoplar.
—Sigue investigando a los Montault, Gérald. Discretamente, eso sí. Sus idas y venidas, qué barrios visitan, con quién se encuentran, a qué congregación acuden a rezar, dónde compran sus telas y quiénes son sus amigos.
—Así se hará, majestad.
Quise pedirle que indagara en el pasado de Jeanne, pero me contuve.
No quería desconfiar de ella y tampoco tenía motivos para hacerlo.
Bontemps había comprobado sus papeles; estaban en regla.
No obstante, yo sabía que Gérald solía recelar de cualquier mujer que se acercase demasiado a mí.
Seguramente ya estaría realizando sus propias pesquisas sobre Jeanne sin que yo se lo hubiera pedido.
Así era mi capitán: silencioso, eficiente, suspicaz.
—Retírate, Gérald.
De la Reynie hizo una breve reverencia antes de dejarnos solos a Philippe y a mí. Mi hermano chasqueó la lengua, divertido .
—Ni siquiera follarse a una beldad como Lucille de Valois ha hecho que nuestro cruel capitán de los mosqueteros sea menos avinagrado. En fin…
—No quiero hablar de la vida íntima de Gérald.
—¿Ah, no? ¿Quieres hablar de la tuya con la Maintenon? Porque en ese caso antes preferiría ir a recoger boñigas a las caballerizas reales.
Me apreté el puente de la nariz, reuniendo toda mi paciencia.
—Pronto hará dos años que Henriette murió. Desde entonces, los Apartamentos de la Princesa se han mantenido cerrados. Entiendo que Aurore no tiene intención alguna de abandonar tu lecho para comportarse como una auténtica duquesa de Orleans y vivir separada de ti, ¿verdad?
—Tan verdad como que soy el hermano guapo de esta familia. ¿O es que vas a obligarla a vivir en la otra punta del palacio?
—No es esa mi intención —lo tranquilicé.
No pude evitar sonreír al ver la preocupación en su rostro.
Sus ademanes frívolos y su actitud superficial en absoluto podían esconder la verdad: que Philippe amaba a Aurore por encima de cualquier protocolo y que no estaba dispuesto a aceptar que la vida rígida de Versalles lo alejara del calor de su esposa—.
¿Qué opinas acerca de convertir los viejos aposentos de Henriette en una biblioteca real?
Eso despertó la curiosidad de Philippe.
—Opino que intentas conquistar el amor de mi esposa a base de libros.
—No necesito libros para eso.
—¿Y entonces para qué quieres ahora una biblioteca real?
—Por el simple placer de contar con una.
Mi hermano dejó ir una breve risotada.
—Tú no mueves ficha sin un objetivo claro, Louis. ¿Es para dar envidia a…? —calló de repente y su sonrisa se hizo más an cha—. Ah, ya sé. La misteriosa Jeanne de Lormagne, ese ángel rubio con el que lees libros y paseas por los jardines… Le quieres regalar una enorme biblioteca.
—Todos los palacios tienen una.
—Haz lo que quieras con los Apartamentos de la Princesa: construye una biblioteca, un nuevo salón de baile o el lupanar más vicioso de Francia, pero dime la verdad: ¿es por Madame de Lormagne, sí o no?
—Philippe… —dije, conteniendo un suspiro, y luego admití—: Sí. Es para ella.
Él adoptó esa expresión traviesa que siempre me hacía temer porque solía seguirle un comentario escandaloso que me irritaba y me divertía a partes iguales.
—Querido hermano, ¿y no te basta con robarle horas en el Bosquete de Rocallas sin levantarle las faldas? No, ahora tienes que regalarle una biblioteca. ¿Qué será lo siguiente? ¿Un palacio entero para que siga escondiéndose de la corte o un jardín secreto para sus pensamientos más íntimos?
—Será la biblioteca más hermosa que jamás haya existido en Francia —repuse, serio—.
Paredes de nogal, estanterías blancas altas hasta el techo, una escalera de caracol en pan de oro, ventanales que den al Gran Canal…
Quiero que tenga un lugar donde leer todos los libros que desee sin que ojos extraños la juzguen o la molesten.
Philippe se echó a reír con esa familiar mezcla de diversión y malicia que lo caracterizaba.
—Ay, Louis. A veces eres peor que un príncipe melancólico de novela romántica. ¡Dios mío, regalarle una biblioteca a una dama con la que ni siquiera has follado!
—No hables así. Quiero que tenga un lugar propio que no sea un salón de Versalles; algo que sea solo de ella.
—Ya, ya. E imagino que, además de pedirme un permiso que no necesitas para derribar los Apartamentos de la Princesa, quieres solicitar de mí algo más.
—Quiero enviar a Aurore para hacer compañía a Jeanne —declaré con decisión—. Ella conoce la corte y puede protegerla de los chismorreos malintencionados. Es, posiblemente, la mujer con el corazón más gentil de Versalles. Aurore jamás utilizará a Jeanne para nada. Confío en ella con toda mi alma.
—Un detalle por tu parte, Louis —dijo, irónico.
—¿Crees que Aurore se negará, si se lo pides tú?
—Querido hermano, no hace falta que me lo pidas.
Ya está hecho. —Y, como si de un mago se tratara, hizo un gesto con la mano—.
Aurore haría cualquier cosa por amor a mí y…
por devoción a ti. Mañana irá al Bosquete de Rocallas para supervisar el bienestar de tu musa literaria. De hecho, lo hablamos ayer.
—¿Lo hablasteis?
—Estamos preocupados por ti. Vas de la Maintenon a la Lormagne y no te acuestas ni con una ni con otra. ¿De verdad eres el Rey Sol que yo conozco?
—No, no lo soy.
—Pues por eso mismo Aurore irá a hablar con esa dama que te roba el sueño. De hecho, está ansiosa por conocerla.
—¿Sin advertirme antes?
—Bueno, Louis. —Philippe se encogió de hombros, divertido—.
Soy un hermano considerado. Además, ¿no quieres que todo esto se haga con un toque de discreción?
Jeanne no tiene amigas, no frecuenta los salones, y tú no puedes estar con ella las veinticuatro horas del día.
Aurore es perfecta para hacerle compañía .
Reconocí que, a pesar de su irreverencia, Philippe tenía razón. Y no pude evitar sonreír al imaginar a Jeanne rodeada de libros, con Aurore a su lado como amiga y protectora.
—Eres un canalla —dije finalmente, sin poder ocultar mi diversión—. Y un hermano demasiado astuto.
—Soy lo que me conviene ser —replicó, con su habitual insolencia elegante—. Pero, dime... ¿Qué harás cuando Jeanne descubra que le has construido la biblioteca más hermosa de Francia solo para ella? Ni siquiera tú podrás pretender disimular semejante gesto de conquista.
A traición, mi corazón se aceleró. Podría negar mil veces, podría recurrir a todas mis excusas de rey amante y protector de la cultura, pero Philippe conocía demasiado bien mis debilidades. Mentirle era inútil.
—Entonces tendré que confesarle lo que siento por ella —dije—. Y tú tendrás que jurar que no te reirás demasiado de mí.
—Hermano, eso es imposible. —Philippe apoyó su mano en mi hombro—. Y ahora, si me disculpas, haré llamar a tu preciado arquitecto, antes de que tantas ideas acerca de escaleras de caracol, estanterías y mármoles se derramen por tus reales oídos.
Mientras mi hermano se retiraba con una reverencia burlona, yo me quedé junto a los ventanales que daban al Patio de Mármol. No pensé en los Montault que Gérald investigaba, ni en la construcción del palacio del Trianón.
Solo en una biblioteca dorada, blanca, repleta de luz, con Jeanne de Lormagne como su única y legítima reina.
Y ese pensamiento me hizo sonreír.