Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne IX
30%

Jeanne IX

M i negativa a acudir a los salones no pasó, por supuesto, desapercibida. Justo lo que pretendía.

No quería ser como Madame de Montespan, que había sido una reina sin corona en la corte, dominando con su presencia todos los bailes y festejos, ni tampoco deseaba ser como Henriette de Inglaterra o Louise de la Vallière, amantes silenciosas y discretas, con la cabeza gacha.

Tenía la intuición de que Louis, tras los últimos convulsos años, necesitaba una mujer diferente a su lado, y en eso debía convertirme.

El Vigilante no acabó de entender mi estrategia, pero, tras un par de semanas de observar con sus propios ojos cómo Louis acudía cada mañana sin falta al Bosquete de Rocallas buscando mi presencia, permitió que llevase a cabo la misión a mi manera.

Porque, en efecto, Louis y yo pasábamos casi todas las mañanas juntos, aunque solo fuera una hora.

A veces paseábamos, otras yo leía en voz alta y él me escuchaba, con los ojos azules perdidos en las aguas de aquel teatro natural que él mismo había ideado.

Hablábamos, sí, pero también callábamos, y eso me hizo sentir cómoda a su lado.

No era habitual sentirse acogida en un silencio calmado y tranquilo como el suyo. Al menos, no para mí.

Cuando sus obligaciones le dejaban poco tiempo, Louis llegaba al Bosquete de Rocallas con una nota, que dejaba en mis manos, para luego besarlas con ligereza antes de proseguir con su ajetreada mañana.

Leer sus palabras siempre me alegraba el día, aunque hubiese preferido su presencia, a la que pronto me acostumbré.

Mi querida Jeanne,

Perdonad este robo miserable de vuestra compañía.

Creedme cuando os digo que no hay consejo, audiencia ni embajador que no envidie esta hora que ya os pertenece por derecho propio.

Si el deber me solicita hoy, no penséis que mi ausencia es desinterés, sino todo lo contrario: hay silencios que se prolongan porque uno desea volver a ellos intacto.

He aprendido a medir mis mañanas no por los asuntos del reino que me reclaman, sino por la distancia que me separa del Bosquete de Rocallas. Cuando no estoy allí, el día se me vuelve una danza mal ensayada.

No os escribo para pediros nada —sabéis que detesto suplicar—, sino para confesaros algo que no me permitiría decir en voz alta: vuestra ausencia pesa más que muchas presencias.

Si hoy no puedo estar a vuestro lado, guardadme un pensamiento. Yo haré lo mismo, aunque no me esté permitido.

Hasta mañana. Y no antes, por muy grande que sea la tentación de volveros a invitar a cenar conmigo para que vos me rechacéis.

L.

Yo doblaba aquellas notas con sumo cuidado, como si con aquel gesto pudiera proteger las palabras que acababa de leer. El beso ligero que dejaba sobre mis manos siempre ardía en mi piel.

Así fue como descubrí una parte de Louis para la que nadie me había preparado: la del hombre romántico .

Nunca escribía una sola palabra imprudente. Pero, aun así, cada una de sus líneas transmitía una intimidad peligrosa, calculada con la misma precisión con la que gobernaba su reino. Aquel era sin duda el lenguaje de Louis: el de la contención, el del deseo que se reconoce, pero no se consuma.

Las notas acababan siempre guardadas entre las páginas del libro que hubiese llevado conmigo aquella mañana.

Después de leerlas, solía sentarme junto al agua y dejaba que su murmullo constante me envolviera.

Por primera vez desde que había llegado a la corte, no sentí la necesidad de fingir nada.

Día tras día, me había convertido en la ausencia que él notaba, la compañía que él buscaba.

Louis venía a mí cuando podía, y cuando no, se hacía presente con tinta, como si escribir mi nombre sobre el papel fuera su particular forma de acariciarme en la distancia.

Yo respondía solo con mi constancia. Seguía sin acudir a los salones, pero visitaba el Bosquete de Rocallas cada mañana, puntual, serena, dejándole claro que no lo esperaba con ansiedad, pero tampoco con indiferencia.

Sabía que eso lo desarmaba más que cualquier gesto desesperado que buscara su atención.

Cuando por fin volvió tras varios días de ausencia, se sentó a mi lado sin pronunciar ni una sola palabra.

Permanecimos así largo rato, observando el reflejo del cielo en el agua que nos rodeaba.

Sentí su proximidad como una corriente cálida, y no pude evitar estremecerme.

Tuve que reconocer que había añorado su cercanía.

—He echado de menos estos instantes, con vos, madame —dijo al fin.

Su mirada se detuvo en mí con tal intensidad que, por un momento, me dejó sin saber qué contestar .

—El reino no se sostiene solo —respondí—. Supongo que alguien tenía que recordároslo.

Sonrió. Esa sonrisa breve, privada, que no regalaba a la corte, solo a sus más allegados.

—Sois un hábito del que empieza a costarme prescindir, Jeanne.

—Y vos uno al que me cuesta renunciar.

De nuevo se creó entre nosotros ese espacio mínimo donde cabía, quizá, un beso robado. Vi el deseo cruzarle el rostro, fugaz, controlado, como un eclipse solar. Su mano se movió apenas, lo suficiente para rozar la mía, y se detuvo.

«Todavía no», pensé, y no me equivoqué.

Yo tampoco tenía prisa. Sabía que, cuando Louis dejara de escribirme notas y empezara a decirlo todo sin palabras, ya no habría marcha atrás. Cuando eso ocurriera, el resto de mi misión sería harto sencilla de consumar.

Entonces, ¿por qué me sentía más desdichada con cada día que pasaba?