Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis IX
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Louis IX

F iel a su palabra, Jeanne no acudió a la cena de esa noche, lo cual provocó la hilaridad de Philippe.

Y, también fiel a mi palabra, volví al Bosquete de Rocallas al día siguiente, donde la encontré leyendo en el mismo banco de mármol. Di órdenes a mis mosqueteros de que custodiasen los accesos a aquel rincón del jardín para asegurarnos la intimidad lejos de ojos curiosos.

Al escuchar mis pasos, Jeanne ni siquiera levantó la vista del libro.

—¿Cómo fue la cena anoche, majestad?

—Sois una mujer que disfruta provocándome, ¿no es cierto?

—Soy una mujer que disfruta de su propio espacio —dijo, cerrando el libro de golpe y mirándome con total calma.

—¿Qué leéis hoy?

—La primera parte de L’Astrée , de Honoré d’Urfé. Es la única que tengo, en realidad.

Me senté a su lado.

—En la biblioteca de Versalles tenéis todas las partes a vuestra disposición.

Ella pareció sorprendida.

—¿Hay biblioteca real en Versalles?

—Yo no la llamaría así; apenas es un salón en la planta baja, y pocos cortesanos lo frecuentan —respondí—.

Desde la llegada de la duquesa de Orleans a la corte, he procurado nutrir sus estanterías de tratados médicos de todo el mundo, ya que su alteza los toma prestados casi a diario.

También encontraréis muchos clásicos, claro.

—Un palacio como este debería contar con una biblioteca mucho más amplia que un simple salón.

—No os falta razón.

—Y, sabiendo cómo os gusta la arquitectura, seguro que sois capaz de crear la biblioteca más hermosa del mundo.

—¿Pretendéis lisonjearme, madame?

—Solo lo justo y necesario, majestad.

Sonreí, y sus mejillas se cubrieron de un ligero rubor.

Tuve ganas de tomar sus manos y besarlas, pero me contuve. Sus dos rechazos a cenar conmigo estaban ahí, presentes, si bien tenía la sensación de que Jeanne no rehuía mi compañía privada, pero sí el peso de mi corona. Eso me atraía aún más hacia ella.

—¿Acaso no hay lugar en Versalles para una biblioteca digna de tal nombre?

—De hecho, sí. Los aposentos privados de Henriette llevan vacíos y cerrados desde su muerte. Podría ser un buen lugar para una biblioteca real.

—¿Los aposentos de la difunta princesa no deberían ser usados por la nueva princesa?

—La actual duquesa de Orleans se niega a ser decorosa e insiste en compartir lecho con mi hermano.

—Qué desfachatez por su parte —se burló Jeanne—. Una esposa queriendo dormir con su marido.

—Es el protocolo real.

Simuló un bostezo de aburrimiento, lo que provocó mi risa y, tras unos segundos, también la suya .

—¿Y no es más divertido romper de vez en cuando ese protocolo tan rígido? Es más, ¿no lo estáis rompiendo ahora, aquí, a solas conmigo, majestad?

—Sí —dije, inclinándome hacia ella—. Y os aseguro que se me ocurren al menos una docena de maneras de continuar rompiéndolo ahora, aquí, a solas con vos, madame.

—¿Vos, el rey obsesionado con el protocolo, rompiéndolo con una dama cualquiera de la corte?

—¿Creéis que estoy obsesionado con el protocolo?

Ella encogió un solo hombro y se apartó los bucles trigueños que la brisa primaveral insistía en despeinarle.

—Eso se rumorea en toda Francia, sí.

—Se cuentan muchas cosas de mí que no son ciertas.

—Siempre hay algo de verdad en las mentiras.

—¿Sí? —la reté yo con la mirada; un reto que ella aceptó sin achantarse lo más mínimo.

—Sí, majestad.

—Prefiero cuando me llamabais Louis, allá en el bosque.

—Allá en el bosque no sabía que erais el Rey Sol.

Sacudí la cabeza, divertido.

—Jeanne de Lormagne… creo que habéis llegado a Versalles para ponerlo todo del revés.

Ella volvió a abrir el libro, dispuesta a seguir con su lectura.

—Quizá Versalles necesita ser puesto del revés.

Las obligaciones me reclamaban esa mañana, como cualquier otra, pero fui incapaz de abandonar el Bosquete de Rocallas durante horas.

Horas en las que hablamos de infinitas cosas, de pequeñas y mundanas y de otras que apenas me atrevía a nombrar.

Jeanne era una mujer de la baja nobleza, pero sin duda estaba educada de forma exquisita.

Le interesaba la literatura, pero también la política que regía nuestro mundo, y no tenía ningún reparo en llevarme la contraria si no estaba de acuerdo conmigo.

Era reacia a hablar de un pasado que presupuse triste, a juzgar por el velo de aflicción que cubrió sus ojos verdes cuando yo quise saber más de su matrimonio con ese Romuald de Lormagne. Debía haber sido una unión desdichada, desprovista de amor y dulzura.

Cuando nos cansamos de estar en el Bosquete de Rocallas, paseamos por los jardines, sin dejar de hablar.

Mis mosqueteros me seguían de cerca, impidiendo que nadie se acercara a nosotros, y yo notaba los ojos de toda la corte clavados en Jeanne y en mí, preguntándose quién era aquella misteriosa y hermética recién llegada dama que ocupaba tanto tiempo de la ajetreada jornada del rey.

Yo también me lo preguntaba, y era agradable por fin contar con un misterio mucho más atrayente que averiguar el paradero de Ferdinand.

A su lado, no pensaba en la Nueva Fronda, ni en los ofensivos cánticos de la Corte de los Milagros, ni en el aborrecimiento que me provocaba mi matrimonio, ni en la amenaza que representaba William de Orange para mis ambiciones de expandir el imperio francés.

—Lo cierto es que debo confesar que bailar no me gusta demasiado, y ese es uno de los motivos por los que creo que es mejor evitar los salones.

—No hay obligación alguna de bailar, madame.

—Estoy en la corte del Rey Sol, que adora la música y el baile, que ha fundado la Academia Real de Danza, ¿y me decís que no es obligatorio bailar en vuestras veladas nocturnas?

Me reí. Nuestros pasos nos habían alejado bastante, hasta llegar a la orilla del Gran Canal.

—La mayoría de la gente que odia bailar es porque cree que desde fuera se ven ridículos .

—A vuestro lado, sin duda, majestad.

—No me aduléis, madame. No lo necesito —dije, y ella se ruborizó ligeramente—. Mi día a día es estar rodeado de aduladores que buscan mis favores. Si queréis ser mi amiga, no seáis como ese hatajo de parásitos.

—¿Queréis que seamos amigos, pues?

Me detuve un instante. Su pregunta había abierto un espacio peligroso entre nosotros, uno donde cualquier palabra mal elegida podía delatar que me sentía tan atraído hacia ella que su simple presencia me mareaba.

Así que, en lugar de hablar, me permití el lujo de deleitarme en su precioso rostro.

El sol se perdía en el dorado de sus cabellos, en aquella mañana que parecía no acabarse nunca, y pensé que nunca había visto a nadie tan fuera de lugar y, al mismo tiempo, tan perfectamente situada en mi reino.

—La amistad —dije al fin— es un lujo extraño en alguien que ocupa mi posición, pues exige una honestidad que no siempre está permitida.

Sus ojos no se apartaron de los míos. No había temor en ellos, ni la servil disposición de quienes buscan agradar al rey. Fui consciente, de pronto, de la inapropiada cercanía de nuestros cuerpos.

—Si queréis, os hablaré como una amiga —respondió Jeanne—. Una amiga que no espera nada de vos, excepto vuestra compañía en mañanas tan hermosas como esta.

Alcé una ceja. Todo el mundo esperaba algo del Rey Sol.

Quizá por eso, la idea de ser deseado no por mi corona, sino por mí mismo, me recorrió como un incendio lento.

Imaginé, sin permiso, la curva de su cuello bajo mis labios, la sorpresa de su respiración al descubrir que un rey también podía perder el control.

Me obligué a reprimir esos pensamientos impropios, sin conseguirlo del todo.

—Sois peligrosa, madame.

—¿Por qué? ¿Por qué no sé bailar al son que marca Versalles o por qué he decidido no adularos?

Le dediqué una de esas sonrisas que tantos habían aprendido a temer y a desear al mismo tiempo.

—Porque me hacéis olvidar que debería ser temido.

—¿Por qué temido y no amado?

—El amor no tiene cabida en la vida de un rey, madame.

Ella no respondió a eso y pronto reanudamos el paseo.

Mis mosqueteros mantenían la distancia justa para no escuchar, pero lo bastante cerca como para recordarme quién era yo y qué se esperaba de mí.

Notaba las miradas furtivas de la corte, así como los cuchicheos contenidos que ya imaginaba convertidos en rumores antes del anochecer.

No me importaba. En Versalles era el único con el lujo de poder ignorar todas las habladurías, si así me placía.

—Decidme —quise saber—, ¿os veré en los salones esta tarde?

Ella tardó un poco en responder. Sus pasos eran ligeros, pero seguros, como si conociera los jardines desde siempre.

—Me temo que no —respondió—. La vida cortesana no me interesa demasiado. Hay paz en vuestros jardines y guerra en vuestros salones. Prefiero la paz.

—Entonces supongo que volveréis a rechazar cenar conmigo.

—Sí, majestad, a no ser que vos queráis mostraros humano y contarme cómo estáis.

Sentí el impulso inmediato, casi violento, de tomarla del brazo, de detenerla y obligarla a mirarme hasta que admitiera lo que ambos sabíamos que está ocurriendo.

Que aquella atracción no la sentía solo yo.

Quise hacerla mía, aun sin tocarla. Pero me contuve.

Me había prometido ser mejor rey, no volver a caer en ese tipo de pecados superfluos, no tomar más amantes que debilitaran mis sentidos.

Dejarse llevar por el deseo me volvía débil, y yo había jurado no serlo nunca.

—Entonces, os veré mañana en el Bosquete de Rocallas, si me lo permitís —dije—. Aunque supongo que sois consciente de que estos encuentros matutinos podrían malinterpretarse.

—No soy responsable de las interpretaciones ajenas —replicó—. Solo de mis intenciones.

Si supiera cuántas veces, en ese breve paseo, había imaginado inclinarme hacia ella, robarle un beso breve, imperdonable, que nos condenara a ambos.

Si supiera lo mucho que deseaba marcar ese momento como mío, grabarlo en su memoria para que nunca pudiera olvidar cómo el rey había estado a un suspiro de cruzar la línea.

Nuestros rostros estaban demasiado cerca. Pude contar las pecas de su nariz, percibir el calor de su piel. El mundo se redujo a ese espacio mínimo entre nosotros. Bastaba inclinarme un poco más. Bastaba olvidar por un instante la corona, la reina, Europa entera. Bastaba…

«No lo hagas. No seas esa clase de rey otra vez. Francia se merece un hombre mucho mejor del que ahora eres».

Me enderecé.

—Regresemos —ordené, aunque mi voz traicionó el torbellino de deseo que estaba sintiendo mi corazón—. El deber me llama, y no quiero robaros más tiempo.

Jeanne caminó a mi lado sin decir nada más y compartimos aquel cómodo silencio bajo el sol primaveral. En la Fuente de Latona besé su mano para despedirme de ella .

—¿Volveré a veros mañana en el Bosquete de Rocallas, majestad? —preguntó, risueña, dejando su mano entre la mía unos instantes más de lo debido.

—¿Os complacería eso, madame?

Una sonrisa fue su única respuesta antes de dar media vuelta y dejarme ahí, con el corazón latiendo apresuradamente.

Yo, el Rey Sol, sabía que acababa de comenzar una guerra mucho más íntima que cualquiera de las que libraba en mis fronteras. Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de querer ganarla demasiado pronto.