Jeanne VIII
T ras la partida de Louis, intenté concentrarme en las palabras de Ovidio. No lo conseguí. Por mucho que leyera y releyera una línea, era incapaz de retener su significado. Finalmente, tras un buen rato perdiendo el tiempo, cerré el libro sobre mi regazo.
No había planeado cruzarme con Louis en los jardines, pero había ocurrido y, considerando el resultado, había salido bien parada. Su interés por mí había crecido.
Era una victoria pequeña, pero una victoria al fin y al cabo.
Sin embargo, mientras permanecía sentada en el banco de mármol, con la luz de la mañana acariciándome el rostro, una inquietud sorda me oprimió el pecho.
Louis era el Rey Sol, el centro del universo de Francia, el monarca alrededor del cual todos orbitábamos con devoción o temor.
El desafío de seducirlo era más intoxicante de lo que había previsto.
Sacudí la cabeza, apartando tales pensamientos. No tenía sentido regodearme en ellos. Mucho más importante que eso era la cena de esta noche, a la que por supuesto no pensaba acudir.
Si Louis había decidido invitarme al Salón del Œil-de-Bœuf , significaba que quería probar los límites de mi carácter en público.
Allí no estaríamos solos, rodeados solo por el murmullo del agua y la complicidad de una conversación entre iguales.
No. En el salón, él jugaría totalmente en su terreno, rodeado de su círculo más íntimo .
Tarde o temprano tendría que aceptar esa invitación para cenar, pero, hasta entonces, tendría que demostrarle que no era una presa fácil.
Eso aumentaría su interés en mí, estaba segura de ello.
Al fin y al cabo, aunque rey, Louis era como cualquier otro hombre: todos deseaban una cacería emocionante.
Y él, acostumbrado más que nadie a ser deseado, apreciaría un desafío amoroso.
Tomé aliento y me puse en pie, alisando las faldas de mi vestido. Ya había perdido suficiente tiempo en divagaciones inútiles y deseaba regresar a mi habitación. Mi intención era dejarme ver lo menos posible por palacio para que fuese Louis quien me buscase.
Atravesé los jardines hasta llegar al Estanque de Neptuno, donde un sollozo contenido me hizo detenerme en seco.
Giré la cabeza y vi a una joven dama sentada en el borde de la fuente, con la cabeza gacha y las manos ocultando su rostro.
Su cabello de ébano caía en ondas desordenadas alrededor de su cara.
El temblor de sus hombros era inconfundible. Estaba llorando.
Versalles era un nido de víboras disfrazadas de aristocráticos ángeles, y el llanto de una dama solitaria no era algo con lo que una se debía encontrar a menudo, pues la debilidad era una falta mayor que nadie deseaba airear en público.
Quizá por eso sentí una punzada de compasión por aquella joven, a la que me acerqué sin pensármelo dos veces.
—Si tenéis la intención de arrojaros al estanque, permitidme aconsejaros que no lo hagáis —dije con una ligera sonrisa—. La corte murmura por menos que eso, y las aguas de Neptuno no son lo suficientemente profundas como para ofreceros un final digno.
La dama se sobresaltó y levantó el rostro. Tenía una belleza arrebatadora. Su piel era pálida, su nariz fina y aristocrática, con unos ojos oscuros de largas pestañas, que ahora parecían reflejar todo el pesar del mundo. Debía tener unos pocos años menos que yo.
Parpadeó, confundida ante mis palabras.
—No pensaba arrojarme al estanque —aseguró, apresurándose a secarse las lágrimas para que no estropearan su maquillaje—. Sería un auténtico desperdicio.
No pregunté si se refería a su vida o a su dignidad. Ambas cosas eran válidas.
—Me alegro de oírlo.
—Disculpadme, madame. No debéis preocuparos por mí.
—No me preocupo con facilidad, pero tampoco ignoro el sufrimiento cuando lo tengo delante. ¿Puedo sentarme con vos?
La joven asintió, y tomé asiento a su lado en el borde del estanque.
—¿Queréis contarme qué os ha causado este desconsuelo? —pregunté con suavidad.
Ella exhaló un suspiro entrecortado.
—Mi padre ha muerto —dijo, con un hilo de voz—. No es algo que me venga de nuevo, pues llevaba años enfermo, pero…
—Pero no por eso duele menos.
—No, me temo que no. Aunque, de una manera infantil, creí que los padres eran eternos y que jamás nos dejaban solos en este mundo cruel.
—Ese es un bonito sueño, del que la vida se encarga de despertarnos con brusquedad.
—No sé por qué lloro como una tonta. Mi padre llevaba años senil, incapaz, y quizá Dios ha hecho bien en llevárselo con él. Pero ahora el mundo parece extraño sin su presencia.
—Así es como solemos sentirnos cuando la muerte alcanza a un ser querido —dije, apartándole un mechón oscuro de su rostro—. En mi opinión, hay que dejar que la pena haga su trabajo y su labor, pues, al igual que la alegría, nos recuerda todo por lo que vale la pena vivir.
—¿Eso es de la Biblia?
No pude evitar echarme a reír.
—Me temo que no, es de cosecha propia.
—Menos mal, no podría soportar a otra beata que llegase para unirse al círculo de la moral de Madame de Maintenon —soltó, poniendo los ojos en blanco, y supe que aquella joven me caería bien.
—Os aseguro que nada más lejos de mi intención. De hecho, prefería evitar a toda costa ese círculo de la moral del que habláis.
—Pues no os crucéis en el camino de Françoise, o acabaréis rezando el rosario diez veces al día. —Dejó ir un suspiro y luego me observó, curiosa—. ¿Sois recién llegada a la corte?
—Sí —sonreí, y luego incliné la cabeza para presentarme—. Jeanne de Lormagne.
—Lucille de Valois.
Levanté una ceja con interés. Había oído hablar de ella; era la dama de compañía de la duquesa de Orleans y, por lo tanto, cercana a la familia real.
—Un placer, Madame de Valois.
—Mademoiselle, en realidad. No he contraído matrimonio.
—¿Y cómo demonios se explica eso? Esta corte está empapelada de espejos para que los caballeros puedan admiraros desde cada ángulo. Y me atrevería a jurar que todos son encantadores.
Ella, aun con su tristeza, se sintió halagada.
—No habléis demasiado alto, pues mi hermano no ha perdido la ocasión de recordarme mi deber de contraer matrimonio.
—Comprendo vuestra angustia —dije—. Yo me desposé con catorce años y, en verdad os digo que esa es la mayor desgracia que le puede ocurrir a una mujer.
—No puedo estar más de acuerdo.
El viento agitó la superficie del estanque y, por un momento, ambas permanecimos en silencio, contemplando el reflejo distorsionado de Versalles en el agua.
—¿Habéis llegado a la corte con el señor de Lormagne?
—No, soy viuda.
—Oh, lo siento mucho, madame.
—No lo sintáis. Mi Romuald era un hombre entrado en años y, siendo sincera, tampoco me hizo muy feliz. He sido profundamente desdichada en los últimos diez años. Lo que quiero ahora es divertirme.
Aquello despertó el interés de Lucille.
—Entonces, supongo que estáis en el lugar adecuado.
—Sí, ¿verdad?
En aquel instante, mi interlocutora pareció caer en algo.
—Esperad. ¿No sois vos la dama que llegó ayer junto a su majestad?
—Bueno, yo… Sí. Pero fue pura casualidad.
—Caramba, esa sí es una entrada triunfal: de la mano del Rey Sol, nada menos.
—Nunca fue mi intención llamar la atención de esa manera, creedme. Nada me apetece menos que verme enredada en las complicadas relaciones de la familia real.
Lucille rio.
—En ese caso, temo anunciaros que soy la dama de compañía de la duquesa de Orleans, así que, en cierto modo, ya os habéis visto enredada con la familia real.
—Vaya por Dios —me lamenté—. Eso me pasa por ser amable.
Ambas nos echamos a reír, cómplices .
—Os agradezco vuestro gesto, madame. De verdad. Aunque… ¿Me permitís un consejo, ya que sois recién llegada a Versalles?
—Por supuesto.
—No mostréis esta bondad vuestra demasiado a menudo. Este es un lugar traicionero donde un corazón gentil suele ser despedazado en los salones.
—Tendré muy en cuenta ese buen consejo, mademoiselle de Valois. —Tomé mi libro y me puse en pie, sacudiendo mis faldas—. Debería regresar a mis aposentos.
—Esperad, madame. —Lucille también se incorporó, curiosa—. ¿No es más cierto que ayer os negasteis a acudir a una cena con su majestad?
—Así es. Lo rechacé, creyendo que su interés decrecería con mi descortesía. Al parecer, no podía estar más equivocada, pues hoy he recibido una segunda invitación a su mesa.
—¿Acaso no sabéis que si le negáis algo a un hombre, este lo deseará con más ahínco?
—Debería haberlo previsto, sí.
Ambas echamos a andar de vuelta al palacio.
Ella parecía más serena y, tras unos pocos pasos, recuperó toda su compostura, decidida a que nadie contemplase su fragilidad.
Pensé que en Versalles todos debíamos llevar una máscara para protegernos o, de lo contrario, nuestras debilidades se convertían en un talón de Aquiles que cualquiera podría destrozar con solo una flecha.
—Así pues, ya conocéis al rey —comentó Lucille mientras atravesábamos el Parterre del Norte.
—Sí, así es.
—Su majestad es sin duda un hombre especial, ¿verdad? —sonrió Lucille.
—Sin duda —concedí, sin más .
Tuve ganas de preguntarle, de forma totalmente indecorosa, si ella era una de las múltiples mujeres que habían pasado por la cama de Louis.
A mi parecer, que había crecido junto a un puñado de bellezas destinadas a ser Semillas como yo, Lucille de Valois gozaba de un atractivo excepcional.
No sería raro que el rey la hubiera reclamado para sí y, en ese caso, ella sabría si Louis era un hombre cruel en la intimidad.
Porque, por encima de cualquier cosa, deseaba saber si Louis también me haría daño cuando me tomase, tal y como me lo habían hecho todos los hombres que me habían adiestrado .
Pero, por supuesto, no tenía la suficiente confianza para ese tipo de preguntas, y callé, quizá de forma demasiado melancólica, pues Lucille me observó con curiosidad.
—¿Os apetecería en alguna ocasión pasear conmigo y con su alteza la duquesa de Orleans? —preguntó, atenta, antes de separarnos, ella en dirección a los Apartamentos del Príncipe y yo al piso superior—. Prometemos ser amables y poneros al día de los cotilleos de Versalles.
Sonreí.
—Sería un placer, mademoiselle de Valois.
Y, con una última y cortés inclinación de cabeza, me alejé, con la certeza de que los siguientes días serían cruciales para mi misión.