Louis VIII
M ientras abandonaba el Bosquete de Rocallas, me di cuenta de que llevaba una sonrisa dibujada en el rostro, y me obligué a borrarla de inmediato.
El rey no podía dejarse ver de esos ánimos.
Siempre debía mostrarme neutro, contenido, justamente cercano, pero lo suficientemente distante para que la ilusión jamás se desvaneciera.
Philippe solía reírse de mis obsesiones, pero yo sabía mejor que nadie lo importante que era proyectar la imagen correcta.
Por eso, quizá, escuchaba a Françoise. También confiaba en ella.
No a ciegas, pero sí depositaba en ella una confianza más que amplia.
Nunca había dado muestras de querer poder, no era vanidosa ni coqueta, sino una cristiana piadosa y dedicada que me recordaba, en ocasiones, a mi madre.
No en el carácter —Françoise era mucho más reservada y menos dada a las grandes pasiones—, pero sí en su devoción por Dios y en su insistencia en que debía gobernar dando ejemplo de rectitud.
Tal vez por eso toleraba sus consejos incluso cuando se entrometía demasiado.
Porque, a diferencia de la mayoría de las mujeres que habían compartido mi lecho, Françoise no me había pedido nada para sí.
Ni joyas, ni tierras, ni títulos. Todo eso se lo había ofrecido yo por la devoción que mostraba a María Teresa .
Posiblemente, Françoise era la clase de mujer firme y recta que necesitaba en mi vida en aquellos momentos. Sin embargo, era incapaz de apartar de mis pensamientos a Jeanne.
Jeanne.
Cuando pronunciaba su nombre en mi mente, todo mi cuerpo se llenaba de una extraña anticipación.
No podía evitar recordar su mirada avispada y la forma en que parecía sostenerme el pulso sin el más mínimo titubeo.
No me había adulado, ni había tratado de complacerme.
Había jugado con sus propias armas y había salido indemne de nuestro encuentro.
Eso era raro, peligroso… y arrebatadoramente tentador.
Mis pasos me guiaron casi por instinto hacia la Fuente de Latona.
Desde allí, podía ver la extensión completa de mis jardines, con sus fuentes y estanques reflejando la luz del sol de primavera.
Versalles era la viva prueba de mi voluntad, de mi visión, de mi capacidad de transformar el fango en gloria.
Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en mi legado.
Pensaba en una mujer que no se había rendido a mí en el primer intento.
Distinguí, a lo lejos, a los tres hermanos Valois que se dirigían al Estanque de Neptuno.
Solo hablaba Stéphane, y asumí que le estaba transmitiendo las funestas noticias a Lucille y a Bastien, quien había interrumpido su entrenamiento en el cuartel del Louvre para acudir a Versalles.
Lo sentí por ellos; perder a un padre nunca era fácil.
También lo sentí por Stéphane, que tendría que asumir todas las obligaciones de un cabeza de familia.
Atravesando el Parterre del Agua, me encontré a Gérald, con la mirada clavada en los tres Valois que se alejaban. Me detuve junto a él y nos saludamos con una leve inclinación.
—Mademoiselle de Valois estará bien —dije, intuyendo su inquietud—. Es una mujer extraordinariamente fuerte.
—Aun así —respondió mi capitán, siempre austero.
—Sabes que, si así lo deseases, te daría un título nobiliario para poder casarte con ella.
—No quiero ser parte de la nobleza, majestad.
—Ya lo sé —acepté, frustrado ante su enésima negativa de aceptar lo que le ofrecía.
Gérald era tozudo, aferrado a sus ideales.
En él, sí confiaba a ciegas—. Pero ahora que el señor de Valois ha decidido pasar una temporada en Versalles, lo más probable es que obligue a su hermana a contraer matrimonio. Supongo que lo sabes.
Gérald no dijo nada, apoyada la mano derecha sobre su espadín. El sombrero de ala ancha ocultaba parte de su rostro adusto, repleto de cicatrices. Puse una mano en su hombro.
—Ven a cenar esta noche conmigo. Sé que no disfrutas de esa clase de reuniones sociales, pero me temo que es una orden de tu rey.
—Sí, majestad.
Dejé atrás los jardines y me dirigí al Apartamento Real para descansar un poco antes de reunirme con mis ministros. En la chambre du roi me esperaba Françoise, serena como siempre, pero con la censura escrita en sus ojos pardos.
—Majestad —me saludó, seca, sus manos entrelazadas en un gesto de compostura absoluta. Esta vez su presencia, con ese aire de resignación piadosa, que normalmente me consolaba, me crispó los nervios.
—Françoise, hoy prefiero estar solo —la informé.
Aquello sin duda la sorprendió. Era la primera vez que la echaba de la cámara real sin demasiadas contemplaciones.
—No creáis que no sé por qué queréis estar solo.
—¿Lo sabéis?
—La llegada de la duquesa de Orleans. ¿Acaso no vais a solicitar su presencia esta noche en esta misma cámara para pecar contra las leyes de Dios? La carne es una prueba, y debéis resistir la tentación.
Mi crispación aumentó.
—¿Tentación? —repetí, con un deje de incredulidad que rozó la ira—. ¿Llamáis tentación a complacer mis deseos más humanos?
—Si deseáis compañía femenina, acudid a vuestra esposa.
—No.
—Debéis solo acostaros con ella.
—No —repetí, y un ardor furioso recorrió mi sangre—. ¿O quizá queréis ser vos quien ocupe su santo lugar en mi cama, madame?
Ella se tensó ante aquel ofrecimiento, como si lo hubiese estado esperando durante mucho tiempo, pero luego negó con la cabeza.
—No somos marido y mujer, majestad. Sería un pecado fatal al que no sucumbiré.
—Soy vuestro rey.
—Y yo, vuestra humilde servidora. —Su mirada no vaciló, lo que me irritó aún más—.
Os respeto más que a ningún hombre en este mundo, pero no puedo entregarme a vos.
No mientras estéis casado con mi reina. Y vos debéis reprimir esos deseos malsanos que os arrastran a camas ajenas y que rebajan vuestra dignidad como rey.
Sentí cómo la frustración me subía por la garganta como un incendio incontrolable. Françoise siempre me hablaba como si mi deseo fuese un capricho pecaminoso que manchaba al reino entero.
Y yo nunca era capaz de discernir si tenía razón o no.
—Os amo como a un hijo de Dios, Louis. — Su voz era suave, casi maternal—. Y no seré yo la causa de vuestro pecado.
Solté una risa amarga, cargada de sarcasmo.
—No es pecado hacer lo que la naturaleza ordena.
—La naturaleza de un rey debe ser superior a sus pasiones —declaró Françoise—. Si deseáis a una mujer, vuestra esposa os aguarda a unas pocas habitaciones de aquí. Id con ella y cumplid con vuestro deber conyugal.
—No.
—Entonces, rezad conmigo, majestad.
Se arrodilló frente a mi lecho y me tomó de las manos para obligarme a hacer lo mismo. Intenté resistirme, pero Françoise tenía un talento único para obligarme a enfrentar todas mis faltas.
—Habéis yacido con infinidad de mujeres casadas que no os pertenecían.
Habéis fornicado con la difunta princesa Henriette y con la duquesa de Orleans, vuestras cuñadas.
Habéis tomado todo cuanto os ha apetecido.
Y por vuestros pecados de impudicia, Dios os ha castigado llevándose al cielo a gran parte de vuestros hijos varones.
Sois vos quien ha puesto en peligro la seguridad de toda Francia por un puñado de amantes.
¿Acaso seguís queriendo tener que enterrar príncipes herederos?
Cada una de sus palabras me atravesó como un alfiler, hundiéndose en la piel sin esfuerzo. No era la primera vez que me hablaba así. No sería la última, seguramente.
—¿Creéis que podéis redimirme con un padrenuestro?
Ella no titubeó.
—No. Solo vos podéis redimiros, majestad.
Mis manos seguían entre las suyas, pero su tacto no me reconfortó. Sin embargo, me tragué la furia y el orgullo y murmuré junto a su voz las oraciones que debían llegar al Altísimo para que este perdonara todas mis faltas.
Pero, a pesar de mi empeño, mi sangre ardía y mi cabeza, contra toda lógica, no estaba ocupada en Françoise ni en aquella penitencia autoimpuesta.
No.
Estaba en una mujer de labios afilados y ojos perspicaces, tallados en verdes esmeraldas.
«Jeanne», pensé, incapaz de poder apartar su rostro de mi mente. «Con vos no hay Nueva Fronda, ni pecados que necesiten de redención, ni oraciones que me alejen del deseo. Con vos, solo existe el peligro de lo desconocido y la promesa de algo que aún no sé si temo o ansío».
Cerré los ojos, dejando que las palabras piadosas de Françoise se fundieran en un murmullo distante. Mis labios repetían las plegarias con la misma precisión con la que firmaba edictos, con la misma frialdad con la que dictaba sentencias.
Pero mi alma estaba lejos de allí.
Estaba en los jardines de Versalles, donde el sol doraba unas ondas trigueñas y una voz afilada respondía a mis provocaciones sin miedo.
Estaba en el Bosquete de Rocallas, donde una mujer me había desafiado sin aspavientos ni adulaciones.
Estaba en la tensión de un juego recién iniciado que no sabía dónde me llevaría.
Cuando terminé la última palabra de la oración, me aparté de Françoise y me puse en pie.
—Sois una mujer piadosa —dije, más calmado—, y por eso os aprecio.
Ella me observó, esperando lo que solía llegar cada día: una invitación para cenar en mi mesa. Sin embargo, no quería verla más. No hoy.
—Esta noche os dispenso de mi compañía, Françoise —proseguí, sin inmutarme—. Acompañad a la reina en sus oraciones.
Françoise pareció sorprendida, puesto que desde que nos habíamos acercado el uno al otro, siempre había tenido una silla asegurada a mi mesa. Un relámpago de furia cruzó por sus ojos antes de que la resignación lo sustituyera.
Inclinó la cabeza antes de despedirse de mí.
—Que Dios os guíe, majestad.
Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio se asentó en la habitación y pude, al fin, sonreír sin preocuparme por ocultar mis emociones.
Me acerqué a la ventana y dejé que la brisa de la mañana disipara el aroma de la piedad que aún flotaba en el aire de mis aposentos.
Desde allí, podía ver el trazado geométrico del Patio de Mármol y las doradas puertas de Versalles.
Había algo en este día, en este momento, que se resistía a la simetría perfecta de mi mundo.
Apoyé la mano en el alféizar, disfrutando de una soledad que apenas tenía nunca.
No era la primera vez que una mujer captaba mi interés.
No sería la última. Pero en Jeanne de Lormagne había una falta de temor que me desconcertaba, una aguda inteligencia que desafiaba sin provocación abierta, una lengua afilada que sabía cuándo morder y cuándo acariciar.
Y, sobre todo, había en ella una negativa implícita a rendirse sin condiciones.
Estaba deseando que llegara la noche.