Jeanne VII #2
—Lo he leído un centenar de veces, pero Ovidio siempre logra subyugarme —dije, enseñándole la cubierta.
Louis asintió; pareció bastante complacido por mi elección y mis gustos.
—¿Me permitís? —dijo, señalando el banco.
—Hasta donde yo sé, este mármol os pertenece y no tenéis que pedirme permiso para sentaros en él —bromeé, arrancándole otra pequeña sonrisa.
Tomamos asiento, uno junto al otro, y la brisa de la primavera me trajo el sutil olor del perfume que emanaba de su cuello, envuelto en un impecable jabot de un blanco crudo.
Ya me habían advertido de su elegancia innata, pero no pude menos que admirar la forma en que Louis se movía. Todo él parecía transmitir que había sido criado para ser el centro del universo.
Observó la portada de mi libro con genuino interés antes de volver su mirada hacia mí.
—¿Y qué historia de Ovidio os tenía tan absorta?
—Dafne y Apolo —respondí, acariciando el ejemplar que descansaba sobre mi regazo—. La historia de una mujer que prefirió convertirse en árbol antes que ceder ante un dios.
El rey alzó una ceja con un destello divertido en los ojos.
—¿Acaso os identificáis con Dafne, madame?
—Quién sabe, majestad. Dafne huyó porque no tenía otra opción. No podía enfrentarse a Apolo; solo escapar de él. Pero, si me permitís la osadía, creo que yo preferiría otro destino.
—¿Luchar en vez de escapar? —aventuró él.
—Puede.
Sentí su escrutinio sobre mí. Tuve la sensación de que Louis era un hombre acostumbrado a desentrañar los secretos de los demás con facilidad. Me habían entrenado para mirar a los ojos, incluso a los hombres más poderosos, así que no rehuí su mirada.
—Un destino ambicioso, madame, el de luchar.
—¿No es la ambición lo que mueve el mundo, majestad?
En sus labios apareció una media sonrisa.
—Es, desde luego, lo que mueve mi mundo.
—Ojalá no fuera así —dije sin pensarlo demasiado.
Por un instante, el aire entre nosotros se tensó ligeramente. Louis deslizó la yema de los dedos por la cubierta de Las Metamorfosis que yo sujetaba, como si meditara sobre mis palabras. Luego, con calma, levantó la vista hacia las aguas que transformaban el Bosquete en un lugar vivo y vibrante.
—¿Por qué no?
—Porque a veces la ambición destruye todo cuanto amamos y juramos proteger.
—No os falta razón, aunque lo cierto es que prefiero hablar sobre esta lectura que os tenía tan absorta —dijo—. Ovidio escribió sobre dioses, héroes y transformaciones. ¿Vos creéis en las metamorfosis, Jeanne?
No se me escapó la forma en que pronunció mi nombre, con una cadencia íntima y contenida que me provocó un extraño escalofrío, no desagradable del todo.
—Creo que todos podemos cambiar —respondí—. Bien porque lo elegimos, bien porque la vida nos obliga. Y considero que es esperanzador contar con la opción de un cambio.
—Una respuesta interesante.
—Me gusta pensar que es una respuesta honesta.
—¿Y siempre ofrecéis una respuesta honesta?
—Siempre.
Sus ojos fueron, en aquel momento, más perspicaces que cualquier verso que hubiese leído jamás .
—Ayer rechazasteis mi invitación para cenar en mi mesa.
—Así es.
—¿Puedo preguntar el motivo?
—Podéis —contesté, y luego callé.
Aquello provocó la risa en Louis, quien levantó el rostro hacia el sol, con quien compartía nombre.
—No hagáis rogar a un rey, madame, y dadme la respuesta honesta que os pido.
—Majestad… —Suspiré dramáticamente—. Solo soy una viuda que quiere pasar desapercibida. No tengo interés alguno en mezclarme con las altas esferas de vuestra hermosa corte y, aceptando una invitación del propio rey, lo único que conseguiré es llamar la atención de todo Versalles.
—¿Es que no apreciáis mi compañía?
Esta vez fui yo la que rio.
—Me atrevería a decir que la aprecio más de lo que es cristianamente razonable, majestad.
—Os recuerdo que aún me debéis una visita nocturna para mostrarme gratitud por haberos salvado la vida.
—Y yo os recuerdo que sois un caballero y que debéis mostrar misericordia por mi descaro en el bosque. Jamás quise ofenderos con mi atrevida proposición.
—No me ofendisteis; tan solo me tenéis aguardando a que se abra la puerta de la chambre du roi y aparezcáis vos en disposición de… gratitud.
Los ojos le brillaron de picardía, lo que provocó placer en mí.
—Eso sería de lo más descarado por mi parte, majestad.
—La diversión está permitida, incluso para una dama viuda.
—Y creedme, pienso divertirme en vuestra corte, pero no con vos.
Louis no dijo nada. Yo le sostuve la mirada, intentando no pensar que aquellos ojos se parecían demasiado a los de mi querido Ferdinand. Y también al mar de Normandía en días agitados.
—Cenad conmigo esta noche.
—¿Es una orden del rey?
—Es una petición de Louis.
—Majestad…
—Solo vos y yo, lo prometo, y mi círculo de confianza.
—No.
—Si continuáis negándoos a compartir mi mesa, me veré obligado a venir cada día a este rincón e interrumpir vuestra lectura hasta que aceptéis mi invitación.
—Hacedlo, por favor, aunque conseguiréis la misma respuesta a la misma proposición.
—¿No puedo hacer nada para que aceptéis cenar conmigo?
—Aceptaré con una condición.
—Hablad, madame.
—En nuestro corto viaje en carruaje os hice una pregunta y vos no la contestasteis.
Él supo enseguida a qué me refería y, con una sonrisa iluminando su rostro y con la misma elegancia con la que había llegado, se puso en pie.
—Venid a las diez al Salón del Œil-de-Bœuf y obtendréis vuestra ansiada respuesta.
Y sin más, empezó a alejarse.
—No cenaré con vos, majestad —grité, y Louis se volvió, sonriente, sin dejar de andar de espaldas.
—Entonces, Madame de Lormagne, no podré responder a vuestra tierna pregunta sobre cómo estoy .
Inclinó la cabeza para despedirse y giró su cuerpo para continuar andando, con sus mosqueteros siguiéndolo en silencio.
Observé su figura alejarse y, solo cuando desapareció de mi vista, exhalé el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo.