Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne VII
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Jeanne VII

—Tranquila, Coline —le dije a mi apurada sirvienta—. No necesito peinados complicados. No me gusta la ostentación. ¿Sabes hacer un hurluberlu coiffure ?

—Bueno… —dudó la muchacha, mirándome a través del pequeño espejo del tocador.

—Es más sencillo de lo que parece —le aseguré, tomando un mechón de mi propio cabello para mostrarle paso a paso cómo se hacía—. Solo hay que darle volumen en la parte superior y recoger los rizos de forma suelta en la nuca.

Coline me observó con el ceño fruncido mientras intentaba imitar mis movimientos. Sus dedos eran torpes al principio, pero con mi guía fue separando los mechones adecuados y cardando el cabello con suavidad para darle ese aire despeinado pero elegante que caracterizaba al hurluberlu coiffure .

—¿Así, madame? —preguntó, sujetando con alfileres las últimas ondas sueltas.

—Exacto. Ahora, necesitamos un lazo fino para fijarlo en su sitio y ya habremos terminado.

Coline obedeció, atando una cinta discreta que realzaba la forma del peinado sin sobrecargarlo. Me observé en el espejo y esbocé una sonrisa satisfecha. Era un peinado sencillo, apropiado para una dama de mi posición.

—Bien. Ahora, ayúdame a elegir un vestido .

La muchacha se apresuró a abrir el gran baúl donde guardaba las prendas que el Orfebre me había proporcionado.

Para una dama de la baja nobleza, los bordados de oro y plata, así como los encajes de Alençon, quedaban descartados.

Solo contaba con una capa de terciopelo, que era la tela más cara, y un par de vestidos de seda con brocados, adecuados para las veladas de Versalles.

El resto de mis vestidos eran sencillos, de tafetán, lana o damasco, con adornos hechos de lino.

Era una viuda empobrecida con una renta baja, y mi aspecto debía reflejar mi estatus humilde.

De lo contrario, habría levantado sospechas.

Aun así, para Coline aquellas prendas eran absolutamente preciosas, y pasó las manos por los tejidos con deleite hasta elegir un vestido de tafetán verde oscuro con puños y cuello de muselina.

—Este os sentará bien, madame. Combina con el verde de vuestros ojos.

Acaricié la tela, sopesando su elección. No era excesivamente llamativo, pero tenía la elegancia justa para no desentonar en la corte en las horas diurnas.

—Tienes buen gusto.

Coline se sonrojó.

—Me encantaría acompañaros a los salones matutinos, pero mi presencia no está permitida.

—No te preocupes, no pensaba ir a los salones —dije, mirando por la ventana mientras ella lanzaba rociadas de perfume a mi alrededor—. Hace un precioso día de primavera, ¿por qué perderlo jugando a las cartas y chismorreando en un salón abarrotado de gente?

No tenía ninguna intención de mezclarme con la corte.

Aún no. La mayoría de las damas ansiaban destacar en los salones y así llamar la atención del rey, pues convertirse en su favorita aseguraba una posición de absoluto privilegio: poder, títulos, propiedades, joyas, vestidos.

Yo no podía —ni quería— comportarme así.

Despedí a Coline para acabar de vestirme a solas y evitar que me viese la espalda. Algo que ella sin duda encontró raro, pero seguramente lo atribuyó a las excentricidades de la aristocracia.

Una vez vestida, me acerqué a un pequeño baúl que para mí valía más que todas mis telas, cintas y pendientes.

El Orfebre se había asegurado de que, desde pequeña, leyese y entendiese las lecturas favoritas del rey.

Asimilar los gustos de Louis como míos había sido uno de los aspectos más complicados de mi educación como Semilla.

No quería leer aquellos libros, no quería aprender aquellas danzas y no quería entender de política europea.

Pero poco a poco la lectura de las obras de Boileau, Corneille y Racine me había conquistado.

Me había emocionado con los versos de Ronsard y Malherbe y había vivido aventuras maravillosas leyendo la Eneida de Virgilio, sufrido con Las Metamorfosis de Ovidio y aprendido con El Príncipe de Maquiavelo.

También, con el tiempo, había acabado por disfrutar el aprendizaje sobre política y estrategia, aunque jamás logré gozar de las danzas que tanto me costó perfeccionar.

Había suplicado al Orfebre que me dejase llevar conmigo aquellos libros y, tras varios resoplidos por su parte, había considerado que no pondrían en peligro mi misión.

Él había sido de la opinión de que no había nada más vulgar que una dama leyendo en público e ignorando las cortesías, pero yo no estaba de acuerdo.

Esos libros no eran míos, como tampoco lo eran los vestidos y las joyas, pero aun así los consideraba mi tesoro privado, aunque fueran objetos prestados por la familia del Orfebre.

Estaba tan acostumbrada a no tener nada propio, a vivir de prestado, a ser quien me había ordenado que fuera, que cualquier pequeño objeto que se me entregaba era atesorado por mí como el más magnífico de los diamantes.

Buscaba mi ejemplar de Las Metamorfosis cuando encontré una carta sin sellar que no recordaba haber guardado junto a los libros. Al abrirla, reconocí al instante la elegante letra de Ferdinand.

No pude evitar palidecer.

Mi querida mademoiselle Leclair,

Sé que conseguirás lo que te propones en Versalles. Estoy deseando volver a verte, triunfante y victoriosa, esta vez a mi lado.

F.

Había olvidado por completo que Ferdinand me había susurrado que había dejado algo entre mis pertenencias para que me acordase de él cuando estuviera en Versalles.

Lo más prudente hubiera sido quemar aquella nota, pero la nostalgia y el cariño que le tenía a Ferdinand me lo impidieron.

En lugar de eso, la escondí al fondo del baúl de los vestidos, bajo la capa de seda que probablemente no utilizaría jamás debido al calor que reinaba aquella primavera, y decidí olvidarme de ella.

Tomé Las metamorfosis y emprendí el camino hacia los jardines. Estaba deseando explorarlos y disfrutar de ese amago de escasa libertad que se me ofrecía por primera vez en mi vida.

No quedé decepcionada en absoluto.

A medida que me adentraba en los jardines de Versalles, la inmensidad de su belleza me sobrecogía. No eran como los bosques salvajes de mi infancia ni como los discretos jardines privados de las casas en las que había crecido como Semilla. Aquí todo era simetría, esplendor y grandiosidad.

Mientras paseaba, noté las miradas de la corte sobre mí.

No me observaban con desdén, pero sí con una curiosidad afilada que seguramente reservaban para los recién llegados.

Algunas damas cuchicheaban tras sus abanicos cuando pasaba a su lado.

Los caballeros alzaban apenas las cejas antes de volver a sus conversaciones.

Era de esperar. Yo era nueva en su mundo y, por el momento, no tenía más relevancia que la de un rostro desconocido entre las decenas de nobles que se movían por Versalles, aunque hubiese llegado a la corte de la mano de Louis.

Mis pasos acabaron por llevarme al Bosquete de Rocallas. Al estudiar los planos del palacio y sus jardines, aquel rincón en particular había cautivado mi atención. Ansiaba verlo con mis propios ojos.

Una vez más, no quedé decepcionada.

Su aspecto era tal cual lo había imaginado: de ensueño.

Se trataba de un espacio cerrado, una especie de anfiteatro natural, donde las fuentes y los juegos de agua se combinaban para crear un escenario en constante movimiento.

Contaba con tres terrazas escalonadas con cascadas que bajaban en distintos niveles, y en cada una había fuentes con chorros que lanzaban agua de manera sincronizada, como si fueran los bailarines de un precioso ballet acuático.

La arboleda estaba decorada con esculturas doradas y bancos tallados en mármol. Era un lugar, sin duda, único.

Busqué un banco apartado y me senté, disfrutando de la brisa y de la sensación de haber escapado, aunque fuera por un momento, de la sofocante corte, pues no había nadie en el Bosquete.

Pronto entendí por qué: no era un lugar apropiado para ver y dejarse ver, ya que estaba apartado y semicerrado, pero sí era perfecto para disfrutar del sonido del agua y el silencio de la naturaleza.

Tras años de no poder escoger mis destinos, era liberador tomar decisiones, aunque fueran tan fútiles e intrascendentes como elegir a dónde me dirigían mis pasos.

Abrí mi ejemplar de Las Metamorfosis y me sumergí en sus versos.

La historia de Dafne huyendo de Apolo pronto cobró vida en mi mente; su desesperada transformación en laurel para escapar del deseo del dios siempre había sido mi favorita.

Me perdí en la poesía de Ovidio, en la ironía de su relato y en la forma en que el poder divino se topaba con la voluntad inquebrantable de una mujer que elegía su propio final.

Tan ensimismada me hallaba en la lectura que no me di cuenta de su presencia hasta que una sombra se proyectó sobre las páginas abiertas que yo devoraba con fruición.

Levanté la vista y encontré los ojos del rey fijos en los míos. Para mi sorpresa, había llegado con la única y distante compañía de dos mosqueteros ataviados con sus características libreas azules con la cruz flordelisada, que tan celosamente vigilaban sus pasos.

A la luz del sol de la mañana, el cabello de Louis no parecía hecho de obsidiana: el astro arrancaba reflejos ocres en aquellas ondas que le caían hasta media espalda y que enmarcaban un rostro que siempre parecía estar bajo un control absoluto.

Y, también a la luz del sol, sus ojos eran más azules que las aguas en movimiento que nos rodeaban.

—La misteriosa Madame de Lormagne prefiere la compañía de los libros a la de los salones —dijo, en una forma que su voz me resultó agradablemente acogedora—. ¿O quizá simplemente prefiera la soledad?

Sonreí, antes de levantarme e inclinarme ante él.

—Soy de la opinión de que una nunca está sola si tiene un libro para acompañarla, majestad.

Él también sonrió .

—Eso es muy cierto. ¿Qué lectura os tiene tan atrapada?