Louis VII #2
—No obstante, tú quieres perdonarle la vida.
—Quiero escuchar su versión de la historia antes de encerrarlo en la Bastilla y tirar la llave al Sena, sí.
—¿Y qué crees que puede contarnos un hombre cuya vida ha girado siempre en torno a traicionarnos?
Philippe se encogió de hombros .
—La verdad, quizá.
—A veces creo que tu corazón es demasiado blando.
—A diferencia de mi trasero —replicó él.
Sacudí la cabeza y sonreí. Era incorregible, de veras.
—Hablemos de cosas más alegres, hermano.
—Me parece bien. Tanta charla política y conspiranoica me está dando migraña.
—¿De verdad has venido a Versalles para quedarte a mi lado?
—Sí, así es. Sufres; lo veo en tus ojos. Puede que Gérald de la Reynie te proteja de enemigos, pero quizá necesites protegerte de ti mismo. Y para eso me tienes a mí.
—¿A ti?
—Alguien tiene que recordarte que no eres la reencarnación de Apolo por mucho que insistas en creerlo.
Reí entre dientes.
—No sufriría tanto si tú no te empeñaras en traerme problemas día sí, día también.
—Si no fuera por mí, a estas alturas estarías rodeado de traidores adulándote mientras afilan cuchillos a tus espaldas.
La verdad es que no podía discutir con él en eso.
Philippe contaba con el particular talento de moverse entre las sombras y los salones de Versalles, con un pie en el fango de París y otro en la más exquisita opulencia.
Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, siempre había envidiado esa libertad que él tenía para ser ambas cosas a la vez.
Un elegante miembro de la realeza y un auténtico canalla.
—Muy bien —concedí—. Quédate en Versalles.
—Lo haré con gusto. Además, Aurore y Lucille necesitan una distracción, y ¿qué mejor entretenimiento que ver cómo mi augusto hermano se debate entre la paranoia y la grandeza?
—Eres insufrible.
—Y tú demasiado serio.
—Soy el rey de Francia.
—Sí, sí, ya lo sabemos todos. —Philippe bufó, haciendo un ademán con la mano—. Pero a veces pareces más un tirano que un monarca.
—Y a veces tú pareces más un bufón que un príncipe.
Mi hermano sonrió con desparpajo.
—Pues entonces nos complementamos a la perfección.
Nos echamos a reír al unísono.
Le propuse alejarnos del palacio y pasear un rato por los jardines.
Anhelaba su compañía y, aunque tenía cientos de responsabilidades pesando en mis espaldas, cada vez necesitaba más perderme en aquel vergel que yo mismo, junto con Le Nôtre, había diseñado.
Philippe aceptó y recorrimos los pasillos de Versalles charlando de minucias, hasta llegar a los jardines.
Philippe me relató entonces varios pormenores que habían ocurrido recientemente en la ciudad, si bien no me preocupaban demasiado. La policía parisina hacía bien su trabajo y la Corte de los Milagros había sido por completo arrasada. París era ahora una ciudad mucho más segura para vivir.
Mientras mi hermano hablaba, mi mente no pudo evitar pensar en Jeanne de Lormagne.
Había rechazado mi invitación para unirse a mi cena privada —un hecho por completo inusual— y, hasta donde yo sabía, por el momento no se había relacionado con nadie en los salones.
Recordé su elegante descaro y aquel brillo en sus ojos esmeraldas, la inteligencia despierta de sus palabras y la frescura de su conversación.
No podía negarme a mí mismo que estaba deseando volver a cruzarme con ella.
—Me estás ignorando.
La voz de Philippe interrumpió mis pensamientos. Parpadeé y volví la vista hacia él .
—No lo hacía.
—Sí, lo hacías. ¿Pensabas en William de Orange? ¿O quizás en el emperador Leopold?
—No.
—Ah, entonces se trata de una mujer.
No dije nada, lo que hizo que él siguiera con su verborrea habitual.
—Sinceramente, no sé qué ves en Madame de Maintenon.
Sé que la belleza no te impresiona, pues vives rodeado de ella, pero es que esa Françoise es una cosa sin gracia ni encanto.
Por no decir que es tan bella como un hierbajo de los que arrancan tus jardineros a diario.
Podía entender tu amor por Athénaïs de Montespan, pero por la Maintenon… No lo comprendo.
—No amo a Françoise.
—¿Y entonces por qué la mantienes a tu lado?
—Siento que comprende mis dudas y mis defectos. Me guía a través del camino de Dios para ser mejor rey.
—Me voy a guardar lo que opino al respecto.
—Sería la primera vez —le tomé el pelo, y esta vez fue Philippe quien esbozó una sonrisa a medias.
Observé los jardines que se extendían a nuestro alrededor.
La geometría perfecta de los setos, el murmullo de las fuentes, la fragancia de las flores.
Todo era perfecto y aquella naturaleza controlada me daba paz.
Sin embargo, a pesar de aquella belleza verde que me rodeaba, mi mente solo podía conjurar una imagen: la del rostro de Jeanne, su mirada avispada, su negativa inesperada a compartir mi mesa.
—Pero no es la Maintenon quien te hace brillar así la mirada, ¿verdad? —preguntó Philippe, colándose en mis pensamientos con su habitual perspicacia.
—No, no es ella .
—Bueno, ¿y quién es la afortunada de ser amada por el Rey Sol? Teniendo en cuenta que te has tirado a medio Versalles, no quedan muchas damas indemnes de tus atenciones.
—En realidad, acaba de llegar a la corte.
Le conté mi encuentro con Jeanne en el bosque y la conversación que compartimos en el carruaje, además de confesar que rechazó mi invitación a cenar, lo que, por descontado, provocó hilaridad en mi incorregible hermano.
—Y supongo que ahora estás preguntándote por qué una mujer se ha atrevido a rechazar una invitación a tu mesa.
—No puedo negar que su negativa me exaspera —admití.
—Desde luego. Te enfada, te desconcierta y te mantiene en vilo. Yo te diré el motivo: por lo que me has contado, esa Jeanne no parece ser una de esas cortesanas insípidas que suspiran por un favor tuyo. No, no… Es una mujer que te ha dado calabazas.
—No lo llames así.
—¿Y cómo quieres que lo llame? Tienes la irresistible necesidad de conquistar lo inalcanzable.
Eres así desde que tengo recuerdos. Conquistaste la naturaleza cuando convertiste el cenagal que era Versalles en el palacio más opulento del mundo, batallas cada día por hacerte con Europa entera y ahora deseas hacer tuya a una mujer que te ha rechazado abiertamente.
Philippe había dado en el clavo con todas mis debilidades. Él lo sabía y yo también. Me detuve frente a la Fuente de Neptuno y dejé que el sonido del agua llenara el cómodo silencio entre nosotros.
—Ve, Philippe, y comprueba que todo está a tu gusto en los Apartamentos del Príncipe.
Mi hermano se inclinó con una reverencia exagerada. Había comprendido al instante que deseaba estar solo con mis pensamientos .
—Que Dios os ilumine, majestad —dijo, con sorna—. O que Madame de Maintenon lo haga en su nombre.
—Lárgate antes de que decida enviarte de vuelta a Saint-Cloud con una escolta de mosqueteros.
Philippe dejó ir una suave risa, pero giró sobre sus pasos y desapareció con su andar despreocupado, de regreso a palacio.
Me quedé ahí, en soledad, sintiendo la brisa templada de la mañana. Finalmente, con un leve gesto de la mano, hice una señal a los dos mosqueteros que me flanqueaban y reanudé mi camino en silencio.
Era un día espléndido, en los albores de una primavera que se anunciaba como una de las más calurosas en muchos años.
Las sombras de los árboles jugaban en los senderos, y el perfume de las flores que nacían con la nueva estación flotaba en el aire.
Aquello, normalmente, me proporcionaba siempre un poco de paz.
Pero, aquella mañana, todo cuanto veía era el rostro de Jeanne de Lormagne.