Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis VII
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Louis VII

E staba rezando con Françoise en mi capilla privada, bien entrada la mañana, cuando escuché la irrupción de una voz que conocía demasiado bien, seguida del inesperado anuncio a manos de Bontemps:

—¡Philippe, duque de Orleans y de Anjou!

No me giré en cuanto escuché el ruido de sus tacones entrar en la capilla y continué con mis oraciones. Pero, por supuesto, que yo lo ignorara no detuvo la verborrea descarada de mi hermano.

—¿Sabes que vas a estar fatal de las rodillas cuando seas un viejo si insistes en pasarte media jornada arrodillado frente a un altar?

Antes de que pudiera reprenderle por tamaña irreverencia, Françoise se puso en pie para enfrentarlo.

—Si la vida fuera justa, alteza, vos jamás ostentaríais el título de príncipe de Francia.

—Y si la vida fuera justa, madame, vos seríais una monja célibe que solo se tocaría las partes íntimas pensando en Jesús crucificado y no en mi real hermano.

Françoise contuvo una exhalación ofendida y me vi obligado a intervenir. Mi hermano, con las manos enlazadas a su espalda, parecía infinitamente divertido ante el agravio de Françoise.

—Basta, Philippe. No hables así frente a Dios .

—Dios no está aquí, escuchando a una vieja urraca santurrona. Sí, madame, hablo de vos —soltó, mirando con aburrimiento a Françoise—. ¿No tenéis mejores cosas que hacer que perseguir al rey con el santoral en la mano?

—Sois una vergüenza —contraatacó Françoise.

—Sí, así me llaman —replicó Philippe, muy ufano.

Tenía que detener aquel intercambio antes de que la sangre llegase al río. Y, conociendo a mi hermano, la sangre que correría sería la de Françoise, que acababa de faltar al respeto a un miembro de la familia real.

—Madame —me dirigí a Françoise—, os tengo en alta estima por vuestra devoción, pero recordad que estáis hablando con un príncipe de Francia. Contened vuestra lengua.

Philippe sonrió con la desvergüenza propia de él cuando vio que mi amonestación había provocado que Françoise enrojeciera de silenciosa ira. Tras unos segundos, nos hizo una reverencia llena de rabia y se marchó.

Mi hermano chasqueó la lengua con desidia.

—Tu escaso gusto eligiendo amantes va de mal en peor, Louis.

—Françoise no es mi amante.

—No porque ella no quiera. Se le huele el coño húmedo incluso frente a Dios .

—Philippe, no hables así. Sabes que no me gusta.

—Hay tantas cosas que no te gustan y que, sin embargo, soportas: tu esposa, yo…

Me apreté el puente de la nariz y abandoné la capilla, seguido muy de cerca por mi hermano. En cuanto me encontré de vuelta en la cámara real, indiqué a los criados que hacían la cama en aquel instante que nos dejasen a solas.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Cómo que qué estoy haciendo aquí? No creas que soy imbécil, Louis; a ver si te piensas que todo ese numerito de la visita relámpago a Saint-Cloud para acostarte con mi mujer iba a colar.

—Philippe… —Intenté detenerlo.

—Era un grito de ayuda. Te conozco mejor que nadie.

No pude evitar esbozar una media sonrisa, que él imitó.

—Sí, a veces olvido eso.

—Así que aquí nos tienes: a Aurore y a mí. Además, no queríamos dejar sola a Lucille si tenía que recibir malas noticias de su recién llegado a la corte hermano. Por cierto, ¿ese Stéphane de Valois… es tan atractivo como Lucille y Bastien?

—Sí, pero no creo que comparta tus mismos gustos personales .

—Eso dicen todos hasta que…

Levanté la mano para detener su retahíla de provocaciones.

—En esta vida, Dios te castigó con el descaro.

—Y a ti con la corona —replicó él.

Me eché a reír, y Philippe también lo hizo.

—Te he echado de menos.

—Y yo a ti.

Philippe se dejó caer sobre un diván con la elegancia descuidada que siempre lo caracterizaba. Se estiró como un gato satisfecho, mirando el techo con una sonrisa sarcástica.

—Dime una cosa, Louis. ¿Cuánto tiempo piensas seguir con esa farsa del rey piadoso y arrepentido de sus pecados carnales? Porque, sinceramente, te imagino rezando tres padrenuestros antes de levantarle las faldas a alguna dama en la sacristía.

Suspiré con exasperación.

—A veces me pregunto si en algún rincón de tu mente existe el concepto del decoro.

—Por supuesto que existe. Simplemente elijo ignorarlo.

Puse los ojos en blanco y me acerqué al bufet para servirme una copa de vino. Philippe me observó con una ceja arqueada.

—¿Tan temprano y ya acudes al vino? Vaya, la situación es peor de lo que creía.

—No empieces.

—No empieces tú. Ya sé que tu escapada tenía una razón más allá del placer que te proporciona mi compañía y la de mi esposa.

Te conozco lo suficiente como para saber cuándo algo te perturba.

Y, francamente, Louis, lo veo en tu cara.

Así que acabaríamos mucho antes si me dijeses en qué puedo ayudarte.

Di un trago y dejé la copa de vino sobre el bufet con más fuerza de la necesaria.

—La Nueva Fronda —dije, sin más.

—¿No están acaso todas las familias involucradas ya detenidas y apresadas?

—No todas. Aún queda la que da cobijo a Ferdinand, y posiblemente alguna otra en París que continúa financiando la impresión de esos panfletos en mi contra.

—¿Gérald tiene alguna pista a ese respecto?

—Alguna; está plenamente concentrado en la búsqueda de Ferdinand.

—Y supongo que no te quedarás tranquilo hasta que des con nuestro hermanastro y termines con su vida, ¿no?

No contesté a eso. Philippe tenía un corazón bondadoso; el simple pensamiento de derramar la sangre del hijo bastardo de nuestra madre lo ponía de un terrible mal humor.

Podía ser frío como el mármol a la hora de matar a alguien; había luchado en la guerra y en la Corte de los Milagros, y lo había hecho sin despeinarse.

Pero a la hora de hablar de Ferdinand… ese era un tema delicado para ambos.

Éramos incapaces de ponernos de ac uerdo.

Philippe quería perdonarle la vida y yo deseaba hacerlo desaparecer.

Dos posturas difícilmente reconciliables.

—Desde que tenemos memoria, siempre ha habido alguien que ha querido cortarnos la cabeza, Louis.

—Philippe intentó razonar conmigo, poniéndose en pie y llevando las manos a su espalda—.

Pero la Nueva Fronda ya no puede ser una amenaza para ti: una sola familia jamás logrará derrocar y sentar a Ferdinand en el trono.

—¿Qué dice el pueblo?

Pareció confundido. Jamás le había hecho una pregunta así.

—¿El pueblo?

—Vives durante varios meses en la ciudad y visitas a menudo sus barrios bajos. No creas que ignoro que muchos de sus habitantes te consideran el verdadero rey de París.

—¿Desde cuándo te preocupas por lo que dice el pueblo?

—Desde que comprendí que no basta con deshacerse de la Nueva Fronda en la corte. Si el pueblo los respalda, acabarán por hacer más daño del que ya han hecho.

Mi hermano suspiró.

—Lo que dicen en las calles y en las tabernas es lo mismo de siempre. Que la vida es cara, que los impuestos asfixian, que los ricos son unos malnacidos y que el rey caga oro en los salones de Versalles.

—¿Y sobre Ferdinand?

Se encogió de hombros.

—Algunos lo ven como un usurpador, otros como un redentor. Ya sabes cómo es la plebe, siempre necesitada de héroes y cuentos de hadas. Los que se atreven a hablar de él dicen que, si existe, es el castigo que Dios te envía por tu ambición desmedida.

—¿Crees que tengo ambición desmedida?

—Sí, lo creo —respondió Philippe sin ambages .

—Todo lo hago por la gloria de Francia.

—A una familia que se muere de hambre le importa bien poco la gloria de Francia.

Ignoré la pulla.

—Dices que el pueblo ve a Ferdinand como a un posible redentor. ¿Y a ti, cómo opinas que te ven?

—Como un príncipe que es la honte du Roi Soleil : uno que se emborracha en tabernas, fornica con otros hombres y se involucra en peleas. —Sonrió, burlón—. Aunque no te lo negaré: mi matrimonio con Aurore ha mejorado mi reputación. El pueblo la ama.

—¿Cómo no amarla? Es una mujer extraordinaria.

—No la ama por eso. La ama porque la ve paseando por sus calles, hablando con todos aquellos que se le acercan, ayudando desde su Hôpital pour Femmes , sonriendo incluso en el callejón más putrefacto de París. Y eso, por supuesto, acaba repercutiendo en cómo me perciben a mí.

—Te ven como el rey que deberían tener —dije, midiendo su reacción.

Philippe alzó una ceja.

—¿Eso piensas?

—Lo sé.

Se quedó en silencio un instante; luego caminó hacia el bufet y se sirvió una copa de mi vino, sin pedirme permiso. Algo muy típico de él.

—Si el pueblo me viera como su verdadero rey, ¿crees que seguirían esperando un milagro de Ferdinand?

—No lo harían. Te coronarían a ti sin dudar.

—Entonces… —Philippe levantó la copa en un brindis irónico—. ¿Qué te detiene? ¿Por qué no ordenas mi muerte también, si temes que te robe tu gloria?

—El amor que te tengo, Philippe, es infinitamente más grande que la gloria que anhelo.

—Permíteme que lo dude.

Él bebió todo el contenido de su copa de un solo trago.

—Si quieres que el pueblo deje de ver a Ferdinand como su posible salvador, dales un rey en el que puedan creer de verdad.

—¿Estás sugiriendo acaso que vaya a las calles de París a beber con ladrones y meretrices como tú?

—No sería un mal comienzo. —Se rio—. Pero, tranquilo, hermano. Ya me encargo yo de dar a los franceses su cuota de realeza descarriada.

Aquello me provocó una pequeña carcajada y, con eso, el ambiente entre nosotros se relajó un poco. Era uno de los muchos talentos de Philippe.

—¿Qué debería hacer con Ferdinand? —dije, buscando su consejo sincero.

Los ojos de mi hermano, tan parecidos a los míos, me desafiaron, como llevaban haciendo desde que nació.

Su destino siempre había sido ser menos que yo, pero Philippe se había rebelado contra ello con uñas y dientes.

Al final del día, nos amábamos y nos teníamos el uno al otro, pero nuestra relación jamás había sido de iguales.

—No puedes permitir que Ferdinand se convierta en algo más que un fantasma. Porque los mitos, cuando se hacen demasiado grandes, ya no pueden matarse con una espada.