Jeanne VI #2
Me tumbé a su lado y contemplé el techo del baldaquín.
—¿Qué impresión te ha causado nuestro augusto monarca, Jeanne?
—La de que es un hombre acostumbrado a mandar.
—Desde luego, como su predecesor.
No dije nada al respecto. El líder de la Nueva Fronda, el Orfebre, jamás nos había contado por qué llevaba tantos años fraguando aquella conspiración, pero una puede averiguar muchas cosas si se mantiene atenta y en silencio.
Así es como había sabido que el apellido que tanto él como su hijo llevaban había sido antaño uno lleno de reputación, sinónimo de grandes rentas y poder cercano a la corte del Louvre, en la que reinó Louis XIII, el padre del Rey Sol.
También había escuchado que el Orfebre había ejercido como consejero del viejo rey, pero que, en algún momento, poco antes de su muerte, Louis XIII lo había apartado del poder y exiliado a sus tierras.
El Orfebre había jurado entonces destruir su linaje, aunque tuviera que esperar años y años para conseguir su objetivo.
Como él mismo decía, la caída de una monarquía no podía darse de un día para otro.
Siempre creí que mi papel sería seducir a Louis y cortarle el cuello en la chambre du roi .
Podría hacerlo esta misma noche y nadie me vería entrar en la cámara real.
Conocía los pasadizos secretos y era diestra con un cuchillo, porque se me había obligado a practicar con las armas. Sería rápido y fácil.
No obstante, ese plan había muerto con el Orfebre, y lo que su hijo me pedía era algo completamente distinto y mucho más elaborado que un simple asesinato en la penumbra.
—¿Por qué considerasteis que el plan de vuestro padre era inútil, señor?
Él suspiró, acariciándome la piel de mi cuello. Quise apartarme de su tacto, pero sabía que si lo hacía, un castigo seguiría a mi impertinencia. Así que me quedé quieta, muy quieta.
—Se dice que una mujer bella no puede ser igualmente inteligente, mi preciosa Jeanne.
—Ilustradme con vuestra sabiduría, entonces —repliqué con frialdad.
El Vigilante esbozó una sonrisa burlona.
—Si matamos a Louis en la intimidad de su alcoba, se convertirá en un mártir.
La corte entera llorará su pérdida, la iglesia lo santificará y el pueblo, en su miseria, lo recordará como el monarca glorioso que trajo la grandeza a Francia.
No, Jeanne, la muerte no nos basta. Lo que necesitamos es su caída absoluta.
Sus palabras me provocaron un escalofrío.
Había escuchado y presenciado actos más crueles dentro de la Nueva Fronda, pero la calma meticulosa con la que pronunció esas palabras me espantó.
El Vigilante hablaba con la certeza de quien sabe que el destino de un hombre está sellado, y solo es cuestión de tiempo ejecutarlo.
—Haremos que el pueblo pida su cabeza —continuó hablando él, abandonando el lecho y acercándose a la chimenea.
Avivó las brasas con la punta de su bota—.
No será suficiente con derrocarlo: debe caer bajo la ira de los mismos a quienes ha empobrecido, de los mismos que sufren bajo sus impuestos y su tiranía.
—El pueblo es voluble —señalé—. Hoy pueden odiarle, pero si mañana se ven saciados con un festín y unas cuantas monedas, se olvidarán de su miseria.
—No te preocupes por el sentir del pueblo; de eso nos estamos encargando en la Nueva Fronda. Pero aun así, necesitamos algo más que su muerte. Es necesario que lo repudien, que le escupan en las calles, que clamen por su destronamiento y exijan la coronación del príncipe de las sombras.
—Y mi papel en todo esto… —Dejé la frase en el aire.
El Vigilante me miró, divertido, como quien observa a un niño que por fin ha hecho la pregunta correcta.
—Serás su tentación, Jeanne. Su veneno. Harás que baje la guardia, que se exponga como el cruel rey que es, que abandone el camino santurrón que parece haber tomado de la mano de Madame de Maintenon.
Lo convertirás en un hombre más frívolo de lo que ya es.
Quiero que consigas que te obsequie con opulentas joyas, caras sedas, finos perfumes, grandes tierras, tiernos cachorros.
Que gaste miles de francos en ti. El pueblo entero verá cómo te colma de regalos y atenciones mientras ellos se mueren de hambre. Y cuando el momento sea el adecuado…
Dejó la frase inconclusa.
Yo la terminé en mi mente.
Cuando el momento fuera el adecuado, yo lo traicionaría y lo entregaría a la Nueva Fronda.
—¿Hasta qué punto influye en él ahora Madame de Maintenon?
—Mucho. Es una mujer casta, fervorosamente piadosa, que pretende hacer de Louis un rey fiel a la Iglesia católica y a su reina española.
Antes de la llegada de Françoise a su vida, Louis se pasaba las noches celebrando opulentos banquetes en el Salón de la Guerra, follándose a todas las damas de la corte y bebiendo vino junto al invertido de su hermano.
Ahora, cena con un círculo reducido en el Salón del Œil-de-Bœuf ; no tiene amante oficial y ya no cuenta con la presencia de Philippe de Orleans a su lado.
Está más desprotegido, solo y vulnerable que nunca.
Solo necesita a la persona adecuada que lo haga volver a ser el tirano superficial, licencioso e insaciable que siempre ha sido.
«Y esa persona soy yo».
El Vigilante se inclinó hasta besar mi frente.
—Ahora descansa, Jeanne. Mañana será otro hermoso día de primavera y Versalles conocerá, al fin, a Madame de Lormagne.
Tras eso, desapareció con el mismo sigilo con el que había entrado en mi habitación y al fin me quedé sola.
Pensé en Ferdinand, mi querido y voluble príncipe. Se merecía la oportunidad de tomar lo que era suyo, y esa oportunidad estaba ahora en mis manos. No podía fallarle. Hacer caer a un hombre vanidoso y ególatra era una misión más que digna.
Entonces, ¿por qué sentía tantas ganas de vomitar?