Jeanne VI
D urante mi primera noche en Versalles no abandoné la habitación que me había sido asignada. Bontemps, cumpliendo con su palabra, hizo que los criados subieran mis baúles y luego me envió a una jovencita como sirvienta personal.
—¿Cómo te llamas?
—Coline, madame.
—¿Y qué edad tienes?
—Catorce años.
Era una niña delgada, de ojos oscuros y asustadizos, con las manos entrelazadas sobre su delantal como si intentara hacerse lo más pequeña posible.
La pobre parecía aterrada y consideré que, probablemente, yo era su primera señora.
Era demasiado joven para haber servido ya a otras damas.
Muchas aristócratas optaban por los castigos físicos contra sus sirvientas, así que era normal que mostrara tanto temor ante la mujer que le iba a dar órdenes, puesto que no conocía mi temperamento.
—No debes temerme, Coline. Jamás voy a pegarte. Ni siquiera cuando te equivoques.
—¿Madame? —respondió ella, confusa, como si mis palabras no tuvieran sentido alguno.
—¿Sí?
—Aquí en Versalles… —dudó— Eso no está permitido, madame.
—¿El qué no está permitido?
—Los castigos físicos. El rey no tolera que los criados sean golpeados. Lo prohibió hace tiempo.
Aquello me sorprendió. Sabía que Louis se preocupaba por su imagen como monarca absoluto, pero jamás habría imaginado que implementara reglas así.
Los nobles podían ser despiadados con sus sirvientes; era parte del sistema que él mismo sostenía.
¿Por qué, entonces, intervenir en algo tan trivial, tan cotidiano?
—En ese caso, ¿de qué tienes tanto miedo? —pregunté, intrigada.
Coline bajó la cabeza, ruborizándose ligeramente.
—No sé elaborar peinados complicados, madame —respondió en un susurro—. He aprendido a lavar y a coser, pero no sé hacer esos moños tan altos que llevan las damas importantes. Y si no sirvo, me enviarán fuera de palacio… ¡Pero yo no quiero irme! Aquí se gana bien y hay buena comida para nosotros.
No pude evitar sonreír. Celine no era más que una sirvienta asustada que temía perder su puesto solo por su torpeza con los cabellos.
—¿Consideras que su majestad es un buen rey al que servir?
—Sí, madame, lo es.
—Vaya.
—Una vez incluso me llamó por mi nombre.
Contra toda lógica, sentí una punzada de simpatía.
Por la niña que tenía frente a mí, pero también por Louis.
Un hombre educado para el mando y la grandeza, que sin embargo se preocupaba por cosas pequeñas, como impedir que los criados fueran maltratados o como asegurarse de saber el nombre de aquellos que le servían.
Me pareció una curiosa anomalía, pero luego consideré que incluso los hombres crueles podrían mostrar alguna bondad.
No estaba ahí para comprender las contradicciones de Louis XIV, sino para aprovecharme de ellas.
Él era el enemigo, el responsable de todas mis desgracias. No podía permitirme dudar.
Unos golpes en la puerta interrumpieron mis pensamientos. Coline me miró, esperando mi autorización. Asentí con un gesto y la muchacha se apresuró a abrir.
Un ujier ataviado con el emblema real se encontraba al otro lado.
—Madame de Lormagne —anunció con voz formal—. Su majestad os invita a cenar con él esta noche en el Salón del Œil-de-Bœuf .
Coline abrió la boca, sorprendida. Yo, en cambio, disimulé mucho mejor mi estupefacción. Había esperado que Louis se mostrara cortés conmigo, pero no que moviera ficha con tanta rapidez. ¿Acaso me deseaba en su círculo cercano desde el primer día? ¿O solo pretendía tantearme?
Sonreí suavemente y, con fingido pesar, sacudí la cabeza.
—Os ruego que transmitáis mis más humildes disculpas a su majestad, pero el viaje hasta Versalles me ha dejado exhausta. Esta noche no me siento con fuerzas para una cena tan distinguida.
El ujier me observó con incredulidad apenas disimulada, como si no pudiera creer que una dama de tan baja nobleza declinara una invitación personal del rey.
Sin embargo, no se atrevió a contradecirme.
—Le transmitiré vuestro mensaje, madame. —El sirviente se inclinó y se retiró tan rápido como había llegado.
Cuando la puerta se cerró, Coline me observó con asombro.
—¿Madame no quiere cenar con el rey?
¿Cómo explicarle a aquella criatura que a los hombres poderosos les gusta perseguir a su presa? ¿Que si me presentaba ante él demasiado ansiosa, perdería su interés? Debía hacerme desear para ganar.
—Nada me gustaría más que cenar con el rey, pero estoy agotada —respondí, sentándome en el tocador—. Mi presencia en los salones esta noche sería ruinosa.
Coline pareció no comprender del todo mi explicación, pero no dijo nada al respecto. Las opiniones de los criadores no tenían ninguna importancia para la aristocracia, y ella lo sabía tan bien como yo.
Me concentré en el reflejo que el espejo del tocador me devolvía.
Era consciente de que mi aspecto había llamado la atención del rey y, por enésima vez en mi vida, odié mi piel blanca, mi cabello trigueño, mi nariz respingona.
Si hubiera sido repugnante, jamás me hubieran convertido en Semilla.
Y si no hubiera sido una Semilla, mi espalda no estaría marcada por las cicatrices de los latigazos.
No podía permitir que Coline viera mi espalda, o la voz correría entre todos los criados de Versalles y acabaría extendiéndose en los salones.
No quería responder preguntas incómodas sobre por qué una dama había sido castigada de aquella cruel manera.
Debía mantener el control sobre todos aquellos detalles, y también sobre mi propio temple. Louis podía ser encantador, astuto y, lo admitía, peligrosamente atractivo, pero yo estaba allí con un propósito. Tenía que recordarlo siempre.
Coline aún esperaba mis órdenes.
Le sonreí a través del espejo.
—Por hoy es suficiente, Coline. Ven mañana a primera hora y veremos juntas qué podemos hacer con el tema de los peinados.
La muchacha asintió y desapareció por una puerta lateral.
Aproveché su ausencia para aproximarme a la ventana y contemplar la oscuridad que se cernía sobre los jardines de Versalles.
El viento movía las copas de los árboles, incansable, y provocaba ondas en la extensa superficie de agua del Gran Canal.
Un escalofrío me recorrió la nuca ante aquella desapacible visión. O quizá fue la presencia que intuí que se colaba en mi habitación.
—Fuiste más astuta de lo que creí —murmuró una voz grave detrás de mí.
Me giré, hastiada. La silueta del Vigilante se perfilaba en la penumbra de la habitación, junto a la puerta.
—¿Cómo habéis entrado? —pregunté en voz baja.
—No hagas preguntas que no necesito responder. ¿Cómo fue la emboscada?
—Todo salió según lo planeado. El rey me trajo a Versalles personalmente.
—¿Y qué más?
—Me ha invitado a cenar con él esta noche, pero he rechazado la invitación.
—¿Puedo saber por qué?
Él inclinó la cabeza, evaluándome, y yo le sostuve la mirada.
—Vos mismo me dijisteis que Louis está acostumbrado a ser cazado, pero no a perseguir. Es hora de que eso cambie.
—¿Y crees que rechazarlo te hace astuta?
—Creo que me hace interesante.
El Vigilante soltó una risa áspera.
—Veo que mi padre no exageraba cuando hablaba de tu temple. Tienes lo que hay que tener.
—Así es.
—¿También sigues siendo tan obediente como cuando estabas bajo sus cuidados?
Un escalofrío subió por mi espalda.
—No tengo otra opción más que obedecer.
—Inteligente respuesta —dijo él—. El rey te ha mirado como no suele mirar a las mujeres que lo rodean. Eso es bueno. Es lo que queremos. Pero que no se te olvide quién te ha hecho lo que eres, Jeanne. Y tampoco olvides quién puede destruirte si dejas de ser útil.
—No lo olvidaré.
El Vigilante sonrió y dio un paso adelante, deteniéndose justo en el límite del fuego de la chimenea que Coline había avivado antes de marcharse, a pesar del calor que reinaba aquella primavera.
Me apartó un mechón de la cara y luego me levantó el mentón para observarme mejor.
Su tacto era frío, clínico, como si fuera un mercader evaluando una hermosa pieza de marfil.
—De todas las Semillas que mi padre ha criado, desde luego tú eres de las más exquisitas. Piel perfecta, ojos claros, figura elegante y una cara de ángel que, sin embargo, ha sido instruida en el pecado. ¿Sigues siendo tan buena en el arte de la felación como recuerdo?
—Sí —respondí, seca.
—Mi padre solía asegurar que eras de las mejores.
—Él mismo se tomó meses y meses para ayudarme a perfeccionar tal disciplina.
—Comprobemos una vez más, pues, si mi difunto padre fue buen instructor. De rodillas.
Obedecí, como siempre había hecho, y observé sin emoción alguna cómo el Vigilante se sentaba en mi cama, con los calzones y las medias por los pies, y me hacía un gesto para que me acercase a él.
Era un hombre atractivo y sin duda habría decenas de damas en Versalles dispuestas a regalarle una felación, pero no era placer lo que él buscaba en aquel acto que me obligaba a hacerle.
Quería establecer desde un principio quién mandaba ahí y quién acataba las órdenes .
Había aprendido hace mucho que lo peor de aquello no era el acto en sí, sino el vacío que venía después.
La manera en que uno se disociaba de su propio cuerpo, cómo la mente flotaba en algún rincón de la habitación para observarlo todo con la indiferencia de quien presencia la escena desde fuera. Y eso hice.
Mi consciencia se apartó, dejando que el mecanismo aprendido hiciera el resto. Mi habilidad había sido perfeccionada con dolor y con resignación. Y había habido mucho dolor y mucha resignación.
Abrí la boca e hice lo que tenía que hacer, lo que había hecho cientos de veces desde bien temprana edad, y me olvidé de mis propios e inexistentes deseos.
Como había hecho cientos de veces.
Cuando terminó en mi boca y yo escupí su simiente en una bacinilla, el Vigilante ocupó mi cama y me invitó a compartirla con él. Su deseo sexual se había esfumado tras el orgasmo; ahora solo quería hablar.