Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis VI #2
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Louis VI #2

—¡No! —exclamó—. Sois el Rey Sol, la luz que ilumina toda Francia, el monarca que defiende la Iglesia católica hasta sus últimas consecuencias.

Y como tal, no podéis dejaros arrastrar por las bajas pasiones que hasta ahora han ocupado vuestra vida.

Sed digno de vuestro título, y Dios os recompensará por ello, siendo recordado como el más gran gobernante de toda la historia de nuestro reino.

El aire en la habitación se volvió pesado con las palabras de Françoise. Sabía lo que esperaba de mí. No solo ella, sino todo el reino. Estaba atrapado en una red de expectativas de la que no podía huir, aunque mi alma se desgarrara por ello.

—¿Acaso Dios espera que renuncie a mi humanidad? —pregunté, exasperado—. ¿Que me convierta en una estatua de mármol, incapaz de sentir, de desear, de vivir realmente? No soy una deidad, Françoise. Soy un hombre y, como tal, tengo mis demonios .

Françoise, sin embargo, no cedió. Jamás lo hacía. Se acercó un paso más hacia mí, su postura tan recta como un soldado en formación.

—No soy tan tonta como para no ver lo que hay bajo vuestra fachada, majestad.

Sabéis que sois más que un hombre, y por eso debéis ser mejor que todos nosotros.

No es solo el reino lo que depende de vos, sino las generaciones que vendrán después.

Si os permitís dejaros llevar por cada impulso, por cada deseo fugaz, ¿qué legado dejáis?

La historia no recordará a los reyes que sucumbieron a sus deseos, sino a los que supieron dominarse para ser verdaderos monarcas.

Mis dedos se crisparon y la rabia comenzó a burbujear en mis venas, pero me contuve. Françoise tenía razón, pero odiaba que me lo recordara de esa manera, como si todo lo que hubiera de humano en mí fuera algo vergonzoso a lo que tener que renunciar.

—No puedo ser un santo. —Estaba cansado de escuchar aquel discurso una y otra vez. Tenía la sensación de que nunca estaba a la altura de lo que se me exigía—. ¿Qué le importa a Dios que tome amantes?

—Mucho, pues en tomar amantes os ponéis a la altura del resto de hombres del mundo. No perdáis de vista vuestra sagrada misión: Francia debe ser la luz del catolicismo en Europa, y eso lo conseguiréis dando ejemplo de vuestra propia virtud.

Se me escapó un suspiro y me giré hacia la ventana, que daba al Patio de Mármol. Quizás ella tenía razón. Quizá no.

—Por ese motivo —continuó Françoise—, tenéis que yacer con la reina y asegurar vuestro legado.

Antes de que yo pudiera protestar, dio una suave palmada en el aire y la puerta disimulada que daba al pasadizo secreto por el que hasta hace muy poco solía colarse Aurore se abrió .

Para mi sorpresa, entró María Teresa, ataviada con uno de sus vestidos confeccionados a la moda española y su habitual mutismo y sobriedad.

Tuve que contener una mueca de disgusto al verla ahí.

María Teresa jamás había sido un adefesio, ni mucho menos, pero no era su aspecto físico lo que me repelía de ella, sino su carácter adusto. Siempre con el rosario en la mano, siempre con Dios en la boca. Su presencia me aburría soberanamente, fuera y dentro de la cama.

—No deberíamos hacer esto mientras su majestad se encuentre indispuesta —intenté razonar.

—Me encuentro mucho mejor, esposo —me aseguró María Teresa—. Los galenos reales han paliado mi dolor y he retomado mis deberes oficiales, como ya sabéis.

—Sí, lo sé, pero aun así deberíais reposar más. No deseo que volváis a recaer en vuestra dolencia.

—Una reina debe cumplir con su deber. Al igual que un rey —espetó mi esposa, exasperándome todavía más.

Me sentí acorralado por ellas, por mis obligaciones, por lo que se me exigía una y otra vez.

—Majestad, Francia necesita un nuevo príncipe —insistió Françoise—. Y vos debéis dar ejemplo de virtud.

Pensé en las palabras de Aurore.

«El pueblo no quiere un rey santo. Quiere un rey que los vea, que los escuche. Que los ame y los proteja».

Pero fui incapaz de negarme a lo que Françoise me pedía.

Sentí la mirada de Dios sobre mí, reprochándome mis pecados y mis faltas y, sin saber cómo, caí de rodillas entre aquellas dos mujeres que deseaban redimirme.

Rezamos los tres juntos, en murmullos y penitencia y, por alguna razón, sentí náuseas al hacerlo .

Al terminar nuestras oraciones, Françoise corrió los cortinajes y apagó las velas que iluminaban la chambre du roi . Luego, me dejó a solas con María Teresa. Mi esposa aguardó mis órdenes.

Como siempre hacía.

—Tumbaos en la cama, señora —indiqué, sin ganas.

Ella obedeció sin protestar.

En la penumbra que nos envolvía, vi cómo María Teresa se dejaba caer en el lecho, se arremolinaba las faldas hasta la cintura y se abría de piernas, con la cara girada para no tener que verme mientras yo cumplía con mi obligación de esposo.

No sentí ni la más mínima excitación ante aquella imagen de silenciosa y resignada sumisión, por lo que tuve que provocármela con mi propia mano hasta alcanzar la dureza necesaria para entrar en María Teresa.

Antes de penetrarla, aventuré mis dedos entre sus piernas abiertas.

La noté fría, seca, tensa, hasta el punto del dolor.

Intenté arrodillarme para humedecerla, pero me lo impidió con una sola frase en español:

—No oséis utilizar en mí esas técnicas francesas de depravación, Louis.

—Os dolerá.

—Que duela. Lo que ocurre entre esposa y marido no debe ser un acto de placer, sino de deber.

Había escuchado una frase similar al menos una decena de veces desde que nos habíamos casado. A pesar de su reticencia, la humedecí con mi propia saliva para no dañarla en la penetración.

No hubo besos entre nosotros. No hubo jadeos robados ni suspiros ahogados contra mi cuello. No hubo pasión alguna. Solo el sonido del lecho crujiendo bajo mi peso y la fría resignación de mi esposa, que esperaba con la devoción de una mártir que aquello terminara pronto.

¿Era este mi destino? ¿Era esto lo que significaba ser rey ?

Cerré los ojos y, por un instante, traté de engañarme. Imaginé un perfume distinto, una piel más cálida, unos labios que respondieran a los míos con deseo en lugar de sumisión. Pensé en Aurore, en su risa descarada, en cómo me hacía sentir vivo cada minuto que pasaba a su lado.

Pero María Teresa no era Aurore, y jamás lo sería.

Terminé rápido. Ni siquiera sé si ella se dio cuenta. Me aparté de su cuerpo con una sensación de asco que no tenía nada que ver con mi esposa y sí con la farsa que me obligaban a representar una y otra vez para dar herederos a Francia.

—Dios bendiga nuestro lecho, majestad —murmuró María Teresa, con la voz apagada y vacía, y a mí me dieron ganas de reír amargamente.

Me subí los calzones sin decir una palabra y me alejé de la cama, sintiendo que me faltaba el aire. Versalles, con toda su grandeza, se había convertido en una jaula dorada, y cada día que pasaba sentía los barrotes cerrándose más y más a mi alrededor.

—Volved a los Apartamentos de la Reina, señora, y rezad para haber quedado encinta —ordené, y ella obedeció en silencio, como siempre hacía, dejándome por fin a solas.

Me asomé otra vez a la ventana que daba al Patio de Mármol. En unas horas sería de noche, y las palabras de Aurore volvieron a mi mente:

«El pueblo no quiere un rey santo».

¿Y si tenía razón? ¿Y si Dios ya me había condenado hacía tiempo y yo aún no lo sabía? ¿Y si estaba esforzándome en pretender ser el rey que los franceses necesitaban en vez del rey que verdaderamente querían?

Una carcajada agria se escapó de mi garganta.

Yo era Louis XIV, el Rey Sol.

Y mi luz, como todo fuego, también podía extinguirse.