Louis VI
N inguno de mis ministros me recriminó haber desaparecido durante unos cuantos días, si bien vi en sus ojos la contrariedad que aquella escapada despertaba en ellos.
Pero no necesitaba justificarme por mis decisiones, por muy incomprensibles que fueran, y no lo hice.
—¿Y bien, señores? —pregunté, tomando mi lugar en el sitial que presidía la mesa cubierta de terciopelo azul—. ¿Qué ha ocurrido en mi ausencia?
—Majestad —empezó Louvois—, las detenciones de familias nobles por estar involucradas en la conspiración de la Nueva Fronda han despertado cierta inquietud entre vuestra aristocracia.
—Me pregunto por qué —comenté, irónico, lo que provocó la risa descarada de Raoul de Brissac, situado a mi izquierda.
Louvois no se atrevió a responder de inmediato. Se limitó a mirar fugazmente a Chamillart, a quien yo había nombrado ministro de Hacienda tras la violenta muerte de Colbert, como si buscara apoyo. Este no tardó en intervenir.
—Los nobles que han sido arrestados dejan tras de sí tierras, títulos y, lo más peligroso, una red de alianzas que podríamos perder si no actuamos con rapidez. Algunas familias leales a la corona han manifestado su interés en ocupar esos lugares.
—Interés que, imagino, estará acompañado de ciertas expectativas de mejorar su situación económica —dije, entrelazando los dedos sobre la mesa.
Chamillart asintió.
—Es una oportunidad única para consolidar vuestro poder, majestad. Si los bienes y títulos de los traidores son entregados a aquellos que nos han probado su fidelidad, Francia tendrá menos razones para temer otro levantamiento.
—Y a la vez, enviamos un mensaje claro a aquellos que aún osan conspirar contra vos —agregó Louvois—. El de que la traición no será tolerada, sino fuertemente castigada.
Barajé las opciones que se presentaban frente a mí. No tenía escrúpulos en hacer rodar cabezas. Un monarca que no castigaba la deslealtad no hacía más que alimentar el germen de la rebelión. Una lección que había aprendido por las malas.
—Haced una lista de las casas más leales y que las tierras de las familias traidoras sean redistribuidas antes de que termine el mes. Las cosechas y los impuestos no pueden ser descuidados durante más tiempo.
—¿Qué queréis hacer con las familias que han formado parte de la Nueva Fronda? ¿Una ejecución inmediata, quizás? —inquirió Raoul de Brissac.
—No. No seré el carnicero que el mundo espera que sea. Que sean juzgados justamente y castigados, pero no ejecutados si los jueces no lo consideran necesario. Perdoné a mi tío y puedo perdonar de nuevo.
—Una elección sabia, majestad —convino Louvois, con una leve inclinación de cabeza.
—Majestad, ¿me permitís un apunte? —preguntó de nuevo Raoul .
Había nombrado a mi mejor amigo de la juventud ministro de Justicia, ya que conocía bien las formas en que otras cortes hacían cumplir sus leyes.
Su opinión era sincera y descarnada, fruto de la confianza que yo le tenía.
En ausencia de mi hermano en Versalles, me sentía más desprotegido que nunca, y Raoul tenía una amplia experiencia en diplomacia europea, además de ser un experimentado hombre de armas.
—Hablad, señor de Brissac.
—La Bastilla y otras prisiones del condado están más llenas que nunca de nobles traidores. Si bien apoyo vuestra decisión de ser juzgados con todas las garantías de un reino ilustrado como es Francia, ¿puedo sugerir un juicio público a los ojos del pueblo?
Levanté una ceja ante aquella osada propuesta.
—¿Creéis que estamos de vuelta en la Edad Oscura, Raoul?
—No, majestad, vivimos una era de iluminación.
—Y en esta era de iluminación, ¿creéis que es conveniente un juicio que recuerde a los de la Inquisición española? —exigí, autoritario.
Raoul, con su acostumbrada serenidad, no flaqueó ante mi tono.
—Es cierto que en estos tiempos nuestros la palabra es más valorada que la espada, pero un hombre sin justicia no tiene ni honra ni alma, majestad.
Y si los traidores son juzgados en la oscuridad, el pueblo no aprenderá nada.
En mi opinión, la lección debe ser impartida de manera clara y pública.
Si la gente ve que su rey no tolera la felonía, pero que es justo y noble incluso con aquellos que le traicionan, podrá dormir tranquila sabiendo que aún hay orden.
Observé a Raoul durante un largo silencio, dándole vueltas a sus palabras. El calor de la sala parecía volverse más opresivo a medida que todos esperaban mi reacción .
—¿Y qué sugerís, señor de Brissac? —pregunté finalmente.
—Un juicio público en la Place de Grève —declaró, sin titubear.
—¡Menuda idea! ¿Un juicio público en el lugar donde solemos ejecutar sentencias capitales? —dijo Louvois, burlón.
—Sí —afirmó Raoul—. Así todo París sabrá que allá donde solo hemos provocado la muerte, ahora se erige la justicia del rey.
—Eso es completamente heterodoxo —volvió a quejarse Louvois.
—También lo es que su majestad sea el centro del Estado, y no el Consejo de Ministros heredado del viejo rey Louis XIII. Pero, ¿acaso no funciona mejor nuestro país habiendo cambiado el antiguo sistema de gobierno?
Aquella declaración de Raoul provocó la ira silenciosa de mis ministros, que nunca habían llevado bien la pérdida de poder tras mi coronación. No pude evitar sentirme divertido por ello. Su propuesta era, en efecto, diferente pero interesante.
—Sea, señor de Brissac —concedí—. Dispónlo todo, con ayuda de la policía de París y del capitán de la Reynie, en caso de que necesites más fuerzas de apoyo.
Raoul me sonrió en respuesta y se inclinó ligeramente ante mí, satisfecho de haber sido validado frente al resto de mis ministros.
—Así se hará, majestad.
—¿Y qué hay de William de Orange? —pregunté, girándome hacia Croissy, que hasta el momento se había mantenido en silencio.
El ministro de Asuntos Exteriores suspiró con pesadez.
—Nuestros espías nos han informado que Charles de Inglaterra no deja de maquinar contra vos, con ayuda de William de Orange. Se ha reunido con representantes holandeses y con algunos príncipes alemanes que no ven con buenos ojos la expansión de Francia.
—William siempre ha sido un enemigo astuto.
—Si me permitís, majestad, William de Orange no solo es astuto; es paciente. No subestimemos su influencia.
—¿Acaso creéis que necesito que me recordéis la amenaza que representa? —pregunté, con un tono lo bastante frío para que Croissy se apresurara a inclinar la cabeza y guardar silencio.
Me apoyé en el respaldo del sitial, pensativo. La Nueva Fronda, los traidores dentro de nuestras propias filas, Inglaterra… Estaba rodeado de enemigos. Y, sin embargo, lo que más ocupaba mis pensamientos en aquel momento era una mujer de ojos verdes y sonrisa afilada.
—Si eso es todo, podéis retiraros —dije, levantándome.
Los ministros hicieron las reverencias pertinentes y se alejaron apresuradamente, dejándome con mis pensamientos mientras me dirigía a mis aposentos. Las obligaciones que comportaba la corona se hacían más pesadas en estos momentos, pero no iba a permitir que esa carga me doblegara.
Al llegar a la chambre du roi en busca de algo de paz, me recibió una voz familiar.
—Majestad.
Madame de Maintenon permanecía de pie junto a una de las ventanas con expresión serena, si bien sus ojos oscuros destellaban con cierto reproche. No me sorprendí al encontrarla aquí. Sabía que no tardaría en venir a exigirme explicaciones por haberme escabullido a Saint-Cloud.
—Françoise —dije, acercándome al bufet para servirme una copa de vino—. ¿A qué debo vuestra presencia?
—Os he visto llegar a Versalles —dijo, con fría calma—. Y no estabais solo.
Bebí un trago de borgoña antes de responder.
—Siempre estoy rodeado de gente. No es algo nuevo.
—No os burléis de mí, majestad. —Su tono fue tan firme que, por un instante, me recordó a mi madre o a mi propia esposa—. Hablo de la mujer con la que habéis entrado del brazo frente a toda la corte.
—Ah, Madame de Lormagne —musité su nombre con cierta delectación, como si lo estuviera probando en la lengua—. ¿Qué ocurre con ella?
—¿Quién es?
La pregunta llegó cargada de algo más que simple curiosidad. Lo que realmente quería saber Françoise era si tenía un nuevo capricho amoroso que me apartase de mis deberes conyugales y de mi relación con Dios.
—Una dama viuda normanda que ha llegado a la corte en busca de protección —dije, frío—. Nada más.
Françoise apretó los labios.
—No os creo.
—¿Desde cuándo dudáis de mi palabra, Françoise?
—Desde que os conozco —replicó, tajante—. Cada mujer que permitís entrar en vuestro círculo íntimo tiene un propósito. ¿Cuál es el suyo?
Aquel interrogatorio me estaba exasperando cada vez más. Me apoyé en el borde del bufet, observándola con detenimiento.
—No creo haberos dado la autoridad para cuestionarme.
Françoise se enfureció, aunque su ira solo se reflejó en sus ojos.
—Si vais a convertirla en vuestra amante, espero que, al menos, os toméis la molestia de pecar con discreción para no dañar a vuestra esposa ni a quienes os queremos en el camino recto del Señor. Aunque Dios tiene ojos incluso para los reyes discretos, majestad.
—Os aprecio, Françoise, pero cuidad vuestras palabras.
—Mi lealtad a Dios me exige hablaros así.
Dejé la copa sobre el bufet, cansado. Françoise estabadolida por la posibilidad de que yo tomase una nueva amante. Aquel era un tema que siempre me recriminaba. ¿Cómo iba a ser un buen rey, según ella, si me dedicaba a los placeres mundanos?
—Lo sé —admití—. Y por eso os aprecio tanto.
La expresión de Françoise no se suavizó en lo más mínimo.
—Rezad conmigo, majestad.
«Me paso el maldito día rezando», pensé.
—¿Qué pecado he cometido ahora?
—El de tener pensamientos impuros con mujeres que no son vuestra esposa.
—Soy un hombre.