Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne V #2
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Jeanne V #2

Tras una última y sutil sonrisa que solo me dirigió a mí, Louis tomó el camino que lo llevaría al centro del palacio, donde estaban situados los Apartamentos Reales.

Lo siguieron Gérald de la Reynie, un par de mosqueteros, varios ujieres y toda la corte que había ido a recibirlo en el Patio de Mármol, no sin antes dedicarme unas cuantas miradas de curiosidad.

Cuando al fin me quedé a solas con Bontemps, este inclinó la cabeza e indicó el camino al piso superior. Yo seguí sus pasos, recogiéndome el vestido para no tropezar en aquella grandiosa escalera de mármol.

—Supongo que habéis traído con vos vuestro título nobiliario, ¿no, madame?

—Por supuesto —afirmé—. Está en mi carruaje, junto a mi ropa y mis enseres personales. Os lo entregaré para que lo comprobéis en cuanto esté instalada, si os parece bien.

—No es que dude de vos —se apresuró a disculparse—. Es un protocolo para todos los nobles que se trasladan a Versalles.

—Conozco el protocolo, señor Bontemps, no paséis apuro por cumplir con vuestro deber. Y, por supuesto, os doy las gracias por ayudarme personalmente a instalarme en palacio.

Él me dirigió una mirada repleta de confusión; supuse que no estaba demasiado acostumbrado a que nadie le agradeciera nada. Carraspeó, incómodo, y cambió de tema:

—Lamento el fallecimiento de vuestro esposo, si bien espero que en Versalles encontréis calma y paz tras tan pesarosa pérdida.

—Estoy segura de que así será. Es un lugar magnífico.

—Veo que no habéis traído a vuestra servidumbre con vos.

—Eso es porque no cuento con criados propios, señor Bontemps.

—En ese caso, pondré a vuestra disposición a una sirvienta lo antes posible.

—Si seguís siendo tan amable conmigo, se me acabarán las palabras de agradecimiento.

Aquel hombre no parecía estar habituado a sonreír, pero lo intentó, lo que dio lugar a una extraña mueca. Seguramente no estaba acostumbrado a que nadie reconociera su incansable trabajo.

Subimos las escaleras con paso pausado, lo que permitió a Bontemps analizarme un poco mejor.

Me pregunté cuántas otras mujeres habrían pasado por ese mismo examen antes de ser entregadas a los brazos del Rey Sol, cuántas habrían sido elevadas a la gloria con la misma facilidad con la que luego eran relegadas al olvido. Pero yo no era como ellas.

No podía serlo. No me estaba permitido.

En lugar de preocuparme por el escrutinio de Bontemps, me dediqué a aspirar la fragancia de Versalles.

Los pasillos que dejábamos olían a madera recién pulida, a cera de velas y a perfumes exquisitos.

El sol se filtraba por los altos ventanales, dorando los suelos y las molduras, haciendo que todo pareciera sacado de un irreal sueño.

Cada rincón de aquel palacio era rico en detalles y lujo; y yo no podía dejar de devorarlo todo con ojos ávidos de belleza.

Finalmente, Bontemps se detuvo frente a una blanca puerta de madera tallada y decorada con filigranas doradas.

—Este será vuestro alojamiento, madame —anunció, para luego abrir la puerta y hacerme un gesto para que pasara.

Crucé el umbral con la cabeza alta, como si aquel lujo no me sorprendiera, pero lo cierto era que estaba totalmente sobrecogida por todo.

Había pasado hambre, frío e incomodidades, compartidas con decenas de Semillas y ahora, de repente, tenía aposentos para mí sola en la mejor planta de Versalles.

Mi calidad de vida había mejorado considerablemente .

La estancia que me habían asignado era ciertamente amplia, decorada con tapices de seda y muebles de madera oscura.

Un gran espejo de pie reflejaba la luz del sol que se colaba por el ventanal, junto al que aguardaba un coqueto tocador.

Una cama con dosel presidía la habitación, con cortinas de un bonito color amarillo.

Me acerqué al tocador y lo acaricié con deleite, pasando la mano por la pulida superficie.

Nunca había tenido nada tan hermoso como aquel aposento.

Excepto la mirada de Louis cuando me examinaba con ese interés imposible de ignorar.

Me obligué a respirar con normalidad.

—Espero que sea de vuestro agrado —dijo Bontemps, con su voz grave y su formalidad inquebrantable.

—Es más de lo que podría haber pedido o soñado —respondí, sonriente—. Os lo agradezco.

Él asintió con la cabeza y, tras indicarme que la servidumbre me traería mis pertenencias en breve, se retiró para dejarme a solas en mi nuevo mundo. Me acerqué a la ventana y me permití, por primera vez desde mi llegada, soltar el aire que mis pulmones habían retenido en un suspiro largo, agotado.

Desde allí contaba con una vista magnífica de los jardines. Eran ingentemente majestuosos, así como completamente innecesarios. ¿Cuántos campesinos morían de hambre mientras en Versalles se gastaban fortunas en parterres, fuentes y esculturas?

Recordé las palabras del Orfebre, sus discursos apasionados sobre la necesidad de justicia, sobre lo que debíamos hacer para poner fin al reinado del déspota.

Yo era la pieza clave en su juego, la carta oculta que terminaría con el monarca.

Sin embargo, recordé el calor de la mano de Louis sobre la mía, la manera en que había pronunciado mi nombre con ese deje de curiosidad y cercanía. No podía permitirme dudar, y aun así …

Aparté la vista de los jardines y me dirigí hacia la cama. Debía descansar. La corte de Versalles aguardaba para jugar su interminable partida de intrigas y apariencias.

Y yo debía demostrar que estaba más que preparada para ello.