Jeanne V
A unque el Orfebre me había hablado y descrito con todo lujo de detalles el palacio de Versalles, ni una sola de sus palabras podría haberme preparado para lo que vieron mis ojos cuando el carruaje traspasó sus doradas rejas y se dirigió al Patio de Mármol.
El resplandor de la luz del sol sobre las molduras áureas hacía que el palacio brillase con un fulgor divino.
Columnas de mármol, balcones con balaustradas esculpidas y una sucesión de ventanas infinitas daban la impresión de que el mismísimo Olimpo había sido recreado en suelo francés.
El aire estaba impregnado de perfumes florales y del eco de los pasos apresurados de criados y cortesanos que venían a recibir a su rey.
Una chispa de odio se encendió en mi pecho.
La Nueva Fronda nos hablaba de este despilfarro con indignación, describiendo el exceso con el mismo horror con el que se narra una tragedia.
Y ahora que lo veía con mis propios ojos, sabía que no habían exagerado.
Cada rincón de aquel palacio gritaba poder y derroche en un mundo donde muchos pasaban hambre.
Pero al mismo tiempo, el esplendor de Versalles me dejó sin palabras.
Era imposible no sentirse hechizada por su apabullante belleza.
Un palacio así no solo se construía con dinero; se construía con ambición, para desafiar la historia y esculpir la eternidad en piedra y oro.
Versalles era un manifiesto de poder absoluto.
Un poder que yo había jurado destruir. Y su artífice y dueño, el hombre que se encontraba a mi lado. El rey.
Louis.
Aquel pensamiento me estremeció. Aún podía sentir el eco de la intimidad que habíamos compartido en el carruaje.
El roce de nuestros hombros, las miradas cruzadas en el reducido espacio, la forma en que me había hablado, con una confianza desprovista del escudo de la realeza.
Como si yo no fuera solo otra cortesana que buscaba su favor, sino alguien a quien de verdad quería conocer.
Esa era una ilusión peligrosa que deseché de inmediato.
Cuando el carruaje se detuvo, un lacayo se apresuró a abrir la portezuela. Antes de que pudiera reaccionar, Louis descendió primero y extendió la mano hacia mí para ayudarme a bajar del vehículo.
Era un gesto sencillo, cortesano, carente de significado real.
Y, sin embargo, mi mano tembló un instante antes de posarse sobre la suya.
Su contacto era cálido, firme y protector, y cuando mis pies tocaron el suelo del Patio de Mármol, nuestras miradas se encontraron fugazmente.
Me sorprendí a mí misma sintiendo que la solidez ármol bajo mis zapatos no era suficiente para devolverme el equilibrio que aquellos ojos marinos me robaban.
—Bienvenida a Versalles, Madame de Lormagne —dijo Louis, en un susurro que solo yo pude escuchar.
Una brisa ligera agitó mi cabello suelto. No sabía qué me confundía más: la inmensidad de Versalles o la forma en que Louis me contemplaba, como si estuviera tan intrigado por mí como yo lo estaba por él.
Porque no, no podía negar cuánto me intrigaba.
Tras toda una vida estudiando sus gustos y manías, siendo educada para agradarle y para despertar su atención, viendo retratos suyos conforme se convertía de adolescente en hombre, ahora lo tenía delante de mí y era de carne y hueso.
¿Cómo podía ser un hombre tan encantador el mismo tirano que oprimía al pueblo con sangrantes impuestos, condenándolo a la hambruna?
Lo odié, como lo llevaba odiando toda mi existencia.
Por su culpa me habían apalizado, adiestrado y violado hasta convertirme en un arma lista para utilizar hasta sus últimas consecuencias.
Por su culpa yo no tenía apellido, ni pasado ni futuro, excepto el que giraba a su alrededor.
Por su culpa, jamás conocería ni la libertad ni la alegría ni el amor.
Sí, lo odiaba tal y como me habían enseñado a odiarlo.
—¿Estáis bien, Jeanne? —me preguntó, sin soltarme la mano, y el corazón se me detuvo por un momento.
Sentí el irrefrenable deseo de huir de ahí, de renunciar a los planes que la Nueva Fronda había dispuesto para mí, de volverme tan anónima como siempre había sido.
En vez de eso, me obligué a respirar y a sonreír.
No podía permitirme ni un solo instante de debilidad, y mucho menos en el momento de mi llegada a Versalles, con Louis tan cerca.
—Por supuesto, majestad —respondí con ligereza, inclinando la cabeza en un gesto de deferencia—. Solo me he sentido abrumada por tanta belleza.
Era una media verdad. Versalles, con sus acabados dorados resplandecientes bajo el sol y su imponente arquitectura, era una obra maestra concebida para deslumbrar y someter.
Cada arabesco de oro y marfil proclamaba el poder sin límites de su creador.
No podía ignorar la opulencia desmedida que se desplegaba ante mis ojos, ni el hecho de que aquellos lujos se habían construido sobre las espaldas del pueblo que yo debía liberar de la tiranía.
Pero lo que verdaderamente me tenía atrapada era el hombre que ahora sostenía mi mano .
Louis me estudió por un instante antes de soltarme.
Sentí la pérdida de su contacto con un desasosiego que me perturbó.
Yo, que había sido entrenada para la frialdad, para el engaño, para convertirme en la amante perfecta, capaz de manipular sin ser manipulada, ahora me sentía vulnerable ante una simple caricia.
Me obligué a recomponerme, concentrando mi atención en los cortesanos que se agrupaban a la entrada del palacio para recibir a su monarca.
Decenas de ojos curiosos nos observaban con expectación apenas disimulada.
Algunos susurraban entre ellos, sin duda preguntándose quién era la mujer que llegaba escoltada por el mismísimo rey.
Sabía que en cuestión de horas, mi nombre estaría en boca de todos, y que mi posición en la corte dependía de cómo jugara mis cartas desde ese preciso instante.
Louis debía caer rendido a mis pies. Seducirlo, ganarme su confianza, conocer sus secretos y, llegado el momento, destruirlo. Esa era mi misión.
Sin embargo, cuando volvió a mirarme con esa expresión entre divertida e inquisitiva, sentí que el suelo volvía a tambalearse bajo mis pies.
Algo en él me resultaba diferente a lo que había esperado.
De repente, no era solo el monarca altivo e inalcanzable de los retratos y relatos.
En sus gestos había una calidez que no encajaba con la imagen de tirano que había llevado en mi corazón durante años.
«No seas estúpida», me reprendí a mí misma. Aquello no cambiaba nada. No podía cambiarlo.
—Versalles suele tener ese efecto la primera vez —dijo Louis, ofreciéndome ahora su brazo para conducirme hasta el palacio.
Lo acepté.
—Es difícil creer que esto fue un pabellón de caza hace escasos años. ¿Cómo se transforma un edificio tan anodino en un palacio de ensueño ?
—Eso sin duda requeriría una conversación larga y prolongada, madame.
—Cierto —coincidí—. Y vos tenéis deberes mucho más importantes que hablar sobre diseño arquitectónico.
—En Versalles siempre hay un lugar para el placer. Aunque sea uno muy, muy reducido —sonrió él, caminando a paso galante para que yo no tropezara con mi voluminoso vestido.
Los ojos de media corte estaban clavados sobre mi piel, pero lo cierto es que eran los de Louis, azules y despiertos, los que retenían toda mi atención.
Cuando dejamos atrás el Patio de Mármol y traspasamos el umbral que daba a la Escalera de los Embajadores, tuve que retener el aliento una vez más.
Había estudiado a conciencia los planos del palacio, especialmente los de los jardines y la primera planta, que estaba destinada a la familia real, pero nada, ni la más detallada descripción, me había preparado para lo que mis ávidos ojos descubrían con cada paso que ascendíamos por aquella imponente escalinata de mármol.
Al final de la Escalera de los Embajadores aguardaba un hombre de aspecto serio, que supuse sería el fiel ayuda de cámara de Louis. No me equivoqué.
—Bontemps —habló el rey—. Esta es Madame de Lormagne.
Bontemps me estudió de arriba abajo, con poco disimulo y aún menos amabilidad.
—Madame, esperábamos vuestra llegada hace una semana —me recriminó.
—No pude evitar retrasarme algunas jornadas en París, señor Bontemps —sonreí—. Los encantos de la antigua capital son infinitos y perdí la noción de los días. Os pido disculpas.
—No os lo toméis como una recriminación personal, madame —intervino Louis, divertido—. Bontemps es un adicto a la organización; no soporta cuando algo no sale según lo planeado.
—Entonces, tiene eso en común con el rey al que sirve.
Aquello provocó una pequeña carcajada en Louis.
—Ya ves, Bontemps: recojo damas por el camino que insisten una y otra vez en hostigarme con su descaro.
El ayuda de cámara inclinó la cabeza hacia su rey, poco complacido por aquel intercambio de palabras. El hombre parecía verdaderamente frustrado, aunque no creí que fuera por mi retraso, sino por la inesperada escapada de Louis a Saint-Cloud.
Entonces, llegó la orden inesperada que Louis pronunció sin titubear:
—Instala a madame de Lormagne en el piso superior, Bontemps.
Me embargó la sorpresa. Alguien como yo, de la baja nobleza, debería haber sido alojado en la planta baja del palacio, no en la superior, reservada a los títulos de más alto cargo de la aristocracia francesa.
—Majestad, me halagáis —dije, confundida por su cortesía. Louis volvió a tomar mi mano para depositar un ligero beso en mis nudillos.
—Necesitáis reponeros de vuestro percance en el bosque. Permitidme esta gentileza, aunque sea.
—Estoy dispuesta a concederos muchas gentilezas, si todas van en beneficio de mi comodidad —me atreví a decir, y a Louis se le escapó otra risa, en voz baja.
—Ahora, si me disculpáis, me esperan en el Gabinete del Consejo. Bontemps, ocúpate personalmente del bienestar de Madame de Lormagne.
—Así se hará, majestad .