Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis V
14%

Louis V

J eanne de Lormagne era absolutamente preciosa. Poseía esa clase de belleza que emitía un resplandor cálido y engañosamente inocente que ocultaba tempestades; justo el que me atraía sin remedio desde que tenía uso de razón.

Me tomé el atrevimiento de recorrer su rostro con la mirada cuando el carruaje se puso en marcha con un leve traqueteo.

El recogido de su cabello se había deshecho en el ataque, por lo que ahora algunas de sus ondas trigueñas caían despreocupadamente sobre sus hombros.

Tenía la piel clara, inmaculada, y cuando sonreía —como lo hizo en cuanto nos acomodamos en el carruaje—, unos ligeros hoyuelos se marcaban en sus mejillas, dándole un aire de picardía que resultaba tan peligroso como encantador.

Pero lo más peligroso eran aquellos bonitos y despiertos ojos verdes que brillaban como las esmeraldas bajo la luz de las velas y que parecían observar el mundo con aguda inteligencia, lo que inevitablemente llamó mi atención.

Siempre me habían atraído las mujeres rubias y, aunque por mi cama habían pasado todo tipo de amantes, Jeanne de Lormagne era la clase de dama que mi imaginación solía favorecer: una rubia etérea de mejillas sonrosadas, repleta de gracia e insolencia.

Me pregunté hasta qué punto era consciente de su propio atractivo.

Mientras el carruaje avanzaba hacia Versalles, Jeanne se colocó bien las faldas de su modesto vestido e intentó volver a recogerse el cabello de forma decente, sin conseguirlo debido al intenso traqueteo del vehículo.

Yo la observé refunfuñar, suspirar y finalmente darse por vencida.

Ante mi atenta mirada, se quitó pasadores y agujas y liberó sobre sus hombros la suave cabellera de oro, como si fuese una sencilla campesina.

—¿Os arrepentís de haberme invitado a viajar con vos, majestad? —preguntó entonces, no sin un leve descaro y una preciosa sonrisa adornando su rostro.

Reí en voz baja.

—Todavía no, madame.

—Debo admitir que vuestra presencia ha sido toda una sorpresa —dijo—. No esperaba encontrarme con un escolta tan ilustre en el camino a Versalles.

Me apoyé contra el respaldo. Estaba acostumbrado a que los demás se incomodasen bajo mi escrutinio. Jeanne, sin embargo, pasada la primera sorpresa de nuestro encuentro, no mostraba ni un atisbo de nerviosismo ni tampoco señales de sentirse intimidada.

—¿Y qué esperabais encontrar, madame?

Ella hizo un gesto vago con la mano.

—Un par de mosqueteros, quizás. Carretas llenas de avituallamiento, algún mensajero real. Pero no al mismísimo rey de Francia, desenvainando su espada para rescatar a una dama en apuros.

—Algo me dice que, de una forma u otra, hubierais salido airosa del ataque de esos forajidos.

—Me halagáis si insinuáis que podría haberme defendido sola.

—No lo insinuaba.

Jeanne inclinó la cabeza, consintiendo el halago.

—Sea como sea, una dama siempre debe aceptar la ayuda de un caballero. Y, desde luego, cuando la ofrece un rey, rechazarla sería poco sensato.

—Ah, así que sois sensata.

—Solo cuando me conviene.

Sonreí ante su evidente atrevimiento. No, desde luego no me tenía ningún miedo.

—Entonces debo suponer que habéis aceptado mi compañía en vuestro carruaje porque os conviene.

—Erráis, majestad. He aceptado vuestra compañía en mi carruaje porque seguro que conocéis los mejores chismes de vuestra corte y debo ponerme al día para encajar en ella.

Me incliné hacia ella, acortando aún más la ya escasa distancia entre nosotros.

—Albergo pocas dudas sobre lo bien que encajaréis en Versalles.

Jeanne sostuvo mi mirada sin pestañear, y por un instante, el aire que nos rodeaba pareció espesarse.

—Decidme, Madame de Lormagne —proseguí, recuperando la compostura—, ¿dónde habéis dejado a vuestro esposo?

Ella entrelazó las manos sobre su regazo.

—Bajo tierra, majestad: soy viuda.

—¿Tan joven?

—La muerte no entiende de edades ni de clases sociales, me temo.

—Tenéis mucha razón en eso. ¿Puedo preguntar qué le pasó al señor de Lormagne?

—Que era viejo.

No pude evitar echarme a reír ante sus respuestas directas y tan poco protocolarias.

—Sois una criatura encantadora, madame.

—¿Solo por decir que mi viejo marido murió, tal y como Dios dispuso?

Su osadía me divirtió más de lo que quería admitir.

Me pregunté cuántos hombres se habrían creído más listos que ella, solo para descubrir, demasiado tarde, que en realidad eran presas de su ingenio y desvergüenza.

Yo siempre había amado a las mujeres y las mujeres siempre me habían amado a mí, pero al final terminaba aburriéndome de todas y cada una de ellas.

No podía evitar sentirme irritado cuando una dama me llevaba la contraria y se mostraba temeraria en sus respuestas, pero, a la vez, eran precisamente esas las que más tiempo retenían mi interés.

Estaba harto de mujeres escandalosamente bellas, pero sumisas y obedientes.

Raoul de Brissac solía preguntarme por qué, de todo el abanico de posibles amantes que tenía a mi disposición, elegía a aquellas que despuntaban por su carácter arrojado en vez de por su atractivo.

Mi amigo no comprendía por qué prefería la compañía de una mujer madura en vez de la de una virgen adolescente.

Philippe, en cambio, lo entendía perfectamente porque, al igual que yo, no se dejaba llevar solo por el encanto físico de una persona.

Jeanne de Lormagne tenía, aparentemente, todo cuanto yo encontraba deseable.

El carruaje dio un ligero vaivén al tomar un giro, acercándonos un poco más el uno al otro. Jeanne no se apartó. Yo tampoco.

—¿Habéis estado antes en la corte? —pregunté, curioso, aunque ya conocía la respuesta. La habría recordado sin duda alguna.

—No en Versalles.

—¿No en Versalles?

—Me llevaron a vuestra coronación en Reims.

—No os recuerdo.

—Claro que no; jamás llegamos a cruzar una palabra.

—¿Venís a la corte en busca de marido ?

—¿Qué sois, el Rey Sol o el Rey Inquisidor?

—Para vos, de momento soy Louis.

Esta vez logré que se sonrojara un poco, aunque su sonrisa descarada no se borró.

—Si me obligáis a llamaros Louis, deberé exigir que vos os dirijáis a mí como Jeanne.

—Jeanne, entonces —murmuré su nombre con deleite, saboréandolo—. ¿No vais a contestar a mi pregunta?

—¿La de si vengo en busca de marido? Oh, no, majestad. Con un hombre en mi vida he tenido más que suficiente.

Arqueé una ceja, interesado por aquella inusual respuesta, y ella se humedeció los labios con la punta de la lengua antes de hablar, un gesto casi imperceptible, pero que no escapó a mi mirada.

—En realidad, huyo de los hijos de mi difunto esposo —explicó, con cierta tensión en su voz—.

Su padre se casó conmigo en segundas nupcias y, a pesar de mis esfuerzos por ser una buena madrastra con ellos, jamás conseguí su estima.

Al morir Romuald, temí por mi escasa renta y por mi integridad, así que aposté por venir a vivir a Versalles y solicitar vuestra protección, majestad.

Aunque no creí que tendría que hacerlo en mitad del bosque.

—Yo tampoco creí tener que rescatar a una bella viuda en mitad del bosque.

—¿Estáis flirteando conmigo, majestad?

—¿Sería un pecado si lo hiciera?

—No, pero os advierto que no os servirá de nada; mi corazón está hecho de piedra.

Me reí de buena gana.

—¿Significa esoque no habéis amado nunca?

—He querido con intensidad — admitió—, pero amar… Amar es otra cosa.

—¿Y qué haría falta para que Jeanne de Lormagne amara?

Ella se encogió de hombros con encantadora indiferencia.

—Cuando lo descubra, os lo haré saber.

—Por favor, madame, hacedlo.

—¿Puedo preguntaros cómo habéis reconocido el acento normando con tanta premura? —cambió de tema Jeanne.

—Conozco todos los acentos de mi reino.

—¿Y conocéis también cada rincón de vuestro reino?

—No —admití—. No he llegado a conocer mi país más que a través de los mapas, aunque sí que viajé a menudo por algunas zonas de Francia antes de mi mayoría de edad, a pesar de las quejas de mi madre por ponerme en peligro en los caminos.

—No se os conoce precisamente por vuestra prudencia, eso es cierto.

—¿Y por qué se me conoce?

—Depende a quién le preguntéis —sonrió ella—. Estoy segura de que William de Orange os otorgaría adjetivos distintos a los míos.

—¿Cuáles serían vuestros adjetivos?

—Arrogante —contestó Jeanne, sin rastro de titubeo en la voz y sin apartar la mirada de mí—. Temerario. Insaciable.

—Me tomaré esos tres adjetivos como un halago.

—Hacedlo —dijo, provocadora—. ¿O es que vuestro orgullo real solo tolera elogios sin doble filo?

Fui incapaz de no perderme en sus ojos verdes.

—Madame, os sorprendería lo mucho que disfruto de un reto .

Jeanne me evaluó con la misma confianza con la que yo la había estado observando desde el momento en que subimos juntos al carruaje.

—Muy bien. En ese caso, majestad, os haré una pregunta que muchos temerían formular.

—Adelante —la animé, divertido.

—¿Cómo estáis?

Mi sonrisa se congeló por un instante. La pregunta me tomó totalmente por sorpresa. El único que la solía formular era Philippe, cuando estaba a buenas conmigo. Y eso acostumbraba a ser la mitad del tiempo que mi hermano vivía en Versalles.

—¿Cómo decís, Jeanne?

—Os he preguntado cómo estáis, majestad.

—Se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja y yo seguí el movimiento de su mano, sin saber cómo responder a su atrevimiento—.

Sé que probablemente lo negaréis, pero los últimos acontecimientos provocados por la Nueva Fronda han llegado también a Normandía.

Supongo que debéis estar preocupado. Intranquilo, cuando menos.

Todo el mundo da por sentado que vos sois el Rey Sol que guía a Francia hacia la luz más brillante, pero, ¿alguien se preocupa del peso que lleváis sobre vuestros hombros, por muy divinos que estos sean?

Aquellas palabras sencillas, inofensivas en apariencia, me golpearon con más fuerza que cualquier insulto o halago recibido en la corte.

—Jeanne —dije al fin—, si cada hombre y mujer en Francia se preocupara de mi bienestar en lugar del suyo, el reino se vendría abajo.

—Una ingeniosa manera de eludir mi pregunta, majestad.

Dejé caer la cabeza contra el respaldo del carruaje.

¿Qué podía decir? ¿Que llevaba meses sin dormir, con el miedo a que cada decisión tomada me condenara en la historia?

¿Que la sombra de la Nueva Fronda se cernía sobre mí como un eco del terror de mi infancia?

¿Que por muy divino que me creyeran, mi carne era como la de cualquier otro hombre, y había noches en las que deseaba que alguien más llevara el peso de la corona?

No. No podía decirle nada de eso, y menos a una desconocida, por muy encantadora que esta fuese. Así que, en lugar de responder con sinceridad, esbocé una sonrisa medida y distante. Una que había perfeccionado con el paso del tiempo.

—Cumplo con mi deber, que es el de llevar a Francia a ser el mayor imperio del mundo.

En su rostro apareció una expresión imposible de leer.

—Y yo cumplo con el mío, majestad, que es el de preocuparme por mi rey.

Nos quedamos mirando durante unos largos segundos hasta que Jeanne, presintiendo que había tocado un asunto delicado para mí, cambió de tema y me contó su viaje desde Normandía a París, donde había pernoctado un par de noches antes de dirigirse a Versalles.

Yo le hablé de mi breve incursión a Saint-Cloud y, entre risas, también de las licenciosas fiestas de mi hermano.

Ella no pareció en absoluto escandalizada, sino que sonreía al escuchar los detalles de mi visita a Philippe.

Y, por primera vez en meses, mi mente no regresó a la Corte de los Milagros, ni al Asunto de los Venenos, ni a la Nueva Fronda, ni a la beata esposa que me aguardaba en Versalles, ni a los rezos con Françoise, ni a los ponzoñosos panfletos que corrían por París.

Por primera vez en meses, volví a sentirme el Rey Sol.