Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne IV #2
13%

Jeanne IV #2

—¡Soltadla inmediatamente, canallas! —bramó el rey, desenvainando su espada con premura. El acero pulido brilló bajo la luz del sol y mi cuerpo, esta vez, se tensó de verdad. Aquella arma me recordó que todo podía torcerse en un segundo.

El falso bandido que me inmovilizaba fingió dudar. Su cómplice, el que blandía la pistola descargada, levantó el arma en un intento de lucir más amenazante.

Fue un tremendo error por su parte. Antes de que pudiera terminar el movimiento, Gérald de la Reynie tomó su propia espada de la cintura y se abalanzó sobre él con una rapidez fulminante, cortándole la muñeca de un solo tajo.

Su mano, junto a la pistola, cayó con un golpe sordo contra el suelo cubierto de hojas.

Inmediatamente después, el frondero empezó a gritar de dolor, mirándose el muñón del que no paraba de brotar sangre.

Aquello no me lo esperaba. Tampoco la forma en que el capitán de los mosqueteros le rebanó el cuello a aquel desdichado sin ni siquiera pestañear.

La imagen del frondero muerto asustó al que me sujetaba.

Me soltó bruscamente, haciéndome perder el equilibrio, y echó a correr como un loco hacia la espesura del bosque hasta desaparecer .

Asustada, trastabillé hacia atrás hasta que mis talones tropezaron con una raíz saliente. Mi caída fue tan brusca como inesperada, con mi cuerpo deslizándose hasta el suelo en una nube de faldas y encajes.

Fue desde aquella posición, con la respiración entrecortada por el susto y las mejillas sonrojadas, cuando levanté la mirada y lo vi de verdad por primera vez.

Louis XIV.

Avanzó hacia mí con paso seguro, sus botas apenas haciendo ruido sobre el musgo húmedo del bosque.

La luz del mediodía atravesaba las frondosas copas de los árboles, arrancando destellos dorados en su vestimenta y en los mechones de su cabellera oscura.

Se inclinó levemente ante mí y, con una elegancia natural que ningún hombre en Francia podría imitar, se quitó el guante de la mano derecha y la tendió hacia mí.

—Permitid que os ayude, mademoiselle —dijo, su voz grave y acariciante como el terciopelo más fino.

Había visto retratos suyos, por supuesto. Pinturas elaboradas con esmero por los artistas más talentosos de la corte. Y, sin embargo, nada me había preparado para la visión del hombre real.

Su cabello castaño caía en ondas largas sobre sus hombros, enmarcando un rostro de rasgos cincelados con precisión: ojos de un azul intenso, cejas definidas y una mandíbula cuadrada y masculina.

Sus labios finos esbozaban una sonrisa apenas perceptible, que no llegaba a sus ojos del todo.

Tuve la extraña sensación de que él sabía que el mundo entero existía solo para obedecerle y eso provocó un cosquilleo en mi nuca al que no pude poner nombre.

Era el hombre más atractivo que había visto en toda mi vida.

También era el hombre que debía seducir. El hombre que debía destruir .

Acepté su mano y él la tomó con una delicadeza medida al milímetro, permitiendo que mis dedos se deslizaran en los suyos.

El contacto fue breve, ardiente, una chispa atrapada entre mi piel y la suya.

Louis me ayudó a incorporarme con facilidad; su agarre en mi cintura fue firme sin ser brusco, como si estuviera acostumbrado a sostener cosas valiosas sin romperlas.

Así, sin más, nos encontramos cara a cara por primera vez.

No me costó reconocer en aquellos rasgos atractivos los mismos que conocía de memoria en el rostro de Ferdinand.

Sin embargo, mientras el joven príncipe aún era un inexperto en los entresijos del mundo real, Louis irradiaba mundanidad y experiencia.

Parecía más que acostumbrado a mantener el control en situaciones críticas; esa seguridad se reflejaba tanto en su mirada como en su porte, un atributo del que Ferdinand, sin duda, carecía.

Fue entonces cuando supe, con una certeza helada, que todo mi adiestramiento apenas había sido un juego infantil comparado con la realidad que representaba aquel hombre.

Su mirada era la de alguien que ya lo había conseguido todo de todas las maneras posibles.

¿Qué podría darle yo para despertar su genuino interés?

Me obligué a respirar, recomponiéndome y recuperando el papel que debía representar.

—¿Estáis herida, mademoiselle?

Me sacudí la falda con dignidad y dejé ir un suspiro dramático, llevándome una mano al pecho.

—No lo estoy gracias a vos, buen señor —exclamé—. ¡Menudo susto! Creí que no lo contaba. El de arriba debe quererme mucho para haberme enviado a dos caballeros tan valientes.

Louis esbozó una diminuta sonrisa, observándome con evidente entretenimiento .

—Hacía mucho tiempo que no escuchaba ese acento. ¿Sois de Normandía?

—Sí, de Ruan.

—Lo imaginaba.

—Vaya, pues sí que tenéis talento para reconocer acentos, señor.

—No tanto como vos para meteros en líos, mademoiselle.

Sonreí de forma dulce y calculada antes de corregirlo.

—En realidad, es madame.

—¿Madame…?

—Madame de Lormagne —pronuncié mi falso título por primera vez en la vida y sonó extraño en mi boca, aunque procuré que no se me notase—. Pero, ya que os habéis convertido en mi inesperado salvador, vos podéis llamarme Jeanne.

Louis rio, ladeando la cabeza ante mi cháchara. Con suma galantería, me tomó la mano y se la llevó a los labios, rozándola apenas con su boca.

—Jeanne me gusta más.

—Y parece que debo estar agradecida a un caballero cuyo nombre aún desconozco —respondí con un tono mesurado, dejando que la curiosidad bailara en mis ojos—. ¿No os vais a presentar, señor?

Él continuó sonriendo con una calma exasperante. Disfrutaba del juego de saber que, aparentemente, yo no lo había reconocido.

—¿Acaso necesitáis saber mi nombre para mostraros agradecida?

Hice un mohín de impaciencia perfectamente ensayado, lo que aún lo divirtió más. Lo desafié con una mirada que pretendía ser impertinente, pero que en realidad solo buscaba atraparlo.

—Desearía saber a quién debo mi vida, sí .

—Entonces no os lo diré. Prefiero que mi heroísmo siga envuelto en misterio. Así es mucho más divertido.

—¿Y si yo os lo exijo?

—En tal caso, yo os ordenaré dejar de exigírmelo y vos deberéis obedecer.

—O sea que sois un hombre acostumbrado a que os obedezcan —dije, coqueteando un poco.

Su risa, aunque fue una en voz baja, no me pasó desapercibida. Era una risa muy bonita.

—Soy un hombre acostumbrado a muchas cosas, madame. Algunas más placenteras que otras.

—Entonces también sois un hombre que disfruta del misterio.

—Lo suficiente como para prolongarlo un poco más.

Gérald de la Reynie, que hasta ese momento había permanecido en silencio ante nuestro intercambio de palabras, carraspeó, captando la atención de Louis.

—¿Sí, Gérald? —preguntó él, sin dejar de mirarme.

—Tal vez deberíamos asegurarnos de que Madame de Lormagne no ha sufrido daño alguno antes de continuar nuestro camino.

Me volví hacia el capitán de los mosqueteros, sin perder la calma. Su presencia era tan aterradora como su fama, y yo sabía que si Gérald desconfiaba de mí, estaba perdida.

—Estoy perfectamente, señor. Solo un poco asustada. No pensé que los caminos que llevan a Versalles fueran tan peligrosos.

Eso interesó a Louis.

—¿Vais a Versalles?

—Así es, señor misterioso que insiste en no presentarse.

—¿Por qué tanta insistencia, madame, en conocer mi nombre?

Me mordí el labio inferior y me incliné un poco más hacia él, lo justo para que mi voz fuera un susurro cómplice entre solo nosotros dos.

—¿Cómo podré encontrar el camino a vuestros aposentos en Versalles para agradeceros en privado el haberme salvado la vida, si no conozco vuestro nombre, señor?

Esta vez, Louis no pudo controlar su risa ante mi descaro.

Tuve la vertiginosa sensación de que esa risa despreocupada y segura era una afirmación de su poder, de su propia e inquebrantable confianza en que Francia entera le pertenecía.

En aquel momento, vi en él al impresionante Rey Sol que nadie se atrevía a desafiar.

Me mordí el labio inferior. Estaba tan cerca de él que podía oler el perfume que emanaba de su cuello.

Su fragancia era embriagadora, con un toque amaderado y ligeramente salvaje, como si bajo todas las capas de terciopelo y protocolo habitase un animal imposible de domar.

Su aliento me rozó la piel, cálido, tentador, provocando que mi corazón empezase a latir desbocado.

De repente parecía que mi cuerpo estaba dispuesto a traicionarme por completo.

—Madame, ¿y cómo sería ese agradecimiento tan… privado ?

—Con absoluta entrega, señor —murmuré, muy cerca de sus labios.

La mirada de Louis atrapó la mía en un duelo silencioso.

—En ese caso, más me vale confesar mi nombre para recibir tal dedicación —murmuró, con la diversión danzando en sus ojos—. Me llamo Louis.

Dejé que su nombre flotara antes de repetirlo en un tono bajo, juguetón.

—¿Solo Louis? Qué enigmático.

—No tanto como vos, madame —replicó él.

—Vamos, tenéis que darme vuestro título y apellido. Porque, que yo sepa, en Versalles solo hay un Louis y se trata del mismísimo… —Detuve mis palabras y mis mejillas se cubrieron de rubor. Retrocedí un paso, llevándome una mano a los labios con fingida turbación—. ¡Ay, Dios mío! No puede ser…

Simulé que el aliento en mi garganta quedaba ahogado al darme cuenta de la magnitud de mi error y me quedé callada.

—No me digáis que os habéis quedado sin palabras, madame. Era mucho más divertido cuando parecía que ni el Altísimo podría detener vuestra lengua —me provocó, sin perder el buen humor.

Hice una reverencia precipitada, torpe a propósito, como si la conmoción me hubiera hecho olvidar toda etiqueta. Sentí cómo su mirada se posaba en mí con una intensidad divertida.

—Perdonadme… su majestad.

Cuando me atreví a alzar la vista, Louis continuaba risueño.

—Así que ahora sí sabéis quién soy —dijo con un tono deliciosamente arrogante.

—¡Por supuesto que sí! —exclamé—. Pero, ¡qué vergüenza! Os he hablado con tal… atrevimiento. Madre mía, he insinuado que visitaría vuestros aposentos.

—Sin duda no os costaría encontrar el camino a la chambre du roi , madame. Es bastante concurrida.

—No os así burléis de mí, majestad, me hacéis sentir una insensata.

—Me ha parecido encantador, en realidad.

Me atreví a mirarlo de reojo, fingiendo todavía cierta turbación por su presencia.

—No seáis villano conmigo. Bastante humillada me siento ya.

—Madame, creedme, si quisiera ser un villano con vos, lo sería sin disimulo —replicó—. Pero prefiero haceros una proposición.

—¿Una proposición, majestad?

—Dado que ambos nos dirigimos a Versalles, permitidme escoltaros. No quisiera que os vierais envuelta en otra situación comprometida .

No pasé por alto su elección de palabras, ni tampoco la forma en que sus ojos danzaron sobre mi rostro mientras las pronunciaba. Sentí una oleada de frío triunfo recorrer mi cuerpo. Me estaba tanteando, buscando el límite de mi osadía.

Medí mi sonrisa.

—Vuestra gentileza me abruma, majestad.

—Entonces, acompañadme. —Hizo un gesto elegante hacia mi carruaje—. Será un placer daros la bienvenida personalmente a Versalles.

—¿Y mi pobre cochero?

—Sigue inconsciente —me informó el capitán de los mosqueteros—. Yo conduciré el carruaje hasta nuestro destino y me encargaré de que sus heridas sean atendidas.

—Os lo agradecería mucho. Todo ha pasado tan deprisa que apenas he podido preocuparme por él.

—Cuidaremos de él, madame —me aseguró Louis—. Gérald, ata nuestros caballos al carruaje y prosigamos el viaje.

Observé en silencio cómo Gérald de la Reynie obedecía. Amarró los dos caballos en los que habían cabalgado a la parte trasera del vehículo. No me había mirado con simpatía, pero tampoco con desconfianza. Considerando su terrible y cruel fama, podía darme por satisfecha.

—¿Y bien, madame? —preguntó Louis, abriendo la puerta del carruaje y ofreciéndome su mano—. ¿Viajaréis conmigo hasta Versalles ?

—No sé si estoy preparada para semejante honor, pero supongo que lo descubriremos sobre la marcha, majestad —contesté, aceptando su mano.

Permití que su contacto me envolviera durante un segundo más de lo permitido antes de subir al carruaje. Cuando Louis se acomodó a mi lado y ordenó la marcha, su proximidad se volvió extrañamente intoxicante.

El juego de seducción había comenzado y, por un efímero momento, creí que lo tenía todo bajo control.

No podía estar más equivocada.