Jeanne IV
M i estancia en París se vio pronto interrumpida por el nuevo plan que nos presentó el Vigilante.
En el salón de los Montault, sacó un papel de trapo de su capa y lo abrió cuidadosamente ante nuestros ojos. Era un mapa marcado con detalles del camino real que separaba el château de Saint-Cloud de Versalles.
—¿Qué proponéis? —preguntó el señor de Montault.
—Como ya sabéis, el Rey Sol decidió de forma intempestiva ir a pasar unos días a Saint-Cloud, junto a su hermano. Ese ha sido un contratiempo que no esperábamos, pero del que sacaremos ventaja.
—¿Cómo? —pregunté, sin entender cómo podíamos girar esa circunstancia a nuestro favor.
—Louis está pasando una mala temporada. Todo Versalles lo sabe; no es el mismo desde hace meses. Bontemps ya no duerme en la cámara real para velar sus sueños y reza y reza sin parar junto a Madame de Maintenon.
—¿Madame de Maintenon? No me suena ese nombre.
—Se trata de Françoise, hasta hace poco conocida como Madame Scarron, dama de compañía de la reina.
Hace escasos meses Louis le donó una suma importante de francos para que pudiera comprar unas tierras y ella eligió la propiedad del marquesado de Maintenon, por lo que ahora es marquesa y Madame de Maintenon.
—Parece que esa mujer se ha abierto paso en el corazón del Rey Sol —murmuró el señor de Montault—. Todo París habla de ello.
—Sí, así es, y por eso nuestra preciosa Jeanne debe aparecer en su vida cuanto antes. Louis está cansado de damas que buscan continuamente sus favores, así que vamos a poner en bandeja una situación en la que él se sienta… importante por sí mismo, por así decirlo.
—¿A qué os referís?
—Mañana regresará a Versalles antes del mediodía, a través del camino real y, cuando lo haga, lo interceptaremos en este tramo.
—El Vigilante señaló con un dedo un punto del mapa y luego se dirigió a mí—.
Simularemos un pequeño ataque a tu carruaje, Jeanne.
Nada que ponga en peligro su vida, pero suficiente para que él tenga oportunidad de “rescatarte”.
—Entiendo —dije, viendo lo que se proponían—. Vais a permitir que se sienta un caballero de reluciente armadura.
—Exacto. ¿Cómo podría olvidar entonces tu rostro, tu nombre, si te salva de unos malvados bandidos? Entrarás en su mundo por la puerta grande.
Asentí lentamente. La fría y cruel estrategia, después de todo, era la manera más efectiva de captar la atención de un hombre como Louis XIV.
Pero captar la atención de un rey era una cosa, y enamorarlo, otra muy distinta.
No pude evitar preguntarme cuánto tiempo necesitaría para ganarme su plena confianza y, eventualmente, su corazón. ¿Semanas, meses?
Estaba más nerviosa de lo que quería admitir ante nadie, ni siquiera ante mí misma.
—¿Y si algo sale mal? —inquirí .
El Vigilante se inclinó hacia adelante, y su expresión se endureció.
—Nada puede salir mal, Jeanne. Ya no hay margen para errores.
Aparté la mirada hacia la ventana. Desde ahí, podía ver la cúpula de una iglesia cercana y escuchar el bullicio de las calles.
París seguía siendo la misma ciudad vibrante y llena de vida que había conocido junto a Ferdinand.
Pero ahora, en lugar de maravillarme, me sentía atrapada por la magnitud de lo que estaba por venir.
—¿Estaréis vos en ese ataque?
—No seas ridícula; el rey conoce perfectamente mi rostro. Montault lo organizará todo según mis indicaciones,; estarás en manos de fronderos de confianza que trabajan para él.
—Creí que la Nueva Fronda estaba en horas bajas y que apenas nos quedaban efectivos.
Aquel comentario me granjeó una nueva mirada envenenada del Vigilante.
—¿Por qué crees que yo debería informarte de tales asuntos, preciosa?
—Porque voy a introducirme con una identidad falsa en la corte más peligrosa y traicionera del mundo. Considero que contar con la máxima información posible podría jugar a mi favor.
Esta vez el Vigilante permaneció pensativo durante unos escasos segundos.
—Mi padre se negaba a admitir que la Nueva Fronda está más débil que nunca, pero así es.
El capitán de los mosqueteros encontró el diario del duque de Humières y logró descifrarlo, lo que ha provocado la detención de casi todas las familias con las que te has alojado desde que te convertiste en Semilla .
—Excepto la vuestra y la de los Montault.
—A Humières no le había sido revelada nuestra identidad, pues llevaba poco tiempo entre nuestras filas.
De lo contrario, mi apellido y el de los Montault también habrían aparecido en esas páginas.
Somos los últimos fronderos que quedan en pie.
Ahora, el destino del príncipe de las sombras está en nuestras manos.
Y tú quieres que Ferdinand sea rey, ¿verdad?
—Por supuesto.
Permití que mi mente divagara por última vez hacia aquel día clandestino en París, junto a Ferdinand.
Recordaba cómo nos habíamos escapado, él agarrándome de la mano mientras corríamos por las estrechas calles del barrio de Le Marais.
Éramos dos niños actuando como si el mundo fuera nuestro, robando momentos de libertad que sabíamos que no nos pertenecían.
Incluso subimos a la torre de una iglesia, para poder contemplar la ciudad desde lo alto.
—Mira, Jeanne —me dijo Ferdinand, señalando el Sena, que serpenteaba por el centro de París—. Algún día, todo esto será mío.
—Lo será —le aseguré.
—Y cuando lo sea, tú estarás a mi lado. Al fin seremos libres.
La promesa había sonado tan real en aquel momento que llegué a creer en sus palabras.
Ahora sabía que la libertad era una tonta ilusión.
Ferdinand seguía atrapado en la sombra de la Nueva Fronda, al igual que yo.
Su destino estaba atado a su linaje, y el mío, a mi habilidad para manipular y seducir al rey de todos los franceses.
El recuerdo del castigo que recibimos al ser descubiertos me golpeó con la misma fuerza de siempre.
Las palabras crueles del Orfebre, el frío del suelo de piedra donde nos hicieron arrodillarnos, el ardor de los azotes en la piel de mi espalda…
todo seguía grabado en mi memoria co mo si hubiese ocurrido ayer.
Pero lo peor no había sido el dolor físico, sino la mirada de Ferdinand mientras intentaba protegerme, cargando con la culpa de nuestra desobediencia.
Aquella mirada había cambiado algo dentro de mí, endureciendo una parte de mi corazón que nunca volvió a ser la misma.
—Preciosa, mañana tu nueva vida empieza. —La voz del Vigilante me trajo de vuelta de aquellos recuerdos tan amargos—. ¿Estás preparada para adentrarte en Versalles?
—Lo estoy.
No lo estaba en absoluto.
Era cerca del mediodía cuando el Vigilante mandó detener mi carruaje en un claro del bosque que separaba Versalles del château de Saint-Cloud. Él se encargó de disponer la escena perfecta para que Louis creyera que me estaba salvando de un par de proscritos que habían decidido asaltar a una dama.
Tanto los supuestos forajidos como el cochero que conducía mi carruaje eran fronderos parisinos bajo las órdenes de los Montault y conocían bien el papel que debían interpretar.
El cochero se dejó golpear en la nuca por el Vigilante y quedó desmayado sobre el pescante del vehículo.
Uno de los supuestos forajidos me atrapó por los brazos, mientras el otro me apuntaba con una pistola descargada.
Tras disponer la teatral escena, el Vigilante me dio sus últimas indicaciones:
—Sé aguda, sin pasarte de lista. Sé coqueta, sin caer en la vulgaridad. Sé apocada, sin llegar a ser beata .
Y, sin más, emprendió el camino a Versalles y a nosotros nos dejó ahí, en mitad del bosque, aguardando la llegada de nuestro enemigo.
Por suerte, no tuvimos que esperar demasiado.
Tras un cuarto de hora, un estruendo rasgó el aire del bosque como un trueno repentino abriéndose paso en el cielo: era el sonido de varios caballos avanzando al galope por el camino real que llevaba a la residencia del Rey Sol.
Sin saber por qué, me sentí más nerviosa que nunca y, mientras el monarca se aproximaba a su trampa, repasé mentalmente todas mis armas.
«Si él me habla de mitología, he leído todos los libros habidos y por haber. Si él quiere bailar conmigo, me han instruido en todas las danzas galantes. Si él me arrastra a su cama, he sido adiestrada en todas las artes amatorias que los hombres disfrutan».
Por algún motivo, fue en aquel inoportuno momento en que recordé la primera vez que el Orfebre se había bajado los calzones y había empezado el que sería mi interminable instrucción sexual; uno que luego habían ido completando prostitutas con las que me había obligado a yacer para aprender todos los trucos que pudieran complacer al Rey Sol, fueran cuales fueran sus inclinaciones en la cama.
También recordé las lágrimas y el asco que había sentido en todas y cada una de esas ocasiones.
No pude seguir pensando más: los caballos sonaban cerca, muy cerca, y todos nos preparamos para nuestra actuación.
El frondero a mis espaldas me apretó los brazos.
El que tenía enfrente de mí me apuntó con la pistola.
Y yo, con mi papel perfectamente asumido, dejé escapar un largo grito de terror y empecé a forjeear contra el hombre que me sujetaba.
—¡Ayuda, por la gracia de Dios! —aullé—. ¡Ayuda!
En aquel preciso momento, dos jinetes aparecieron por el sendero.
El primero vestía una casaca de viaje negra, bordada con hilo de oro, y su largo cabello ondeaba como un estandarte oscuro.
No necesité más que un vistazo para saber, por la arrogancia con la que montaba, que era Louis.
Fue él el primero en detener su montura y en desmontar de un solo y ágil salto, seguido de otro hombre de presencia imponente y ropas adustas, que lo imitó con la premura de un soldado acostumbrado a la violencia.
Supuse que se trataba del temido capitán Gérald de la Reynie, a juzgar por su rostro repleto de cicatrices.