Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis IV #2
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Louis IV #2

—Bien, ahora que nuestra querida princesa está completamente exhausta tras haberse corrido unas cuantas veces… —comentó, entrecerrando los ojos—. Dime, hermano, ¿a qué se debe realmente tu visita?

Suspiré, recostándome contra el cabecero de la cama y pasando una mano por mi cabello húmedo de sudor.

Por un instante, pensé en darle una respuesta evasiva.

Pero Philippe era mi hermano, y aunque nuestra relación estaba cimentada sobre la eterna rivalidad y la continua provocación, siempre había habido una honestidad inquebrantable entre nosotros.

No ganaba nada fingiendo normalidad ante él.

—Necesitaba huir de Versalles —confesé.

Philippe soltó un bufido, poniendo los ojos en blanco.

—¿Necesitabas huir de la prisión dorada que tú mismo has levantado a tu alrededor?

—Últimamente, no duermo nada bien.

—¿Cómo vas a dormir bien si te has granjeado el odio y la enemistad de la mitad de las coronas europeas?

—No es eso lo que me quita el sueño.

—Habla conmigo, Louis. ¿Qué te pasa?

¿Cómo podía confiarle a Philippe que lo que me desvelaba era haberme dado de bruces con una realidad que no esperaba: la de un pueblo que no me amaba, que entonaba canciones contra mí y que, en el fondo, esperaba que la Nueva Fronda triunfara para sentar en mi trono a nuestro hermanastro bastardo?

Desvelar aquella debilidad me costaba. Me habían criado para ser inquebrantable, para no mostrar mis sentimientos, fuesen estos cuales fuesen.

Aun así, Philippe me conocía mejor que nadie. Podía confiar en él con total plenitud. Solo en él. Me había demostrado en infinidad de ocasiones su lealtad y su cariño.

—Hermano, ¿qué es lo que te mantiene despierto por las noches y te atormenta? —preguntó de nuevo—. Puedes intentar mentirme y fingir que eres el inquebrantable Rey Sol, pero lo veo en tus ojos. Hay algo que te duele, y no es tu eterno conflicto con William de Orange. ¿Qué es, pues?

—No ser amado por los franceses.

Philippe asintió, comprendiendo mis temores, y bajó la vista hacia Aurore, que continuaba durmiendo plácidamente entre ambos, ajena a la conversación que manteníamos.

Le apartó un mechón del rostro y la contempló con infinita devoción.

Aurore era su refugio, su lugar seguro, y lo envidié por ello.

Yo era incapaz de sentirme así con María Teresa.

—Tu pueblo está deseando amarte, Louis, pero reconoce que no le has dado motivo alguno para despertar su devoción —dijo, sin dejar de mirar a Aurore.

—Yo soy el rey.

Esas palabras hicieron que los ojos de mi hermano se enfrentaran a los míos.

—¿Y qué? ¿Crees que solo por llevar la corona en tu cabeza vas a conseguir el cariño de miles de personas a las que tu nobleza oprime en tu nombre?

—He construido Los Inválidos, invierto ingentes cantidades de dinero en mejorar la vida en las grandes ciudades, pago religiosamente a mis soldados por sus servicios y, aun así… no me aman. ¿Por qué?

Philippe chasqueó la lengua con desgana.

—No creo ser el más indicado para hablarte de cómo se siente el pueblo francés. Mi culo es casi tan privilegiado como el tuyo.

Mis ojos se dirigieron a Aurore, quien se estrechó más contra mí, en sueños. No pude evitar sonreír ante aquel gesto.

—Ella fue plebeya.

—Sí, lo fue —coincidió Philippe, entendiendo lo que yo le estaba pidiendo: intimidad para hablar con la mujer que ambos amábamos.

Esbozó una sonrisa sutil y, sin más, se incorporó de la cama y estiró los músculos como un joven gato, ajeno a su propia desnudez.

Luego se cubrió con una bata—. Vigila el sueño de mi esposa, Louis.

Abajo hay una fiesta que espera mi presencia y no quisiera hacerles esperar. ¿Cómo van a saber divertirse sin mí?

Aurore apenas durmió una hora entre mis brazos.

Velé su sueño, sin poder apartar mis ojos de ella.

Hubiera hecho cualquier cosa por protegerla a ella, a mi hermano.

Era todo cuanto más amaba en el mundo, y tenerlos lejos de Versalles me dolía, porque en la corte todo era protocolo, obligaciones, política y la presencia de una esposa que cada día me despreciaba más y a la que yo aborrecía en igual medida.

Al despertar, la mirada áurea de Aurore se posó en mí con curiosidad y, al ver la expresión grave en mi rostro, se incorporó sobre sus codos.

—Louis… ¿Qué ocurre? —preguntó con voz aún adormilada.

—¿Sabes cuánto he echado de menos que alguien me llame por mi nombre?

—¿Es que tu nueva amante no se dirige a ti así?

—No tengo ninguna nueva amante.

Ella arqueó una ceja, sin creerme. Yo suspiré, vencido.

—Está bien: no tengo ninguna nueva amante fija —admití.

—Eso es mucho más creíble.

Me besó en los labios y me estrechó contra ella, feliz de tenerme a su lado.

—¿Y qué pasa con la recién nombrada Madame de Maintenon?

No contesté a eso y me limité a besarle la mano .

—Pronto anochecerá. ¿Damos un paseo?

—Claro.

Tras vestirnos, bajamos juntos a los jardines de Saint-Cloud.

El aire fresco y perfumado por las flores de la primavera nos envolvió, y por un momento, pareció que todo problema se disipaba en la brisa de aquel bonito atardecer.

Alrededor de la fuente principal, mi hermano y Lucille de Valois reían y bebían sin control ni medida, rodeados de la habitual camarilla de Philippe.

En aquel reino suyo, el protocolo brillaba por su ausencia, y mi hermano se permitía relajarse, con la camisa de seda abierta hasta el ombligo, tomando vino entre risas y besando a uno y otro de sus amigos.

Eso era algo que en Versalles solo podía hacer en la privacidad de los Apartamentos del Príncipe.

No vi a Gérald por ninguna parte e intuí que se hallaba controlando la seguridad del palacio. Supe que no le había dado a Lucille la noticia del fallecimiento de su padre. Posiblemente considerase, al igual que yo, que era deber de su hermano Stéphane hablar con ella y también con Bastien.

Dejamos atrás aquel ambiente festivo y nos adentramos en los jardines. Con Aurore de mi brazo, callada y tranquila, me sentí como en casa. Aunque, por supuesto, el silencio con ella nunca duraba mucho.

—No me has contestado a lo de Madame de Maintenon.

—¿Qué debo contestar?

—La verdad siempre es la mejor respuesta: ¿qué ocurre con ella?

—Somos amigos. No me acuesto con Françoise.

—Pues no será porque ella no lo desea. Desde que puso un pie en Versalles, te mira como un gato miraría un cuenco de leche.

Eso me hizo sonreír .

—Todas las damas quieren meterse en mi cama, por una u otra razón —dije—. Soy el rey.

—Ya sé que eres el rey.

—Lo único que hago con Françoise es rezar.

—¿Rezar? —replicó Aurore, con incredulidad en su voz.

—Sí, rezar.

Aurore se detuvo un instante en el sendero de grava que recorríamos, mirándome como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.

—¿Desde cuándo dedicas más tiempo a la oración que al placer, Louis? —preguntó, con la ceja arqueada.

—Desde que el placer comenzó a parecerme vacío —respondí, desviando la mirada hacia los rosales en flor.

El aroma de la primavera impregnaba el aire, pero en mi interior, sentía el peso de un invierno perpetuo.

¿Volvería a sentirme algún día tan feliz como antes?

¿Antes de los cánticos de la Corte de los Milagros, antes de los panfletos de la Nueva Fronda?

Antes, cuando todo eran bailes, música e infinitos paseos por los jardines.

Aurore enredó su brazo con el mío. Su contacto era cálido, familiar, y me reconfortaba más de lo que estaba dispuesto a admitir ante nadie.

—¿Y por qué rezas con Françoise? ¿Tanto afecto le tienes a esa mujer?

—Madame de Maintenon es una mujer devota —respondí—. Me habla del deber, de la necesidad de redimir mis pecados.

—¿Redimirte de qué? ¿De ser rey? —La voz de Aurore tenía un matiz de burla, pero también de preocupación. Me obligó a mirarla, sosteniéndome del rostro con ambas manos—. Louis, escúchame bien: no hay nada que redimir. ¿Por qué te dejas influenciar tanto por esa mujer ?

Suspiré. No era fácil poner en palabras lo que sentía, esa culpa sorda que a veces me asaltaba en las noches de insomnio, ese anhelo de encontrar algo más allá del esplendor de Versalles.

Françoise me ofrecía una certeza que a veces me parecía tentadora: la idea de que podía ser mejor, de que podía trascender mi naturaleza pecadora y convertirme en aquello a lo que estaba destinado.

—Madame de Maintenon me recuerda que mi deber no es solo gobernar, sino también ser un hombre que ilumine con su virtud.

Aurore negó con la cabeza, exasperada ya del todo.

—La virtud, la virtud… —murmuró, como si la palabra le supiera amarga—. ¿Y qué te dice sobre tu pueblo? ¿Acaso ella te ha hablado del hambre en las calles, de los niños que mendigan mientras en Versalles se celebran banquetes interminables?

Me tensé. Era un reproche justo, pero también hiriente.

—Crees que soy un ciego, pero te equivocas —respondí—.Sé lo que murmura la gente, lo que dicen los panfletos que circulan en los mercados. Me llaman tirano.

—Pero lo que más te duele —dijo Aurore, comprensiva— es que no te llaman rey con amor.

Esa verdad, dicha en voz alta, me atravesó hasta llegarme al corazón. No quise responder y seguimos caminando en cómplice silencio un rato más.

Cuando llegamos a una glorieta apartada, Aurore me tomó las manos y me arrastró para que me sentase a su lado, en un banco de hierro forjado.

—Louis, el pueblo no quiere un rey santo. Quiere un rey que los vea, que los escuche, que los ame y los proteja.

—¿Y si no puedo darles eso? —pregunté.

—Entonces perderás mucho más que su amor. Deja de buscar redención en rezos vacíos y busca respuestas en los corazones de quienes gobiernas.

—Me odian.

—No es odio, Louis. Es miedo. Y resentimiento.

—¿Acaso no es lo mismo?

Ella negó con la cabeza.

—El odio es absoluto. El resentimiento, en cambio, puede disiparse si el corazón encuentra razones para olvidar y amar. Pero necesitas darles esas razones.

Desvié la mirada hacia el palacio que habíamos dejado a nuestras espaldas, del que nos llegaban las risas de la fiesta que mi hermano lideraba con mano firme.

«Ojalá poder ser él por un día», pensé. «Libre de preocupaciones, intrigas, decisiones… Solo por un día, junto a una mujer que me amase por ser Louis y no el Rey Sol».

Aurore me apretó las manos.

—Nunca has dejado que el amor de una mujer, aunque sea casto como el que te ofrece Madame de Maintenon, te aleje de tu deber.

Y, con total sinceridad, dudo que el fervor de Françoise hacia ti sea puramente desinteresado.

Por favor, Louis, no te dejes arrastrar por una falsa devoción solo porque te sientas perdido.

La besé en los nudillos con reverencia, sin querer responder de forma directa a sus últimas palabras.

—Dios sabe cuánto te he echado de menos, Aurore.

—¿Nos necesitas en Versalles, no es así?

Fui incapaz de decirle que sí, que los necesitaba a mi lado, a ambos. Les había concedido la libertad de vivir entre París y Saint-Cloud durante los meses de primavera y verano. No podía arrastrarlos de vuelta a la corte, rompiendo así mi palabra.

Aurore interpretó a la perfección mi silencio .

—Philippe protestará, pataleará y es posible que condene a todo vuestro linaje, pero si le pides que volvamos a Versalles, obedecerá —aseguró ella, sonriendo.

—Estaré bien, alteza.

—¿Seguro, majestad?

—Seguro.

Aurore se puso de puntillas para rozarme los labios con los suyos.

—Sé que mi amor no es suficiente para ti, porque debes compartirme con tu hermano. Pero la rectitud de Madame de Maintenon no es la respuesta a tus deseos, Louis. Un día aparecerá en tu vida una mujer que te dará todo cuanto llevas buscando desde hace tanto tiempo.

No pude evitar sonreír ante aquella afirmación.

—¿Y qué es eso, según tú?

—Ser amado por ti mismo, y no como el Rey Sol.

Mostrarme vulnerable, incluso ante Aurore, me resultaba difícil. Todo un reino dependía de mí, y eso me obligaba a ser siempre fuerte, sereno, inquebrantable.

Así que cambié de tema:

—Me temo que esta es una visita fugaz y que tendrás que prescindir de la presencia de Lucille de Valois. Su hermano Stéphane ha llegado a Versalles con terribles noticias.

—¿Sus padres?

Asentí.

—Considero necesario que regrese a la corte para hablar con su hermano.

—Bueno, me sé de un capitán de los mosqueteros que estará encantado de que Lucille vuelva a Versalles —dijo ella con picardía.

Me incliné y besé su frente, cerrando los ojos .

Mi escapada a Saint-Cloud no podría durar más que unos pocos días, pero estaba decidido a disfrutar de la compañía de Philippe y Aurore como si en cualquier momento pudieran arrebatármelos a ambos.