Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis IV
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Louis IV

R ehusé viajar en carruaje, a pesar de las protestas más o menos airadas de Bontemps. No lo dijo en voz alta, pero consideraba una temeridad que el rey de Francia prefiriera desplazarse a caballo como un señor menor.

—De la Reynie me protegerá de todo mal, Bontemps. Quédate tranquilo —le dije, apretándole el hombro con afecto. Mi ayuda de cámara no pareció tranquilizado por mis palabras e intentó de nuevo ofrecerse para acompañarme, pero me negué en rotundo.

Necesitaba alejarme de Versalles durante unos días; de su protocolo, de sus costumbres, de sus murmullos y de sus traiciones.

El palacio de mis sueños estaba repleto de pesadillas, y yo quería huir de ellas e imaginar, aunque solo fuera por unos escasos días, que mi destino no era el de gobernar Francia hasta el día de mi muerte.

—Insisto en que cometéis una temeridad, majestad.

—Saint-Cloud está a media hora a caballo por el camino real, Bontemps. Nada terrible puede ocurrir en esa media hora.

—Como vos deseéis, majestad.

Aquellos treinta minutos al galope, en la única compañía de Gérald, fueron absolutamente liberadores.

No pude evitar sonreír al vislumbrar la larga avenida que conducía al château de Saint-Cloud, el hogar predilecto de mi hermano.

El sol de la tarde teñía de dorado los parterres bien cuidados, donde fuentes y estatuas de mármol brillaban bajo los últimos rayos del día.

Gérald cabalgaba a mi lado, con su porte recto y su expresión imperturbable, dejándome disfrutar de la intimidad de mis pensamientos.

—No quiero ser anunciado —dije, observando la silueta del palacio recortarse contra el cielo.

Gérald asintió sin preguntar el motivo de aquella decisión.

Sabía que mis ocasionales visitas a Philippe rara vez seguían ninguna etiqueta.

Mi hermano odiaba las formalidades tanto como yo las consideraba esenciales para recordar a toda mi corte quién ostentaba el poder.

Philippe, en cambio, se burlaba del protocolo en cuanto se alejaba de Versalles.

Era incorregible; otro monarca lo hubiera apartado de su lado, pero yo era incapaz de vivir sin él.

Su despreocupada insolencia siempre conseguía arrancarme una sonrisa.

Descendimos de los caballos sin ceremonia, y los pocos criados que nos vinieron a recibir se inclinaron apresuradamente, sin atreverse a interceptarnos.

Crucé la puerta principal con la seguridad de quien es bienvenido en cualquier rincón de Francia y anduve por los salones principales en busca de Philippe y Aurore.

No necesitaba que nadie me guiara; conocía Saint-Cloud tan bien como mi propio palacio.

Al llegar al Gran Salón, escuché risas que venían de los jardines.

Gérald y yo nos asomamos a la parte posterior del château .

Allí estaba Lucille de Valois metida en una fuente de mármol, riendo, con una copa de vino en la mano, con las faldas recogidas hasta los muslos, rodeada de los habituales amigos de mi hermano, tan libertinos como él.

—Parece que mademoiselle de Valois no te echa mucho de menos, Gérald —le tomé el pelo, y él apretó la mandíbula, molesto ante aquella imagen despreocupada de Lucille—. Voy a buscar a Philippe. Quédate aquí contemplando la felicidad de tu amante secreta.

Gérald no respondió y lo dejé ahí, sin poder borrar la sonrisa de mi rostro. Los sirvientes de mi hermano me seguían a prudencial distancia, listos para obedecer mis órdenes en cuanto salieran de mi boca.

—¿Dónde está el duque de Orleans? —les pregunté.

Se miraron entre ellos, incómodos.

—Su alteza se encuentra… retirado con su esposa.

—¿Retirado?

Me eché a reír. Ya conocía yo bien los retiros de Philippe.

Tomé las escalinatas que llevaban al piso superior.

En el hogar de mi hermano siempre había música, risas, el eco de una conversación animada o el sonido de copas brindando.

Aquella tarde no era una excepción, pero en la planta de arriba solo se oía el lejano trino de los pájaros en los jardines.

Seguí caminando hasta llegar a la Galería de Apolo, que conducía a los aposentos privados de mi hermano.

La puerta se hallaba cerrada, aunque a través de ella escapaban unos pocos disimulados gemidos, mezclados con dichosas risotadas y dos voces que no tardé en reconocer.

—Vamos, métetela en la boca y hasta el fondo, ma petite furie . Sé perfectamente que os cabe entera.

—Philippe… —rio Aurore—. Sois, sin lugar a dudas, el hombre más pervertido de toda Francia.

—Y a vos os encanta que lo sea. Muy bien, tú lo has querido.

Luego, pude escuchar la carcajada feliz de Aurore y la risa cristalina de mi hermano.

Entré sin llamar.

Philippe estaba en la cama, desnudo, su largo cabello oscuro cayéndole sobre los hombros mientras se inclinaba sobre su mujer, quien se arqueaba bajo él, con la piel de alabastro iluminada por la luz que se filtraba entre los cortinajes.

Su rizada melena rubia estaba desparramada sobre los cojines de terciopelo azul.

Aurore.

Ella gimió, inconsciente de mi presencia.

Philippe tampoco me vio, al principio, demasiado absorto en su placer y en el de su esposa.

Pero algo debió cambiar en el aire de la habitación, porque de repente, con los labios aún sobre el cuello de Aurore, mi hermano levantó su mirada, que se cruzó con la mía.

Dejó escapar una risa sardónica, ladeando la cabeza con ese gesto descarado que siempre había sido su sello. Eso hizo que Aurore mirara también en la misma dirección que su marido.

—¡ Sacrebleu , Louis! —exclamó Aurore, al verme en el quicio de la puerta.

«Cuánto he echado de menos que me llamen por mi nombre».

—Hermano —dijo Philippe, sin moverse de donde estaba ni molestarse en cubrir su desnudez—, ¿ibas a quedarte ahí de pie contemplando la escena o prefieres unirte a la conversación?

—Supongo que llego en mal momento.

—Sí —respondió mi hermano.

—Claro que no. —Aurore se sacó de encima a Philippe y se incorporó. Tampoco se tapó ni un centímetro de piel. El libertinaje de mi hermano había influido deliciosamente en ella, volviéndola más libre, más atrevida. Y yo la adoraba por ello—. ¿Ocurre algo?

—Nada grave. Simplemente, os echaba de menos —dije, y luego apuntillé—: A ambos.

Mi cuñada sonrió de aquella manera tan dulce y descarada.

Así era ella, una mezcla imposible de personalidades en que se combinaba la más pura inocencia con la más desatada irreverencia.

Uno de los muchos motivos por los que la amaba.

Me miró con una chispa de picardía en los ojos mientras deslizaba los dedos por su propia piel desnuda, sin la más mínima vergüenza.

Philippe, por su parte, se recostó contra los cojines, apoyando la cabeza en su mano y contemplándome con esa expresión socarrona tan suya.

—¿De verdad nos has echado de menos, Louis? —preguntó, arqueando una ceja con fingida incredulidad.

Me acerqué a la cama sin prisa.

—Lo suficiente como para venir hasta aquí sin anunciarme —repliqué, sonriente.

Aurore se rio suavemente y me tendió la mano, invitándome a sentarme en el lecho junto a ella.

Sus dedos eran cálidos, familiares. Me dejé guiar, disfrutando de la sensación de su añorada piel.

Philippe, que ya conocía demasiado bien mis maneras, se limitó a soltar una risa grave antes de inclinarse y besar el cuello de su esposa, mordisqueándola con traviesa posesividad.

—No te hagas el misterioso, hermano. Te conozco demasiado bien. No has venido hasta aquí solo para fornicar con mi mujer —murmuró Philippe contra la piel de Aurore.

Ella suspiró de placer y arqueó la espalda, ofreciéndose a Philippe y, al mismo tiempo, deslizando su otra mano hasta mi pecho, trazando una línea juguetona sobre mi camisa. Me observó con esa combinación de dulzura y desafío que la hacía irresistible.

—Sea cual sea el motivo de tu visita —susurró, tirando de mi ropa para acercarme a ella—, puede esperar.

No había necesidad de discutirlo. La había tenido así, para mí, infinidad de noches, y la deseaba de nuevo. En aquel momento, olvidé los rezos junto a Françoise y la mirada de Dios sobre mí .

Deslicé mis dedos por el rostro de Aurore, delineando sus labios con el pulgar antes de tomar su rostro entre mis manos y besarla con la misma complicidad con la que lo había hecho tantas veces antes.

Ella suspiró contra mi boca, entregándose a nosotros en cuerpo y alma.

De la muchacha virgen que llegó a mis brazos poco quedaba ya.

La impudicia de mi hermano había despertado la suya propia, haciéndola florecer como la más encantadora de las libertinas.

Philippe, lejos de inmutarse, observó la escena con expresión de regocijo.

Sabía que le divertía la idea de compartir a su mujer con el hombre que, para bien o para mal, siempre sería su hermano y su rey.

Las sábanas se enredaron entre nuestros cuerpos cuando las palabras se volvieron innecesarias y todo se redujo a la calidez de la piel, al roce de las bocas y a la risa ahogada entre jadeos de los tres.

Aurore, siempre dispuesta a entregarse al placer sin reservas ni falsas modestias, se dejó llevar hasta alcanzar la plenitud absoluta que Philippe y yo le proporcionamos con dedos y lengua.

Ninguno de los dos descansamos hasta dejarla plena y satisfecha.

Cuando al fin su cuerpo tembloroso cedió al agotamiento, Aurore quedó dormida entre nosotros, con su melena dorada esparcida sobre los cojines y una sonrisa calmada en los labios, abrazada a mí por la cintura.

Yo le acariciaba la mejilla, apreciando las nuevas pecas que el sol primaveral que bañaba Saint-Cloud había hecho florecer en su piel.

El silencio se asentó entonces en la habitación, solo roto por la respiración pausada de Aurore. Philippe, incorporado en los cojines, me lanzó una mirada interrogante.