Jeanne III
M ientras aguardaba a que el Vigilante regresase de Versalles para llevarme ante la presencia del Rey Sol, se me permitió, siempre junto a Madame Montault, perderme entre las calles de París que una vez había visitado en compañía de Ferdinand.
Aunque en breve tendría que fingir ser una aristócrata, en aquel momento aún podía mezclarme entre el pueblo y comprobar con mis propios ojos si los rumores de malestar e insurrección eran ciertos. Y, en parte, sí lo eran.
El ambiente en París estaba cargado de tensión, con voces descontentas murmurando en cada esquina y con panfletos impresos en tinta barata esparcidos como hojas muertas en el suelo, que la policía parisina se apresuraba a hacer desaparecer.
La Nueva Fronda había prácticamente desaparecido, pero no sus palabras, que se repetían en aquellos panfletos que aparentemente aparecían de la nada.
Yo los recogía para leer las acusaciones contra el rey: déspota, cruel, tirano de Francia.
Muchos parisinos hablaban con furia contenida, con miedo y odio a partes iguales.
En los mercados, en las tabernas, en las iglesias, el nombre de Louis era maldecido por buena parte del pueblo.
«Todo lo que he oído sobre él es cierto», pensé, paseando por las Tullerías. «Quizás el pueblo tenga razón en quererle destronado» .
Los panfletos que la Nueva Fronda imprimía desde algún lugar de París, bajo las órdenes de los Montault y la supervisión del Vigilante, alimentaban un odio creciente contra el Rey Sol.
Las voces de los descontentos se alzaban con nuevas historias de la opulencia real frente a la miseria del pueblo.
Yo las escuchaba con atención, buscando la confirmación de todo lo que me habían contado mientras me criaban como a una Semilla.
Y en cada esquina, en cada rostro angustiado, la encontraba.
No había duda: el rey no era amado. Su pueblo lo consideraba un tirano cegado por su propio esplendor mientras Francia se ahogaba en el hambre y la injusticia. Cuando escuchaba a ese descontento, cerraba las manos en puños dentro de mi capa, con el corazón latiendo acelerado.
Pero entonces mis pasos me llevaron hasta Los Inválidos, que aunque su construcción no estaba terminada, ya se usaba como hospital y residencia de soldados heridos o retirados.
Ahí, Louis era amado con devoción ciega.
También alrededor de Les Halles su figura era idolatrada, porque la Corte de los Milagros había sido disuelta y, gracias a ello, las calles de París eran mucho más seguras.
No solo eso; aparentemente, Louis había aportado una gran cantidad de francos para mejorar las condiciones de los barrios bajos parisinos, iluminando sus calles con faroles, incrementando la limpieza y la seguridad gracias a la policía.
De repente, París era una de las ciudades más modernas y organizadas del continente.
Al menos, eso escuché decir. Por todo ello, Louis era también admirado y venerado.
¿Cuál de todas aquellas versiones del Rey Sol debía creerme? ¿La del cruel tirano que se creía Apolo renacido o la del monarca que quería llevar a Francia a ser la mayor luz de Europa?
Antes de que pudiera encontrar respuestas a aquellas preguntas, el Vigilante regresó de Versalles con una sorprendente noticia: Louis había abandonado la corte para pasar unos días en Saint-Cloud con su hermano.
—Un ligero inconveniente que estoy seguro de que podremos usar a nuestro favor. Pronto llegará la hora, Jeanne —me dijo el Vigilante—. ¿Estás lista para convertirte en Madame de Lormagne?
Claro que estaba lista. Llevaba toda mi vida preparándome para encontrarme frente a frente con aquel tirano que estaba destinada a destruir. Estaba más que preparada para todo.
Excepto para lo que mi primer encuentro con el Rey Sol provocaría en mí.
Aquel imprevisto, que retrasó mi traslado a Versalles, me permitió adentrarme un poco más en París.
Escuché hablar de la fama de Aurore Bechard y del peculiar trabajo que llevaba a cabo en el Hôpital pour Femmes, que Louis le había entregado como regalo por su enlace con Philippe de Orleans.
A pesar de su título como duquesa y princesa de Francia, el pueblo la seguía considerando una de las suyas, tan plebeya como ellos mismos.
Ese amor tan devoto se extendía a Monsieur .
El hermano del Rey Sol era admirado por los ejércitos franceses y respetado por todo tipo de artistas parisinos, de los que era mecenas.
Tanto Philippe como Aurore eran apreciados como los verdaderos reyes de París.
Los Montault, por supuesto, vilipendiaban a los duques de Orleans por ser un matrimonio de libertinos que abrazaban esas nuevas ideas de modernidad que corrían por todas las capitales europeas .
—La vergüenza del Rey Sol, sin duda —me respondió Madame Montault cuando quise saber más acerca de Monsieur —. Ese hombre fornica con otros hombres y ni siquiera se molesta en esconderlo.
—¿Y su majestad lo permite?
—¿Qué no permitiría Louis a ese hermano suyo?
Fue imposible sonsacarle algo más a esa mujer, excepto insultos y acusaciones de sodomía y vicio italiano. Llamó invertido a Philippe de Orleans y ramera a Aurore Bechard, y eso fue todo.
Pensé que tendría que sacar mis propias conclusiones al respecto. Si Louis amaba a su hermano y yo debía conseguir que Louis me amase a mí, podría usar ese afecto a mi ventaja. Agradar a Monsieur me acercaría al corazón del rey.
El señor de Montault, sin embargo, fue algo más hablador al respecto:
—Es difícil caer en gracia a Monsieur , a no ser que seas tan libertina e indecente como él.
Philippe de Orleans no regala sus afectos alegremente, aunque parezca tan frívolo como la más estúpida de las cortesanas.
Harás bien en concentrarte en Louis. De todas formas, Monsieur no volverá a Versalles hasta el inicio del otoño.
Quedan seis meses para eso. Y mucho antes de que termine el verano…
—La Nueva Fronda triunfará allá donde el Rey Sol no puede reinar —repetí una vez más.
—Eso es. Mucho antes de que termine el verano, Ferdinand será nuestro rey y tú, una heroína de Francia. No es un mal destino para una mujer cualquiera, ¿verdad?
No respondí a eso.
Pero, por un motivo ignoto, me odié a mí misma .
Aunque no tanto como odié aquel destino heroico que jamás pedí y queclavaba sus garras en la piel de mis hombros, hasta hacerlos sangrar.