Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis III
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Louis III

R evisé incansablemente las obras del palacio del Trianón para asegurarme de que mis directrices eran obedecidas al milímetro.

Mi antiguo arquitecto, Le Vau, había muerto recientemente, y su cargo había pasado a Orbay, a quien yo conocía por haberse encargado de varias obras en el palacio del Louvre.

Le di indicaciones sobre los parterres y él tomó nota de todo, dándome la razón en cada palabra que salía de mi boca.

A mis espaldas, Gérald de la Reynie escuchaba en silencio. Desde los incidentes de los últimos dos años con la Nueva Fronda, mi capitán insistía en protegerme personalmente siempre que sus deberes se lo permitían. Su presencia era, para mí, una fuente de consuelo.

Cuando quedé satisfecho respecto a las obras del Trianón, me dirigí a Gérald:

—¿Me acompañas al Gabinete del Consejo, capitán?

—Por supuesto, majestad.

La recién iniciada primavera resplandecía en los jardines de Versalles y yo no pronuncié ni una palabra mientras dejábamos atrás el Gran Canal y ascendíamos por la Avenida Real.

Me limité a disfrutar de la belleza que me rodeaba, del sonido del agua de las fuentes y del precioso verde de los árboles.

Gérald, a mi lado, me acompañó y me permitió disfrutar de aquel raro momento de frágil intimidad .

Encontramos a Bontemps en el parterre norte, buscándome con la mirada. Me había escabullido al palacio del Trianón a escondidas de él, lo que estoy seguro de que lo había sumido en la más profunda intranquilidad.

—Majestad, no os encontraba —me dijo mi pobre ayuda de cámara, espantado por mi ausencia.

—Solo estaba supervisando las obras del Trianón, Bontemps. Como puedes ver, estoy sano y salvo.

—Me alegro, majestad.

Se colocó detrás de mí, junto a Gérald, y encaminé mis pasos al Gabinete del Consejo, donde los ministros debían estar esperando desde hace rato mi presencia.

—Majestad —empezó a hablar Bontemps, a mis espaldas.

—¿Sí? —contesté, sin detenerme.

—Os estaba buscando porque hemos recibido una visita inesperada.

—¿Qué visita inesperada?

—La del señor de Valois.

Detuve mis pasos.

—¿El viejo Godefroy está aquí?

—No, se trata de Stéphane de Valois.

—Ah, el tercer hermano en discordia. Creí que estaba en la Gascuña, cuidando de sus padres y de sus tierras.

—Y así era, majestad, pero ha llegado hoy mismo a la corte y solicita audiencia con vos.

—Bien, hazle pasar al Salón del Œil-de-Bœuf . Lo atenderé en breve.

Contuve un suspiro. ¿Qué podría querer ahora de mí Stéphane de Valois?

Había intercambiado correspondencia con él respecto a sus dos hermanos.

Me había pedido permiso para que Lucille se instalase en Versalles, y se lo había concedido, y también para que Bastien se uniera a la orden de los mosqueteros del rey, una petición también concedida. ¿Qué requeriría de mí ahora?

—¿Tienes curiosidad por conocer al hermano mayor de Lucille, Gérald? —le dije con una media sonrisa a mi capitán, que quizá creía que podía esconderme la relación clandestina que mantenía con mademoiselle de Valois.

Él se limitó a inclinar la cabeza con deferencia.

Al entrar en el Salón del Œil-de-Bœuf , encontré a Stéphane esperándome, con la espalda rígida y la mirada fija en uno de mis retratos ecuestres.

Se giró al oír mis pasos, y de inmediato efectuó una reverencia impecable.

A pesar de no haberse criado en la corte, sin duda contaba con educación cortesana.

—Señor de Valois, bienvenido a Versalles —lo saludé, y él se mantuvo inclinado ante mí.

—Majestad, os agradezco que hayáis accedido a recibirme sin previa audiencia, majestad.

Le hice un gesto para que se incorporase.

—Es una sorpresa veros al fin entre nosotros, señor.

—Una sorpresa agradable, espero.

—Por supuesto —sonreí a medias, impaciente por continuar con mi jornada de obligaciones—. Decidme, Stéphane, ¿qué asunto os trae a mi presencia con tanta urgencia?

—Majestad —comenzó, hablando con cierta rigidez y entregándome una carta sellada—. Me veo en la obligación de anunciaros una triste noticia. Mi padre, Godefroy de Valois, ha fallecido.

Rompí el sello de la carta, en la que se relataba formalmente la defunción del señor de Valois y el traspaso del título a su hijo mayor. Para lo cual se requería mi firma, claro está.

—Lo lamento profundamente. Godefroy fue un hombre leal a la corona y siento vuestra pérdida. Supongo que deseáis ratificar vuestro nombramiento como señor de Valois, ¿me equivoco?

—No os equivocáis, majestad, pues ese es mi deseo.

—También imagino que sabréis que no era necesario abandonar vuestras tierras para tal propósito. Podríais haber mandado un mensajero y yo lo hubiera comprendido, puesto que conozco vuestra delicada situación familiar.

—Creía indispensable y correcto traer la orden en persona.

—Bien —dije, entregándole el papel a Bontemps—. Esta misma tarde lo tendréis firmado, señor de Valois, para que podáis volver a vuestras tierras lo antes posible. ¿Qué más necesitáis de mí en este doloroso momento?

Stéphane inspiró profundamente antes de responder:

—En realidad, majestad, quisiera solicitar vuestro permiso para permanecer en Versalles y buscar una esposa adecuada entre las damas de la corte. Creo que es mi deber, tanto por mi linaje como por mi compromiso con la corona, asegurar la continuidad de mi familia.

Su petición no era inusual, pero me intrigaba el trasfondo de su solicitud.

La fortuna de los Valois era escasa y no encontraría muchas damas en la corte dispuestas a casarse con un aristócrata pobre de la Gascuña, por lo que, a mi entender, sería mucho más razonable buscar esposa entre la nobleza rural de sus tierras.

Sin embargo, no veía ningún motivo para negarle lo que me pedía.

—Tenéis mi permiso para instalaros en Versalles.

Normalmente, es la reina María Teresa quien se encarga de hacer de casamentera, pero en los últimos meses se encuentra delicada de salud y prefiero no molestarla con esta clase de pormenores.

Pasead por mis salones en busca de vuestra futura esposa, Stéphane, y si tenéis dudas, consultad con Antoine de Lorraine.

Mi maestro de ceremonias mantiene amistad con muchas damas de la corte y os sabrá aconsejar al respecto —le informé, y luego me volví hacia mi ayuda de cámara—.

¿Es viable instalar al señor de Valois en la planta superior, Bontemps?

—¿En la planta superior, majestad? —dudó él, sabiendo mejor que nadie que Stéphane de Valois era un señor menor cuyo destino hubiera sido la planta inferior de palacio.

Yo asentí y me dirigí a Stéphane.

—Vuestra hermana Lucille cuenta con habitación propia en los Apartamentos del Príncipe, ya que es dama de compañía de la duquesa de Orleans, pero, obviamente, no puedo instalaros ahí.

No obstante, por deferencia a la destacada posición de mademoiselle de Valois en la corte, os concedo aposentos en la planta superior.

—Majestad —se inclinó Stéphane de nuevo—. Os estoy muy agradecido.

—Bien, pues si no solicitáis nada más de mí…

—De hecho, majestad, quería preguntaros por mi hermana. La he buscado por todo el palacio y por los jardines, sin encontrarla.

—Lucille se encuentra pasando unos días en el château de Saint-Cloud, junto a los duques de Orleans. Ignoro cuándo piensa regresar. ¿Queréis mandarle recado?

—No será necesario, majestad. Gracias.

Asentí nuevamente.

—Disfrutad de Versalles y de la búsqueda de una esposa, Stéphane. Pero os advierto: las damas de la corte son tan ambiciosas como hermosas. Elegid con sabiduría .

Stéphane hizo otra reverencia, inclinando la cabeza con respeto, y Bontemps lo acompañó, dispuesto a guiarlo a sus nuevos aposentos, dejándome a solas con Gérald, quien se había limitado a observar al hermano de su amante con suma atención, como era habitual en él.

Debía dirigirme al Gabinete del Consejo sin más demora, pero, en vez de eso, me quedé contemplando mi propio retrato, que presidía el Salón del Œil-de-Bœuf.

Había sido realizado cuando yo tenía diecisiete años, y el artista, Nocret, había captado en mi mirada la ambición y las ganas de tomar las riendas de mi reino, de reformarlo y hacerlo mío.

Ahora, apenas me reconocía a mí mismo en aquel óleo.

La salud de María Teresa había mejorado, contra mis propios temores, y se había reincorporado a la vida cortesana con su acostumbrada discreción, lo cual me tranquilizaba, además de darme cierta libertad para romper todo ese protocolo farragoso que mi hermano había dictado para mí.

Había decidido, de pronto, hacer caso a Philippe cuando se quejaba de que echaba de menos al Louis desvergonzado y alborotador de nuestra adolescencia, que no titubeaba a la hora de romper todas las normas impuestas por nuestra madre.

¿Cuánto hacía que no me portaba de forma inconveniente?

Me dirigí a Gérald, esbozando una sonrisa traviesa.

—¿Tienes ganas de ver a Lucille de Valois, capitán?

—¿Majestad?

—Estoy dispuesto a darle un nuevo disgusto a Bontemps y escabullirme unos días a Saint-Cloud. Siempre y cuando tengas a bien acompañarme. ¿Quién mejor que tú para consolar a mademoiselle de Valois por la pérdida de su padre ?

La incomodidad de Gérald fue tan visible como un rayo de sol atravesando una nube tormentosa y no pude evitar sentirme divertido ante su incomodidad.

—¿No creerías de verdad que serías capaz de mantener en secreto tu relación con ella, no, Gerald?

—Supongo que es absurdo negarlo.

—Lo es.

—Tan absurdo como poneros en peligro en los caminos que llevan a Saint-Cloud —añadió él, grave.

—Por suerte, tengo a mi lado al hombre más fiero de toda Francia —dije, de repentino buen humor.

Necesitaba ver a mi hermano, a Aurore, y alejarme de Versalles por unos días. Quizá así lograría descansar de las pesadillas, reales e imaginarias, que insistían en perseguirme, y de los cánticos de la Corte de los Milagros que perforaban en un estruendoso silencio mis oídos.

Lo que jamás imaginé es que en aquellos caminos que Gérald de la Reynie describía como amenazadores me cruzaría con la criatura más peligrosa de todas.