Jeanne II
D ejar a Ferdinand me costó más de lo que había supuesto.
Yo había sido una de las Semillas que había tenido el privilegio de crecer junto a él, de verlo madurar y convertirse en el príncipe que en realidad era.
El resto de Semillas criadas por la Nueva Fronda ni siquiera sabía qué aspecto tenía aquel a quien habían jurado sentar en el trono de Francia.
Yo sí, y quería verlo alcanzar su destino.
Me despedí de Ferdinand con una reverencia y él, muy consciente de adónde me dirigía y para qué, me besó en la mano con la galantería con la que había sido educado.
—¿Recuerdas nuestra escapada a París? —me dijo, antes de subirme al carruaje.
—Cómo olvidarla, alteza.
Había pisado París una sola vez en mi vida, desobedeciendo deliberadamente las órdenes de la Nueva Fronda, y fue uno de los peores errores que cometí jamás.
Nos habían trasladado, por seguridad, a una propiedad de una de las tres familias fronderas que habitaban en la capital, los Montault.
Eran enemigos acérrimos del viejo cardenal Mazarino y fieles colaboradores de la familia del Orfebre.
Su palacete estaba situado en las Tullerías, justo en pleno centro de la vida parisina, por lo que Ferdinand y yo veíamos cada día a través de las ventanas todo aquello que se nos negaba a diario: mezclarnos con los parisinos, vivir nuestra propia vida.
Así que, tras meses de aburrimiento y encierro, Ferdinand me había rogado que nos escapásemos a la ciudad y probáramos las mieles prohibidas que París ofrecía en sus barrios bajos.
Quería ver con sus propios ojos aquello de lo que tanto habíamos escuchado hablar: los mercados abarrotados, las torres de Notre-Dame, los teatros llenos de vida, el palacio real del Louvre, la Corte de los Milagros.
Ferdinand y yo habíamos vivido encerrados y custodiados por la Nueva Fronda la mayor parte de nuestra vida; apenas conocíamos nada del mundo exterior.
Así que huimos y recorrimos París durante un día entero, que pagamos muy caro.
Pero mientras estuvimos solos, todo nos pareció un lugar mágico, ajeno al encierro en el que habíamos crecido.
Recorrimos la ciudad, bebimos vino, compramos comida y cometimos el terrible error de adquirir filtros secretos a Le Sorcier , quien no sabíamos que era frondero y que nos denunció al Orfebre al reconocer a Ferdinand como el príncipe de las sombras.
Fue en su taller de alquimista cuando sentí la primera grieta en mi coraza.
—¿Cuál es tu nombre, muchacha? —quiso saber Le Sorcier .
Yo palidecí ante aquella pregunta inesperada.
—Jeanne.
—¿Apellido?
No tenía apellidos. La Nueva Fronda me había tomado de las calles de alguna ciudad siendo un infante para ser criada como una Semilla. Ninguno de nosotros tenía pasado propio. Y aquel contacto con el mundo real, donde sí necesitaba un apellido, me golpeó más de lo que pude prever.
—Díselo, Jeanne —me apremió Ferdinand, que estaba deseando probar los filtros que habíamos comprado a Manadou .
—Ehm… Yo no… —balbuceé, confusa, sin entender por qué aquel alquimista necesitaba tanta información para vendernos unos cuantos brebajes.
Ferdinand, poco dado a la paciencia, me guiñó un ojo.
—Es Leclair —inventó, con un deje malicioso en su voz.
Temblorosa, observé cómo Le Sorcier apuntaba Madame Leclair en un cuaderno de cuero que luego escondió entre sus ropas.
Poco imaginaba yo que usaría aquel nombre para denunciarme al Orfebre y que luego este me infligiría un castigo tan severo que aún podía sentir el ardor de las marcas en mi piel y el peso de la humillación.
Parpadeé para alejar aquellos recuerdos de mi mente y me centré en la bonita cara de Ferdinand.
Tenía que partir ya, sin más demora.
—Espero que esta vez París sea más amable contigo, mademoiselle Leclair —susurró, y yo le rogué con la mirada que no usase más aquel nombre falso que solo relacionaba con uno de los días más dolorosos de mi vida: aquel que pude soñar con ser libre.
Pero Ferdinand lo usaba en secreto, continuamente, ya fuese para molestarme o para recordarme que durante un día entero, el mundo había sido nuestro.
Yo lo odiaba cuando lo hacía.
—Eso espero yo también, alteza.
El Vigilante me ayudó a subir al carruaje y luego lo hizo él mismo. Sería mi compañía durante todo el viaje y mi llave de acceso al corazón de Versalles.
—Yo te ayudaré a caerle en gracia a Louis, pero confío en que mi padre te enseñó bien, Jeanne. No podré estar continuamente a tu lado. ¿Lo entiendes ?
—Sí, señor.
—Y nunca olvides —dijo, sin dar la orden de partir al cochero—, que tu vida no te pertenece. Tu libertad, tus deseos… todo eso murió el día que pusiste un pie en esta causa.
—La Nueva Fronda triunfará allá donde el Rey Sol no puede reinar —recité.
Mi nuevo dueño asintió, satisfecho. Solo entonces golpeó el techo del carruaje y nos pusimos en marcha.
El viaje fue largo, y aunque mi rostro mantenía una expresión impasible frente al Vigilante, mi mente era un hervidero de pensamientos.
La noche en que recibí el castigo por haberme escapado con Ferdinand, lloré en silencio, acostada sobre un camastro duro, con el cuerpo dolorido y el corazón lleno de confusión.
Con los años había aprendido a endurecerme, a aceptar que yo no era más que una pieza en un juego mucho mayor que mi propia vida.
Ahora, mientras el carruaje me acercaba a Versalles, volví a preguntarme si realmente había logrado desprenderme de aquel peso o si solo había aprendido a cargarlo con más gracia.
—No iremos directamente a Versalles —me anunció el Vigilante al cabo de unas horas.
—¿Ah, no?
—No. Nos detendremos en el hogar de los Montault y ahí aguardarás mis instrucciones. Yo me adelantaré hasta Versalles y te mandaré llamar.
—De acuerdo.
—No debes preocuparte por los aspectos burocráticos de la misión, preciosa. La invitación a Versalles ha sido firmada por el propio Louis y tus papeles nobles no levantarán la más mínima sospecha, ni de Bontemps ni del capitán de los mosqueteros.
No pude evitar sentirme inquieta. Si a alguien debía temer, sin duda era a la suspicacia de Gérald de la Reynie. Se contaban cosas terribles de él y sus métodos de interrogación. Pero, con un poco de suerte, mi camino no se cruzaría con el suyo.
París nos recibió una noche cualquiera de aquella incipiente primavera, y mi curiosidad hizo que apartase la cortina de la ventana del carruaje para contemplar cómo avanzábamos a través de sus bulliciosas calles.
Pasamos por delante del Hôtel National des Invalides , cuya construcción estaba a punto de ser completada, y también junto al Hôpital pour Femmes , que, según había sido informada, era dirigido por la duquesa de Orleans.
Luego cruzamos el Sena y dejamos atrás el complejo del palacio del Louvre, hasta alcanzar la residencia de los Montault.
Aquel lugar me trajo amargos recuerdos, que procuré disimular.
El Vigilante me ayudó a descender del carruaje.
Observé su rostro; seguro que cuando sonreía era uno de los hombres más atractivos de la corte, pero en aquel momento era todo seriedad.
Sin embargo, yo solo podía pensar que había asesinado a su propio padre para erigirse en el máximo líder de la Nueva Fronda.
¿Qué más sería capaz de hacer para ver su causa triunfar?
El señor de Montault y su esposa nos recibieron con la máxima formalidad; nos hicieron pasar a un diminuto salón que daba al patio de armas, y me invitaron a tomar asiento en una mesa en la que los criados habían escanciado varias copas de vino. Yo no toqué la mía.
Observé con atención los restos de la Nueva Fronda.
Los Condé y los Bellombre habían sido detenidos por los mosqueteros del rey y ahora se encontraban arrestados en la Bastilla, junto con varias familias fronderas más.
Nuestra última alianza era con los Montault, quienes continuaban incansables imprimiendo folletos contra Louis y repartiéndolos por París.
—¿Tienes todo claro, muchacha? —me preguntó el señor de Montault, directo al grano.
—Sé lo que debo hacer, si eso es lo que me preguntáis —respondí, seca.
—Porque, de todas las Semillas, tú has sido la elegida.
—Bien lo sé.
Los Montault se miraron entre ellos. El Vigilante, por su parte, levantó una ceja inquisitiva.
Quizá había percibido en mi tono una leve llama de rebeldía, que yo en absoluto sentía.
Por un momento temí que me volvieran a soltar el consabido discurso de Jeanne d’Arc y los sacrificios que la gloria de Francia precisaba, pero, por suerte, no fue así.
—Tengo entendido que disfrutas leyendo, Jeanne —se dirigió a mí Madame Montault por primera vez desde que había llegado, con algo parecido a la simpatía—. Contamos con una modesta biblioteca que puedes usar a discreción.
—¿Se me permite pasear por París?
—Solo si mi esposa te acompaña.
Unos nuevos carceleros, sin duda. Tal vez temían otra imprudente escapada. Estaban equivocados. Había aprendido la lección a las malas y ahora era una simple mariposa sin alas.
—¿Tienes alguna pregunta más sobre tu misión antes de que parta a Versalles para preparar tu llegada? —preguntó el Vigilante.
—En realidad, sí. ¿Qué ha ocurrido con el resto de Semillas que criasteis para destruir al Rey Sol?
—Ya sabes la respuesta a eso, Jeanne.
Claro que la sabía, pero por algún motivo quería que uno de ellos confirmase mis peores temores.
Cuando Louis había alcanzado la adolescencia y habían quedado claras sus inclinaciones por las mujeres, decenas de Semillas masculinas habían sido desechadas.
Al comprobar que Louis no sentía deseos por las mujeres exóticas, decenas de Semillas de piel oscura y ojos rasgados fueron desechadas también.
Augurando que quizá Louis tendría apetitos antinaturales por niñas, la Nueva Fronda había hecho acopio de un puñado de chiquillas de todas las edades y caracteres, hasta que los fronderos que vivían en Versalles habían asegurado que el Rey Sol no sentía atracción por las crías.
Ellas también habían sido desechadas. Yo era una de las pocas que habían sobrevivido de la Siembra: tenía la edad adecuada, el color de cabello adecuado, la educación adecuada y la experiencia adecuada para caer en gracia a Louis XIV.
Era la elegida para sentar a Ferdinand en el trono de Francia y jamás podía olvidar que aquel era mi único objetivo en la vida.
—¿Alguna pregunta más?
—¿Cómo es Louis? —me atreví a preguntar.
El Vigilante me miró, curioso por aquella cuestión que yo había formulado por primera vez en voz alta, pero que llevaba años persiguiéndome. Acarició su vaso y bebió un poco de vino, tomándose su tiempo antes de contestarme.
—Amable, cuando no es un tirano cruel. Frívolo y formal cuando la ocasión lo requiere. Controlador, inteligente, sensible a la belleza y a la música.
—Y… ¿Con sus mujeres?
Ante aquella pregunta, se le escapó una media sonrisa que no supe si interpretar como burla o desprecio.
—Louis es un conquistador nato. No porque busque a las mujeres, sino porque es él quien es asediado constantemente por todas aquellas que desean mejorar su posición en la corte.
Un hombre como él no tiene que esforzarse por seducir; la seducción gravita a su alrededor como los planetas alrededor del sol.
—Hizo girar el vino en su copa y continuó hablando, con cierto aire distraído—: Es generoso cuando le place, cruel cuando se siente atrapado.
Desprecia la mediocridad en todos los aspectos de su vida.
Cuando se entrega a una amante, su pasión es ardiente y absoluta… hasta que se apaga.
Sus palabras encendieron en mi pecho una sensación extraña, repleta de cosquillas, a la que no supe ponerle nombre. Supuse que se trataría de simple curiosidad por aquel hombre al que debía seducir.
—¿Se enamora? —pregunté, inquieta.
El Vigilante rio en voz baja, imitado por los Montault.
—No, el Rey Sol no se enamora, pero algunas mujeres han logrado marcarlo. Aunque incluso a ellas, tarde o temprano, las olvida.
Esta vez fui yo quien bebió un buen trago de vino y, cuando se me dio permiso para retirarme, no fui capaz de dejar de pensar en las últimas palabras del Vigilante.
«No se entrega fácilmente, pero cuando lo hace, su pasión es ardiente y absoluta… hasta que se apaga».
Y yo tenía que conseguir que jamás se apagase.
Al menos, no hasta la puñalada final.