Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis II
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Louis II

M aría Teresa tenía mal aspecto. Le dolía el costado desde hacía meses y los galenos reales me insistían en que era un desequilibrio de los humores en el intestino.

La habían tratado de diferentes maneras, con resultado irregular: sangrías en los brazos, cataplasmas calientes en el vientre para extraer el humor dañino, purgantes internos que la hacían gritar de dolor, dieta blanda a base de caldos…

Nada había funcionado ni había eliminado la dolencia por completo.

Me senté en su lecho, a su lado, y la tomé de la mano.

—¿Cómo se encuentra hoy la reina de Francia?

—Bien, majestad —contestó ella, como siempre.

—¿Por qué insistís en mentirme, María Teresa?

—Tenéis asuntos más urgentes de los que preocuparos que de una esposa moribunda.

—No habléis así.

Ella dejó escapar una risa maltrecha.

—Ah, ¿pero acaso no os haría feliz deshaceros de mí de una vez?

Tuve que contenerme para no contestar en el mismo tono ponzoñoso que ella había usado para herirme. Estábamos rodeados de cortesanos, con Bontemps muy cerca de mí y Madame de Maintenon justo a su lado, escuchando cada palabra que intercambiábamos .

—Vos y yo tenemos un matrimonio más feliz que muchos otros.

—A cualquier cosa le llamáis felicidad, majestad.

Me froté las sienes, cansado, y ella volvió a quejarse de dolor.

Uno de mis galenos se acercó con un recipiente dorado y las temidas lancetas que perforaban la carne y dejaban fluir la sangre.

Me pidió permiso para realizar una nueva flebotomía a la reina.

Asentí, sin saber cómo negarme sin contradecir la voluntad de María Teresa, quien no quería saber nada de métodos medicinales menos convencionales.

Toleraba la presencia de Aurore en la corte —no le quedaba otro remedio—, pero el hecho de que yo hubiera permitido que una amante mía se casase con mi hermano la había llenado de rencor hacia ella y sus conocimientos, que para mí eran tan valiosos como un tratado de paz.

Desde que Aurore era duquesa de Orleans, María Teresa se negaba a tratarla y, si debían coincidir en un acto público, se limitaba a ignorarla.

A Aurore aquel desprecio le dolía, puesto que había cuidado de la reina durante su último embarazo con constancia y amabilidad, pero lo aceptaba con resignación.

Observé, triste, cómo la sangre de mi esposa salía de un nuevo corte de su brazo y caía sobre el recipiente que Françoise sostenía con mirada estoica.

Hacía apenas una semana que Philippe y Aurore se habían retirado a su château de Saint-Cloud para pasar la primavera y el verano y ya los echaba de menos. Hubiera mandado llamar a Aurore para que reconociera a la reina, pero eso solo hubiera enfurecido más a María Teresa.

—En unos días, su majestad la reina estará plenamente restablecida —me dijo el galeno real.

Yo lo fulminé con la mirada.

—Eso me asegurasteis la última vez, Dupont. Y, sin embargo, la reina de Francia sigue indispuesta. ¿Creéis que vuestras artes funcionarán alguna vez o tendré que tomar medidas por vuestra incompetencia?

—Majestad, la vida de la reina está en manos de Dios y…

—Callaos —espeté, y se hizo el silencio más denso e incómodo posible. Uno que disfruté, pues me recordaba mi propio poder dentro de aquel palacio.

Entonces noté la mano de Françoise en mi hombro. Gentil, discreta. Con la derecha sostenía el cuenco con la sangre de mi esposa y con la otra pretendía sanar mis propios humores malignos.

En parte, funcionó.

Me puse en pie y me dirigí a Bontemps.

—Convocad al Consejo de Ministros.

—Majestad, ¿a estas horas…?

—Sí, Bontemps, a estas horas.

Si no podía cuidar de la salud de mi reina, me ocuparía, como llevaba haciendo desde mi adolescencia, de Francia.

Ese era el único destino para el que había nacido y, a veces, pesaba sobre mis hombros como un yunque.

El más que evidente deterioro físico de María Teresa fue, sin yo pretenderlo, el centro de la reunión con mis ministros.

—Seamos sinceros, majestad —habló Louvois—. Si la reina muere, vos tendréis derecho a reclamar la…

Lo interrumpí con un leve gesto. No podía soportar oír esa palabra en voz alta, aplicada a mi esposa, a la madre de mi heredero y de mis hijas.

Un pesado silencio se hizo en el Gabinete, y percibí cómo cada uno de mis ministros evitaba mi mirada.

Louvois, sin embargo, no apartó los ojos de mí; era un servidor duro, impostergable, tal vez necesario.

—No hablemos de reclamos ni derechos —respondí, con tono firme—. La reina aún está viva y confío en su recuperación.

Sabía que mis palabras eran inútiles. La muerte de una reina no era una tragedia familiar; más bien se trataba de un terremoto diplomático. Mi ánimo estaba dividido entre el esposo y el monarca, y era difícil decidir cuál de los dos sufría más.

Croissy, ministro de Asuntos Exteriores, intervino con suavidad, midiendo cada sílaba para no herirme:

—Majestad, debemos tener en cuenta que España está debilitada. Los consejeros del joven Carlos II temen un conflicto sucesorio si el rey muere sin heredero. Si la reina fallece, vuestra posición de yerno del difunto Felipe IV puede abrir una vía legítima para reclamar la corona española.

Legítima. Qué palabra tan resbaladiza en la boca de un diplomático como Croissy. Miré el mapa desplegado sobre la mesa: fronteras trazadas con pulso firme por cartógrafos que no conocían la sangre que aquellas íneas costaban.

—Por ahora, nos mantendremos silenciosos y neutrales en cuanto a la sucesión española se refiere —anuncié—. No permitiré que la dote de María Teresa se convierta en bandera de guerra mientras viva.

En ese instante sentí cuán irónico era mi juramento. Porque incluso si yo insistía en ello con toda la vehemencia de mis palabras, el mundo no obedecía a mis afectos, sino a mis ambiciones, ya fuesen reales o imaginadas… y a las que me atribuían mis enemigos.

Louvois carraspeó antes de decir:

—Si Francia no actúa, lo hará Austria. Y entonces la voluntad de su majestad quedará reducida a protesta diplomática.

Eso golpeó mi orgullo, esa sustancia intangible con la que mi alma estaba forjada.

Había sido educado para gobernar, pero nada me había preparado para la fragilidad íntima de este momento.

Yo, el Rey Sol, dueño de palacios dorados y ejércitos invencibles, impotente ante la fiebre de una mujer tendida entre sábanas empapadas.

Miré a través de la ventana. Afuera, Versalles brillaba con indiferencia a mis tribulaciones, como siempre.

—Se escucharán todas las opciones —dije finalmente—. Pero hasta que Dios disponga, la reina sigue siendo reina. Y mientras respire, todo lo que se hable hoy quedará suspendido entre estas paredes. No quiero que su nombre empiece a resonar en Europa como el de un fantasma.

Ellos inclinaron la cabeza, obedientes. Louvois parecía satisfecho de haberme arrancado una postura. Yo solo quería volver a la cámara real e ignorar el mundo que me reclamaba, que me exigía gobernar y tomar decisiones.

Cuando despedí a mis ministros y pude refugiarme en la chambre du roi , Françoise ya me esperaba para rezar juntos. Su presencia me consoló un poco al pensar que, al menos, no amaba a esa mujer como sí había amado a Henriette, a Aurore, a Athénaïs.

Porque un rey enamorado no era más que un hombre dividido entre el deber y el placer. Y hoy, más que nunca, no podía permitirme el peligro de esa discordia.