Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne I #2
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Jeanne I #2

—Y, además, eres rubia. Como le gustan a él.

No dije nada más. ¿Qué podía añadir a aquello? De entre todas las Semillas, ellos habían acordado y decidido que yo era la elegida para ganarme el corazón de Louis XIV y conducirlo a su más terrible ruina.

—Jeanne lo seducirá y, cuando esté a solas con él… solo será necesaria una daga atravesando el corazón del Rey Sol. Del resto nos ocuparemos nosotros —afirmó el Orfebre, satisfecho.

El Vigilante volvió a negar con la cabeza.

—Lo más prudente sería que Jeanne se acercase a él, pero no para matarlo en una primera instancia.

Necesitamos arrastrarlo por el barro, convertirlo en un hombre ostentosamente odioso.

Solo así el pueblo francés lo despreciará y aceptará un cambio.

Cuando el odio llegue a su punto álgido, verán con buenos ojos a otro rey.

Entonces sí, lo ejecutaremos frente a todo París.

—¿Cómo evitaremos que Philippe de Orleans, una vez muerto Louis, se haga con el trono? —preguntó Ferdinand.

—El duque de Orleans, así como su esposa y sus hijas, deberá morir junto a Louis, el Delfín y toda su descendencia.

Contuve un escalofrío. ¿Cuántas, cuántas vidas deberían ser sesgadas para que Ferdinand alcanzase su destino ?

La discusión se prolongó hasta el postre.

El Orfebre creía que lo mejor era acabar con Louis cuanto antes, mientras que su hijo insistía en un plan más sibilino, que implicaría mucho más esfuerzo por mi parte.

No había forma de ponerse de acuerdo y yo sabía, por experiencia propia, que el Orfebre era un hombre de ideas antiguas.

Jamás permitiría a su primogénito imponer su voluntad por encima de la suya.

Finalmente, el Vigilante dio su brazo a torcer, y para celebrar el acuerdo, mandó traer una jarra de vino tinto a una criada.

—Está bien, padre, se hará a tu manera. —Sirvió él mismo el vino en la copa de su padre, con una sonrisa de hijo obediente que, por algún motivo, me provocó un escalofrío—.

Escoltaré a Jeanne hasta Versalles y nuestra preciosa Semilla se follará a Louis antes de cortarle el cuello. Brindemos por ello.

Los tres hombres levantaron sus copas y bebieron. Yo no lo hice. No tenía nada que celebrar. Matar a Louis significaría que, horas después de cometer ese regicidio, un mosquetero acabaría con mi vida. Mis días estaban contados y vendidos a una causa más grande que mi propia supervivencia.

—Un vino curiosamente dulce, este —dijo el Orfebre, relamiéndose los labios y volviendo a beber de su copa—. ¿Es italiano?

El Vigilante ignoró la pregunta de su padre y me miró.

—¿Sabes que mi amado padre te puso ese nombre por Jeanne d’Arc?

—Sí, lo sé —contesté, inquieta.

¿A qué venía eso ahora?

El Orfebre abrió la boca para decir algo, pero la voz se le quebró en la garganta.

Sus dedos temblaron apenas, con un movimiento tan sutil que apenas habría sido visible para cualquiera que no estuviera observando con atención.

Yo lo estaba. Vi cómo su rostro, habitualmente florido y orgulloso, adquiría un tono ceniciento, como si la sangre hubiera decidido retirarse de su cuerpo por un instante.

—Jeanne d’Arc —dijo el Vigilante con suavidad casi ceremonial, analizando su copa de vino—.

Era una niña de fuego, ¿lo sabías? Una campesina que hablaba con ángeles, o eso dice la leyenda.

Pero lo importante no fue la fe de Jeanne, sino su destino.

Esa muchacha ardió por una idea más grande que ella misma.

El Orfebre trató de levantarse, pero sus piernas se negaron a obedecerle.

La copa se le resbaló de la mano y rodó sobre la mesa, derramando una mancha de vino rojo que comenzó a expandirse como una herida abierta sobre el mantel blanco.

La criada que había traído la jarra soltó un gritito ahogado, pero el Vigilante la despachó con un gesto seco.

Nadie debía intervenir en lo que estaba ocurriendo.

—Tú no morirás por una idea —prosiguió el Vigilante, sin apartar los ojos de mí—. Tú vivirás por ella. Cuando Louis sea solo un cadáver coronado, tú no serás una mártir, sino una mujer victoriosa que habrá cambiado el destino de Francia.

El Orfebre emitió un gruñido asfixiado que se convirtió en un jadeo desesperado. Sus manos buscaron su garganta como si pudiera arrancarse el veneno con los dedos. Luego sus codos se doblaron y su frente golpeó la mesa con un ruido sordo. Las copas vibraron.

Nadie se movió para ayudarle.

A pesar de todo el dolor que ese hombre me había causado, verlo caer muerto me heló la sangre.

El olor a vino se mezclaba ahora con un perfume metálico y dulzón, especiado.

Supe entonces que el Vigilante no había improvisado la muerte de su padre.

Todo había sido cuidadosamente calculado: la jarra, el momento, la conversación, el brindis.

—Serpentio —susurré, casi para mí misma.

El Vigilante sonrió.

—Un veneno crudo, pero poético. Una dosis en polvo es suficiente para elevar el espíritu. Pero mezclado en grandes cantidades con licor provoca… —Señaló con un pequeño gesto el cuerpo inmóvil de su padre— …esto.

No había horror en sus ojos, solo determinación.

El silencio que siguió fue denso. Yo lo rompí.

—¿Y ahora?

El asesino de su padre se inclinó hacia mí.

—Jeanne d’Arc escuchaba voces celestiales; ahora tú solo escucharás la mía.

Una inesperada oleada de rabia y rebeldía me atravesó, y tan rápido como llegó se disipó. Porque no era libre. Nunca lo sería.

—¿Y qué hay de vuestro padre? —pregunté, señalando con la mirada el cadáver al que nadie había tenido la decencia de cerrarle los ojos.

—Ya está donde debe estar —respondió Ferdinand, interviniendo—. Su tiempo terminó. Ahora empieza el mío, mi querida Jeanne. Y tú me ayudarás a que se me otorgue lo que me pertenece por nacimiento.

Fue entonces cuando comprendí que matar al Orfebre había sido un plan de ambos. Ya sabían que jamás se doblegaría al plan calculado de su hijo, apoyado por Ferdinand.

El Vigilante se puso en pie y me ofreció la mano, ignorando por completo el cuerpo muerto de su progenitor.

Durante un instante, solo un instante, escuché mi propio pulso resonando en mi cabeza como un tambor de guerra.

¿Tal vez Jeanne d’Arc también lo sintió antes de marchar a la batalla de Orleans?

¿El ritmo profundo de un destino inevitable?

Tomé su mano en señal de obediencia, aunque no de sumisión.

Jeanne d’Arc tuvo su momento para luchar antes de arder.

¿Lo tendría yo también?