Jeanne I
—¿Qué tal estoy? —me preguntó Ferdinand, tras tomarse un largo momento para comprobar su aspecto en el espejo de pie de sus aposentos.
—Muy apuesto, alteza —contesté, con las manos sobre mi regazo.
Y era cierto: Ferdinand era atractivo y era plenamente consciente de ello. No había doncella en finca alguna que se hubiera resistido a él, por las buenas o por las malas. Estaba acostumbrado a conseguir todo cuanto quisiera sin que nadie opusiera resistencia a sus caprichos.
—¿Cuándo empezarás a llamarme “majestad”, Jeanne?
—Cuando lo seáis.
Él sonrió, acercándose a mí.
—Y eso ocurrirá muy pronto. Gracias a ti.
Me tomó por la barbilla y me obligó a sostenerle la mirada. Temí que fuera a besarme, ante lo cual tendría que apartarme, tal y como me había enseñado el Orfebre, pero no lo hizo. Se limitó a analizar mi rostro.
—Vas a enamorar al miserable de mi hermano, sin duda alguna.
No respondí a eso. ¿Qué podía decir, de todas formas? No es como si tuviera alternativa a esa misión que la Nueva Fronda había dejado en mis manos.
—Mañana partirás hacia Versalles y yo te echaré de menos.
—Y yo a vos, alteza.
—¿Seguro?
—Seguro.
A pesar de sus múltiples defectos, como su impaciencia y su tendencia al mal humor cuando sus deseos no le eran concedidos de inmediato, Ferdinand era lo más cercano a una familia que yo había conocido.
Nos habíamos criado juntos, en secreto, al cobijo de una Nueva Fronda que crecía en poder conforme los años pasaban y el reinado de Louis XIV se afianzaba en la tiranía y el absolutismo.
El resto de Semillas estaban fuera del tablero de juego, enterradas en tierras de familias fronderas; solo unas cuantas habíamos conseguido llegar a la partida final.
Una partida que, al parecer, yo había ganado.
Miré los ojos azules del príncipe al que debía entregar el trono de Francia.
Tenía el mismo color del mar frente a Normandía en días de tormenta, y eso me consolaba.
A pesar de pasarme la vida trasladándome de un lugar a otro, me sentía de esa tierra norteña, repleta de acantilados de caliza blanca, y mi acento era, sin duda, normando.
Los ojos de Ferdinand siempre me recordaban al único lugar en el que había conocido un pedazo de felicidad, tan efímero como frágil.
—¿Lo tienes todo preparado para partir?
—Por supuesto.
—¿También tus amados libros?
—Eso fue lo que empaqueté primero. —Sonreí, esta vez de forma sincera.
—Bien. He dejado algo entre ellos para que te acuerdes de mí cuando estés en Versalles.
Mi cara de alarma lo hizo soltar una leve carcajada y me besó en la mano, galante.
—No te apures, mi querida mademoiselle Leclair, no es nada comprometedor.
—No volváis a llamarme así, alteza —lo regañé—. Ese es un nombre que juramos no pronunciar nunca más.
—Nada lo sabrá, querida Jeanne. Tan solo es un juego. Y también nuestro secreto.
«Como si no tuviera que llevar conmigo suficientes secretos», pensé, intranquila. Me recompuse enseguida y él me ofreció el brazo para acudir a la que sería nuestra última cena juntos antes de la victoria.
El Orfebre y el Vigilante nos aguardaban a ambos para repasar los objetivos de mi misión y los plazos con los que contaba para cumplirla. La inquietud me devoró el estómago, y supe que apenas podría probar bocado.
Atravesamos en silencio los austeros salones de la finca en la que nos habíamos escondido durante los últimos y convulsos dos años.
Antes, aquellos corredores habían estado repletos de niños y niñas de todas las edades.
Semillas, como yo, plantadas para acabar con Louis XIV.
Semillas que, tarde o temprano, fueron descartadas cuando quedó claro que el Rey Sol no sentía inclinaciones por compartir cama con infantes.
Por suerte para mí, cuando los gustos amorosos del monarca quedaron afianzados, yo ya me encontraba en la adolescencia y me salvé de las primeras siegas que acabaron con una docena de vidas inocentes.
Adoraba a los niños, la vida y las complicaciones que traían con ellos.
En otra existencia, hubiera deseado con todas mis fuerzas ser madre.
En esta, había sido obligada a abortar tantas veces que mi vientre había quedado finalmente malogrado y yermo.
Un precio que debía pagar por la gloria de Francia .
—Tanto mejor —me dijo el Orfebre, tras la última y dolorosa vez en que me abrieron las piernas para arrancarme lo único a lo que podría haber llamado mío—.
Así podrás seguir mejorando tus capacidades amatorias sin tener que preocuparte de un bastardo.
Sirves a un propósito mucho más grande que la vida de un hijo que nadie ha pedido.
Cerré los ojos. ¿Cuántos más sacrificios debíamos hacer todos por la Nueva Fronda, en nombre de Francia?
Una pregunta para la que, quizás, nunca encontraría respuesta.
La familia del Orfebre llevaba arruinada desde el reinado del viejo rey Louis XIII.
Eso era más que sabido; si bien, a ojos del actual monarca, no estaba del todo caída en desgracia, pues aún eran bienvenidos en la corte de Versalles.
Sin embargo, el Orfebre había ingeniado varias mentiras para verse obligado a abandonar sus malogradas tierras y evitar así rendir pleitesía al Rey Sol en su palacio dorado.
El château que nos había cobijado en los dos últimos años se caía a trozos.
No había dinero para mantenerlo en buen estado, así que había humedades por todas partes, además de suelos desgastados y escasez de velas y madera para calentarlo, por lo que estaba deseando abandonarlo de una maldita vez.
Al menos, en Versalles, comería decentemente y no pasaría frío.
Sería una mejora en mi vida, y eso era decir mucho.
El Orfebre y su hijo aguardaban nuestra llegada en el salón principal, iluminado por unos candelabros de bronce y un débil fuego que poco calentaba la estancia .
—Ah, Jeanne —me saludó el Vigilante, contento de verme—. Veo que te has convertido en una auténtica belleza desde la última vez que nos encontramos.
Me forcé a mantenerle la mirada. Aunque el hijo del Orfebre era, a todas luces, un hombre atractivo, recordaba la última vez que nos habíamos visto. ¿Cómo podía olvidar el sabor de su semen en mi boca y el asco que tuve que disimular ante la forma humillante en que tomó mi cuerpo?
—Señor —lo saludé, impertérrita.
—¿Te alegra que sea yo quien te lleve a Versalles?
—Así es, señor. Estoy deseando hacer ese viaje en vuestra compañía —mentí.
El Vigilante me sonrió y me condujo a mi silla, que apartó para permitirme que tomara asiento. Luego, se sentó frente a mí. El Orfebre dio una palmada al aire y enseguida los pocos criados que se podía permitir empezaron a servir la cena.
Pronto comenzaron a desgranar mi misión, ignorando mi presencia.
A pesar de que lo que se hablaba me concernía, no pude evitar disociar.
Miré a través de los ventanales del salón, hacia la noche cerrada del último día de invierno, y pensé en Versalles y en el hombre que debía destruir.
Era imposible para mí concentrarme en otra cosa que no fuese la imagen de Louis XIV que el Orfebre había colgado en mi habitación para que siempre tuviese presente a mi enemigo.
Era una pintura al óleo de un joven Rey Sol ataviado como Apolo, de profundos ojos azules y una sonrisa que jamás llegaba a iluminarlos del todo.
Un tirano.
—Padre, sin duda lo más sencillo sería lo que proponéis, pero estáis errado. Matar a Louis en este momento de su reinado lo convertiría en un mártir para el pueblo francés.
El Orfebre se ofendió por las palabras de su hijo.
—Llevo dirigiendo la Nueva Fronda desde mucho antes que tú empezaras a caminar, joven insolente. Yo saqué al príncipe de las sombras de la Bastilla y he coordinado su anonimato durante veinte años. ¿Qué has hecho tú? ¿Imprimir panfletos en París? ¿Y de qué han servido?
—Han servido para poner a la mitad de la ciudad en contra de Louis.
Pero no es suficiente, padre. Si París entero no está con nosotros, derrocar a Louis y mantener el trono seguro para su alteza Ferdinand será imposible.
Vos lleváis años sin pisar la capital; no entendéis lo que se está viviendo ahora mismo ahí.
—Sé lo que debo saber: que Louis oprime al pueblo a base de nuevos impuestos para sufragar la construcción de su templo dorado y sus guerras expansionistas.
—Os equivocáis de nuevo, padre —repuso el Vigilante.
Ferdinand, callado y tranquilo, escuchaba atentamente—.
Hay un buen número de ciudadanos que ven con buenos ojos la expansión de nuestras fronteras.
Por no hablar de que la construcción de Los Inválidos y el Hôpital pour Femmes , supervisado por la duquesa de Orleans, ha caído en gracia a gran parte de París.
Ferdinand intervino por primera vez:
—¿Y no podéis usar vuestros panfletos para degradar eso?
—No es tan fácil como imprimir unas cuantas palabras en un papel y repartirlas por los distritos.
París pasa hambre, es cierto, pero al fin la Corte de los Milagros ha caído; ergo, ahora es una ciudad mucho más segura.
Y eso lo han conseguido los hombres de Louis.
Si a ese logro le sumas la caridad de los duques de Orleans y el buen trato que se les da a los soldados heridos en Los Inválidos…
—El resultado es que mi hermanastro sigue siendo popular.
—En gran medida, sí —afirmó el Vigilante.
—Todo eso cambiará con la llegada de Jeanne.
Los ojos de los tres hombres se clavaron en mí y yo, que apenas había jugueteado con la comida, dejé a un lado el tenedor. No pude evitar formular una sola pregunta:
—¿Por qué yo, de entre todas las semillas que habéis criado?
—Tienes todo cuanto ama el Rey Sol —escupió el Orfebre, no sin desprecio—. Inteligencia, sensibilidad, picardía, la pizca adecuada de indocilidad y la experiencia necesaria en la cama.
Contuve las náuseas ante aquella última frase, aunque siempre había sido consciente de que mi cuerpo no me pertenecía.