Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3)
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Louis I
E l capitán de los mosqueteros se acercó a mí con su habitual paso silencioso. Gérald de la Reynie me traía noticias, y solo esperaba que fuesen, por una vez, buenas de verdad.
—Majestad.
—Habla, Gérald.
Mis ojos continuaban fijos en los avances de las obras del palacio del Trianón, cuyo final estaba más que cercano.
Philippe solía proclamar que mi mente era incapaz de detenerse, que siempre debía estar creando algo nuevo a mi alrededor, ya fuese un jardín, un salón o una guerra.
Lo que hiciese falta con tal de mantenerme ocupado y en control, según afirmaba él.
Yo jamás le había confesado a mi hermano que, si no me detenía nunca, era solo porque sentía el inmenso terror de que, si lo hacía, el mundo acabaría por tragarme y olvidar mi legado, que también era el de todo mi linaje, tanto pasado como venidero.
—Todas las familias que han dado cobijo al príncipe de las sombras en algún momento durante los últimos veinte años han sido detenidas y sus bienes confiscados —me informó Gérald, con su acostumbrada seriedad.
—Pero eso no significa que la Nueva Fronda haya caído. ¿Dónde se esconde el bastardo? —inquirí, girándome hacia mi capitán .
Él me sostuvo la mirada. Estaba acostumbrado a mis bruscos cambios de humor y a mi carácter y, por muy frío que yo fuese, Gérald jamás se sentía intimidado, ni por mi tono de voz ni por el poder que ejercía sobre él y sobre todos los hijos e hijas de Francia.
Uno de los motivos por los cuales yo confiaba plenamente en su lealtad y en su férreo criterio.
—Hemos registrado todas las propiedades de los traidores y no lo hemos encontrado.
—Eso significa que aún queda alguien que lo está ayudando.
—O que ha abandonado el país.
—¿Realmente crees que Ferdinand dejaría atrás sus ambiciones así como así?
Gérald levantó el mentón, con la mano apoyada en su espada.
—Si se os parece mínimamente en carácter y disposición, no, majestad.
—Entonces no descansarás hasta encontrar a esa última familia que esconde a mi hermanastro, Gérald. ¿Me has entendido?
—Sí, majestad.
Quería estar a solas con mis pensamientos, pero el deber de mantenerme al tanto de todo me ahogaba, como siempre, por lo que me obligué a preguntar:
—¿Cómo está nuestro joven mosquetero Bastien?
—Ahora mismo se encuentra completando su entrenamiento en el cuartel del Louvre y colaborando con mi hermano para acabar de una vez por todas con la Corte de los Milagros.
Nicolas cree que en unas semanas habrán encontrado a los compinches más cercanos a Vallotton.
Cuando eso ocurra, ese lugar solo será una mancha en la historia de París.
—Eso espero.
No podía admitir ante Gérald ni ante nadie que, desde lo sucedido en la Corte de los Milagros, apenas podía conciliar el sueño.
Siempre había sido de mal dormir, porque los asuntos que debía tratar a diario y la carga de responsabilidades me mantenían con los ojos abiertos y la mente agitada la mayor parte del tiempo, pero en los últimos meses mi insomnio había ido a peor.
Bontemps, preocupado por mi escaso descanso, era más una lacra que una ayuda, por lo que, y rompiendo el protocolo que reinaba en Versalles, lo había mandado a dormir fuera de la cámara real.
Así me pasaba las noches: solo, inquieto, con los ojos clavados en el baldaquín del lecho, incapaz de encontrar unas pocas horas de sosiego.
Cuando al fin lograba conciliar el sueño, veía a Ferdinand venir hacia mí con una daga en su mano, cuyo filo se hundía en mi pecho mientras repetía aquellas frases que los mendigos de la Corte de los Milagros habían cantado.
Tu corona de oro, tu manto real, esconde un niño mimado y un tirano fatal.
Cuando la daga me atravesaba el corazón, el rostro de Ferdinand se parecía perturbadoramente al de Philippe y yo me despertaba de golpe, cubierto de sudor y envuelto en escalofríos que no me abandonaban hasta que el sol asomaba por el horizonte e iluminaba poco a poco la chambre du roi .
Entonces, sin importar la hora que fuese, llamaba a Françoise y ella acudía a mí, comprensiva y dulce, para rezar juntos al pie de mi cama.
—Vuestros pecados os persiguen, majestad, pero Dios podrá guiaros si os arrepentís y jamás volvéis a cometerlos —me repetía ella, y yo asentía, convencido de que los rezos darían paz a mi alma.
Pero no era así; a la noche siguiente, volvía a no dormir y a mal soñar. Temía que la falta de sueño acabase por nublar mi juicio, pero, por mucho que lo intentase, el descanso me rehuía .
A mi lado, Gérald permanecía callado, respetando mi silencio y esperando una nueva orden.
Mi fiel capitán siempre había sido así: adusto, circunspecto, silente.
No hablaba si no tenía nada que decir, un aspecto de él que yo apreciaba, porque la gente que tenía a mi alrededor insistía en hablar y hablar y hablar, buscando llamar mi atención y conseguir mis favores.
Apreciaba la discreción de Gérald de la Reynie tanto como su lealtad inquebrantable hacia mí.
—Retírate, capitán, y mantenme informado de tus pesquisas.
—Así lo haré, majestad.
Unos pasos por detrás de mí, Françoise aguardaba un movimiento mío. Se había mantenido alejada de la conversación con Gérald, como solía hacer. La miré de reojo.
A la luz del sol, su escasa belleza era más que latente, aunque su aspecto jamás había tenido la menor importancia para mí.
Me había acercado a ella durante el anterior invierno, cuando aún se la conocía como Madame Scarron y guardaba celosamente los Apartamentos de la Reina.
María Teresa la había conocido años atrás durante una corta estancia en Fontainebleau, y se había quedado impresionada por su devoción y su rectitud.
Yo sabía que mi esposa se sentía tan sola como desdichada en Versalles, y más desde que su dama de compañía de confianza había contraído unas fiebres que la habían llevado a la tumba.
Un incidente desafortunado que me había alejado aún más de ella, puesto que yo insistí en hacer llamar a Aurore para que tratase a Elvira Villena, pero María Teresa se negó.
Fue una pelea terrible, una de tantas.
—No más prácticas impías bajo mi techo, esposo.
—Te recuerdo que esas prácticas impías te ayudaron en el nacimiento de nuestra hija y que, gracias a la destreza y conocimientos de Aurore Bechard, la princesa Marguerite Antoinette está sana y salva en Saint-Germain.
—Trajiste a esa plebeya contra mi voluntad, hiciste que la apreciase y luego la convertiste en tu amante. ¿Es que nunca dejarás de humillarme, Louis?
—El rey de Francia siempre ha tenido amantes.
—Una tradición muy francesa, sin duda.
—¿Prefieres la crueldad de la corte inglesa, donde un rey decapita a sus esposas sin ni siquiera pestañear? ¿O quizá la de la corte española, donde te confinarían en tus aposentos para parir como una yegua? —estallé yo, harto ya de escucharla.
—Lo que quiero es que te comportes como un marido cristiano.
Nos echamos en cara decenas de reproches, antiguos y nuevos. Con cada frase que salía de mi boca, el rostro de María Teresa se volvía más desdichado y yo me desesperaba más, incapaz de dar con la manera de complacerla sin traicionarme a mí mismo.
Fue entonces cuando me suplicó la presencia de su antigua amiga Françoise.
Yo cedí y así fue como Madame Scarron fue invitada a instalarse en Versalles como la nueva dama de compañía de la reina.
Un ascenso vertiginoso, teniendo en cuenta que Françoise era de muy baja cuna y no tenía fortuna alguna.
Françoise no agradó a nadie en la corte.
Quizá porque era de las pocas mujeres que se tomaba en serio la fe cristiana.
Su círculo de moral para jóvenes disolutas fue duramente criticado por su absurda severidad, y tuve que intervenir antes de que las damas se amotinaran en los salones.
Ese fue mi primer contacto con Françoise, con su rostro riguroso y su mirada firme.
No me tenía miedo y eso me gustó de ella.
A pesar de su impopularidad, la buscaba a menudo para charlar.
No era especialmente culta, pero sí interpretaba las sagradas escrituras de una forma que me agradaba escuchar.
A los pocos meses de su llegada a la corte, ya rezábamos juntos en mi capilla privada, paseábamos por los jardines rodeados por mis ministros y me acompañaba, junto a María Teresa, cuando mis deberes oficiales me obligaban a recibir a mandatarios y diplomáticos de todas las cortes europeas.
Apreciaba su consejo y su compañía, silenciosa y recta.
Al contrario de lo que ya se rumoreaba en los salones, no la había convertido en mi amante, y ella tampoco había mostrado interés alguno en seducirme.
Françoise no parecía sentir inclinación alguna por las tentaciones licenciosas, lo que me complacía.
En gratitud por su amistad, yo la había convertido en Madame de Maintenon y mejorado su posición en la corte.
Un acto que no había caído en gracia entre mis nobles, aunque se habían cuidado mucho de pronunciar en mi presencia una sola palabra en contra de mis decisiones.
—Venid, Françoise, a mi lado —ordené. Ella se inclinó levemente y se acercó hasta quedar a mi altura—. ¿Cómo está mi reina hoy?
—¿Cómo está mi reina hoy?
—Ha vuelto a sufrir un desequilibrio en sus humores, majestad, pero os complacerá saber que los galenos ya la están tratando.
Eso me alarmó.
—¿Otra vez? Se ha sentido indispuesta a menudo en los últimos meses.
—Dios así lo quiere y Dios cuidará de ella si así es menester.
Pude visualizar a Aurore perfectamente diciendo: “¡Dios, Dios! Lo que necesita la reina es atención médica moderna”. La eché terriblemente de menos, a ella y también a Philippe. Quizá sería buena idea hacerla venir a Versalles para que reconociera a María Teresa.
Adivinando mis pensamientos, Françoise levantó una mano .
—Su majestad la reina no desea ser tratada por otros que no sean los galenos reales.
—Su majestad la reina es muy tozuda.
Françoise no respondió a eso y yo suspiré, agotado.
—Vayamos a ver a mi esposa, Madame —dije, ofreciéndole mi mano, que ella tomó tras una leve reverencia—. Y luego, si os place…
—Rezaremos, majestad.
No quise decir que, en realidad, prefería bailar, reír, disfrutar de la música, escuchar la lengua envenenada de Philippe, cazar con Raoul de Brissac y besar a Aurore Bechard.
Esos eran los pecados que incansablemente me perseguían, junto a los odiosos cánticos de la Corte de los Milagros, por todo Versalles.
El palacio de mis sueños ahora estaba repleto de pesadillas y yo, Louis XIV, no encontraba la forma de vencerlas.
Estaba completamente solo.