Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald XII
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Gérald XII

O culto tras la plataforma del trono, me asomé lo justo para ver a una decena de hombres enardecidos abandonando la bóveda, mientras lanzaban proclamas de odio.

Aproveché el caos reinante para avanzar un poco más.

Lucille concentraba toda la atención de Vallotton, por lo que ahora todo dependía de mí.

El Rey Mendigo debía caer ya.

Cuando sus hombres desaparecieron en los túneles, el silencio volvió a reinar en la Corte de los Milagros, hasta que su cruel monarca lo rompió:

—Si me estás mintiendo, muchacha, tú serás la próxima en pagar el precio. No liberaré a los duques de Orleans hasta que tenga la cabeza del Rey Sol a mis pies.

Lucille inclinó ligeramente la cabeza, como si aceptara el trato.

Yo ya estaba detrás de él, mi mano aferrando con fuerza la empuñadura de mi espada.

Aún quedaban mendigos en la caverna, en su mayor parte mujeres, viejos y niños famélicos.

A pocos metros de mí, Lucille desvió su mirada y se encontró con la mía.

Le dediqué un leve gesto para que mantuviera su actuación unos segundos más.

Desenvainé mi espada.

Tomé aliento.

Y ataqué.

Vallotton, incluso ensimismado en sus grandiosas fantasías de poder, percibió el peligro que se cernía tras él. Se giró hacia mí justo cuando yo descargaba el primer golpe .

Reaccionó con sorprendente agilidad, apartándose a tiempo para esquivarme. Sacó de su roída capa una maltrecha espada y desvió mi siguiente estocada, no sin dificultad. El choque del acero resonó en la caverna, y su mirada se clavó en la mía, feroz y llena de odio.

—¡Gérald de la Reynie! —rugió al reconocerme—. ¿Acaso no sabes que estás en mi territorio? Aquí no hay lugar para tus tretas de mosquetero.

Lancé un tajo hacia su garganta. Vallotton lo esquivó por poco, retrocediendo hacia su trono de huesos.

—Esto no es ninguna treta: es justicia, escoria.

Mientras luchábamos, Philippe aprovechó el caos para abalanzarse sobre Thibaut.

El traidor, sorprendido, apenas tuvo tiempo de levantar su arma antes de que el duque lo derribara al suelo.

La pelea entre ellos fue un intercambio de golpes de puño y gruñidos que contrastaba con el choque de espadas entre Vallotton y yo.

Pude ver cómo Lucille se apresuraba a proteger a Aurore, apartándola de la lucha.

—¡¿Crees que puedes arrebatarme lo que es mío?! —vociferó Vallotton, lanzando una estocada que logré desviar con un giro de mi espada.

Su fuerza era notable, pero su técnica dejaba mucho que desear y yo llevaba muchos años de luchas y batallas en nombre del rey.

Cada uno de sus ataques era un despliegue de rabia descontrolada, y eso lo hacía predecible y lo cansaba mucho más rápido.

Con una precisión calculada, me deslicé hacia un lado rápidamente: un clásico movimiento de mosquetero que aprendíamos durante los primeros meses de entrenamiento en los cuarteles y que era muy útil en una refriega como aquella.

Confundido por la treta, Vallotton bajó la guardia apenas unos segundos.

Me bastaron, y los aproveché a mi favor.

Golpeé mi espada contra la suya con tanta fuerza que envié su arma volando al suelo, y el Rey Mendigo quedó desarmado.

Espantado, retrocedió sobre sus pasos, tambaleándose, mientras buscaba algo con lo que defenderse.

—¡A mí, mis hombres! ¡Matadlo! —gritó, pero sus siervos estaban dispersos por los túneles subterráneos, buscando a Louis.

Los mendigos y maleantes que quedaban en la bóveda gritaban y se escondían, sin saber qué hacer, pues carecían de la disciplina que en la orden de los mosqueteros era sagrada. El caos era absoluto.

A su vez, Philippe logró acorralar a Thibaut.

Jadeaba, con el sudor resbalándole por la frente, pero no apartaba la mirada de su antiguo amante.

Con movimientos firmes, sacó la pistola del cinto y se acercó, paso a paso, hasta una de las antorchas clavadas en la roca.

Extendió el brazo, encendiendo la mecha con el fuego titilante.

El fuego chisporroteó y crepitó al prender, lanzando destellos anaranjados que danzaron en el rostro del duque de Orleans, cuya expresión era una de amarga tristeza mezclada con la más profunda rabia.

—Hubo un tiempo en que te amé y pensé que podría perdonarte todo —susurró, la voz rota por lo que estaba a punto de hacer—. Pero una traición como esta jamás tendrá perdón.

Thibaut, paralizado, abrió la boca para intentar defender su causa. No tuvo tiempo de hacerlo.

El mecanismo de la pistola se accionó, el disparo resonó en la cueva como un trueno y el traidor cayó, inmóvil. Philippe permaneció de pie, su mirada fija en el cuerpo de Thibaut, hasta que finalmente volvió su atención hacia Vallotton, con una resolución implacable en sus ojos .

—¡Tú, bastardo, que te has atrevido a amenazar a mi esposa y a mi hermano! —gritó, avanzando hacia el trono del Rey Mendigo, desenvainando su espadín—. ¡Esto es por Francia!

Vallotton, acorralado por mí y por Philippe, intentó alcanzar su espada.

Fui más rápido que él. Con un movimiento fulminante, clavé mi espada en su corazón y el duque de Orleans hundió la suya en su garganta.

Los ojos de Vallotton se abrieron de par en par, y un jadeo ahogado escapó de sus labios antes de que su cuerpo se desplomara al suelo.

El Rey Mendigo había caído.

El silencio que siguió fue tan breve como ensordecedor.

Philippe, sin perder un instante, subió al trono del Rey Mendigo.

Su figura, imponente a pesar del desaliño de sus ropas, emanaba una autoridad incuestionable.

Levantó su espada ensangrentada y la apuntó hacia la entrada de la caverna, donde los siervos de Vallotton se habían desplazado para intentar huir.

—¡Escuchad bien! —tronó su voz, resonando en las paredes de roca, y la Corte de los Milagros escuchó al príncipe de Francia—.

¡Soy Philippe de Orleans, hermano del Rey Sol, y os doy una última advertencia!

Si alguno de vosotros osa desafiar nuevamente a la corona, incendiaré cada miserable rincón de esta pocilga que llamáis hogar. ¡Huid ahora, que aún tenéis tiempo!

Los pocos pordioseros que aún permanecían en la Corte de los Milagros decidieron que sus vidas valían más que su lealtad a Vallotton.

Uno a uno, comenzaron a correr, desapareciendo en los oscuros pasajes de la caverna.

En cuestión de minutos, la Corte de los Milagros estaba vacía, salvo por los cuerpos de los caídos.

Aurore, aún maniatada, pero serena, se acercó a Philippe. Colocó una mano en su brazo y lo obligó a bajar la espada.

—Es suficiente —dijo con voz firme, gentil—. Ya ha terminado .

Philippe la miró, y en sus ojos, donde antes ardía la furia, apareció de pronto un destello de puro alivio.

Con la misma espada que había usado para matar a Vallotton rompió las cuerdas que rodeaban las muñecas de su esposa.

El abrazo en que se fundieron fue íntimo, y yo aparté la mirada para no entrometerme en aquella escena que solo les pertenecía a ellos dos.

Tan solo me permití una sonrisa breve mientras limpiaba la sangre de mi espada antes de enfundarla.

Mi atención se desvió entonces hacia Lucille, quien parecía feliz de verme con vida. Me acerqué a ella.

—Te dije que volvería a por ti —dije en voz baja.

Sonrió, y por un instante, todo el caos y la violencia quedaron olvidados.

—¿Eso que distingo en tu voz es preocupación por mí?

—Han sido los veinte minutos más angustiantes de mi vida.

—Eso es mucho decir, tratándose del frío capitán de los mosqueteros —me tomó el pelo ella, y su tono liviano me hizo reír.

Me incliné en su oído y le susurré:

—Voy a tener que azotarte por tanta impertinencia.

—Y yo estoy deseando que lo hagas, mon capitaine. —Lucille me lanzó un guiño pícaro y luego me rodeó el cuello con sus brazos—. ¿No vas a besarme?

Tomé su rostro entre mis manos y la besé con el ardor acumulado de las últimas horas.

Fue un beso nacido del peligro esquivado y del extraño amor que nos unía, tan intenso que por un momento la caverna, los cadáveres y el humo de la pólvora desaparecieron y solo quedamos ella, yo y nuestros labios unidos en aquel beso tan ansiado.

Cuando nos separamos, apoyé mi frente en la suya, dejando que el silencio entre ambos lo dijera todo .

—Ahora puedes azotarme cuando quieras, Gérald —murmuró ella, con una chispa de travesura.

—Asegúrate de no repetirlo delante de los demás, o querrán un espectáculo —respondí, incapaz de esconder una sonrisa.

Un sonido de pasos sobre los restos de la batalla nos devolvió a la realidad. Aurore observaba la escena con una expresión de exasperación y los brazos cruzados bajo su pecho. Su mirada iba de los cadáveres esparcidos hasta nosotros, todavía entrelazados como amantes de una tragedia.

— Sacrebleu . ¿Quién me manda a mí casarme con la familia real francesa? —Bufó, alzando los ojos al cielo—. ¿Podemos salir de aquí ya o aún tenéis que besaros un rato más?

—Tenéis razón, alteza —respondí, al tiempo que tomaba la mano de Lucille con firmeza para guiarla hasta la salida—. Debemos marcharnos cuanto antes.

—Pues a ver si te das prisa, capitán —exclamó Aurore—. O si no, al duque de Orleans le dará un síncope al ver sus mejores botas de caza arruinadas por el barro.

Philippe puso los ojos en blanco ante la enésima falta de protocolo de su esposa. Sin embargo, no podía ocultar su alivio por tenerla de vuelta, a su lado. La envolvía con sus brazos, el mentón apoyado en su cabeza repleta de rizos rubios, y en su mirada pude ver cuánto la amaba.

Y con esa última advertencia cargada de ironía, abandonamos la Corte de los Milagros, dejando atrás la violencia, la traición y los cuerpos de aquellos que se habían atrevido a desafiar a Francia.