Lucille XII
O bservar la Corte de los Milagros desde nuestro escondite era algo muy distinto a caminar entre ellos.
El hedor de los siervos de Vallotton me golpeó en cuanto aparecí en la bóveda y me recordó a la peste que emanaba el cuerpo y la boca del difunto duque de Humières cuando se tumbó sobre mí para intentar tomarme por la fuerza.
Sin embargo, no bajé la vista ni arrugué la nariz. No tropecé. No dudé. Caminé con paso firme mientras aquella muchedumbre hedionda de ladrones, traidores y asesinos se abría para dejarme pasar. Estaba aterrada, pero también decidida a cumplir con las órdenes de Gérald de la Reynie.
Ahora solo importaba una cosa: que todos creyeran que yo era exactamente lo que aparentaba.
—¿Y quién es esta visión de bravura? —preguntó, divertido, el Rey Mendigo.
—Mi nombre es Lucille de Valois, de la antigua sangre de los reyes de Francia —proclamaré, con una serenidad que me sorprendió incluso a mí, sin dejar de avanzar—. Y, en nombre de la Nueva Fronda, vengo a pagar por la vida de los duques de Orleans.
El silencio se extendió por la Corte de los Milagros. Vi a Aurore con las muñecas aún atadas, mirándome con pavor, a Philippe, estupefacto por mi audacia, y a Thibaut, confundido.
Me detuve a pocos pasos del estrado donde se levantaba el trono de Vallotton, que me observaba con una media sonrisa torcida .
—¿Y bien, Rey Mendigo? —exigí, alzando el mentón—. ¿Aceptas el pago prometido por tus servicios o no?
—¿Y quedarme sin diversión? —exclamó Vallotton—. ¡La Corte de los Milagros exige sangre real!
—Y la tendrás. Pero no la de su alteza, ni la de su esposa, sino la de alguien mucho más importante —dije, sonriendo—. Te ofrezco al hombre más poderoso de Francia: el mismísimo Rey Sol.
Un latigazo de sorpresa recorrió la caverna. Lo vi también en el rostro de Vallotton, donde la incredulidad dio paso, lentamente, a la codicia.
Debía aprovechar la conmoción, porque cada segundo contaba. Detrás del púlpito, entre los huecos de la roca, el corazón de la trampa ya latía. Él estaba ahí. Y yo solo tenía que mantener la función en marcha unos minutos más.
—¿Crees que soy tan estúpido como para creer esa vil mentira? —bufó Vallotton, volviéndose a sus secuaces, que soltaron una risotada baja y nerviosa—. ¿Por qué iba la Nueva Fronda a preferir a los duques de Orleans antes que al Rey Sol?
—El pueblo odia a Louis XIV, pero ama a Philippe de Orleans y a su esposa.
No podemos permitirlo —respondí—. El príncipe de las sombras debe ocupar el trono de Francia y para eso debemos hacer caer frente a los ojos del reino a aquellos que el pueblo de París considera sus verdaderos reyes.
Louis ya se ha cavado su propia tumba; ¿qué mejor final que una muerte a manos de aquellos que ha condenado a la miseria y a la hambruna?
—Mientes.
Pero Vallotton no podía ocultar el destello de interés en sus ojos. Lo tenía. Había sembrado la duda en él, y ahora solo quedaba regarla.
—Puedes comprobar por ti mismo si miento o no —afirmé, apuntando con el dedo hacia los túneles que se abrían como bocas hambrientas en las paredes—.
Louis XIV está escondido en esta caverna.
Venía a darte una lección, pero tu canto demente lo ha acobardado.
¿Qué clase de monarca huye de los mendigos?
Definitivamente, el pueblo de Francia necesita un nuevo rey.
Los murmullos, esta vez confusos, empezaron a recorrer la Corte de los Milagros. Mi voz se alzó, y cada palabra se convirtió en una promesa.
—La Nueva Fronda os dará un soberano mejor, más digno y más justo. Nunca más viviréis de las sobras. Nunca más mendigaréis bajo el reinado del príncipe de las sombras.
Vallotton se inclinó hacia mí. Su olor me golpeó, mezcla de polvo viejo y podredumbre. Sus ojos eran dos puñales buscando una grieta en mi escudo.
—¿Y por qué habría de confiar en ti?
No pestañeé.
—Porque no tienes nada que perder… y todo que ganar —respondí—. ¿O no confías en nosotros, que hemos sembrado la semilla de la revuelta en todo París? La Nueva Fronda triunfará allá donde la luz del Rey Sol no puede reinar y tú conseguirás la gloria, Vallotton.
Este me miraba, tan desconfiado como pensativo.
—Imagínalo, Vallotton —continué, despacio, casi en un susurro—. El Rey Sol, atrapado por tu mano. El mundo hablando de ti. París rendida a tus pies. ¿Vas a dejar que ese triunfo absoluto se escape?
Él no respondió. Pero vi cómo giraba la cabeza, como si intentara ver más allá de las sombras. Lo supe entonces.
Había mordido el anzuelo.
—¡Buscadlo! —rugió de pronto, con furia—. ¡Ahora! ¡Peinad cada rincón de la Corte hasta que encontréis a ese cabrón de Louis !
Sus hombres se dispersaron como ratas hambrientas por la abertura principal de la bóveda. Antorchas alzadas. Voces gritando. Puños cerrados. Furia desatada.
Yo no me moví.
Aún no había ganado.