Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald XI
94%

Gérald XI

T odo se resumía a este instante. Años de servicio y deber inquebrantable; nada había importado tanto como lo que estaba a punto de hacer.

Miré a Lucille mientras pronunciaba esas palabras que podrían sellar nuestro último destino.

Odiaba tener que pedírselo a ella, pero no me quedaba otro remedio.

No podía usar a Bastien; toda la Corte sabía que uno de los suyos había sido apresado por los mosqueteros reales y, si hubiera regresado a ellos como si nada, hubieran sospechado de él.

Mi única opción era poner en peligro a Lucille y confiar en que todo saldría bien.

No titubeó ni una sola vez mientras le explicaba lo que debía hacer.

¿Cómo podía alguien ser tan valiente, tan gloriosa, y aun así tan vulnerable?

Su semblante era firme como el acero, si bien su cuerpo temblaba por lo que debía llevar a cabo.

Solo yo lo notaba, porque la conocía. Conocía cada matiz de esa mujer, cada faceta, y me estaba arrancando el alma verla así, al borde del peligro.

Pero no podía detenerme. La muerte de Vallotton era el único camino. Si yo fallaba, todos moriríamos. Ella moriría.

No podía permitirlo de ninguna de las maneras.

—¿Y qué pasa si te descubren antes de que llegues a él? —me preguntó, acariciándome la mejilla con el dorso de su mano.

Sonreí.

—Entonces moriré sabiendo que al menos fuiste mía durante unas noches robadas que solo nos pertenecen a nosotros .

—¡No! —Tomó mi mano con fuerza—. No voy a dejar que esto termine contigo sacrificándote por el rey.

—No hay otra manera. Philippe no durará mucho antes de que Vallotton lo mate. Y si eso pasa, este enfrentamiento se convertirá en una masacre. Necesito que confíes en mí.

—Siempre confío en ti, mon capitaine — murmuró.

Bajé la mirada hacia nuestras manos entrelazadas y luego la contemplé a ella, grabándome su rostro en mi memoria por si caía y jamás volvía a verla.

—Si algo sale mal… Prométeme que correrás y no mirarás atrás.

—No puedo prometerte eso.

—Lucille.

—No lo haré.

Nos quedamos en silencio durante un instante eterno, mientras abajo Vallotton empezaba a perder la paciencia con Philippe de Orleans.

—Entonces dame algo más.

—¿Qué?

—Un beso.

El mundo se detuvo cuando la atraje hacia mí.

Mi boca encontró la suya con desesperación y furia, en un beso cargado de todo lo que no podíamos decirnos.

En ese momento no existían mendigos, reyes o conspiraciones.

Solo estábamos ella y yo, aferrándonos el uno al otro con el mundo a punto de desmoronarse bajo nuestros pies.

Cuando nos separamos, sus ojos estaban llenos de una tristeza que me hizo querer gritar. No tenía tiempo para consolarla.

Me aparté de ella y me dirigí a Bastien.

—Muéstrale a tu hermana cómo bajar sana y salva hasta la entrada principal de la caverna y luego llévate a su majestad de aquí inmediatamente. Si es necesario, carga con él incluso si está inconsciente, pero sácalo de este sitio sano y salvo.

—Juro por mi vida que protegeré al rey —me aseguró Bastien, y yo le creí—. Pero, ¿cómo saldréis luego de aquí?

—No es la primera vez que me muevo entre las sombras —le aseguré a Bastien de Valois. Luego, miré a Lucille. Y le hice una promesa—: Volveré a por ti.

—Más te vale, capitán.

Toda mi concentración se centró en Vallotton. Tenía que llegar a él antes de que pudiera herir a los duques de Orleans. Y no quedaba mucho para eso, a juzgar por el tono impaciente del Rey Mendigo al dirigirse a Philippe:

—¿Y cómo sé que eres quien dices ser, eh?

Con su habitual altanería, Monsieur llevó la mano al interior de su capa y de ella sacó un broche con tres flores de lis doradas sobre un fondo azul. Lo levantó ante los ojos de Vallotton.

—¿Quién si no tendría una joya así, estúpido? ¿O es que no sabes reconocer el símbolo de la corona francesa? Esto vale más que cada alma traidora de tu Corte de los Penosos.

La respuesta hizo estallar una carcajada general entre los hombres de Vallotton, lo que provocó que el Rey Mendigo frunciera el ceño. Seguramente no estaba acostumbrado a que lo trataran así. Philippe de Orleans era único irritando a gente de toda clase social.

Vallotton no dijo nada mientras analizaba el broche que Philippe sostenía ante sus ojos, hasta que una sonrisa torcida apareció en sus labios tensos, dejando ver sus dientes amarillentos.

—Eres audaz, duque, lo admito. Pero también eres un idiota. Deberías haber permanecido en Versalles, escondido tras las faldas de tu hermano .

—Tal vez —replicó Philippe con desdén—. Pero supuse que alguien tenía que venir a limpiar la basura que ensucia las entrañas de París.

La tensión aumentó.

—Cuidado con tus palabras, noble príncipe.

—Aún no ha nacido el hombre que pueda callarme, Rey Mendigo —declaró Philippe, y luego miró de reojo a su antiguo amante.

Thibaut, acobardado por la mirada furibunda de aquel a quien había amado, bajó la cabeza.

Eso, por descontado, no detuvo las palabras de Monsieur —.

¿Y tú qué? ¿No tienes nada que decir? ¿Por qué no le confirmas a tu asqueroso compinche que soy el duque de Orleans, la mismísima vergüenza del Rey Sol que te protegió y te dio una vida lejos de aquella que tus padres habían planeado para ti?

¿Por qué no le cuentas a este engendro las veces que me declaraste tu amor y tu lealtad eterna? ¿Por qué no hablas, Thibaut?

—Déjalo, Philippe —intervino Aurore.

Su marido pareció entonces salir de su trance y la miró. Sus ojos se cubrieron de temor y ternura.

—¡Al diablo con vosotros, al diablo con todo! —estalló Vallotton—. Podría decidir arrancarte la lengua aquí mismo, príncipe de Francia.

Aquella amenaza solo provocó la hilaridad en Philippe. Su porte altivo y desafiante solo enfurecía más a Vallotton, y eso acortaba nuestro tiempo de maniobra. No podía permitirme dudar. Confié en que la arrogancia de Monsieur mantuviese al Rey Mendigo lo suficientemente entretenido.

Me volví hacia la abertura que Bastien me había señalado minutos antes, camuflada entre las sombras y los escombros del muro.

A simple vista parecía un derrumbe sin importancia, pero al apartar las piedras sueltas, descubrí el hueco: un túnel estrecho que descendía en espiral hacia elvientre de la bóveda.

Me deshice de mi capa y deslicé dentro sin vacilar. El túnel me tragó como la garganta de una bestia antigua.

El aire estaba cargado de humedad y me vi obligado a reptar sobre los codos, con las paredes rozando mis hombros.

Cada movimiento levantaba una nube de polvo que se colaba por mis fosas nasales, obligándome a contener la tos.

La pendiente se fue haciendo cada vez más empinada, hasta que la espiral se rompió abruptamente y dio paso a un pasadizo casi vertical.

—Por todos los santos… —murmuré, al ver la estrechez del agujero que se abría bajo mis pies.

No había forma de bajar sin deslizarse. Me até la espada a la espalda y tanteé con cuidado los bordes de piedra suelta.

Apoyé los pies en las grietas y empecé a descender de espaldas, como si bajara por el interior de una chimenea olvidada.

El sudor me empapaba ya la piel, y cada centímetro descendido era una pequeña victoria: bastaba una piedra que cediera, un mal apoyo, y terminaría hecho trizas al fondo.

El descenso era mudo, salvo por el crujido de mis botas y el latido furioso de mi corazón. Me sentía como si estuviera adentrándome en las catacumbas que acabarían por tragar mi cuerpo.

Al cabo de unos interminables minutos, mis pies tocaron suelo firme. Me dejé caer, jadeando. Estaba en otro túnel, ligeramente más ancho, aunque igual de oscuro.

Las voces y las luces de las antorchas me guiaron hacia adelante.

Avancé en silencio, a través de un antiguo túnel de mina que parecía no haber sido pisado en décadas.

El polvo era más denso aquí. La piedra, más rugosa y fría.

Giré a la izquierda en un cruce y luego a la derecha, guiado únicamente por el eco de la Corte de los Milagros que se alzaba más adelante, con su murmullo de voces.

Finalmente, me detuve.

Había llegado.

Estaba apenas a unos pasos del trono de Vallotton. Con cautela, me oculté tras un recodo formado por un muro semiderruido. Desde allí, podía ver el púlpito de locura donde se alzaba el Rey Mendigo, con la espalda vuelta hacia mí. No podía moverme aún. Tenía que esperar el momento exacto.

Y entonces, como una aparición, ella emergió con su capa oscura ondeando tras de sí.

Lucille.

Su sola presencia detuvo bruscamente la discusión que aún continuaba entre él y Philippe.

Mi pulso se aceleró.

El momento se acercaba.