Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille XI
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Lucille XI

T hibaut arrojó a Aurore a los pies de Vallotton, y las carcajadas grotescas del Rey Mendigo llenaron la Corte de los Milagros.

A pesar de la humillación, mi amiga, con esa dignidad tan suya, encontró la fuerza para levantarse.

Con la cabeza alta y la mirada fija en el desquiciado monarca que gobernaba este infierno subterráneo, enfrentó su juicio sin ceder ni un ápice de su orgullo.

La imagen de ese rey degenerado, riendo como un demonio, me heló la sangre. El destino de Aurore parecía ya sellado. ¿Cómo salvarla de las garras de ese monstruo?

Entonces, la voz del Rey Mendigo se alzó en la bóveda y todos contuvimos el aliento ante sus palabras.

—Bienvenida, princesa, al rincón más temido y maldito de París —saludó Vallotton con voz cantarina y escalofriantemente alegre—.

Este lugar, donde el vil y el canalla se encuentran, os estaba esperando.

Aquí el cojo camina, el ciego ve, pero el muerto…

¡Ah! El muerto no habla. Si algún día lográis escapar de estas profundidades y volver al mundo exterior, contadnos cómo lo hicisteis…

si es que todavía tenéis lengua para ello.

Las risas de aquellos canallas se elevaron en la caverna e incluso desde las alturas en las que estábamos escondidos, pude ver la sonrisa pérfida de Thibaut Cailloux y el rostro hierático de mi amiga, quien no parecía impresionada ni asustada por nada de lo que la rodeaba.

—En esta Corte, la única ley que rige es la mía.

Yo soy vuestro juez, vuestro jurado y vuestro verdugo .

La justicia aquí es rápida, eficiente y, si tengo que decirlo, bastante divertida.

¿Un juicio? Oh, sí, lo habrá… pero creedme, es la sentencia la que siempre roba el espectáculo —continuó su cantinela el Rey Mendigo—.

¿Veis este trono de madera y huesos sobre el que me siento?

Cada hueso es el de un noble que pensó que podía aprovecharse de este reino de desheredados.

No os preocupéis, siempre hay espacio para uno más.

¡Mirad a vuestro alrededor! Aquí no hay nombres, ni títulos, ni nobleza que valgan.

En mi corte todos somos iguales, mi dulce princesa.

Vallotton se puso en pie e hizo una reverencia irónica ante Aurore.

—Bienvenida a la Corte de los Milagros, donde el único milagro es continuar vivo al salir de aquí.

Los hombres y mujeres que servían a aquel hombre estallaron en vítores y aplausos crueles. Aurore levantó el mentón, orgullosa, sin importarle las cuerdas que la mantenían inmovilizada, y habló clara y firmemente:

—Ahórrate los discursos; no tengo todo el día para estar escuchando los disparates de un loco. ¿Qué quieres de mí?

Al escuchar hablar a su esposa con aquella temeraria valentía, Philippe no pudo evitar esbozar una sonrisa triste.

El Rey Mendigo se relamió los labios, como si la osadía de Aurore le causara más diversión que enfado.

Su sonrisa torcida se ensanchó mientras bajaba de la plataforma en la que se alzaba su trono.

Su capa roída ondeó detrás de él como la de la parca de la muerte.

Se detuvo frente a Aurore, inclinándose ligeramente hacia ella, hasta que sus rostros quedaron a la misma altura.

—La princesa del pueblo ha hablado. ¿No es así como os llaman? Un momento —se detuvo y miró a su alrededor—. ¿Por qué sigo llamándola de vos, si solo es una sucia zorra más?

La Corte aplaudió. Aurore no respondió a aquella provocación .

—La princesa del pueblo, la auténtica reina de París, la puta del Rey Sol. ¡Cuántos títulos para una sola mujer!

—Mátame o habla de una vez. Odio perder el tiempo —dijo Aurore, mirando de reojo a Thibaut, quien la mantenía quieta, y luego repitió su pregunta—: ¿Qué quieres de mí?

—¿Qué quiero de ti? Oh, bueno, lo de siempre: dinero y una buena dosis de entretenimiento. Y tú, mi princesa, eres una pieza perfecta para mis juegos.

—Si crees que seré parte de tus “juegos”, estás más loco de lo que pareces —espetó Aurore.

El Rey Mendigo se echó a reír, una carcajada ronca y gutural, similar al sonido de una bestia. Los vítores de sus seguidores le hicieron eco, convirtiendo la escena en un grotesco teatro de los horrores.

—Princesa, ya eres parte del juego, te guste o no.

Tu simple presencia aquí es una victoria.

Pero debo admitir que tu actitud es refrescante.

Pocas personas tienen el valor de hablarme así.

—Se giró hacia sus hombres, extendiendo los brazos como si fuera un sacerdote frente a su congregación—.

¡Qué espectáculo, mis amigos! La princesa Aurore, enfrentándose al Rey Mendigo.

Decidme, ¿acaso no es una visión digna de recordar?

El griterío de sus secuaces fue la respuesta. Mi atención estaba fija en Thibaut. Permanecía junto a mi amiga, observando la escena con una expresión de impaciencia mal disimulada. Parecía que incluso para él, el teatro del Rey Mendigo era excesivo.

—Bastien —susurré, inclinándome hacia mi hermano—, ¿cuánto tiempo crees que nos queda antes de que se den cuenta de que estamos aquí? —No mucho —respondió Bastien, con el rostro tenso—. Además, no creo que…

No terminó la frase, pues sus ojos se desviaron hasta el duque de Orleans. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que sostenía la empuñadura de su espada. Louis, a su lado, le puso una mano en el hombro, intentando calmarlo. Dudé de que lo consiguiera.

Abajo, el Rey Mendigo había vuelto su atención a Thibaut, con una expresión de burla evidente.

—¿Qué pasa, señor Cailloux? Pareces nervioso. ¿No estarás lamentándote de haber traído a tan ilustre invitada a mi corte?

Thibaut se mostró altivo, cruzándose de brazos.

—Solo quiero que cumplas con tu parte del trato, Vallotton.

El Rey Mendigo levantó las manos, fingiendo inocencia.

—Ah, sí, siempre tan pragmático. No te preocupes, tu recompensa está asegurada.

Pero primero, permíteme disfrutar del espectáculo.

—Se giró de nuevo hacia Aurore—. Dime, princesa, ¿cuánto crees que tardarán en venir a rescatarte?

¿Un día? ¿Dos? ¿O acaso tu querido esposo ya está aquí, escondido entre las sombras como un ratón?

Aurore no respondió, pero pude ver cómo apretaba los puños. Su silencio pareció deleitar al Rey Mendigo aún más.

—Nada que decir, ¿eh? Bueno, no importa. En realidad, no me interesas demasiado. La Nueva Fronda pide una cabeza más importante que la tuya. ¿Qué tal la de la honte du Roi Soleil ? O mejor aún, ¡el propio Rey Sol!

Aquel loco estalló en carcajadas y su corte lo imitó, empezando a vitorear al unísono una canción que se elevó en el aire.

¡Oh, Rey Sol, oh, Rey Sol! Brillas tanto, pero hueles peor que el carbón. Tu corona de oro, tu manto real, esconde un niño mimado y un tirano fatal .

Todos rieron y golpearon mesas y paredes. Las llamas de las antorchas parecieron bailar al ritmo de esas palabras que retumbaban y retumbaban.

Tu Versalles reluce, pero, ¡qué traición! Tu pueblo se muere, no hay pan ni razón, mientras tú te paseas en lujos y joyas; tus súbditos beben agua podrida en sus ollas.

Tumbado a mi lado, Louis escuchaba aquel cántico que se le debía estar clavando en el alma. Vi el dolor cruzar sus ojos, fugaz y profundo.

“Rey de los franceses”, ¡qué título te das! Pero bajo las pelucas eres tan solo un rapaz. Cuando te miras en los espejos, majestad: es el brillo del oro lo que cubre tu maldad.

El Rey Mendigo, exaltado, subió a su trono y cantó más alto que nadie:

¿Llamas a los mosqueteros? ¿Mandarás a tu ejército? ¡Oh, Rey Sol, oh, Rey Sol! Tu luz está cayendo, tu reinado es un fiasco, y bajo Versalles… ¡Solo crece el asco!

El griterío que siguió cuando terminó la canción fue ensordecedor. Desde nuestra posición, sentí cómo el desprecio de aquellos desheredados hacia el monarca hacía mella en Louis con una fuerza aterradora.

Aurore mantenía su mirada fija en el Rey Mendigo, desafiante, como si aquella burla no pudiera tocarla. En cambio, Philippe… su furia estaba alcanzando un punto de peligrosa ebullición .

—Es a uno de nosotros a quien ese loco quiere. Voy a bajar —nos anunció.

Louis lo agarró del jubón, deteniéndolo.

—No puedo permitir eso.

—La dejarán ir si me intercambio por ella. Y de nosotros dos, yo soy el que no vale nada.

—Para mí lo vales todo, Philippe.

Bastien y yo observábamos la discusión entre ambos hermanos en silencio, incapaces de intervenir.

Las risas de los mendigos aún continuaban, rebotando contra las paredes terrosas de la caverna.

Gérald tampoco intervino, aunque sus ojos iban de Aurore, allá abajo, al enfrentamiento entre el rey y Monsieur .

—No te entregarás a ese demente —dijo Louis.

—Intenta impedírmelo —declaró Philippe, cuya paciencia ya había llegado a su límite.

Se levantó con rapidez y, antes de que alguien pudiera detenerlo, desenvainó la pistola de su cinto y, con un impacto seco de la culata, golpeó la nuca de su real hermano. Louis soltó un suave gruñido de sorpresa antes de desplomarse en el suelo del túnel.

Philippe volvió a guardar la pistola en el cinto con total tranquilidad y añadió con un destello de humor negro:

—Siempre he querido hacer esto.

Bastien y yo estábamos petrificados, pero Gérald, con los reflejos de un soldado, se acercó rápidamente al cuerpo caído del monarca para comprobar que seguía respirando. Por suerte, Louis solo estaba inconsciente.

—¡Es el rey de Francia, alteza! —dije al fin, sin poder creer su temeridad.

—Y yo su hermano. Si alguien puede golpearlo, ese soy yo. Además —dijo, con una sonrisa amarga, dispuesto a abandonar nuestro escondite—, se lo merece por las muchas veces que me ha tocado las narices.

—Pero, alteza… —intenté retenerlo, desesperada.

—Nuestro tiempo se agota —replicó, mientras se acomodaba la capa—. Mi esposa está ahí abajo, en manos de ese miserable. No voy a quedarme con los brazos cruzados.

Gérald lo agarró del brazo, clavándole una mirada de acero.

—Esto no es un juego. Si vais ahí abajo sin un plan, pondréis en peligro no solo a Aurore, sino a todos nosotros.

—No necesito un plan, capitán. Necesito a mi esposa. Y si creéis que podéis detenerme, os invito a intentarlo. —Luego se dirigió a mi hermano—. Decidme cómo llego ahí abajo.

Bastien le señaló unos pequeños escalones esculpidos en la piedra, bajo el balcón en el que nos escondíamos.

Philippe no esperó a que Gérald pudiera impedirle marchar.

Empezó a descender con agilidad por la pared, y cualquiera que hubiera levantado la vista lo habría visto, pero todos los mendigos y criminales estaban demasiado ocupados vitoreando a Vallotton; nadie prestaba atención a lo que sucedía en los laterales de su Corte.

Cuando se encontró a unos dos metros del suelo, saltó sin pensárselo, aterrizando en medio de la multitud, que se apartó de la figura surgida de los aires, sorprendida y asustada.

El silencio reinó en la Corte cuando Philippe se quitó la capucha con un movimiento teatral, dejando al descubierto su rostro, y los mendigos lo miraron, con la boca abierta.

—¡Vallotton! —gritó, y su voz resonó en toda la bóveda con autoridad—. Yo soy Philippe, duque de Orleans y de Anjou, hermano del rey de Francia. Suelta a mi esposa y tómame a mí en su lugar. Soy una presa mucho más valiosa para tu penosa causa.

Nadie dijo nada. Incluso Vallotton parecía momentáneamente aturdido por la audacia de la declaración, por la temeridad de la presencia de Monsieur allá, en mitad de un nido de enemigos que deseaban su caída.

Solo Aurore, estupefacta, reaccionó.

—¡Philippe! No puedes hacer esto.

—En realidad, sí que puedo —sonrió él, sin apartar la vista del Rey Mendigo.

Este esbozó una sonrisa pérfida al darse cuenta de a quién tenía a su alcance.

—Debo admitir que no esperaba este giro. Pensé que la honte du Roi Soleil se contentaría con llorar como un cobarde en su palacio dorado. Y, sin embargo, aquí estás, dispuesto al sacrificio. Qué conmovedor.

—Calla de una vez, miserable —respondió Philippe, sin apartar la mirada del Rey Mendigo—. Tu patético discurso me da dolor de cabeza.

Vallotton soltó una risa seca y burlona, pero no podía ocultar el brillo de codicia en sus ojos. Su sonrisa se ensanchó aún más mientras sus dedos acariciaban el trono hecho de huesos.

—El hermano del rey de Francia… Qué maravilloso. Parece que la suerte hoy está de mi parte. —Se levantó de su trono, y miró a Aurore, atrapada como una pieza de caza, y luego a Philippe—. Acércate, duque de Orleans, y reclama a tu esposa.

Aurore se adelantó, con las muñecas atadas.

—¡Philippe, por favor! No pongas en riesgo tu vida por mí.

—Y tú no pongas en duda lo que haría por ti —replicó Monsieur , y al hacerlo, la feroz determinación en su voz quedó clara.

Nadie lo detendría. Ni siquiera la muerte.

Philippe comenzó a avanzar entre la multitud, sin miedo alguno en su mirada. Los mendigos lo observaban en silencio, como si no creyeran que el mismísimo duque de Orleans en persona estuviera ahí, en el corazón de la Corte de los Milagros.

Mientras tanto, desde nuestra posición elevada, Louis seguía inconsciente, Bastien estaba pálido y yo no podía siquiera pensar en cómo íbamos a lograr rescatar a Aurore y a Philippe de las garras de aquellos criminales furiosos y ansiosos por verter sangre real.

Gérald se giró hacia mí.

—Lucille, creo que sé cómo acercarme a Vallotton sin que me vea, pero necesito que prescinda de sus hombres armados.

Miré hacia el caos que comenzaba a formarse abajo, con Philippe enfrentándose cara a cara con Vallotton.

El miedo a lo que pudiera pasarnos a todos me paralizaba, pero confiaba en Gérald con todo mi corazón.

Junto a él, el terror se desvanecía y se convertía en absoluta determinación: la misma que ahora brillaba en sus ojos.

Asentí, apretando el estilete oculto bajo mis mangas.

—¿Qué debo hacer, capitán?