Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald X
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Gérald X

T oda mi concentración se focalizó en analizar la situación.

Bajo mis pies había una multitud conformada por un centenar de hombres y mujeres que seguían las órdenes de un tirano, pero muy pocos parecían tener en su poder armas como espadas y mucho menos pistolas.

Ambos objetos eran demasiado caros. El único que llevaba un espadín visible era el propio Rey Mendigo. Probablemente, robado para él.

En cambio, vi garrotes y palos, y alguna que otra maza.

Una vez comprobado eso, me concentré en la masa de gente. Los hombres y las mujeres jóvenes lucharían, pero los de mayor edad probablemente protegerían a los niños y echarían a correr. Eso reducía las fuerzas del Rey Mendigo a más o menos la mitad.

Luego, estudié el espacio que conformaba la bóveda.

Había una única entrada principal, situada en el extremo opuesto al trono de Vallotton, que daría con toda probabilidad al barrio de Les Halles.

En las paredes vislumbré varios agujeros y diminutos balcones naturales similares al que nos encontrábamos, sin cubrir por piedras. ¿Eran túneles, también?

Hice un gesto a Bastien para que se acercase a mí, mientras Thibaut Callioux seguía avanzando entre la multitud con la duquesa de Orleans caminando tras él, atada por las muñecas. La llevaba ante Vallotton para entregarla y, una vez cobrara su recompensa… no quería ni pensarlo.

El joven de Valois se arrastró a mi lado .

—¿Hay más túneles como estos que lleven a esta bóveda? —pregunté.

Bastien asintió, su rostro lívido por la tensión.

—Sí… hay varios —susurró, mirando en dirección a las grietas de las paredes—.

Algunos conectan con las antiguas minas.

Otros bajan directamente a la bóveda. Pero son inestables, por lo que son ignorados incluso por los mendigos.

Están llenos de polvo, ratas y muerte. Si dais un paso en falso, podríais quedar enterrado bajo toneladas de piedra podrida.

—¿Hay alguno de esos túneles que lleve cerca del trono de Vallotton?

Se lo pensó un segundo, luego señaló con la barbilla una abertura diminuta, casi invisible entre las sombras, a unos metros de nuestro balcón. Las piedras derruidas la ocultaban a simple vista.

—Ahí —dijo—. Es un túnel que desciende en espiral durante unos metros; luego se convierte en un pasaje casi vertical por donde apenas cabe un cuerpo.

Termina justo detrás del muro donde Vallotton ha colocado su púlpito.

Podréis salir a apenas tres pasos de su trono…

si conseguís no romperos el cuello en el descenso.

—¿Algún centinela lo vigila?

—Ninguno. Nadie lo ha usado en años. Ni siquiera creo que el propio Rey Mendigo recuerde su existencia.

Asentí, procesando cada palabra con la meticulosidad de un asesino que afila su hoja. No habría segundas oportunidades. Cuando bajase por ese túnel, o mataba al Rey Mendigo, o moría a sus pies.

Sin embargo, mis probabilidades se multiplicarían si lograba reducir las fuerzas de Vallotton al mínimo, si conseguía enfocar su total atención en la princesa que le traían como ofrenda .

Pero, ¿cómo lograrlo sin poner en riesgo a nadie?

La respuesta era, en verdad, simple: no había margen para la duda.

No podía permitirme flaquear. Había salvado a Louis años atrás de una revuelta terrible que casi acaba con su vida y con la mía.

En esa ocasión, mi deber era claro, y mi vida se había puesto en la balanza para salvar a la suya.

Pero esto era distinto. Era una trampa mortal. No todos saldríamos con vida.

Tomé aliento, dejando que el aire frío invadiera mis pulmones, mi mente centrada.

Y entonces comprendí que, al final, todo lo que valía la pena era lo que uno estaba dispuesto a sacrificar.

Mi vida a cambio de la de Louis, de Monsieur , de su esposa, de Lucille y su hermano.

El honor no era para mí una palabra vacía; era un peso que debía llevar sobre mis hombros con la misma firmeza con la que había levantado mi espada.

Era el sacrificio, la entrega total por aquellos a quienes debía proteger, aquellos que dependían de mí.

¿Morir por la causa correcta? Sí. Lo haría sin dudarlo.

Porque, al final, el deber de un mosquetero nunca fue otra cosa que entregar su vida en aras de la justicia, sin buscar gloria, sin esperar recompensas, solo el cumplir con el juramento hecho, incluso si esa causa significaba su fin.

La suerte estaba echada para mí.

Me volví hacia Philippe de Orleans, que seguía observando a Aurore con el rostro desencajado por la tensión. Lo agarré por el hombro.

—Necesito que mantengáis la cabeza fría, alteza. Si os precipitáis, moriréis antes de poner un pie junto a ella.

—No me pidáis paciencia —susurró entre dientes—. Está ahí abajo, presa de un puñado de criminales.

—Y la sacaremos de ahí. Pero para eso, necesito que confiéis en mí .

Me sostuvo la mirada, sin decir nada.

Analicé a Vallotton una última vez. Seguía en su trono de huesos, eufórico, abrazado a una de sus concubinas. Thibaut ya estaba a pocos pasos de él. Aurore caminaba detrás, arrastrada por la soga que la mantenía maniatada por las muñecas.

Y entonces, la risa del Rey Mendigo resonó como un trueno blasfemo en la caverna.