Lucille X
M i hermano parecía inquieto, lo que me hizo pensar que no estaba demasiado seguro de poder cumplir con su parte. Lo tomé de la mano.
—¿Estás seguro de que puedes guiarnos?
—Claro que sí —me aseguró Bastien, ya libre, mientras esperábamos en las caballerizas reales a que nos trajeran seis caballos—. Llevo meses moviéndome por la Corte. Conozco bien todos sus túneles, incluso aquellos cuya existencia la mayoría de mendigos ignoran.
La fuerza de su determinación me conmovió.
Lo abracé, con un nudo en la garganta. Era la primera vez en años que podía sentirlo cerca, y no quería soltarlo de ninguna de las maneras.
Bastien siempre había sido un muchacho imprudente y soñador, un joven que se creía invencible.
Ahora, bajo el peso de lo que había vivido en el último año de su vida, había algo en él que parecía roto pero más fuerte al mismo tiempo.
¿Cómo había sobrevivido todo este tiempo en las entrañas de París? ¿Qué había sido de él y su alma sensible?
—Lo único que quiero es demostrarle a su majestad que jamás quise traicionarlo —murmuró, quizás necesitando que yo lo creyera antes que nadie.
—Ya lo sé.
Vimos a Louis y Philippe llegar a las caballerizas. Se habían cambiado las ostentosas casacas por sencillos trajes de viaje de color negro, aunque ningún disfraz del mundo podía ocultar su porte. Vestidos de igual forma, ambos hermanos reales se parecían más que nunca.
Bastien nos había advertido que no podíamos pasearnos por París con nuestra ropa habitual, por lo que tanto Louis como Philippe se habían cambiado, al igual que yo.
Nos cubrimos todos con capas oscuras, sin adornos.
Fue el duque de Orleans el primero en montar su alazán blanco de un solo salto, mientras nos decía:
—No vamos a perder más tiempo. En marcha.
Miré un segundo a Gérald, quien me devolvió la mirada. Pude ver en sus ojos una petición silenciosa: la de que confiase en él, ocurriera lo que ocurriera.
Guiados por Bastien, rodeamos el barrio de Les Halles, popularmente conocido como la Corte de los Milagros, para que ninguno de los mendigos sospechara que queríamos entrar en su territorio.
Según nos contó mi hermano, Vallotton tenía hombres apostados por toda la Corte de los Milagros, que darían aviso en pocos minutos de cualquier presencia sospechosa.
Debíamos acceder a las minas desde otro punto de París, así que nos dirigimos mucho más al norte de la ciudad.
Cuando nos topamos con las murallas que delimitaban el perímetro de París, Bastien nos obligó a desmontar y se dirigió a Nicolas de la Reynie.
—Vos no podéis venir con nosotros. Todos los parisinos que aquí viven conocen el rostro del jefe de la policía de París.
Este pareció contrariado ante aquella orden y se disponía a protestar cuando Gérald intervino:
—Ve a la Bastilla y reúne a unos cuantos hombres. Posiciónalos disimuladamente alrededor de la Corte, listos para entrar en acción si las cosas se tuercen. Quién sabe lo que nos puede ocurrir allá abajo.
Nicolas dudó, pero un asentimiento de Louis fue más que suficiente para acatar, y desapareció con nuestras monturas.
Bastien fue el único que no se cubrió el rostro con la capucha de su capa.
El resto, en silencio, seguimos sus pasos.
Todos íbamos armados, incluida yo. Llevaba oculto el estilete que Gérald me dio la primera vez que fui convocada a sus mazmorras, oculto bajo las mangas del vestido.
Entrar en aquellos barrios pobres fue como cruzar a otro mundo.
Las calles eran más oscuras aquí: las casas apiladas se habían construido unas sobre otras y parecían a punto de desplomarse.
El aire apestaba a podredumbre y desesperación.
Grupos de hombres borrachos se congregaban ya bajo la luz mortecina de las antorchas, pues la luz diurna estaba desapareciendo rápidamente conforme la tarde avanzaba.
Las caras que nos cruzábamos mientras avanzábamos eran de genuina desconfianza.
Los mendigos nos miraban, recelosos, y me cubrí mejor el rostro con la capa.
Jamás había visto tanta pobreza como en aquellas calles que dejábamos atrás.
Tanta miseria, tanta penuria en los rostros de mujeres, hombres, niños y ancianos famélicos y enfermos. Era insoportable.
—No llaméis la atención y no miréis a nadie a los ojos —advirtió Bastien—. Si alguien reconoce a su majestad o al duque de Orleans, no saldremos de aquí vivos.
Louis asintió, pero Philippe parecía indiferente al peligro que nos rodeaba. Caminaba con pasos firmes, su mandíbula tensa y la ira escrita en sus ojos azules .
Tras lo que me pareció una eternidad, Bastien tomó un estrecho y solitario callejón que olía a excremento de animales y orines humanos, lo que me provocó una arcada que tuve que esforzarme en disimular. No era el momento de flaquear.
El sonido de nuestros pasos rompía el silencio de aquel lugar, y cada crujido de madera o movimiento en la penumbra me hacía sobresaltar.
Sentía miradas clavadas en nuestra espalda, como si los ojos de la Corte nos estuvieran observando incluso en la oscuridad.
Hubiera estado verdaderamente aterrada si no hubiera sentido la presencia de Gérald, que caminaba detrás de mí con una mano colocada disimuladamente en la empuñadura de su espada.
—¿Dónde está la entrada de la que hablas? —preguntó el capitán a mi hermano.
—Ahí —respondió Bastien, señalando una pequeña iglesia en ruinas que parecía al borde del colapso, al fondo del callejón.
—¿En una iglesia? —preguntó Philippe, claramente escéptico.
—Sí —respondió Bastien—. Hay un acceso a las minas bajo el altar; uno que, hasta donde yo sé, ya nadie utiliza. Jamás me he cruzado con ningún mendigo por este túnel.
Al entrar en la iglesia, comprobé que su interior era peor de lo que aparentaba por fuera. Había bancos rotos y un hedor que te golpeaba como un puñetazo, como a carne putrefacta. Me cubrí la nariz con la capa, incapaz de respirar con normalidad.
Bastien avanzó sin titubear hacia lo que quedaba del altar de piedra y apartó una tabla podrida del suelo. Bajo ella había una trampilla de piedra con una oxidada argolla de hierro.
—Por aquí —indicó, abriéndola.
Vi el inicio de un túnel oscuro y estrecho que aparentemente descendía a las profundidades de la ciudad.
Me estremecí ante la idea de bajar allá abajo, y solo la mano de Gérald en mi espalda logró calmarme.
No pronunció ni una palabra, y tampoco eran necesarias.
Sabía lo que sus ojos me decían: que confiase en él.
Bastien fue el primero en bajar. Uno a uno, el resto descendimos por el estrecho túnel.
El aire era húmedo, pesado, y podía escuchar el sonido de gotas cayendo en la oscuridad.
El simple hecho de pensar que París se levantaba por encima de mi cabeza me robaba la respiración, como si en cualquier momento la ciudad pudiera derrumbarse sobre mi cabeza.
Mi hermano lideraba el camino con una antorcha. Lo seguían muy de cerca Philippe y Louis. Yo iba detrás de ellos, con Gérald cerrando la marcha.
A medida que avanzábamos, el túnel se hacía todavía más estrecho y el aire se volvía más difícil de respirar debido a la humedad condensada. De vez en cuando podía oír el crujido de algo moviéndose en las sombras.
«Ratas. Solo son ratas», me dije, aunque el pensamiento no me tranquilizaba en absoluto. Lo que sí me tranquilizaba era sentir a Gérald tras de mí.
—¿Cuánto falta? —preguntó Philippe en voz baja, impaciente por llegar al corazón de la Corte de los Milagros.
—Un poco más —respondió Bastien, deteniéndose un momento para orientarse—. Estos túneles eran antiguas minas, pero llevan décadas abandonadas. Toda precaución es poca, pues se han convertido en el refugio perfecto para el Rey Mendigo y sus hombres.
—Perfecto para las ratas, querrás decir —murmuró Monsieur , apartándose de una tela de araña que colgaba del techo.
Nadie dijo ni una palabra. No había tiempo para nada que no fuese avanzar, y eso hicimos. Teníamos que caminar al menos una hora para llegar a las minas subterráneas que cruzaban por debajo del distrito de Les Halles .
Estaba a punto de desfallecer por la tensión y el cansancio cuando, de repente, Bastien alzó una mano, indicándonos que nos detuviéramos.
—¿Qué ocurre? —pregunté, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba.
—Escuchad.
Al quedarnos todos en silencio pude distinguirlas: voces. Decenas, quizá centenares de voces humanas en la distancia, amortiguadas por la tierra húmeda que nos rodeaba.
—Estamos cerca, muy cerca —confirmó Bastien—. Si no me he equivocado, llegaremos directamente a la bóveda del Rey Mendigo: el verdadero corazón de la Corte de los Milagros.
—¿Con cuántos hombres cuenta Vallotton? —preguntó Gérald, ajustando el agarre de su espada.
—Demasiados como para que el capitán de los mosqueteros pueda derrotarlos —respondió mi hermano—. Pero si somos cuidadosos, quizá tengamos una oportunidad.
—¿Esperáis que me quede quieto mientras ese hombre retiene a mi esposa? —intervino Philippe con una expresión feroz.
—No, alteza —dijo Bastien, girándose hacia él—. Pero si hacemos esto a vuestra manera, todos moriremos antes de llegar a ella.
El silencio que siguió fue tenso, pero por una vez, Philippe no replicó. Se limitó a apretar los dientes, aunque su mirada prometía que no sería paciente por mucho más tiempo.
Miré al rey. Su presencia allá abajo era tan anómala que por un momento quise echarme a reír. La escena era de otro mundo. Luego recordé que mi amiga estaba en peligro y seguí avanzando al paso que Bastien marcaba.
Cuando llegamos a una pequeña apertura en el túnel, Bastien nos indicó máxima cautela .
Nos hallábamos en una especie de reducido balcón natural formado en las paredes de tierra.
Al asomarnos, vimos cómo a nuestros pies se abría una caverna enorme, iluminada por antorchas que colgaban de las paredes y repleta de chamizos cubiertos con telas.
Había docenas de hombres y mujeres allí abajo, algunos durmiendo, otros bebiendo y jugando a los dados.
Era como una pequeña villa subterránea que sus habitantes habían ido adaptando a su uso.
La mayor parte de las paredes no era de tierra, sino de piedra, y habían construido toscos arcos abovedados, similares a los de una catedral, que mantenían el techo firme.
Sin embargo, en muchos lugares de la bóveda se había descuidado la construcción, como en nuestro balcón, y las piedras que antaño lo habían cubierto ahora estaban caídas o a punto de desprenderse, como si a nadie le importara el mantenimiento de la construcción.
En el centro de la monumental gruta habían erigido una plataforma elevada con un trono hecho de madera y lo que parecían ser huesos humanos.
Y sentado en ese impío trono, se hallaba el Rey Mendigo.
Era un hombre enjuto y muy alto, con una barba desgreñada e, incluso a aquella distancia, pude ver que sus ojos brillaban con una mezcla de locura y astucia. Su risa desquiciada reverberaba en la caverna mientras bebía y toqueteaba los muslos a dos mujeres que tenía sentadas en su regazo.
Gérald nos indicó que nos tumbásemos en el frío suelo para que no pudieran detectarnos y eso hicimos, incluso Louis, que no titubeó en obedecer a su capitán.
Estábamos en un lateral de la bóveda, a unos seis metros por encima del trono del Rey Mendigo, y desde ahí podíamos contemplar el palpitante corazón de la Corte de los Milagros sin que nadie advirtiera nuestra presencia .
—¿Podéis ver a Aurore? —susurré, tratando de distinguir algo entre el enjambre de hombres y mujeres que discurrían entre las chozas, bebiendo y charlando.
—No —respondió Bastien, tenso—. Pero si está aquí, estará cerca de Vallotton.
—Entonces avancemos —dijo Philippe, haciendo un gesto para incorporarse.
Gérald lo detuvo de inmediato.
—Esperad, alteza. Necesitamos un plan.
—El plan es simple —replicó Philippe, con su tono gélido—. Bajo, mato al bastardo y saco a mi esposa de aquí.
—Si hacéis eso, todos moriremos antes de alcanzar la salida —respondió Gérald, calmado y analítico—. Precisamos de un plan más inteligente que ese.
Mientras ellos dos discutían en voz baja, mi mirada se desvió hacia una figura maniatada que, en aquel momento, entraba en la bóveda de la Corte de los Milagros custodiada por Thibaut Callioux.
La reconocí al instante.
—Aurore —dije, con el corazón en un puño.
El nombre de su esposa puso en inmediata alerta al duque de Orleans, quien se asomó a mi lado.
— Ma petite furie … —murmuró Philippe, apretando los puños.
No pude siquiera imaginar su dolor al confirmar que, tal y como habíamos sospechado, el captor de Aurore era Thibaut, su antiguo amante.
Me atreví a mirarlo de reojo; no le faltaba mucho para estallar de ira y preocupación.
Le puse una mano en el hombro en un triste intento de consuelo.
Monsieur parecía a punto de lanzarse al vacío para salvar a su esposa .
Teníamos que sacar a Aurore de allá y salvaguardar al rey y a su hermano. Éramos seis contra cientos de mendigos sedientos de sangre noble. ¿Cómo íbamos a lograrlo?
No teníamos la más mínima oportunidad.