Gérald IX
C uando los vi acercarse por Patio de Mármol, supe al instante que algo grave había ocurrido.
Monsieur parecía a punto de derrumbarse.
Su respiración era entrecortada, y su cabello negro caía como un telón oscuro sobre su rostro mientras intentaba recuperar el aliento.
Era una visión que jamás habría imaginado en el orgulloso duque de Orleans.
Lucille, por su parte, tenía los ojos encendidos por el miedo.
Ambos intentaron hablar al mismo tiempo, sus palabras atropellándose en una cacofonía de urgencia que no hacía más que aumentar mi propia inquietud.
—¡Silencio! —ordené, alzando la voz con la firmeza de quien está acostumbrado a ser obedecido—. No puedo ayudaros si no me explicáis qué demonios está ocurriendo.
Fue Lucille quien tomó la palabra con una rapidez casi desesperada, relatándome todo lo que había ocurrido con Thibaut y Aurore. La escuché en el más absoluto silencio.
Cuando terminó su relato, me tomé un momento para procesarlo todo antes de responder.
—Pero según Bastien —dije finalmente—, Thibaut jamás lo llevó ante ningún líder de la Nueva Fronda.
Lucille me miró con impaciencia, como si estuviera cansada de explicarlo.
—¿Y eso qué importa? —replicó.
—Importa mucho. —Clavé mi mirada en ella, tratando de que entendiera la importancia del detalle—.
Eso significa que Thibaut no es un miembro de alto rango de la Nueva Fronda.
Es, como mucho, un peón. Y si me permitís aventurar una hipótesis, estoy seguro de que sus motivaciones no tienen nada que ver con la política.
Antes de que Lucille pudiera responder, Philippe intervino.
—El año pasado, cuando corté la relación con él, me aseguró que me arrepentiría —murmuró, su voz cargada de amargura—. No pensé que hablara en serio; siempre ha sido muy dramático. A él nunca le ha importado la política. Nunca.
—Entonces es personal —concluí, más para mí mismo que para ellos—. Thibaut busca vengarse de vos, alteza. Ni siquiera conoce al líder de la Nueva Fronda, mucho menos sus escondites. Lo único que quiere es haceros daño. Y parece que ha encontrado el medio perfecto para lograrlo.
En los ojos de Philippe pude vislumbrar una furia salvaje e incontrolable.
—Lo mataré. —Sus palabras cayeron como una sentencia inapelable sobre el Patio de Mármol—. Lo mataré con mis propias manos.
—Para eso, primero debemos encontrarlo —respondí con calma, aunque en mi interior compartía su urgencia.
—¿Cómo? —exclamó Lucille—. ¡Ni siquiera sabemos a dónde podría haber llevado a Aurore!
Repasé mentalmente todo lo que sabía de Thibaut y de la Nueva Fronda.
Sin duda, formaba parte del escalón más bajo de la conspiración, a la que posiblemente se acercó para vengarse de Monsieur y no por compartir sus ideas políticas.
No había peor venganza para el duque de Orleans que arrebatarle a su esposa, pues era bien sabido en todo Versalles que la amaba.
Fue entonces cuando lo supe. Supe dónde Thibaut llevaba a la princesa. Lo vi tan claro como una estrella brillando en mitad de una noche oscura.
—Me temo que sí sabemos a dónde se la ha llevado—dije.
—¿Dónde? —preguntó Philippe, dando un paso hacia mí.
Tomé aire antes de responder.
—A la Corte de los Milagros.
El impacto de mis palabras fue inmediato. Philippe retrocedió como si lo hubiera golpeado.
—¡No! —negó, sacudiendo la cabeza con vehemencia—. Ahí no. Por Dios, ahí no.
Lucille me miró, desconcertada.
—¿Por qué crees que se la ha llevado a la Corte de los Milagros? —preguntó, tratando de comprender.
—Porque es el único lugar donde Thibaut puede desaparecer sin dejar rastro —respondí—.
La Corte de los Milagros no es solo un refugio para criminales y mendigos.
Es un lugar donde las leyes no tienen poder, y donde nadie, ni siquiera los mosqueteros, se atreve a entrar.
Y es donde puede conseguir una recompensa si lleva a la princesa ante el Rey Mendigo, quien la entregará a la Nueva Fronda a cambio de un puñado de francos.
—¿Por qué no llevar a Aurore directamente a la Nueva Fronda? —preguntó Lucille.
—Porque la única conexión de Thibaut con los conspiradores era a través de Humières, y Humières está muerto.
La Nueva Fronda funciona de forma piramidal: cada uno de ellos solo conoce al que está por encima de él, a nadie más.
Una forma sencilla pero efectiva de cubrirse las espaldas y mantener el secretismo.
Ahora mismo, el señor Cailloux necesita urgentemente dinero para huir.
—Thibaut no tiene los recursos ni la influencia para esconderse en parte alguna de Francia —confirmó Philippe de Orleans—. Sus cuentas están agotadas y él, ahogado de deudas.
—Pero en la Corte de los Milagros… ahí tiene a un aliado.
El Rey Mendigo le pagará una buena suma de dinero por su alteza, porque cuando este la entregue a la Nueva Fronda, recibirá una cifra aún mayor.
—Me giré hacia el duque de Orleans, cuyos ojos seguían llenos de terror—.
Alteza, si Thibaut quiere heriros, no hay mejor lugar para hacerlo que ahí.
—Aurore… —susurró Philippe. Su mente parecía no querer aceptar la idea de que su esposa estuviera a punto de ser vendida al enemigo, pero pronto la resolución volvió a él—. No podemos perder más tiempo, Gérald.
—Estoy de acuerdo, pero tampoco podemos entrar en la Corte de los Milagros así como así.
Es un lugar peligroso, lleno de túneles excavados que no conocemos y repletos de criminales que no dudarán en asesinarnos si osamos cruzar sus lindes.
Si me presento en Les Halles con una ostentosa partida de mosqueteros, el Rey Mendigo se enterará de nuestra presencia en pocos minutos.
Y, por lo poco que sabemos de él, está lo suficientemente loco como para…
No terminé la frase. No hacía falta: Philippe comprendió a qué me refería.
—Haré que París entero arda hasta sus cimientos y quemaré hasta el último de esos malhechores que ose poner un solo dedo sobre mi esposa. Lo juro por Dios —declaró, furioso.
No pude evitar pensar que esas palabras eran muy parecidas a las que había pronunciado el rey hacía escasas horas sobre terminar de una vez con la Corte de los Milagros.
—Bastien puede ayudar —intervino Lucille—. Lleva meses haciéndose pasar por un mendigo. Conocerá bien la Corte .
Asentí.
—Si Thibaut realmente la ha llevado allí, cada minuto que pasa disminuye nuestras posibilidades de rescatarla con vida.
—Reunid a los hombres que consideréis necesarios —dijo Philippe, con tono decidido—. No me detendré ante nada.
—Ni yo, alteza. —Incliné la cabeza antes de girarme hacia Lucille—. Tú te quedas aquí.
—¡Ni hablar! —respondió ella, adelantándose—. No pienso aguardar ociosa mientras mi amiga está en manos del enemigo.
—La Corte de los Milagros es un lugar del que muchos no regresan con vida —razoné yo.
—Precisamente por eso debo ir —replicó, con una determinación que casi rivalizaba con la del duque de Orleans—. Aurore me necesita, y no pienso abandonarla.
—Gérald, no perdamos más tiempo discutiendo —intervino Philippe—. Vamos a entrar en la Corte de los Milagros y a traerla de vuelta.
Fui a contestar cuando una voz a mis espaldas intervino:
—¿Traer de vuelta a quién, hermano?
El rey, con las manos entrelazadas frente a él, nos observaba en mitad del Patio de Mármol. A su lado, Nicolas también nos miraba. Por un momento había olvidado que mi hermano había pasado la noche en palacio para poder tener una audiencia con Louis a primera hora de la mañana.
Philippe se encaró con el rey.
—A mi esposa.
—¿Qué ocurre con Aurore?
—Thibaut se la ha llevado con él —espetó el duque de Orleans—. Y nosotros vamos a ir a buscarla.
—Tú no harás tal cosa —le ordenó el rey, manteniendo la calma—. El protocolo indica…
—¡Al infierno con el protocolo! —estalló Philippe—. Ni tú ni nadie va a impedir que vaya a salvar a Aurore.
La tensión era palpable en el Patio de Mármol, como si el peso de las palabras de Philippe hubiera hecho tambalear el equilibrio de todo el palacio.
El rey mantuvo su mirada fija en su hermano menor, imperturbable, pero el leve fruncir de su ceño traicionaba la irritación que la actitud desafiante de Monsieur le provocaba.
—Controla tus emociones, Philippe —le dijo Louis con una calma que solo lograba incendiar más al duque de Orleans—. Este no es un asunto que deba resolverse con impulsos.
—¡Louis! —gritó Philippe, dando un paso adelante—. Es mi esposa, la mujer que amo. ¿Acaso me vas a pedir que me quede de brazos cruzados mientras un desquiciado la tiene en sus garras?
—No voy a decirte eso. Pero no hablemos aquí, al aire libre, donde cualquier oído puede escucharnos.
Louis tenía razón. No podíamos seguir hablando de aquello en pleno Patio de Mármol, por donde llegaban las visitas nobles y por el que los criados cruzaban para ir de un lado a otro del palacio.
—Las mazmorras están vacías, majestad —le ofrecí.
—Las mazmorras servirán, pues.
Sin perder la compostura, Louis echó a andar hacia la puerta del edificio de servicio que llevaba hasta la planta inferior de su palacio, y todos lo seguimos en un reverencial silencio.
Solo el sonido de sus tacones resonaba en el Patio de Mármol y luego en la escalera de piedra que descendía hasta las mazmorras.
Una vez en la privacidad de mi despacho, Louis exigió saberlo todo. Philippe estaba demasiado agitado para hablar con coherencia, así que fui yo quien le informó del secuestro de su cuñada. El rostro del rey no mostró emoción alguna conforme iba asimilando toda la información.
—Majestad, Aurore no tiene mucho tiempo. Thibaut la ha llevado a la Corte de los Milagros. Si no actuamos pronto, no quiero ni imaginar lo que podría sucederle.
La mención de la Corte pareció descolocar incluso a Nicolas, que hasta ese momento había permanecido en silencio.
—¿La Corte de los Milagros? —preguntó, dubitativo—. ¿Estás seguro de esto, Gérald?
—Eso creo —respondí, sin desviar la mirada del rey—. Es el único lugar donde Thibaut podría conseguir el dinero necesario para ocultarse y posteriormente escapar del país.
Pude ver que Louis se hacía cargo rápidamente de la gravedad de la situación y comprendía las implicaciones de que una princesa de Francia muriera en esas circunstancias.
Pero, además de las consecuencias políticas, había el dolor personal de perder a Aurore, que el rey no podía permitirse mostrar ante ninguno de nosotros.
Antes que Louis, era el Rey Sol, y como tal debía comportarse.
—Imagino que tu plan no es entrar en ese nido de ratas con un grupo de mosqueteros, ¿no?
—No, majestad —confirmé—. Si nos presentamos allí como una fuerza militar, arramblando con todo, solo conseguiremos poner a su alteza en más peligro del que ya corre.
Debemos ser cautos y entrar de forma disimulada, porque si el Rey Mendigo se siente acorralado, lo más probable es que termine con la vida de la princesa y desaparezca entre los túneles de la Corte, cuyo trazado no conocemos.
—¿Qué propones, pues, capitán? —preguntó Louis, sin titubear.
—Usar al joven Bastien. —Giré la cabeza hacia Lucille—. Como mademoiselle de Valois ha mencionado, lleva meses viviendo en la Corte, infiltrado como mendigo. Por fuerza debe conocerla mejor que cualquiera de nosotros. Podría guiarnos hasta la guarida del Rey Mendigo.
Louis asintió.
—Traed a Bastien de Valois —dijo, y luego miró a Lucille—. Vuestro hermano tiene al fin una oportunidad de demostrar su valor, mademoiselle. Espero que no me defraude.
Por primera vez desde que lo había arrestado, vi sonreír a Bastien de Valois. La oportunidad de servir a su rey lo había convertido de un prisionero derrotado a un hombre repleto de determinación.
—¿Guiaros, majestad? —dijo, con seguridad—. No solo puedo guiaros, puedo garantizar que nadie nos verá venir. Conozco entradas que llevan hasta la Corte y que no están vigiladas, porque quedan fuera de los barrios marginales.
Philippe se adelantó, fulminándolo con la mirada.
—¿Por qué habría de confiar en vos, que me habéis acusado de traición contra mi propio hermano?
—Porque no me queda otra opción, alteza —respondió Bastien con una leve sonrisa patética—. Esta es mi única oportunidad de redimirme y demostrar que soy leal a su majestad.
Philippe parecía dispuesto a replicar, pero Louis levantó una mano para detenerlo.
—Déjalo hablar. —El rey se acercó a Bastien y lo miró directamente a los ojos—. ¿Cómo podemos estar seguros de que no nos estáis llevando a una trampa, señor de Valois?
—Porque si lo hiciera, moriríamos todos —respondió Bastien—. Y creedme, majestad, ninguno de vuestros hombres logrará entrar en ese lugar sin que los mendigos avisen a Vallotton. Gérald está en lo cierto: la única opción es entrar en la Corte sin que perciban nuestra presencia.
Un silencio cargado se apoderó de la estancia mientras todos esperábamos la decisión del rey.
—Muy bien. Vos nos guiaréis hasta la Corte de los Milagros, Bastien —accedió finalmente el rey.
Philippe se giró hacia su hermano, incrédulo.
—¿Nos?
Louis enderezó los hombros, irradiando una resolución inquebrantable.
—Así es. Yo también voy.
—¿Qué estás diciendo, Louis?
—No podéis, majestad —intervine, inquieto ante aquella temeridad—. Es demasiado arriesgado.
—¿Y acaso no lo es para mi hermano? ¿Para vosotros? —replicó Louis, su tono firme pero no alzado—. No voy a quedarme aquí mientras la vida de una princesa de Francia está en riesgo.
—Louis, tú eres el rey. No puedes ponerte en peligro —le recordó su hermano—. El protocolo indica que, si uno de nosotros dos está fuera del palacio, el otro debe permanecer a salvo, en la corte.
—¿No has sido tú el que ha dicho antes que al infierno con el protocolo? —replicó el rey—. Aurore solo nos tiene a nosotros, Philippe. Somos su familia. Además, si permitimos que la Nueva Fronda y la Corte de los Milagros nos desafíen de esta manera, ¿qué mensaje enviamos al pueblo?
—Majestad… —intenté convencerlo una última vez, pero su fulminante mirada me detuvo.
—Esto no es negociable, Gérald.
—¿Estamos todos de acuerdo, entonces?
Philippe soltó un largo suspiro, como si estuviera aceptando lo inevitable.
—De acuerdo. Pero te advierto, Louis, que si algo le sucede a Aurore mientras estás allí, no habrá Dios ni rey que me detenga.
—Entonces será mejor que nada le suceda —respondió Louis con una leve sonrisa, antes de girarse hacia mí—. Salimos de inmediato.
Con esas palabras, la suerte quedó echada.
Nos esperaba la Corte de los Milagros, y todos sabíamos que no saldríamos de allí sin verter sangre. Pero, ¿qué sangre sería? ¿La azul de la corona o la roja de los desdichados?