Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille IX
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Lucille IX

A l concluir la ceremonia del Grand Lever , todo Versalles sabía ya que Humières había sido asesinado la noche anterior.

Los detalles más escabrosos no trascendieron, pero eso no impidió que los rumores empezaran a correr en todas direcciones. No me sorprendía: en una corte cerrada como aquella, cualquier chismorreo, aunque implicase la muerte de uno de ellos, era bienvenido y celebrado porque rompía con toda rutina.

Así fue como, de repente, mi nombre estaba en boca de todos; al fin y al cabo, aquel era el día en que debía casarme con Hubert y convertirme en duquesa.

Me vería obligada a contestar infinidad de preguntas y comentarios malintencionados, por lo que le pedí a Aurore que desapareciéramos en los jardines durante lo que restaba de mañana.

Ella accedió y no se quejó del frío cuando descendimos por la Avenida Real, solitaria a aquellas horas tan tempranas, excepto por los trabajadores que cada día cuidaban del jardín para mantenerlo impecable.

La nieve empezaba a fundirse y los jardineros se afanaban en retirarla para así mantener despejados los senderos. Aurore y yo íbamos tomadas del brazo, sin intercambiar palabra alguna, ambas sumidas en un cómodo silencio.

No fue hasta llegar al Gran Canal que ella habló:

—Si lo que te preocupa es que te acusen de la muerte de Humières…

—No es eso lo que me preocupa —la interrumpí.

—¿Tu hermano, entonces? Louis lo perdonará, ya lo verás. Hoy mismo hablaré con él y entre Philippe y yo lo convenceremos. Si te dispensó de casarte con Hubert, estoy segura de que estará predispuesto a la absolución de Bastien.

—Tampoco se trata de mi hermano —dije—. O no solo de mi hermano. Es por todo lo que está pasando. Antes de esto, llevaba una vida feliz y despreocupada. Tengo la sensación de que no la voy a recuperar jamás.

—Es posible que no —suspiró mi amiga—. Yo nunca tuve de vuelta la vida que vivía antes de que Philippe se cruzase en mi camino. A veces la echo de menos, no voy a mentirte. A pesar de ello, la mayor parte del tiempo considero que merece la pena. Además, ¿acaso no tienes a Gérald?

—Sí, supongo. Aunque nunca podremos estar juntos. Stéphane jamás permitirá que me case con un mosquetero.

—Y tú tampoco quieres contraer matrimonio, en realidad.

—No, pero si estuviera casada, todo sería más sencillo. Stéphane dejaría de recordarme que tengo que encontrar un buen marido y los hombres de la corte pararían de hacerme proposiciones de matrimonio.

—Siempre puedes renunciar a tu título.

—Gérald no me lo ha pedido. —Negué con la cabeza—. Además, si renuncio a mi título, no puedo vivir en Versalles. Y él nunca abandonará a su rey.

—Es complicado —coincidió mi amiga.

—Lo es. De todas formas, nunca he soñado con un amor convencional. Creo que puedo ser feliz con lo que comparto con él, aunque no podamos mostrarlo al mundo.

—Quizá Philippe pueda arreglarte un matrimonio con uno de sus amigos. Por lo que sé, muchos hombres con sus inclinaciones buscan una dama comprensiva que mire hacia otro lado con sus excesos. Él podría ofrecerte lo mismo y darte libertad para verte con Gérald, discretamente, eso sí.

— Monsieur ya me habló de esa opción, la verdad, y cada vez la considero con más simpatía.

—No me sorprende su ofrecimiento. Nada divierte más a Philippe que burlarse de la beatería y provocar un escándalo tras otro. —Ambas nos reímos—. Por supuesto, Louis tendrá que aprobar ese matrimonio, pero no creo que ponga objeciones.

Besé a Aurore en la mejilla helada.

—Creo que voy a acercarme a las mazmorras para ver cómo ha pasado la noche Bastien. ¿Te importa que te abandone?

—Claro que no. Y no te preocupes: tu hermano estará bien.

—Lo sé. Ha sobrevivido a cosas peores estos meses en París —afirmé.

Me dispuse a desandar el camino y dirigirme a las mazmorras cuando escuchamos unos pasos apresurados a nuestras espaldas. Ambas nos volvimos para ver cómo Thibaut Cailloux se acercaba a nosotras, corriendo, con la urgencia y el temor en su bonito rostro.

—¡Alteza! ¡Alteza! —llamó a Aurore.

Vi cómo mi amiga se tensaba y me inquieté.

Thibaut no sentía precisamente amistad por la mujer que lo había sustituido en la cama de Philippe de Orleans, y sus encuentros en los salones siempre resultaban incómodos, por lo que solían evitarse el uno al otro.

¿Qué podía querer de ella con tanta premura?

Cuando llegó a nuestra altura, pude apreciar que sus ropas estaban manchadas de barro. Su despeinado cabello dorado lucía muy alejado de su impoluto aspecto habitual.

—¿Qué ocurre, señor Cailloux?

—Se trata de Monsieur , alteza.

—¿Philippe? —se alarmó Aurore.

—Ha tenido un accidente en el bosque y está gravemente herido. Una partida de hombres hemos ido a buscarlo antes de que su majestad cierre las puertas de palacio por el asesinato de Humières. Lo hemos encontrado cerca del río Bièvre. No puede moverse.

—Dios mío, Philippe. —El rostro de mi amiga perdió todo rastro de color, si bien enseguida se dominó y su frialdad médica se impuso por encima de su temor—: Voy a mi dispensario por mi instrumental.

—No hay tiempo, alteza. Las heridas son… mortales, me temo.

—Eso ya lo veremos. Llevadme con él.

Me adelanté y tomé a Aurore del brazo.

—¡Voy con vosotros!

—No —me lo impidió ella, con una fría calma que no pude menos que admirar—. Ve a mi dispensario. Hay un maletín preparado con instrumental médico, tinturas y paños de lino limpios. Haz que me lo traigan de inmediato.

—Pero Monsieur …

—Haz lo que te pido.

—Está bien, lo haré —asentí rápidamente, mientras mi amiga se recogía las faldas del vestido y seguía a Thibaut a las caballerizas reales.

Sin perder tiempo, me dirigí hacia el dispensario de Aurore.

Por el camino me crucé con Henri, quien me entregó un mensaje de Gérald.

No lo abrí; era mucho más urgente cumplir con lo que Aurore me había pedido.

Monsieur , herido de gravedad... Si moría, no solo sería una tragedia para Aurore, sino también un golpe devastador para la política interna del reino.

Solo podía imaginarme la furia de Louis dirigida contra la Nueva Fronda, y también contra mi hermano.

El dolor tenía extrañas formas de canalizarse, y una de ellas era la ira .

Eso no era lo único que me inquietaba. Aunque intentaba convencerme de que Bastien estaría bien, no podía ignorar la punzada de culpa que me atravesaba.

Estaba aquí, corriendo por los pasillos en busca de instrumental médico para salvar a Philippe de Orleans, mientras él languidecía en un calabozo.

Tenía que verlo, hablar con él, asegurarme de que estaba bien.

Al llegar al dispensario, vi a una de las sirvientas de Aurore ordenando los frascos de tinturas sobre una estantería.

—Lleva eso a las caballerizas de inmediato —dije, apuntando al maletín que Aurore había mencionado—. Su alteza, la duquesa de Orleans, lo necesita con urgencia.

—Sí, mademoiselle —respondió la mujer con una ligera reverencia antes de tomar el maletín y apresurarse a salir del dispensario.

Me quedé ahí un momento, sin saber qué hacer o cómo ayudar. No podía hacer nada más que lo que Aurore me había pedido. Tenía razón: ir con ella no la auxiliaría. No tenía conocimientos médicos de ningún tipo. Solo sería un estorbo en una situación crítica.

Rodeada de los frascos y hierbas de Aurore, saqué el mensaje de Gérald y lo leí.

Me instaba a acudir a las mazmorras de inmediato con la misión de averiguar la identidad del hombre que había seducido a mi hermano.

Suspiré, agotada. ¿Cómo iba a lograr algo así?

Las posibilidades eran infinitas. Aun así, no dudé en obedecer con la máxima premura.

Los pasillos que llevaban a los calabozos estaban fríos y desiertos.

Me sorprendió ver tan poca actividad. El vestíbulo de las mazmorras siempre solía ser un hervidero de movimiento, con mosqueteros que iban y venían.

¿Estaban todos en los bosques, buscando a Monsieur ?

Esa posibilidad me inquietó aún más mientras caminaba hacia las celdas.

En la zona de detención había un único mosquetero, un hombre joven que reconocí de haberlo visto acompañar a Gérald en múltiples ocasiones.

—Vengo a ver a mi hermano —le anuncié.

El mosquetero asintió, en silencio, y sin decir palabra abrió la pesada puerta de hierro que daba al interior de los calabozos.

Bastien estaba sentado en el rincón de su celda, con la espalda apoyada contra la pared y el rostro marcado por la resignación y la tristeza.

Verme le hizo brillar la mirada.

—Lucille. No esperaba que vinieras a verme tan pronto.

—¿Cómo iba a dejarte aquí sin más? —respondí, acercándome a los barrotes.

—No lo sé… soy un traidor —susurró con amargura.

—Eres mi hermano —repliqué—. Nunca te abandonaría, Bastien.

Me acerqué aún más, extendiendo la mano a través de los barrotes. Bastien la tomó entre las suyas. Sus dedos estaban fríos, demasiado fríos.

—¿Cómo te sientes?

Él esbozó una sonrisa amarga.

—No es el lugar más cómodo del mundo, pero he pasado por cosas peores.

—Sabes que no descansaré hasta sacarte de aquí.

—Siempre has sido la más valiente de todos los Valois.

—No es valentía; es terror a perderte —sonreí, triste—. Bastien, tenemos que averiguar sin más tardanza quién fue el hombre que te sedujo durante tu primera noche en París.

Antes de que pudiera decir nada más, escuché pasos.

No eran los pasos medidos y calmados de un guardia. Eran rápidos, furiosos, casi precipitados .

Me giré y me quedé helada al ver a Philippe de Orleans acercándose hacia nosotros con aire decidido.

Evidentemente, había pasado la noche a la intemperie.

Su cabello estaba húmedo, su hermoso rostro más pálido que nunca y sus ropas manchadas.

Sin embargo, a pesar de su aspecto desaliñado, sus ojos brillaban con una ira desatada que me puso en alerta de inmediato.

—¡Alteza! —exclamé—. Creíamos que estabais herido.

—¿Herido? ¿Qué tontería decís? —preguntó, para acto seguido ignorarme por completo y clavar su mirada en Bastien.

Yo no entendía nada.

Al ver a Monsieur, Bastien retrocedió instintivamente hasta el rincón más alejado de los barrotes, pero eso no detuvo a Philippe, quien se acercó hasta quedar a escasos centímetros de los hierros que lo separaban de mi hermano y habló con una frialdad que jamás le había oído antes.

—O sea que sois vos quien va acusándome por ahí de haberos seducido, ¿no?

—Alteza, cometí un grave error… —intentó disculparse mi hermano, adivinando la identidad del hombre que ahora lo encaraba.

—Lo último que necesito en mi vida es un crío asegurando que soy un traidor a su majestad.

Yo seguía mirando a Philippe, estupefacta. No estaba herido. No estaba herido en lo más mínimo.

—¿Cómo os habéis enterado de esa acusación si lleváis desaparecido un día entero? —pregunté a Monsieur .

Él se apartó de los barrotes, intentando controlar su ira.

—Acabo de regresar y me he encontrado con Gérald. Él me lo ha dicho. —Luego miró a Bastien—. Dad gracias de que van a cerrar Versalles a cal y canto, porque si fuera por mí os arrastraba hasta la Place de Grève y os ejecutaba yo mismo, señor de Valois .

—Pero… estabais herido de gravedad, alteza —insistí yo.

—¡No estoy herido, he dicho! —exclamó él, perdiendo la paciencia—. ¿Qué estupidez de rumor es ese?

Mi corazón se paró, con una certeza que deseé que fuese falsa. Me agarré a los garrotes y miré a mi hermano:

—Bastien, ¿el hombre que te sedujo era rubio, joven y elegante?

—Sí —contestó él, aún aterrado por la furia del duque de Orleans.

—Rizos dorados, trajes vistosos, de colores vivos.

—Sí, sí —aseguró mi hermano, y yo sentí que el mundo se desvanecía bajo mis pies.

—Dios mío, no puede ser…

—¿Mademoiselle de Valois? —preguntó Philippe, quien no comprendía nada.

Abandoné los barrotes y tomé a Monsieur por su casaca, suplicante.

—Era una trampa —murmuré, temblando—. Thibaut sabía que Aurore iría con él al bosque si creía que su esposo estaba herido de gravedad.

Al pronunciar el nombre de Aurore, la ira de Philippe mutó a inmediata preocupación.

—¿De qué habláis, Lucille?

—Era una trampa —repetí—. Thibaut Cailloux ha engañado a Aurore para alejarla de Versalles. ¡Está con la Nueva Fronda!

Philippe me miró fijamente.

—¿Thibaut?

—Exactamente —respondí, retorciendo el fino tejido de su traje—. Es él quien sedujo a Bastien y lo acercó a la Nueva Fronda.

—Eso es ridículo —masculló Philippe, pero sus ojos reflejaban incredulidad. Duda. Y detrás de la duda, miedo. Un profundo miedo a que Aurore sufriera algún daño—. Thibaut ha pasado el último año en los ducados italianos, alejado de Francia y de la Nueva Fronda.

—¿Tenéis alguna prueba fehaciente de que no se quedó en París, alteza?

—No —admitió él.

—Todo encaja, alteza: regresó a la corte con un puñado de nuevos amigos, todos hijos de terratenientes parisinos.

Si pasó el último año en los ducados italianos, ¿cómo logró conocer a todos esos chicos que ahora lo rodean?

Es un frondero y ha mentido a la duquesa de Orleans para llevársela a los bosques, lejos de vuestro alcance.

¡Debemos buscarla inmediatamente, alteza!

Tomé a Philippe por el brazo y tiré de él para hacerle reaccionar. Él apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¡Ese bastardo! —exclamó, dando un paso atrás—. No puedo creer que todo este tiempo haya tenido a un traidor tan cerca de mí.

—¡Aurore está en grave peligro! —grité, intentando que Philippe saliera de su estupor—. Alteza, debemos encontrarla antes de que sea demasiado tarde. Ahora mismo Thibaut la está alejando de Versalles, de vos.

Philippe parpadeó, como si mis gritos lo hubieran despertado de un trance. Dio media vuelta hacia la salida de la mazmorra, pero antes se detuvo en seco, volviéndose hacia Bastien.

—¿Dónde? —preguntó con un tono glacial—. Decidme dónde está el escondite de la Nueva Fronda.

—No lo sé —murmuró mi hermano, abatido—. Yo nunca…

—¡Basta! —gritó Philippe—. ¿De verdad pensáis que os voy a creer? ¡Hablad, antes de que pierda la paciencia y haga que os ejecuten aquí y ahora! ¿Dónde se han llevado a mi esposa?

Mi hermano se encogió sobre sí mismo, sollozando, sin responder.

—Busquemos a Gérald. Él sabrá qué hacer —aseguré.

Vi terror en los ojos azules de Philippe de Orleans. Era el mismo terror que sentía en mi propio corazón, porque quizá no llegaríamos a tiempo para salvar a Aurore de las garras de la Nueva Fronda.