Gérald VIII
E n la chambre du roi estaba Louis, contemplando fijamente el fuego que calentaba la estancia, junto con Bontemps y Raoul de Brissac.
Ninguno de ellos parecía haberse acostado, pues llevaban las mismas ropas que habían usado durante el baile invernal.
Yo tampoco había dormido, pero estaba acostumbrado a las pocas horas de sueño, y mi mente y mi cuerpo estaban tan alerta como si hubiera pasado toda la noche descansando profundamente.
Cuando me vio entrar, Louis me atravesó con la mirada.
—¿Dónde estaba el capitán de mis mosqueteros mientras se cometía un asesinato en los jardines de palacio, Gérald?
—Hubert de Humières intentó abusar deshonestamente de Lucille de Valois, majestad. Yo lo maté —confesé, sin inmutarme.
—¿Tú? —preguntó Raoul de Brissac, adelantándose un paso.
Lo ignoré.
—Soy consciente de la gravedad del acto. El duque de Humières era uno de los nobles más poderosos de Francia. Posiblemente, también era nuestra mejor oportunidad para encontrar al príncipe de las sombras y acabar con la Nueva Fronda.
—Siempre has sido un hombre con un autocontrol envidiable, Gérald —me dijo Louis—.
Podrías haber detenido a Hubert y ahora mismo estaría en las mazmorras, siendo interrogado.
Yo mismo lo hubiese condenado a la horca por su traición contra la corona, así como por haber agredido a mademoiselle de Valois.
Sabías que, de una forma u otra, ese hombre hubiera terminado muerto.
Exijo una explicación por tu parte, capitán .
—No la tengo, majestad —mentí.
—Claro que la tienes —repuso él, ladeando la cabeza—. Por amor, los hombres cometemos las más absolutas locuras y las más imprudentes insensateces.
—¿Por amor? —interrumpió Raoul—. ¿Por amor a quién?
—A Lucille de Valois —contestó Louis por mí.
Raoul de Brissac dejó escapar una risa sarcástica, mientras su mirada alternaba entre Louis y yo.
—¿Amor? —preguntó con desdén—. ¿Estáis insinuando, majestad, que nuestro fiero capitán perdió la cabeza por una joven dama al punto de matar a uno de los duques más influyentes del reino?
No respondí. Sabía que cualquier palabra mal dicha en ese momento podría condenarme aún más. Me limité a mantener mi postura rígida, el rostro inmutable, mientras Louis entrelazó los dedos frente al señor de Brissac.
—No insinúo nada, Raoul, lo afirmo. No hay otra explicación posible. Gérald es un hombre que nunca se ha dejado dominar por la emoción… excepto hace unas horas, cuando Lucille fue asaltada. ¿No es así, capitán?
Los ojos de Raoul se estrecharon, furiosos. Estaba claro que Louis no esperaba una respuesta afirmativa por mi parte, porque ya la conocía. Sacudió la cabeza.
—Sea como sea, ya es demasiado tarde. Mandaré un mensaje a las tierras de Humières para informar de su muerte. Diremos que le falló el corazón. Hubert no tenía descendientes, así que no creo que genere contrariedades en ese aspecto.
—Tenemos un problema mayor —hablé, por fin, dirigiéndome solo a Louis—. La Nueva Fronda no se quedará callada ante la muerte de Humières. Era un traidor y también uno de los conspiradores con mejor posición en la corte de Versalles.
—¿Qué quieres decir? —me preguntó el rey .
—La Nueva Fronda no tardará en reaccionar, majestad. La muerte de Humières hará que se movilicen. Temo un grave ataque como represalia.
Louis se quedó callado, considerando mis palabras, pero enseguida tomó las riendas de la situación crítica en la que nos encontrábamos con el temple que lo caracterizaba.
—Detén de inmediato a todos los sospechosos de pertenecer a la Nueva Fronda que hasta ahora se han paseado por mis salones y enciérralos en las mazmorras —me ordenó—. Todos los nombres que aparecieron en los papeles de Le Sorcier y también los cercanos en amistad a Humières, Gérald. Todos.
—Sí, majestad.
—También aislaremos Versalles. Nadie entrará o saldrá del palacio. Pon a tus hombres a vigilar todo el perímetro de inmediato para que nadie se cuele.
—Me temo que eso es imposible, majestad.
La mayoría de mis hombres están ahora mismo camino a detener a las familias traidoras, tal y como ordenasteis, y otros muchos están apostados en Saint-Germain para proteger al Delfín y a vuestros hijos y sobrinos de un posible secuestro.
No puedo asegurar todo el perímetro de Versalles sin comprometer la protección de la familia real.
—Y hay otro detalle —habló por primera vez Bontemps—. Monsieur aún no ha regresado a palacio.
Louis puso los ojos en blanco de pura exasperación.
—Los exabruptos emocionales de mi hermano están logrando que envejezca antes de tiempo —murmuró, más para sí mismo que para nosotros—. Es preciso dar con él cuanto antes.
—Estoy de acuerdo —coincidí.
—Encuentra al inconsciente de mi hermano antes de que su ausencia llegue a oídos de nuestros enemigos.
—Puedo ayudar a esa tarea con mis hombres, majestad —se ofreció Raoul de Brissac—. Conocen bien estos bosques.
—Gracias, Raoul. No dudes de que daremos buena cuenta de ellos. ¿Verdad, capitán?
—Así es —accedí, de mala gana.
No me quedaba otro remedio que utilizar a los hombres de Brissac, puesto que gran parte de mis mosqueteros estaban en aquel momento atravesando toda Francia para detener a las familias que habían dado cobijo al príncipe de las sombras.
Louis volvió a su asiento, y enseguida su mano derecha tamborileó contra el brazo del sillón.
—Nadie debe abandonar Versalles sin mi permiso, y cualquier movimiento sospechoso debe ser reportado de inmediato. ¿He hablado claro?
Raoul hizo una reverencia rápida y salió de la estancia, dispuesto a cumplir con las órdenes del rey. Bontemps permaneció en silencio, como siempre.
—Gérald… —Louis volvió a dirigirse a mí, esta vez en un tono más bajo—. Si realmente no puedes vigilar todo el perímetro, asegúrate de que los hombres que queden en palacio estén preparados para lo peor. No podemos permitirnos el lujo de otro asesinato dentro de estas paredes.
Asentí, en silencio.
—Organiza a los mosqueteros de inmediato, y envía a Lucille a hablar con Bastien: quiero sin más dilaciones la identidad del hombre que se hizo pasar por mi hermano para seducir al joven de Valois.
—Entendido, majestad.
Me giré para retirarme cuando su voz me detuvo en la puerta.
—Una última cosa.
Me volví hacia él.
—Sé que Humières era un traidor, pero no estoy ciego, Gérald. Si permito que esto afecte a mi juicio, entonces no soy digno de la corona. Te lo advierto: no permitas que tus sentimientos por mademoiselle de Valois nublen tu deber.
—Jamás, majestad —respondí, inclinándome con respeto.
Al salir de la chambre du roi , las palabras de Louis pesaban en mi mente como una losa. Era el primero en reconocer que matar a Humières antes de tiempo había sido un error. Había perdido el control. No podía volver a pasar.
Me encaminé a las mazmorras, donde redacté un mensaje dirigido a Lucille, ya que en las próximas horas iba a estar demasiado ocupado asegurando Versalles como para hablar con ella personalmente.
En la nota le encomendaba la delicada misión de descubrir quién había traicionado a su hermano.
Al terminar, doblé cuidadosamente el papel y llamé a Henri.
—Lleva esto a mademoiselle de Valois —le ordené, entregándole el mensaje—. Asegúrate de que lo reciba en persona y regresa aquí de inmediato. Necesitamos a cada hombre disponible para la búsqueda de Monsieur .
—Sí, capitán —respondió Henri con un asentimiento firme antes de girarse y salir rápidamente de mi despacho, con el mensaje en la mano.
Me quedé un momento mirando la puerta por la que mi teniente había desaparecido. Ya amanecía, por lo que la muerte de Humières no tardaría en llegar a los salones y con ello, a los oídos de la Nueva Fronda.
La lucha no estaba solo ahí afuera, sino también dentro de mí.
Era una batalla silenciosa, implacable, que se libraba entre el deber y el deseo, entre la lealtad a la corona y los sentimientos que había jurado no permitirme jamás.
Esa lucha, más que cualquier otra, era la que podía destruir aquello que había jurado proteger como mosquetero: la vida del Rey Sol.
El deber exigía que sacrificara todo por el reino. El amor pedía un precio aún más alto.
Y yo, Gérald de la Reynie, estaba atrapado en un duelo donde no habría vencedores, solo cenizas.