Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille VIII
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Lucille VIII

—¿Qué pasará ahora?

—¿Respecto a qué ?

—La muerte de Humières, el paradero de Ferdinand, la Nueva Fronda… Y Bastien.

Gérald me acarició la mejilla y sus dedos se desplazaron hasta mi cuello, hasta la marca que él mismo había dejado con su boca y su cinturón. Sentía la piel palpitante, herida y señalada.

Y me encantaba que así fuera.

—¿Duele? —preguntó, sin responder a lo que le había planteado.

—Sí.

—Tendrás que pedirle más ungüento de caléndula a su alteza. No puedes pasearte por los salones con marcas en el cuello.

—Desde luego. —Me incorporé un poco, sin molestarme en cubrir mi desnudez. Nunca había sido pudorosa a ese respecto, y en presencia de Gérald aún sentía menos vergüenza—. Debo confesarte algo: hablé con Aurore sobre… Esto.

—¿Esto? —Gérald levantó una ceja inquisitiva.

—Sí, esto. Nuestra manera de hallar placer. Me dijo que varios amigos de Monsieur pagan para recibir golpes, latigazos, castigos… Ya sabes.

—No estoy muy seguro de cómo sentirme sabiendo que su alteza está al corriente de lo nuestro.

—Yo me siento más tranquila sabiendo que no somos un par de monstruos —repuse yo—. La cuestión es que me contó que esos hombres usan una palabra cifrada para detener el castigo si no pueden resistirlo.

—Supongo que tiene sentido —admitió Gérald—. Y supongo que deberíamos incorporar esa palabra si vamos a seguir viéndonos a escondidas.

—¿Si vamos a seguir…? —reí yo, abrazándolo por la cintura—. No pienso dejarte ir ahora que has confesado que me quieres.

Él también rio en voz baja. Le aparté el cabello oscuro de su rostro para perderme en sus facciones una vez más.

Gérald no se parecía a ningún hombre que hubiera pasado por mi cama antes.

Tenía el cuerpo marcado por cicatrices y la piel tostada por el sol, a diferencia de todos los nobles, quienes cultivaban la palidez.

Sus manos no eran suaves, sino ásperas por el uso continuado de las armas, y el tacto de aquellas rugosidades sobre mi piel me provocaba deliciosos escalofríos.

Me sentía profundamente a salvo a su lado, en todos los sentidos: no tenía miedo de entregarme a él, ni siquiera cuando me dañaba, porque sabía que Gérald controlaba todas las formas de violencia que era capaz de ejercer.

Era una sensación abrumadora, de pertenencia y sumisión, que me embriagaba y que no pensé que sería capaz de alcanzar con ningún hombre.

Ya no me importaba que jamás pudiéramos casarnos ni besarnos en público. Nunca había aspirado a una historia de amor convencional ni a un matrimonio aburrido que me colmase de hijos. Solo quería ser libre; libre, junto a Gérald de la Reynie.

—Pensaremos en esa palabra cifrada, lo prometo —dijo él, besándome en la frente—. Ahora déjame disfrutar un poco más de ti antes de que amanezca y el rey me reclame.

—Pero no has contestado a mis preguntas…

—No he contestado porque ahora mismo no quiero pensar en nada que no seas tú —replicó Gérald.

Sus labios descendieron por mi mandíbula, deteniéndose en mi cuello antes de continuar hacia mis pechos, arrancándome un jadeo involuntario cuando noté cómo lamía delicadamente uno de mis doloridos pezones.

Me arqueé bajo su toque, sintiendo cómo el calor volvía a apoderarse de mi cuerpo, y cuando sus manos comenzaron a enterrarse entre mis muslos, supe que estaba perdida.

Él era una tormenta, imposible de resistir y fascinante de contemplar.

Pero entonces un sonido inesperado rompió el hechizo: el de la puerta de mi habitación abriéndose de golpe.

Gérald se detuvo de inmediato, levantando la cabeza como un animal alerta, sus ojos oscuros clavados en la figura que había entrado sin permiso en la intimidad de mi aposento.

Lancé un grito, asustada.

—¿Quién diablos...? —empezó a decir Gérald, pero no terminó la frase cuando descubrió la identidad de la intrusa.

—¡ Sacrebleu , capitán! —exclamó Aurore—. Tápate un poco.

—¿Y vos, alteza, no podéis apartar la vista?

—He visto muchos hombres desnudos a estas alturas de mi vida; un pene erecto no me impresiona. Aunque sea uno de considerable tamaño como el tuyo, capitán.

Yo enrojecí ante aquel comentario y quise hundirme en la cama. En cambio, Gérald ni siquiera se inmutó. Tampoco se molestó en cubrirse. Aurore, por su parte, se cruzó de brazos.

—Lamento la interrupción, pero yo de ti me vestiría, Gérald. El rey lleva horas buscándote.

—¿El rey? —Gérald miró a través del ventanal, solo para comprobar que aún no había amanecido—. Ni siquiera es hora del Petit Lever .

—Olvídate de eso. Hay asuntos más urgentes que atender.

—¿Qué ocurre ?

—Raoul de Brissac descubrió a tu teniente Henri y a los mosqueteros moviendo el cadáver del duque de Humières hasta las mazmorras.

El rostro de Gérald se tensó. Su postura pasó de relajada a tensa, como si estuviera listo para enfrentarse a una batalla.

—¿Cómo lo descubrió? —preguntó.

—Al parecer, Raoul se había apartado de los jardines para estar con una dama y se topó con Henri y…

—Maldita sea —murmuró Gérald, pasándose una mano por el cabello—. ¿Ha hablado con el rey?

—Claro que ha hablado con él. Louis está preguntando por ti y nadie logra encontrarte. Imaginé que estabas aquí, con Lucille.

—Acudiré a él de inmediato —dijo, enderezándose con decisión y empezando a vestirse rápidamente.

Aurore asintió. Luego sus ojos se desviaron hacia mí, y su expresión se suavizó un poco.

—Lucille, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien —respondí, aunque mi voz sonó más débil de lo que pretendía.

—Siento haber aparecido así —se disculpó Aurore—. No era mi intención asustarte, pero esto no podía esperar.

—Lo entiendo —respondí, apretando la sábana contra mi pecho.

Gérald se giró hacia mí. Sus ojos negros me besaron en silencio.

—Volveré tan pronto como pueda —prometió, ajustándose el cinto con la espada y recuperando su capa negra del suelo.

—Ten cuidado —susurré, sin saber por qué le pedía eso, y él asintió antes de desaparecer por la puerta.

Me recosté sobre la cama, tratando de calmar mi corazón acelerado. Aurore se sentó a mi lado .

—¿Por qué tengo la sensación de que algo malo está a punto de ocurrir?

—¿Algo peor que un asesinato en los jardines de Versalles? —respondió mi amiga—. Aunque admito que no siento ninguna pena por la muerte de Humières. Así ya no tienes que casarte con ese desgraciado.

—Su majestad me había dispensado del compromiso minutos antes de que Hubert fuera asesinado.

Aurore titubeó, mirándome.

—¿Es que sabes quién lo mató?

Tragué saliva, sopesando si debía serle sincera. Ya le había escondido suficientes cosas últimamente, provocando su dolor, así que decidí decirle la verdad:

—Fue Gérald. Hubert intentó violarme. Yo grité, pero estaba muy lejos de la fiesta y nadie podía escucharme y…

—¿Intentó violarte? —se espantó ella, y luego añadió—: Pues bien muerto está.

—¡Aurore!

—¿Qué? No todos los hombres merecen vivir.

—Eres médico. ¿No hiciste un juramento hipocrático?

—No, porque soy mujer. Nadie me lo pidió. Así que me reafirmo en que un hombre que abusa de una mujer merece terminar como Hubert de Humières: pasto de los gusanos.

Hice una mueca de asco, y ella se tumbó junto a mí, sin que mi desnudez la importunara lo más mínimo. Supuse que había visto cosas infinitamente más escandalosas en las fiestas de Monsieur . Aquel pensamiento me hizo caer en la cuenta de que el duque de Orleans llevaba desaparecido ya muchas horas.

—Aurore, ¿y su alteza? ¿Aún no ha regresado?

—No —suspiró ella—. Tuvo que tener una tremenda pelea con Louis. Solo hace esto cuando está profundamente disgustado con su hermano.

—¿Te explicó el motivo?

Aurore negó con la cabeza.

—Philippe puede ser muy testarudo, casi tanto como Louis.

Chocan continuamente y, cuando eso ocurre, se sube a un caballo y se pierde por los bosques.

Una vez incluso llegó hasta Saint-Cloud y se negó a recibir el mensaje de su majestad.

Estuvo así una semana, hasta que finalmente aceptó regresar a Versalles.

—¿No estás preocupada por él?

—Ha sobrevivido a la guerra. Si se topa con bandidos o maleantes, temo más por ellos que por Philippe —sonrió.

No pude evitar abrazarla. Estaba claro que nadie le había contado que existía un tercer hermano y no estaba en posición de informarle de aquello. Era su marido quien debía contárselo, no yo.

—¿Me traerás más ungüento de caléndula, amiga mía? —cambié de tema.

Ella me miró el cuello magullado y suspiró, cansada.

—A estas alturas creo que debería enseñarte cómo prepararlo. ¿Qué será de tu pobre piel cuando yo regrese a París en primavera?

Ambas reímos y, por un efímero momento, creí que todo saldría bien.

No podía estar más equivocada.