Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald VII
85%

Gérald VII

T rasladar a Hubert a las mazmorras requería la fuerza de varios hombres, por lo que hice venir a Henri y a tres mosqueteros más hasta aquel rincón solitario de los jardines.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó mi teniente al descubrir la identidad del asesinado.

—Nada que ahora vaya a perturbar el baile invernal de su majestad. Llevaoslo y dejad su cuerpo en un calabozo. Mañana informaré al rey de esta muerte.

—Capitán, ¿ha sido un ataque de la Nueva Fronda? Nuestros hombres rodeaban los jardines por completo y no han notificado ninguna intrusión.

—Esto no ha sido obra de ningún frondero, teniente, sino mía.

—¿Tuya? —palideció Henri, quien conocía tan bien como yo las consecuencias de asesinar a un noble.

—Haz lo que te ordeno. Hablaremos mañana.

—Sí, capitán.

Mis mosqueteros cumplieron con su deber, como siempre, y pronto el cuerpo de Humières dejó de romper la belleza de los jardines.

Tan solo una mancha carmesí en la gravilla, frente al Estanque del Dragón, evidenciaba lo que ahí había ocurrido.

No me importaba. El año pasado habíamos encubierto la muerte del barón Ward a manos de Monsieur y encubriríamos también esta.

Estaba seguro de que el rey me pediría explicaciones, pero ahora nada de eso me importaba .

La muerte de Humières aún ardía en mi alma cuando abandoné los jardines y crucé el Patio de Mármol hasta la Gran Escalera de los Embajadores. No era la primera vez que mataba, ni sería la última, pero esta ocasión había sido diferente: había matado por ella, y volvería a hacerlo mil veces.

Subí a grandes zancadas la escalera. El eco de mis pasos resonaba en las galerías silenciosas de Versalles, apenas iluminadas por candelabros que tintineaban y alumbraban cada rincón.

Podía escuchar la fiesta, lejana, y el murmullo de las conversaciones de la corte que se divertía en los jardines, pero todo eso quedó atrás cuando llegué a la quietud de los Apartamentos del Príncipe.

No estaba seguro de qué decirle ni de cómo reaccionaría, pero sabía que no podría conciliar el sueño con el peso de lo vivido entre nosotros en las últimas veinticuatro horas. Solo sabía que debía verla. Necesitaba verla.

Respiré profundamente y llamé a su puerta.

—¿Quién es?

—Déjame entrar.

Un silencio siguió a mis palabras, y durante un momento temí que no respondiera.

Entonces la puerta se abrió con lentitud, y vi el rostro espantado de Lucille.

Llevaba un camisón blanco, sencillo, que no ocultaba las curvas de su figura.

Su cabellera negra estaba suelta, cayendo en ondas sobre sus hombros, y sus ojos, aún enrojecidos por las lágrimas que había derramado en mi ausencia, me miraron con sorpresa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó en un susurro, echando un vistazo rápido por el pasillo para asegurarse de que no había testigos. No los había .

Cerré la puerta tras de mí y Lucille cruzó los brazos como si necesitara protegerse de lo que me había traído hasta su habitación.

—¿Vienes a pedirme perdón, acaso?

—¿Por qué debería pedirte perdón?

—Por arrestar a mi hermano y arrastrarlo hasta un calabozo húmedo donde puede que se pudra el resto de su vida. ¿No vas a pedirme perdón por eso?

—No —repuse.

—Bien —dijo ella, apartándose de mí—. Pues déjame decirte dos cosas: te odio por haber apresado a Bastien y te agradezco que me hayas salvado de Hubert.

Y con esto creo que podemos dar por finalizada lo que sea que exista entre nosotros.

Ya no me necesitas como espía, ¿no? Humières está muerto, Bastien encerrado, y ya sabes quién es el príncipe de las sombras. Mi papel como espía…

—Cállate, Lucille.

Ella enrojeció, pero obedeció.

—Toda mi vida se ha basado en el deber que me une a Louis —empecé, dando un paso hacia ella—.

Jamás me he puesto a mí mismo como prioridad.

Ni una sola vez. Siempre he cumplido con lo que se espera de mí: he derramado sangre por Francia y volveré a hacerlo, porque no concibo mi vida sin servir a mi rey.

Lucille me miraba, aún con los brazos cruzados.

—Pero esta noche, al verte en peligro, al imaginar siquiera que podía perderte… me di cuenta de que ya no puedo ocultarlo.

—¿Ocultar el qué?

—De todas las damas con las que me he cruzado en mi vida, nunca he conocido a ninguna como tú, Lucille de Valois.

Por tu valentía temeraria y por el honor que te une a tu familia, te amo —confesé, sintiendo cómo las palabras me quemaban al salir—.

Soy un hombre sin título ni fortuna, cuyas manos seguirán siendo crueles.

No puedo ofrecerte nada, por lo que no espero que me correspondas más allá del deseo que hemos compartido.

Pero si hay algo que tengo por cierto, es que haría cualquier cosa por ti.

Incluso arrancarle la vida a un hombre, si eso significa que estarás a salvo.

Las lágrimas brillaron en sus ojos, aunque esta vez no eran de miedo ni de tristeza.

Extendí una mano hacia su rostro, deteniéndome justo antes de tocarla, esperando algún signo de rechazo por su parte.

¿Cómo podía ella amar a un monstruo como yo?

No podía aspirar a nada, mucho menos al corazón de Lucille de Valois.

—Gérald —susurró.

—Soy un hombre marcado porcicatrices —dije, acercándome aún más hasta que nuestros cuerpos casi se tocaron.

Acaricié con el pulgar las mejillas por las que se deslizaban unas lágrimas silenciosas—.

No soy digno de ti, porque jamás podré poner a tus pies todo lo que mereces.

Pero aun sabiendo que solo soy capaz de ofrecerte oscuridad… no puedo dejar de quererte.

Por un instante que se sintió eterno, el tiempo se detuvo entre nosotros. Las verdades estaban ahí, y mi corazón no podría sangrar más por cada palabra pronunciada que me convertía en un hombre vulnerable.

Lucille levantó una mano y la posó sobre mi mejilla.

—No vuelvas a decir que no eres digno de mí —sonrió—. Porque tus cicatrices, Gérald de la Reynie, también son las mías.

No pude resistirme más, y mis labios encontraron los suyos en un beso desesperado que encendió todos mis sentidos de golpe. Una de sus manos se enredó en mi cabello mientras la otra agarraba con fuerza la tela de mi jubón para apretarme contra ella, contra todo su cuerpo .

Sin romper el beso, la tomé por la cintura y la levanté con un movimiento rápido, feroz, sentándola sobre el secreter.

Escuché vagamente cómo algunos papeles caían al suelo y cómo el cristal del tintero rodaba sobre la madera.

No me importó. Lo único que existía en ese instante era ella, su sabor, su calor, el latido acelerado de su corazón que parecía latir al unísono con el mío.

Me aparté apenas un segundo, lo justo para mirarla, para memorizar la forma en que sus mejillas se habían teñido de rojo, cómo sus labios hinchados temblaban ligeramente y cómo sus ojos me miraban con aquel deseo oscuro y prohibido que yo conocía bien.

—Eres preciosa —murmuré, mi voz ronca por la pasión que amenazaba con desbordarse en mi interior.

—Y tú eres mío, mon capitaine —susurró, y esas palabras fueron todo cuanto necesitaba escuchar.

El mundo que nos rodeaba se desvaneció y se redujo a Lucille, al calor de su cuerpo, a la suavidad de su boca, a la manera en que sus manos se aferraban a mis hombros como si temiera que pudiera desvanecerme en cualquier momento.

Mis brazos se deslizaron alrededor de su cintura, acercándola aún más a mí.

La besé con todo el amor que había reprimido durante tanto tiempo, dejando que lo que sentía por ella se desbocara al fin sin control.

—Quiero que seas rudo conmigo —me pidió, separando sus labios de los míos durante un fugaz instante.

—¿Alguna vez me dejarás hacerte el amor como un caballero?

—No —rio Lucille—. ¿Qué tendría de divertido eso? Te quiero rudo.

—No tienes idea de lo que acabas de pedirme —susurré, tomándola del mentón e inclinando su rostro hacia el mío.

Sus ojos brillaron con un desafío que me encendió por dentro.

Si quería rudeza, no iba a contenerme. De un solo movimiento, la levanté del escritorio, llevándola hacia la pared más cercana.

Su espalda chocó contra ella y Lucille dejó escapar un leve jadeo, pero la sonrisa que iluminó su rostro me dijo que esto era exactamente lo que buscaba.

—¿Así lo quieres? —le pregunté mientras mis labios descendían por su cuello, mordiendo su piel, dejando una nueva marca que se oscurecería para recordarle quién era el hombre que la amaba y la reclamaba esa noche y todas las que seguirían.

Mis manos vagaron sin compasión por sus curvas, firmes, posesivas, arrancándole pequeños gemidos con cada toque.

—Dame más —susurró, arqueando su espalda, empujándose contra mí con necesidad de ser complacida.

—No habrá nada de caballerosidad esta noche —gruñí contra su oído antes de tirar de su camisón con fiereza, arrancando la tela. Ella soltó una risa entrecortada.

Sus piernas se enredaron en mi cintura mientras volvía a besarla, esta vez con voracidad, sin sutilezas, con mi mano enguantada rodeando su cuello.

No había tiempo para ternura; no había espacio para nada más que el fuego que nos consumía, para la crudeza de un deseo que había sentido demasiado tiempo.

—Nunca serás de nadie más, Lucille —murmuré con voz ronca, atrapando su mirada con la mía mientras la poseía de una forma que le dejaría claro, más allá de cualquier sombra de duda, que era mía. Mía en cuerpo, alma y todo lo que existiera entre medio.

Su respuesta fue un gemido ahogado y una sonrisa arrogante.

—Eso no necesitabas aclararlo, mon capitaine —jadeó—. ¿Quién más podría darme lo que necesito, excepto tú?

Cuando me arranqué el cinturón y lo doblé en dos, los ojos de Lucille confirmaron lo que ambos ya sabíamos: ella nunca se sometería sin luchar, y yo no tenía intención de contenerme.

—Inclínate sobre la cama y abre bien las piernas.

Con la picardía escrita en su mirada, se tumbó sobre el lecho, desnuda, con los pies en el suelo y los muslos separados.

Levanté el cinturón en el aire.

—¿Gritarás?

—Ponme a prueba, capitán.

El primer golpe resonó en la estancia como un latigazo que no solo marcó su piel, sino el límite de todo lo que ambos habíamos sido hasta ese momento. Ningún sonido salió de sus labios. Me miró por encima del hombro con esa mezcla de desafío y deseo que me desarmaba más que cualquier arma.

—¿Es esto todo lo que tienes para mí? —susurró, su voz teñida de provocación.

La frialdad de mis movimientos contrastaba con el fuego que ardía en mi interior, enloqueciéndome.

Apreté el cinturón con más fuerza entre mis manos y lo descargué con precisión justo entre sus muslos, allí donde su deseo palpitaba más fuerte.

Lucille se arqueó con un gemido entre placer y dolor, su cuerpo vibrando bajo el impacto que castigaba y encendía.

Su piel estaba enrojecida, húmeda, viva.

Alterné los golpes con el roce de mi lengua entre los pliegues de su coño, lento, deliberado, explorando cada rincón de su intimidad como si el mundo se redujera al sabor de su entrega.

Sus gemidos pronto se volvieron incontenibles y Lucille se retorcía, ondulante como un mar embravecido, atrapada en una tormenta de sensaciones que la arrastraban sin piedad.

Mis manos la sostenían, mi boca la reclamaba y su cuerpo respondía con la pasión de quien se rinde no por debilidad, sino por deseo puro.

Sus ojos pedían más. Y yo estaba más que dispuesto a dárselo. Todo. Hasta el final.

Me incorporé, aún sintiendo su sabor en mi boca, y me incliné por encima de ella, apretando mi propia excitación contra la suya, dejando que me empapara de los fluidos que humedecían el epicentro de su cuerpo. Envolví su delicado cuello con el mismo cinturón que había dejado su sexo al rojo vivo.

—Te gusta esto, ¿verdad? —ronroneé en su oído, mordisqueando el lóbulo con deleite.

—No tanto como te gusta a ti —me replicó, rendida a mí.

Entré en ella de golpe, desde atrás, y arremetí con fuerza en cada penetración.

Sus gemidos se volvieron gritos de placer puro y descarnado; su espalda se arqueó hasta casi partirse en dos conforme la penetraba una vez y otra sin compasión.

Tiré del cinturón que apretaba su cuello y la obligué a girar el rostro para que pudiera verme mientras la poseía.

Me observó con una mezcla de sumisión y excitación en sus ojos, su cuerpo a merced de mi placer, acometido por mis embestidas salvajes.

El cinturón se clavó aún más en su cuello cuando empecé a penetrarla con más dureza, buscando mi propio éxtasis.

Lucille gritaba, pedía, rogaba, suplicaba alivio.

Éramos uno, desnudos en cuerpo y alma, haciendo del dolor el placer más exquisito, marcando cada poro de su piel como mío, solo mío.

Llevé la mano a su entrepierna, húmeda y dolorida, y froté en círculos su clítoris sin dejar de entrar y salir de ella con ferocidad.

Abrió los ojos con sorpresa, su cuerpo ardiendo, cuando un orgasmo la sacudió hasta lo más profundo de su ser.

Gritó mi nombre una y otra vez mientras sus paredes internas se contraían espasmódicamente alrededor de mi dureza.

Eché la cabeza hacia atrás y le clavé las manos en las caderas cuando me derramé en ella, rugiendo, inundando su interior hasta que rebosó de mí, y aquello le provocó un segundo orgasmo en el que aproveché para aflojar el cinturón que rodeaba su cuello.

Luego, me derrumbé sobre Lucille, ambos sin aliento, temblorosos por lo que acabábamos de compartir .

Cuando pude recuperar la respiración, le quité el cinturón del cuello, frotando suavemente la marca que pronto se volvería violácea en aquella pálida piel.

Sentado sobre la cama, la atraje hacia mí, la senté sobre mi regazo y la besé con ternura, enmarcando su rostro rendido y satisfecho entre mis manos.

Lucille me devolvió el beso, abrazándome como si temiera que me fuera a marchar.

—¿Qué hay de esos cuidados que pactamos, mi buen capitán? —sonrió.

Deposité un beso en su frente sudorosa, antes de buscar en su mesita de noche la pomada de caléndula.

—Tus órdenes son deseos para mí, mademoiselle.