Lucille VII #2
—Lo que estoy es harto —escupió Hubert, apretando más mi carne—. Harto de vivir en este palacio, harto de obedecer a un rey que nos trata como marionetas, harto de pagar con mi dinero sus guerras y sus caprichos. El príncipe de las sombras acabará con todo eso.
No dije nada. Tenía la sensación de que cualquier palabra que pronunciase enfurecería aún más a Hubert. Le sostuve la mirada mientras rogaba a Dios que, fuese lo que fuese lo que ese desgraciado quisiera hacerme, ocurriera rápido.
—He esperado demasiado para cobrar lo que es mío. Y ahora, si no quieres que las cosas se pongan aún más desagradables, serás amable conmigo.
Con un movimiento brusco, me arrastró hasta el Estanque del Dragón y me empujó contra el cerco de mármol que lo rodeaba. La fuerza del golpe me dejó sin aliento y sentí el frío helado de la piedra clavándose en mi espalda.
—¿Qué queréis de mí? —pregunté, intentando que el miedo no me paralizara. Sus ojos brillaban con una mezcla de odio y lujuria que me heló la sangre.
—Ya te lo he dicho. Quiero mi diario. Y te quiero a ti.
—Mañana me tendréis por completo —mentí, conteniendo la respiración para no tragarme aquel hedor que su cuerpo emanaba.
—¡No juegues conmigo! —gruñó, acercando su rostro al mío hasta que su nariz aplastó la mía. Su cuerpo me cubrió por completo, dejándome sin apenas espacio para respirar—. Si no colaboras por las buenas, lo harás por las malas.
—¡No! —grité con el poco aire que me quedaba en los pulmones.
Humières soltó una carcajada despiadada mientras sus manos se cerraban aún más alrededor de mis brazos.
—No importa si te niegas o no. Mañana a estas horas serás legalmente de mi propiedad. Pero antes… —El tono de su voz se volvió gélido, más peligroso que cualquier grito, y el hedor de su aliento se me coló en la boca—. Antes voy a reclamar lo que ya me pertenece por derecho.
Una vez más traté de apartarme de él, pero sus manos me inmovilizaron con pasmosa facilidad, y mis patéticos intentos de huir le provocaron una cruel hilaridad.
Mi mente gritaba desesperada, buscando una salida que me librase de lo que estaba a punto de hacerme aquel hombre repugnante.
Era como si el mundo se hubiese reducido al estanque que era mudo testigo de mi desgracia, al mármol frío que aprisionaba mi espalda y a la oscuridad opresiva que rodeaba aquella escena, y yo fuera una mera espectadora de mi propia caída.
¿Qué podía hacer?
—Soltadme… o lo lamentaréis —advertí con un hilo de voz.
—¿Tú? ¿Amenazarme a mí? —rio burlón mientras levantaba mi vestido hasta los muslos y me abría las piernas de golpe. El frío se coló en mi piel, haciéndome estremecer de terror—. No hay nadie aquí para ayudarte, puta.
Me cubrió la boca con su mano y yo ahogué un grito al notar sus dedos huesudos abriéndose paso entre mi ropa interior.
Hubert estaba completamente tumbado sobre mí, inmovilizándome con su peso.
No podía moverme ni un centímetro, y mi mente empezó a fragmentarse en pedazos que me alejaban de aquella escena que no quería protagonizar.
«Piensa en la primera vez que te tomó Raoul de Brissac, a quien le entregaste felizmente tu virginidad.
Piensa en Francesco Contarini y su lengua entre tus muslos.
Piensa en los besos de Gérald, urgentes y apasionados, en tu boca», me ordené a mí misma, llenando la cabeza de recuerdos felices que eclipsaran el que estaba a punto de grabarse en mi cuerpo.
«Piensa en la risa de tu amiga Aurore, en la felicidad de comprar nuevas sedas y recibir joyas de tus amantes, en el día que cruzaste la verja dorada de Versalles y tu vida fue tuya por primera vez».
Cerré los ojos y rogué a Dios que aquello terminase cuanto antes.
Y justo cuando creí que todo estaba perdido para mí, escuché el sonido de unos pasos rápidos que se aproximaban a toda velocidad.
En cuestión de segundos, una sombra se movió con rapidez hacia nosotros, y antes de que pudiera entender qué estaba ocurriendo, el cuerpo de Humières fue arrancado del mío con una fuerza brutal.
—¡Qué diantres! —exclamó el noble, con los pantalones por los tobillos y su miembro colgando.
Me incorporé, conmocionada, y abrí los ojos para contemplar a mi salvador .
La figura del capitán de los mosqueteros se alzaba como una visión imponente bajo la luz tenue de la luna, su rostro endurecido por la furia que ardía en sus pupilas hechas de negrura.
Gérald.
—¿Qué creéis que estáis haciendo, Humières? —dijo, con una voz tan fría como peligrosa, desenvainando la espada y apuntando a Hubert con ella, hasta que la punta del arma se hundió ligeramente en el cuello del duque.
—Esto no es asunto tuyo, capitán —escupió Humières, sin moverse un solo milímetro. Si lo hacía, la espada se le clavaría en la garganta.
—Todo lo que concierne a mademoiselle de Valois es asunto mío —replicó Gérald, glacial, la espada firme y quieta—. Ahora mismo decidiréis si queréis morir como un hombre o como un violador.
La expresión de Humières cambió por completo. Su máscara de arrogancia se derrumbó, y vi aparecer un miedo visceral en su rostro. La fama de Gérald era suficiente para saber que hablaba en serio. Así que, en lugar de retroceder, optó por una defensa desesperada.
—Si no os apartáis de mi camino, Gérald, juro que lo pagaréis muy caro. ¡Tengo derechos sobre esta puta que mañana será mi esposa!
—¿Cómo la habéis llamado?
La voz de Gérald era tan afilada como la hoja de su espada. Dio un paso al frente, y el filo de su arma se hundió en el cuello de Humières lo justo para que una fina gota de sangre trazara un rastro en su piel.
Hubert tragó saliva con dificultad, pero no dio marcha atrás.
—El príncipe de las sombras se asegurará de que el trono de vuestro querido rey se tambalee hasta caer.
El aire se llenó de un silencio mortal. Gérald ladeó la cabeza.
—¿Qué sabéis sobre el príncipe de las sombras?
Humières, sabiéndose acorralado, soltó una carcajada amarga.
—Más de lo que tú jamás imaginarías. Pero no vivirás lo suficiente para detenerlo. La Nueva Fronda triunfará allá donde el Rey Sol no puede reinar.
Esa fue la última frase que Hubert pronunció.
Con un movimiento rápido y certero, Gérald hundió su espada en la garganta del duque, hasta que el filo del arma le salió por la nuca y ahí la dejó, sin que el pulso le temblara, mientras la sangre empezaba a brotar como un manantial carmesí.
Solo entonces Gérald retiró la espada. Al hacerlo, Humières jadeó, sus ojos llenos de sorpresa.
Intentó cubrir la herida de su cuello usando sus manos, sin lograrlo.
Cayó de rodillas y empezó a desangrarse lenta, patéticamente, entre terribles gorgoteos.
Gérald se arrodilló junto al agonizante duque y, sin apartar la mirada de su rostro descompuesto por el miedo y el dolor, limpió la sangre de su espada en la tela de la casaca de Hubert.
Luego, con fría precisión, enfundó el arma y tomó a Humières por el jabot ensangrentado, tirando de él hasta que sus rostros quedaron a la misma altura.
—Vuestro apellido y vuestro título mueren con vos, duque —dijo, con la voz firme—. Lo juro por Dios.
Los ojos de Hubert estaban desorbitados. Un gemido gutural brotó de su garganta mientras alzaba una mano temblorosa en busca de la capa de Gérald, como si aún pudiera aferrarse a la vida.
Pero no hubo misericordia.
Gérald se incorporó con elegante movimiento y, con la misma frialdad con la que había pronunciado su sentencia, le propinó a Hubert una patada en el pecho que lo arrojó de espaldas al suelo. El cuerpo del duque se estremeció una vez… y luego se quedó inerte, muerto.
Yo estaba inmóvil, atónita por lo que acababa de presenciar. Humières yacía en la gravilla, sin vida, y Gérald, con una expresión de acero, se volvió hacia mí.
—¿Estás herida? —preguntó.
—No… no lo estoy. —Mi voz temblaba, al igual que mis manos. Sin decir nada más, Gérald me rodeó con sus brazos y me atrajo hacia su pecho.
—Nunca debiste estar sola aquí —murmuró, lleno de lo que intuí que se trataba de arrepentimiento—. Esto no volverá a ocurrir.
—No, porque lo has matado.
Él rio, una risa seca y ronca, y yo me aferré a su jubón, incapaz de pensar con claridad.
—Lucille —Gérald me apartó ligeramente de su cuerpo para mirarme a los ojos—, escúchame con atención.
—Esto tendrá consecuencias terribles, Gérald —dije, al borde del llanto, comprendiendo lo que acababa de ocurrir. Un noble acababa de morir en los jardines de Versalles, rompiendo la paz del rey. Era un acto de extrema gravedad.
—Me encargaré de ello —replicó con una calma helada.
—¿Cómo puedes decir eso tan tranquilo? —Mi voz se quebró al mirar el cuerpo inerte de Humières. La sangre comenzaba a formar un charco oscuro alrededor de su cabeza, mezclándose con la gravilla del camino—. ¿Qué dirá el rey?
—Humières representaba una amenaza para la corona. Sus palabras y sus actos no dejaron lugar a dudas. Hice lo que era necesario.
—Pero… —Intenté protestar, aunque mis pensamientos eran un torbellino de confusión y miedo.
—No hay tiempo para debatir esto ahora. —Su tono se endureció, y me agarró de los hombros con firmeza, obligándome a enfocar mi atención en él y no en el cadáver que yacía a mis pies—.
Escúchame: regresarás a los Apartamentos del Príncipe de inmediato.
No puedes estar aquí, en la escena de un crimen.
—¿Y tú? —pregunté, horrorizada ante la idea de dejarlo solo con un cadáver, a pesar de que su cargo lo había familiarizado con la sangre, el dolor y la muerte. Yo también quería protegerlo, aunque Gérald no necesitaba protección alguna.
—Yo haré lo que hago mejor —respondió. Quise protestar de nuevo, pero él negó con la cabeza antes de que pudiera hablar—. No. Esto no es negociable. Ahora, vete. Vete antes de que alguien te vea aquí.
—Gérald…
—Lucille. —Su voz se suavizó un poco, si bien su mirada seguía siendo helada—. Vete. No permitiré que nada ni nadie te toque, pero para eso necesito que hagas lo que te ordeno.
Dio un paso atrás, y la distancia entre nosotros se sintió como un abismo.
Me giré lentamente, obligándome a alejarme del estanque, sin poder evitar mirar por encima del hombro.
Gérald seguía ahí, de pie, junto al cuerpo de Humières, su figura recortada contra la oscuridad de la noche. Y en aquel momento, lo supe.
Él me amaba.