Lucille VII
L a luna llena derramaba su luz sobre los jardines de Versalles, cubiertos por un manto de nieve que relucía como el cristal bajo las antorchas encendidas que nos mantenían calientes.
El aire gélido no parecía afectar a los cortesanos, que se movían entre risas y conversaciones animadas, disfrutando de la generosidad del rey.
Yo permanecía junto a Aurore. Su presencia me reconfortaba.
Por un momento, deseé poder desaparecer entre las sombras para alejarme de aquel palacio que siempre había considerado símbolo de mi libertad y que ahora se cerraba sobre mí como una jaula hecha de oro, cuyas cadenas eran las del matrimonio que me veía obligada a contraer.
—¿Estás bien? —preguntó Aurore—. Si es por Bastien, te aseguro que ha cenado decentemente, además de recibir un par de mantas extras para pasar la noche lo más cómodo posible.
—No es eso. O no es solo eso.
—Me duele tanto verte así. Tú me acogiste bajo tu ala cuando llegué a Versalles. Siempre reías y te divertías como nadie. Y ahora…
—Ahora solo soy la hermana de un traidor.
Antes de que Aurore pudiera responder, sentí como el murmullo de las conversaciones que nos rodeaban disminuía ligeramente. Las miradas de los cortesanos siguieron la figura majestuosa y tranquila que se acercaba a nosotros.
Era el rey .
Me tensé de inmediato. Nuestro último encuentro había sido desafortunado, con él anunciándome que debía casarme con uno de sus enemigos y yo claudicando.
Ambas lo recibimos con cortesía, una que él respondió con una leve inclinación de la cabeza. Quise pensar que venía en son de paz, pues se dirigió a Aurore con voz tranquila:
—Alteza, ¿me permitís robaros a mademoiselle de Valois por unos minutos?
Mi amiga hizo una graciosa reverencia en respuesta.
—Por supuesto, majestad. Estaré por la fuente de Latona —dijo, dejando su copa en una bandeja cercana y deslizándose entre los invitados hasta desaparecer de mi vista.
El porte de Louis era tan imponente como siempre, pero su expresión benevolente me hizo sentir un ligero atisbo de esperanza. Quizá ya habría hablado con Bastien y se sentía inclinado a perdonarlo. Era todo cuanto deseaba.
—¿Cuál es el rincón de los jardines en el que os sentiríais más cómoda hablando de un asunto delicado?
—Disfruto especialmente del Estanque de Neptuno, majestad.
—Queda un poco lejos del calor del baile. Os enfriaréis.
—No me importa si a vos tampoco os importa.
—Sea, entonces.
Me ofreció el brazo y yo dudé un momento. Jamás había ido del brazo del rey y me parecía un gesto demasiado íntimo que solo compartía con sus favoritas. Pero, ¿qué otra opción tenía? Acepté, intentando disimular lo mucho que me turbaba la cercanía de Louis.
Abandonamos el baile y dejamos atrás el parterre norte y la Fuente de la Pirámide, atravesando la Alameda de Agua. No sabía qué decir, así que opté por callar. Louis no parecía incómodo ante mi silencio. Su educación cortesana era exquisita, y la ausencia de palabras no lo impacientaba en absoluto.
Solo cuando llegamos al Estanque de Neptuno, habló para romper el silencio:
—¿Sabéis por qué he venido a buscaros esta noche? —preguntó, con voz cálida, que contrastaba con el aire congelado de la noche que nos rodeaba.
Negué con la cabeza. Mi corazón latía sin control, a trompicones. Cada palabra que saliera de sus labios podría cambiar mi destino para siempre; tal era su poder sobre todas nuestras vidas.
—El compromiso con Humières —continuó, mirándome con esos ojos de un azul profundo que parecían capaces de leer el alma de quien tuviera delante—. Sé que lo habéis aceptado por deber y lealtad a mí, así como a vuestra propia familia.
—Así es, majestad.
—¿Os arrepentís?
—No. Volvería a aceptar cada día del resto de mi existencia si así consideráis perdonar la vida a mi hermano.
Louis sonrió y me apartó un mechón oscuro que caía sobre mi rostro. Un gesto dulce que me hizo comprender por qué mi amiga lo amaba tanto; por primera vez pude ver en el rey al hombre capaz de expresar cariño, más allá de obligaciones y deberes.
—Sois muy joven, Lucille. Y también muy bella. Sería una pena desperdiciar un corazón tan leal como el vuestro, uniéndolo a alguien tan despreciable como Hubert de Humières. Estoy seguro de que encontraremos a un candidato mejor para desposar a una Valois.
Intenté procesar lo que había dicho, pero las emociones que surgieron dentro de mí eran un torbellino. Al principio, sentí incredulidad. Luego, alivio.
Y finalmente, gratitud.
—¿Por qué, majestad? — logré preguntar al fin.
Louis inclinó la cabeza, observándome con detenimiento.
—Un hombre a quien aprecio y valoro me ha pedido que sea compasivo con vos. Estoy convencido, al igual que él, de que podréis servir a la corona de otras maneras.
La emoción me abrumó tanto que sentí la irrefrenable sensación de abrazarlo, algo que iba contra todo protocolo en Versalles. Me obligué a mantener la compostura y me incliné en una reverencia profunda.
—Gracias, majestad. Nunca podré expresar cuánto significa esto para mí.
Louis asintió, con un gesto de satisfacción que me hizo sentir que, por una vez, todo podía salir bien.
—¿Puedo preguntar si habéis hablado con Bastien en privado? —me atreví a inquirir—. Sé que os tenía que confesar un hecho de extrema gravedad.
—Supongo que os referís al duque de Orleans —rio, en voz baja—. Vuestro hermano pasó por alto el pequeño detalle de que Philippe tiene el cabello negro como la noche. El hombre que supuestamente lo sedujo era rubio.
—¿Pero…? ¿ Monsieur es inocente, pues?
— Monsieur es culpable de muchos crímenes. —Su sonrisa se hizo más amplia, más sincera, al hablar de su propio hermano—. Pero ninguno de ellos incluye traición contra mí. Al menos, por el momento. Quién sabe qué hará en el futuro si sigo insistiendo para que se comporte como el príncipe que es.
—¿Y… respecto al destino de mi hermano?
—No tentéis a la suerte dos veces en una misma noche, mademoiselle. Disfrutad del baile .
Se despidió de mí con un elegante movimiento de cabeza y se alejó, seguido de los dos mosqueteros que lo protegían.
De pronto me sentía más ligera, como si una carga inmensa hubiera sido retirada de mis hombros.
Quería buscar a Aurore para contarle la noticia y celebrarlo juntas, pero antes necesitaba unos minutos para asimilarlo todo, pues el acelerado curso de los acontecimientos amenazaba con dejarme sin aliento.
Me senté en el borde del Estanque de Neptuno y disfruté de aquella soledad helada que me envolvía.
El frío que cubría los jardines y que erizaba mi piel no me importaba en absoluto; solo la posibilidad de que Louis estuviera dispuesto a perdonar a Bastien y la noticia de que no tendría que casarme con aquel noble asqueroso que detestaba.
Por primera vez en días sentía una esperanza real de que las cosas podían solucionarse y que el apellido de mi familia estaría a salvo de la ignominia.
¿Era posible, en verdad, que todo pudiera salir bien?
Un crujido de la gravilla llamó mi atención y me levanté de inmediato, alarmada. La luna iluminó el rostro huesudo de Humières, que se acercaba a mí con una copa de vino en la mano.
—Buenas noches, mi preciosa futura esposa.
Me puse en inmediata alerta y miré a mi alrededor en busca de ayuda.
La fiesta en los parterres quedaba lo suficientemente lejos del Estanque del Dragón para que nadie escuchase mis gritos, ahogados por la música que flotaba en el aire.
Tampoco llevaba conmigo el estilete que Gérald me había entregado al interrogar a Manadou.
No lo consideraba necesario dentro de los muros seguros de Versalles.
Ahora lo eché terriblemente de menos, aunque no tuviera la menor idea de cómo podría defenderme contra un hombre versado en la lucha como Hubert.
No tenía ninguna posibilidad de escapar de él.
—¿Qué hacéis aquí, señor ?
—Que yo sepa, los jardines no son propiedad tuya.
—No os he dado permiso para tutearme.
—¿Y qué importa eso ahora, si mañana te abrirás de piernas para mí y al fin me darás lo que me pertenece?
—Os ruego un poco de educación. Sois un duque.
Antes de que pudiera reaccionar, me agarró del brazo con una fuerza que me hizo lanzar un grito ahogado de dolor. La copa de vino que llevaba en la mano se precipitó hacia el suelo, rompiéndose en decenas de pedazos de cristal.
—Ahora que vamos a ser marido y mujer, creo que podemos hablar claro —dijo, su voz cargada de veneno—. ¿Dónde está lo que me robaste?
—No sé a qué os referís.
Me retorció aún más el brazo, arrancándome otro dolorido jadeo. Su proximidad me revolvía el estómago. Estaba a todas luces borracho y furioso por haberle engañado. Me debatí con todas mis fuerzas, intentando liberarme de él, pero era como enfrentarse a un muro de piedra.
Estaba perdida.
—No te hagas la inocente, mon papillon coquin . —Su aliento apestaba terriblemente a vino—. Hablo del diario que me robaste, y de paso, me explicarás cómo ha llegado a tus oídos la frase que me has soltado esta mañana.
—¿Qué frase? —Me hice la tonta, esperando ganar tiempo—. Esta mañana os he dicho muchas cosas.
—“Allá donde la luz del Rey Sol no puede reinar” —recitó Hubert—. ¿Crees que con esas simples palabras puedes formar parte de la Nueva Fronda, cuando tienes un hermano que es un traidor a la causa ?
Valoré decirle que Louis había suspendido el compromiso, pero supuse que aquello lo enfurecería aún más por las habladurías que algo así desataría en la corte.
—Dejadme en paz, os lo suplico. No sé nada de ese diario ni de lo que decís.
Su risa fue seca y cruel, como el crujido de una rama al romperse.
—¿De verdad crees que puedes engañarme, pequeña arpía? Tu hermano ha desertado y no puede pagar el precio de la traición, pero tú estás aquí, a mi entera disposición. Supongo que, al final, poco importa qué hermano pague, mientras sea la sangre de los Valois la que se derrame por habernos fallado.
—Estáis loco.