Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald VI
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Gérald VI

E l frío de la noche se sentía incluso a través de las gruesas capas de ropa.

Sin embargo, el brillo de cientos de antorchas repartidas en los jardines superiores de Versalles desafiaba la brisa helada.

El baile invernal estaba en su apogeo, con las parejas danzando al ritmo de los violines y los murmullos de coqueterías fluyendo entre los asistentes.

Me mantuve al margen, observando. Como siempre.

No era mi papel mezclarme con la corte; yo estaba allí por deber, no por placer. Como siempre.

Louis parecía de un humor mejorado, más relajado que durante nuestro encuentro en las mazmorras.

Lo encontré cerca de la Orangerie en una inusual soledad autoimpuesta, observando cómo las luces del palacio se reflejaban en el agua helada de los estanques.

A escasos metros de él, dos de mis mosqueteros lo custodiaban.

Me acerqué al rey en silencio, ajustándome la capa para bloquear el viento helado.

—Majestad.

Louis giró apenas la cabeza para reconocerme y luego devolvió su atención al paisaje.

—Capitán de la Reynie. ¿Qué opinas de mi baile?

—Que la luz siempre conquista las sombras —respondí.

—Sí, Dios así lo quiere.

En mi opinión, mentaba a Dios demasiado últimamente. Siempre había sido un rey creyente, mas nunca un beato. Sin duda, la religiosa compañía de Madame Scarron daba sus frutos .

—El frío saca la verdad de las almas, ¿no te parece? —Louis no siempre esperaba una respuesta, pero asentí de todos modos, permitiéndole continuar hablando, pues era lo que parecía necesitar en aquel momento—. Aunque debo admitir que hay veces en las que preferiría no escuchar ciertas verdades.

Lo miré de reojo, buscando algún rastro de inquietud por la conversación mantenida con Bastien en las mazmorras. No lo encontré; su expresión era impenetrable.

—Las verdades no siempre son agradables, majestad —respondí—. Lamento profundamente haber sido yo el portador de semejantes e infortunadas noticias.

—Ya lo sé —dijo, y sus ojos de índigo se oscurecieron—. Siempre ha sido tu deber mostrarme el lado más sucio de mi reinado; una responsabilidad que has cumplido con creces desde que te nombré capitán. Y nunca me has pedido nada a cambio.

—Gano un sueldo más que respetable, majestad.

—No hablo de dinero, Gérald. Otro hombre hubiera tomado en sus manos el secreto mejor guardado de toda Francia y lo hubiera vendido al mejor postor, pero tú no. ¿Por qué?

Me quedé en silencio, con la mirada fija en las antorchas que iluminaban el baile. Era una pregunta difícil de responder, no porque no supiera la respuesta, sino porque admitirla en voz alta me dejaba vulnerable.

Sin embargo, ante Louis no había espacio para medias tintas.

—Porque creo en vos, majestad.

Louis giró su rostro hacia mí, sorprendido por mi respuesta.

—¿En mí? —preguntó con incredulidad.

—Sí, majestad. Creo que sois uno de los pocos reyes en la historia de Francia que tiene el potencial de cambiarlo todo.

Podríais ser el monarca que transforme este reino en un faro de luz para el resto del mundo, o el tirano que muchos temen que lleguéis a ser.

En vuestro caso, la balanza puede inclinarse tanto hacia la gloria como hacia la opresión, pero con el alma en la mano os digo que poseéis el corazón adecuado para inclinarla hacia el bien.

Louis no dijo nada. Dejó que la brisa helada que descendía por los jardines llenara el silencio entre nosotros. Tras un largo minuto esbozó una leve sonrisa, una que no era ni orgullosa ni despectiva, sino algo más raro en él: sincera.

—Eres un hombre inusual, Gérald de la Reynie —dijo con un tono amable—. Y estoy en deuda contigo desde hace muchos años.

Negué con la cabeza, con una rapidez casi instintiva.

—No hay deuda, majestad. Sirvo porque es mi deber.

Él dejó escapar una breve risa.

—Eso me lo has dicho tantas veces que ya ni siquiera me sorprende. Esta vez quiero recompensar tu lealtad. Pide un deseo, capitán. Lo que quieras, y te será concedido.

La oferta me dejó inmóvil. Louis rara vez hacía promesas vacías; si me concedía esto, sería algo que cumpliría.

Pero, ¿qué podría pedir un hombre como yo a un rey como él?

No sentía ambiciones respecto a conseguir un título nobiliario, ni tampoco necesitaba más dinero del que ganaba, pues llevaba un estilo de vida frugal.

Entonces, el rostro de Lucille apareció en mi mente antes de que pudiera detenerlo, y supe exactamente lo que debía pedir.

Louis aguardaba mis palabras.

—Majestad —dije—. Si realmente queréis concederme un deseo, os ruego que reconsideréis el matrimonio de Lucille de Valois con el duque de Humières.

En la mirada de Louis se dibujó una mezcla de sorpresa aderezada con una pizca de extrañada diversión.

—Interesante elección, capitán. ¿Por qué debería concederte algo así ?

—Porque ese matrimonio es una sentencia. No servirá para nada más que para ganaros un nuevo enemigo: a los Valois. Es un castigo disfrazado de conveniencia política. Lucille es una mujer que ha dado todo por la corona y por su familia. Merece más que ser una simple pieza en vuestro tablero.

El rey me estudió por un largo momento, como si intentara descifrar si había algo más detrás de mi petición. Luego, exhaló con lentitud y desvió la mirada hacia el horizonte nevado.

—Deshacer esta unión tras hacerla pública podría traer nefastas consecuencias, especialmente en el orgullo de Hubert y de aquellos que le son fieles.

—Lo entiendo. Pero si no es la libertad de mademoiselle de Valois, entonces no quiero nada de vos más de lo que ya me pagáis por mis servicios.

Louis sonrió ante mi rotunda declaración.

—Muy bien. Tu deseo será concedido: Lucille no contraerá matrimonio con Humières.

El alivio que sentí fue abrumador, aunque me esforcé por no mostrarlo demasiado.

—Gracias, majestad.

—Quién lo iba a decir… Incluso el frío y despiadado capitán de los mosqueteros tiene un diminuto rincón para el amor —comentó Louis, no sin diversión.

Antes de que pudiera replicar, Raoul de Brissac se unió a nosotros con una copa de vino caliente en sus manos. Se inclinó con elegancia ante el rey y luego me dedicó un breve gesto de respeto.

—Majestad. Capitán de la Reynie.

—Raoul —saludó Louis, animado por la presencia de su viejo amigo—. ¿Os divertís esta noche?

—Tanto como un hombre en mi posición puede hacerlo, majestad —respondió Raoul con una sonrisa medida—. Aunque confieso que he venido a preocuparme por vos.

Louis hizo un gesto impaciente con la mano, dándole permiso tácito para continuar hablando.

—Os conozco desde que éramos adolescentes, majestad, y sé cuando algo os preocupa.

—Ser rey implica estar siempre preocupado —respondió evasivo Louis.

Raoul dejó escapar una pequeña sonrisa, tomando un sorbo de su vino antes de hablar de nuevo, con esa confianza que caracterizaba su relación con el monarca.

—Majestad, con el debido respeto… tan solo sois un hombre que parece haber olvidado lo que es disfrutar de una buena compañía femenina.

—¿Insinuáis que necesito una amante nueva? —replicó Louis, con una sonrisa apenas disimulada. —No me atrevería a tanto —dijo Raoul, inclinando ligeramente la cabeza, divertido—. Pero tal vez un pequeño coqueteo inocente os recordaría que aún sois el hombre más deseado de Francia.

—¿Y qué proponéis?

—Venid conmigo, majestad. Hay una joven marquesa recién llegada de Burdeos que no deja de miraros como si fuerais el mismísimo Apolo. No le rompáis el corazón tan pronto.

—Enseguida estoy contigo, Raoul.

El señor de Brissac se retiró tras una breve reverencia y yo lo observé mientras se mezclaba con el resto de la fiesta. No era un hombre que me cayera especialmente bien, pero su presencia siempre parecía alegrar al rey. Me valía con eso.

Al quedarnos de nuevo solos, Louis dejó atrás la frivolidad de la conversación mantenida con Raoul y su semblante serio, distante, regresó a él.

—Gérald, ¿crees a Bastien de Valois?

Me tomé un momento para responder.

—He interrogado a cientos de hombres y mujeres por orden vuestra, majestad, y muchos de esos interrogatorios han acabado en un baño de sangre. Creo poder reconocer cuando un prisionero miente o no para salvarse. En mi opinión, Bastien dice la verdad.

—¿Por qué tenéis esa creencia?

—¿Recordáis que el señor de Valois tiene inclinaciones por las compañías masculinas?

—¿A dónde quieres llegar, capitán?

—Es un crío impulsivo e idealista recién llegado de una pequeña ciudad provinciana.

Para un joven con sus gustos, sin duda, debe haber sido embriagador llegar a un lugar como París, donde existen salones clandestinos en los que poder vivir sus deseos con cierta libertad.

Y, majestad… vos también habéis tomado el rêve vert , ¿no es así?

—Sí.

—Sabréis, pues, por propia experiencia lo que ese licor puede llegar a provocar: alucinaciones, distorsión de la realidad… Dios sabe qué más.

—Ciertamente, es una bebida más peligrosa de lo que parece —admitió.

—Poneos por un momento en la piel de Bastien de Valois: un simple muchacho de provincias con inclinación por la compañía masculina al que, de pronto, alguien con más experiencia que él le abre las puertas a un mundo de placeres.

—¿Insinúas que se dejó llevar por la vida nocturna de París?

—No es el primer muchacho al que le ocurre y no será el último. Tengo a una buena docena de mosqueteros, tan jóvenes como él, que tomaron decisiones equivocadas en los brazos equivocados. Bastien tuvo la mala suerte de toparse con un frondero que lo utilizó para sus propios fines, nada más.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Mademoiselle de Valois me ha hablado largo y tendido sobre su hermano. Su única ambición era serviros, majestad, desde muy jovencito. Un sentimiento así no desaparece de un día para otro, por mucho licor y sexo que consumas.

—Si lo perdono, mostraré debilidad ante mis enemigos.

—También mostraréis a esa parte del pueblo que os teme que sois capaz de ser compasivo. Además, nadie en la corte sabe que Bastien ha estado involucrado con la Nueva Fronda.

—¿Y qué hago con él? —dijo, chasqueando la lengua—. ¿Lo mantengo preso en la Bastilla? ¿Lo mando a remar a galeras? ¿Lo perdono y le permito vivir en Versalles como si nada hubiera pasado?

No era habitual que Louis me pidiera ese tipo de consejo. Debía sentirse verdaderamente afectado por la amenaza de la Nueva Fronda, aunque insistiera en no mostrarlo.

—Aceptadlo como mosquetero bajo mis órdenes, majestad.

—Supongo que estás bromeando, capitán.

—No —negué con la cabeza—. Puede que Bastien no sea el muchacho más listo del mundo, pero desde luego es valiente.

Muy pocos de mis hombres hubieran tenido el valor de adentrarse solos en la Corte de los Milagros y sobrevivir en sus calles durante meses.

Con la formación disciplinaria adecuada, se convertirá en un excelente mosquetero.

Uno que os será leal hasta el fin de sus días, estoy seguro.

Louis dejó que su mirada se perdiera en el horizonte, meditando mis palabras.

—Siempre he confiado en ti y en tu criterio —declaró, tras varios minutos de silencio, que yo respeté—.

Esta vez no será diferente, capitán. Te doy mi palabra de que reflexionaré sobre tu sugerencia.

Y ahora, si me disculpas, creo que debo informar a mademoiselle de Valois de que, por ahora, permanecerá felizmente soltera.

Su media sonrisa fue suficiente para hacerme soltar el aire que, sin darme cuenta, había retenido en mis pulmones.