Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille VI
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Lucille VI

E ncontré a Aurore en el Salón de Hércules, contemplando el enorme cuadro de Hades y Perséfone que dominaba la estancia.

—Cuando quiero buscarte, siempre sé dónde hallarte —dije, acercándome a ella—. En el Gran Canal, en tu dispensario o delante de este cuadro.

—¿Tan predecible soy? —sonrió mi amiga.

—Yo no te definiría precisamente así; pero conozco tus lugares favoritos de Versalles, y son los tres que he nombrado.

—Te has olvidado de dos. —Bajó la voz, pícara—: La cama de mi esposo y la chambre du roi .

—Depravada. —Le di un ligero codazo, aunque no había humor en mi voz, y ella percibió enseguida mi congoja—. Se trata de Bastien, ¿verdad?

—Sí.

—Lo sé. Philippe acaba de decírmelo, antes de tomar un caballo y perderse por los bosques. Como siempre hace cuando se enfada con Louis. Deben haber tenido una buena discusión. ¿Cómo está tu hermano?

—Mal.

Miré a mi alrededor, desconfiada. No había muchos cortesanos que pudieran escuchar nuestra conversación, pero aun así, no me sentía tranquila hablando en público de lo que me angustiaba.

Aurore comprendió enseguida mi reticencia a sincerarme en un lugar así e hizo un gesto a los ujieres del salón para que lo despejasen.

La orden se ejecutó de inmediato: en menos de un minuto nos encontrábamos a solas en el Salón de Hércules.

—Cuéntame.

—Bastien está acusado de traición —comencé, apretando las manos contra mi regazo—. Y puede que en cierta manera lo sea, pero también sé que tiene un corazón noble que alguien aprovechó en su favor para enredarlo en la Nueva Fronda.

—¿Te ha explicado qué ocurrió?

—Sí.

Le conté todo a Aurore, omitiendo la seducción de Monsieur para no herirla. Ella me escuchó atentamente, sin interrumpirme.

Solo cuando terminé, preguntó:

—¿Y quién es ese noble que lo arrastró a los salones clandestinos de Le Marais y lo embriagó?

—No lo sé —mentí—. Pero Bastien escapó de su influencia y se desvinculó de la Nueva Fronda. Logró esconderse en La Corte de los Milagros como un mendigo y posteriormente acudió a Madame de Montespan en busca de ayuda.

—¿Por qué no intentó contactar contigo?

—Intuyó que su nombre había aparecido en los papeles de Le Sorcier y que mi correo sería interceptado. Como así ocurrió —dije, pensando en el fajo de cartas de Stéphane que Gérald había retenido en su despacho.

—La explicación que da tu hermano… —murmuró Aurore, apenada—, no creo que sirva para aplacar la ira de Louis.

—Lo sé. Creo que lo ha condenado ya, Aurore, y yo no sé qué hacer. Es mi hermano.

La miré, desesperada, pues no sabía qué hacer, y Aurore siempre parecía encontrar caminos donde los demás veíamos muros.

—Quieres que hable con Louis —adivinó.

—Nadie tiene su oído como tú, aparte de Monsieur . Sé que confía en ti, que respeta tus opiniones. Aurore, si puedes convencerlo de que al menos escuche a Bastien, de que le permita explicar su versión…

—Louis no es un hombre que acepte sugerencias con facilidad, y menos cuando se trata de una traición —me interrumpió, con cierta tristeza—. Y me temo que cada vez nos escucha menos, a Philippe y a mí.

—No puedo quedarme de brazos cruzados mientras mi hermano está encerrado en una celda, esperando un juicio que tal vez nunca llegue. Se merece la oportunidad de demostrar que es leal al rey.

Aurore suspiró.

—Lo intentaré. Hablaré con Louis antes del baile de esta noche. Lo único que te pido es que estés preparada.

—¿Preparada para qué?

—Para que Louis no ceda.

Su advertencia me dejó un nudo en la garganta, y ella vio mi angustia, por lo que me rodeó con su brazo y yo apoyé mi cabeza en su hombro.

—No sé qué será de mi vida a partir de mañana, amiga mía. Casarme con Humières para espiarlo de cerca es un acto que me repugna y del que no puedo escapar.

—Sabes que si tú quieres…

—Abandonar Versalles cuando mi hermano pequeño está encarcelado y esperando su sentencia no es una opción. Sería un acto de egoísmo supremo por mi parte.

—¿Y Gérald?

Reí con amargura.

—Gérald… Ambos sabíamos que lo nuestro tenía un final, y ese final sería el apresamiento de mi hermano.

Me juré que solo sería una aventura fu gaz, un romance pasajero basado en la pasión.

¿Y a quién quiero engañar? Amo cada sombra que acompaña al capitán de los mosqueteros —confesé.

Aurore no dijo nada, sabiendo que me estaba desahogando—.

Si solo tuviera un deseo, sería que mi hermano quedase libre, pero si tuviera dos, pediría que Gérald me amase como yo le amo a él, que pudiéramos vivir con plena libertad, sin escondernos de un mundo que jamás permitirá a un hombre como él casarse con alguien como yo.

Aurore me miró tiernamente. En aquel momento, más que en ningún otro, la sentí como una hermana y como mi mayor confidente. Con ninguna dama de Versalles me había atrevido a abrir mi corazón de esa manera.

—Louis permitió que una plebeya como yo se convirtiese en princesa.

Nada es imposible en la corte del Rey Sol —afirmó.

Fui a contradecirla, pero ella levantó la mano para continuar hablando—.

Me atrevo a afirmar que Gérald te ama, aunque ni él mismo lo reconozca.

Y si así fuera, no lo confesaría, porque tiene tanto orgullo como lealtad, pero lo conozco lo suficiente para saber que su corazón ya es tuyo.

Negué con la cabeza, con una sonrisa amarga.

—No basta con que me ame en secreto, Aurore. Un mosquetero como él no puede darse el lujo de desafiar las reglas que rigen su vida. El deber siempre estará por encima de todo, y yo… yo no soy más que un obstáculo en las decisiones que ha de tomar en su cargo.

—¿Y qué hay de ti?

—Eso ya no importa —respondí—. La lealtad a mi familia y a la corona siempre estará por encima de cualquier deseo personal. Si Gérald me ama, como tú dices, entonces tendrá que hacerlo en la clandestinidad, tal y como yo lo amo a él .

Aurore abandonó mi lado para caminar hacia la enorme pintura de Hades y Perséfone que dominaba el salón. Se detuvo frente a la imagen, observándola con detenimiento antes de hablar.

—Siempre he encontrado esta historia fascinante, ¿sabes? —dijo—. Perséfone, arrancada de su hogar y obligada a casarse con Hades, el dios del inframundo. Todos la ven como una víctima, una prisionera. Pero hay algo que nadie menciona.

—¿El qué? —pregunté, siguiendo su mirada hacia el cuadro.

—Que Perséfone encontró una forma de reinar en el inframundo. No se limitó a aceptar su destino; lo moldeó para convertirlo en el suyo propio.

Sentí el peso de sus palabras aposentarse sobre mi maltrecho corazón.

—¿Qué estás intentando decirme?

—Creo que ya lo sabes —sonrió Aurore.

—Hablas como si fuera tan sencillo… Pero nunca lo es para nosotras. Verse atrapada en un matrimonio es una maldición de Dios; una que nos obliga a parir hijos una y otra vez. Como mujeres, nuestra posición en el mundo es insultantemente débil.

—A no ser que el matrimonio sea por amor.

—Ese es un privilegio escaso, amiga mía.

—No te diré que no —admitió—. Es un privilegio que disfruto a diario y, aunque a veces eche de menos mi sencilla vida como plebeya…

la forma en que me mira Philippe cada vez que nuestros ojos se encuentran en los salones lo compensa todo.

Así que quizá vale la pena luchar por un matrimonio con amor.

—¿Con Gérald? —mi voz sonó incrédula, triste—. Esa es una ilusión irrealizable.

—Nada es imposible en Versalles.

—Ciertamente no para ti. Eres una de las pocas personas que conozco capaz de enfrentarse al Rey Sol y salir airosa de ello .

Se rio con suavidad.

—Juro que pondré todo mi empeño en convencer a Louis de que perdone la vida de tu hermano. Y ahora, ¿qué te parece si pasamos la tarde juntas, hasta que tengamos que cambiarnos para el baile invernal?

—¿Y Monsieur ? —pregunté, dubitativa.

—Teniendo en cuenta la magnitud de su enfado, no creo que vuelva hasta bien entrada la mañana, y no quiero aparecer sola en el baile de esta noche. Vamos, te sentará bien distraerte un poco.

—Pero Bastien, allá abajo, encerrado con este frío…

—Mandaré recado a Gérald para que sea compasivo y no el monstruo sin corazón que insiste en parecer. Lo amenazaré con bajar a tocarle las narices si no le proporciona a tu hermano una manta extra y una buena cena caliente.

No pude evitar sonreír y, en un impulso, abracé a la princesa de Francia, saltándome todos los protocolos.

A ella no le importó lo más mínimo.