Gérald V #2
Louis XIV entró en mi despacho con aquel aire de majestuosidad que llenó cada rincón de mi austero espacio.
Cada detalle de su atuendo —desde el encaje meticuloso de sus puños hasta los brillantes hebillones de sus zapatos— desentonaba con la suciedad de las mazmorras de Versalles y, sin embargo, bastó su sola figura para recordarnos que estábamos ante el Rey Sol, el centro mismo de nuestro universo.
La luz temblorosa de las antorchas danzó sobre su rostro sereno justo cuando me puse de pie, y tanto Nicolas como yo nos inclinamos ante él. Bastien tardó unos segundos en ser consciente de la magnitud de la presencia que había entrado en la habitación.
—Majestad — dijo, temblando de pura conmoción. Intentó arrodillarse ante él, pero, al estar encadenado de manos y pies, solo cayó desmadejado al suelo.
—Bontemps, ayuda a este hombre —ordenó Louis.
Su ayuda de cámara se apresuró a obedecer: tomó a Bastien por los hombros y lo devolvió a la silla.
El rey avanzó unos pasos hacia el prisionero, y por un instante el sonido de sus zapatos sobre el suelo de piedra fue lo único que se escuchó en aquella habitación.
Sus gélidos ojos azules se detuvieron en Bastien, quien, aunque encadenado y derrotado, intentó enderezarse en su silla bajo la mirada del monarca.
—Señor de Valois, ¿no es así? —lo saludó.
—Sí, majestad.
—El hombre cuyo ingreso a la orden de mis mosqueteros firmé y que, al parecer, se lo tragó París.
—Majestad, yo…
—Silencio, señor de Valois. Tengo muy poca paciencia para escuchar las palabras de un traidor, así que os sugiero que las escojáis bien.
Bastien se hallaba absolutamente conmocionado por la presencia de su rey.
En aquel momento recordé todo lo que Lucille me había contado de aquel muchacho que había idolatrado a Louis, el mismo que llegó a París para servirle con devoción como humilde mosquetero.
¿Qué había ocurrido para terminar involucrado con la Nueva Fronda?
Lo vi tragar saliva y bajar los ojos, avergonzado.
—Hablaré, majestad, solo en vuestra presencia, pues lo que debo confesar es vergonzoso tanto para mí como para vos.
—¿Cómo decís, señor de Valois? —chasqueó la lengua Louis.
—Solo hablaré con vos.
—No estáis en posición de exigir nada.
—Es cierto —admitió Bastien—. Pero sois el Rey Sol; confío en que en vuestra luz encontréis la forma de perdonar todos mis pecados.
Louis observó a Bastien, imperturbable. Los segundos se alargaban en un silencio que solo el monarca podía permitirse imponer. Tras lo que pareció una eternidad, asintió con un movimiento breve, como si aquello fuera un acto de gracia.
—Gérald, quédate. Los demás, salid —ordenó, sin mirarme siquiera, su atención fija en el hombre encadenado frente a él. Hizo un gesto hacia Nicolas y Bontemps para que abandonaran el despacho. Los dos obedecieron sin dudarlo.
La puerta se cerró tras ellos, dejando a Bastien, al rey y a mí solos en el reducido espacio de mi despacho.
—Hablad ahora, señor de Valois —ordenó Louis.
Las manos de Bastien temblaban levemente sobre las cadenas que las apresaban. Alzó la vista, sus ojos oscuros llenos de desesperación y vergüenza por lo que estaba a punto de confesar.
—Majestad… He sido un insensato, un débil. Fui engañado por un conspirador de la Nueva Fronda que llenó mis oídos de veneno y mi garganta de rêve vert para confundirme. Fui engañado —repitió, a punto de romperse—, y también seducido.
Louis entrecerró los ojos, aunque su expresión seguía siendo de inmutable piedra.
—¿Seducido? —inquirió con frialdad—. ¿Por quién?
Bastien tragó saliva, como si le costara enfrentarse a lo que estaba a punto de decir. Tuve un muy mal presentimiento sobre las palabras que aquel muchacho iba a pronunciar.
Y no me equivoqué.
—Por Monsieur , majestad.
La temperatura en la habitación descendió de golpe. Por primera vez desde que había entrado en las mazmorras, la fachada impenetrable del Rey Sol mostró una grieta. Un destello de dolor, mezclado con furia, cruzó sus ojos.
—¿De qué habláis? —Su tono, aunque controlado, tenía una dureza helada que hizo que incluso yo me tensara.
—Conocí a Monsieur la noche que llegué a París, en un salón clandestino de Le Marais.
Me mostró un mundo que no conocía, uno lleno de lujos, secretos y placeres prohibidos —continuó hablando Bastien, y cada palabra era un clavo más en su propio ataúd—.
Me ganó con su sonrisa y su encanto. Me hizo sentir especial, majestad.
Louis no apartaba la mirada del prisionero.
—No supe resistirme. Pero luego… luego, todo cambió. Monsieur me presionó, y yo quedé a merced de sus terribles amenazas. Le entregué el lenguaje cifrado y escribí panfletos contra vos con las palabras que me dictaba. Solo pude librarme de él escondiéndome en la Corte de los Milagros.
Era imposible saber qué pensamientos pasaban por la mente de Louis, aunque los supuse lúgubres. Cuando al fin habló, su voz permanecía extraordinariamente serena.
—Habéis cometido un error imperdonable, señor de Valois, al traer el nombre de mi hermano a esta conversación. Es evidente que tenéis el juicio nublado por vuestra situación actual. ¿Entendéis lo que os digo?
—¡Estoy diciendo la verdad, majestad!
—Silencio.
—¡No!
Bastien se inclinó hacia adelante, sacudiendo las cadenas que lo mantenían sujeto. Había desesperación en sus ojos, aunque también rabia y súplica.
—¡No callaré, majestad! ¡Os digo la verdad! Ese hombre, vuestro hermano, Monsieur , fue quien me llevó a cometer traición .
—Mi hermano no es un traidor, y no toleraré más acusaciones…
—¡Sí que lo es! —interrumpió Bastien al rey; un acto que crispó el rostro del monarca—. Me hechizó con sus cabellos dorados, sus rizos perfectos y su risa que oculta veneno.
Los labios de Louis se apretaron en una línea rígida.
—¿Cabellos dorados, decís?
—Eso he dicho —murmuró Bastien, sin comprender la mirada que su majestad y yo intercambiamos.
El rey dejó escapar un suspiro.
—Contestadme a esto, señor de Valois: ¿no habéis escuchado decir nunca que mi hermano y yo éramos casi idénticos de pequeños y que ahora, ya adultos, seguimos siendo muy parecidos?
—Sí, claro.
—¿Veis en mi cabeza un solo rizo rubio?
Bastien parpadeó, confuso.
—El duque de Orleans, al igual que yo, es moreno. Sea quien sea quien os engañó y sedujo, no fue Monsieur .
—Pero… —Bastien parecía no entender nada—. Era un hombre de Versalles, sin duda. Vestía las casacas más hermosas que yo he visto nunca, de colores vibrantes y llamativos, tan alegres como él.
—Mi hermano nunca viste con colores vivos —sonrió a medias Louis, más calmado al comprender que Bastien había descrito a alguien que no podía ser su hermano.
Aquello me intrigó aún más. ¿Quién había arrastrado a ese chico a la traición, haciéndose pasar por Philippe de Orleans?
—Entonces, he sido doblemente engañado —se lamentó Bastien.
—Eso parece.
El muchacho fue a abrir la boca, posiblemente para suplicar piedad, pero Louis levantó la mano para impedírselo.
—Callad —ordenó el rey—. No estáis en posición de defenderos. Engañado o no, sois un traidor y habéis tenido la osadía de intentar usar el nombre de mi sangre para cubrir vuestra vileza.
Sentí unas migajas de pena al ver cómo Bastien se encogía, temblando bajo la mirada del rey. Louis se giró hacia mí.
—Gérald, este hombre esperará en su celda hasta que yo decida qué hacer con él.
—Como ordenéis, majestad —respondí, inclinando la cabeza.
Louis se volvió hacia Bastien una vez más, con una expresión helada cubriendo su rostro.
—Rezad, señor de Valois. Rezad mucho. Tal vez Dios sea más misericordioso que yo.
Bastien, completamente derrumbado, comenzó a sollozar mientras las cadenas que lo sujetaban tintineaban con cada movimiento de sus muñecas.
Louis giró sobre sus talones y abandonó mi despacho. Lo seguí en silencio, con la sensación de que el Rey Sol, por muy imponente que pareciera, llevaba consigo un peso que ninguna majestad podría aliviar.
En el vestíbulo de las mazmorras aguardaban Henri, Bontemps y Nicolas, quienes se enderezaron al ver aparecer al rey.
—Capitán de la Reynie —dijo, antes de abandonar mi reino de tinieblas para volver al suyo de luz—. ¿Le has sonsacado al señor de Valois algo más?
—Según nuestro prisionero, hay indicios de que la Nueva Fronda ha contactado con los criminales de la Corte de los Milagros para un acto de extrema gravedad: el secuestro de un miembro de la familia real para chantajearos y, posiblemente, obligaros a entregar la corona al príncipe de las sombras .
Un destello de furia cruzó los ojos de Louis, quien miró a mi hermano.
—Creí haberte nombrado jefe de la policía de París para terminar con esa absurdidad de la Corte de los Milagros que lleva siglos siendo una mancha en la ciudad.
—Así es, majestad. Pero a no ser que arrasemos los barrios marginales hasta sus cimientos, ese es un problema que requiere tiempo, conocimiento y estrategia.
—Ya veo —dijo Louis, sin una pizca de comprensión en su voz—. Quédate en Versalles esta noche, Nicolas. Quiero que mañana a primera hora me hables más de ese “tiempo, conocimiento y estrategia” que requieres para terminar con una panda de rufianes.
—Sí, majestad —respondió mi hermano, tragando saliva.
—No permitiré que la seguridad de mi familia, ni la de mi reino, sea amenazada de esta forma —declaró Louis—. Y si para eso tengo que incendiar el país entero para librarlo de ratas traidoras, juro por Dios que lo haré.
Tras esas palabras, el rey abandonó las mazmorras. Bontemps corrió enseguida tras él y pronto se dejó de escuchar el sonido de sus tacones.
Nicolas rompió el silencio con un murmullo casi inaudible.
—Elegante como siempre, ¿eh?
No pude evitar un leve resoplido. No había margen para errores. Si íbamos a detener a la Nueva Fronda, necesitábamos más que fragmentos de información.
Necesitábamos un plan, y lo necesitábamos ya. Pero, ¿cuál?