Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald V
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Gérald V

S entía la irrefrenable tentación de desobedecer al rey y arrestar a Hubert de Humières, pero su detención hubiera dado la voz de alarma y también habría ofrecido a las familias fronderas la oportunidad de escapar de la justicia.

En verdad, quería tenerlo bajo mi yugo para evitar que pusiera una sola mano sobre Lucille. El solo pensamiento de imaginar que mañana a aquellas horas ella sería de otro me llenaba de una furia que apenas podía controlar.

Con los dientes apretados y el corazón cubierto de sombras, escribí las órdenes de arresto para las familias de la Nueva Fronda y las envié de inmediato al cuartel de los mosqueteros de París. Debían ponerse en marcha sin más dilación.

Mientras veía al mensajero partir hacia la ciudad con mi mensaje, observé un caballo acercándose a toda velocidad a las caballerizas reales.

No me llevó mucho tiempo reconocer al jinete.

—¿Nicolas? ¿Qué haces aquí?

Mi hermano descendió de su montura con agilidad.

—¿Tú qué crees? Has entrado con un puñado de mosqueteros en la Corte de los Milagros y mis calles están revueltas. El Rey Mendi­go está furioso por la intrusión.

—No es culpa mía que no sepas cumplir con tu deber.

—Los rumores dicen que has detenido a un pordiosero por su asociación con la Nueva Fronda. Si eso es cierto y los peores criminales de París están involucrados en la conspiración contra el rey, creo que como jefe de la policía merezco tener toda la información posible.

Suspiré, cansado.

—No hemos detenido a ningún pordiosero, sino a Bastien de Valois. Se escondía en una taberna, junto a la rue Saint-Denis.

—Imposible. ¿Un noble en la Corte de los Milagros? Esos rufianes lo hubieran despedazado al instante. ¿Cómo lo ha logrado?

—Acompáñame a interrogarlo y averigüemos la respuesta a esa pregunta —lo invité, con un gesto para que me siguiera.

Caminamos en silencio, uno al lado del otro.

Nunca habíamos estado unidos y menos lo estábamos ahora.

Éramos como dos extraños que compartían apellido, lealtades y odios.

La muerte de nuestro padre en el asalto a la Bastilla nos había terminado de separar del todo, en especial cuando yo me convertí en capitán y él ingresó en el cuerpo de la policía de París.

Al llegar a los calabozos, el aire rancio y frío de las celdas nos envolvió. La débil luz de las antorchas apenas iluminaba los muros de piedra, y allí, esperándome como una figura esculpida en piedra, estaba Henri.

—¿Ha dicho algo el prisionero?

—Ni una palabra. Pero eso no me sorprende. Tiene el orgullo de un Valois y la determinación de alguien que sabe que ya lo ha perdido todo —contestó mi teniente.

—Tráelo a mi despacho.

—Sí, capitán.

Mi orden se ejecutó de inmediato. Los pasos de Henri resonaron en los pasillos de piedra, seguidos por el chirrido de una puerta y el arrastre de unas botas fatigadas.

Cuando Henri lo trajo ante mí, Bastien de Valois presentaba un aspecto deplorable.

Sus ropas, desgarradas y sucias, colgaban de su cuerpo delgado, y su rostro, marcado por una cicatriz bajo su ojo derecho, era la viva imagen de la derrota.

Aun así, en su mirada oscura, tan parecida a la de su hermana, pude ver la vieja sangre de antiguos reyes.

Lo invité a sentarse al otro lado de la mesa de mi despacho, y obedeció sin decir ni una palabra, todavía con las manos y los pies encadenados. Henri nos dejó a solas.

—Supongo que después de un año de malvivir en París ya debéis conocer a Nicolas de la Reynie, ¿no es así? —pregunté.

—Sí —masculló Bastien, mirando de reojo a mi hermano, que permanecía en silencio.

—Bien. Entonces me ahorro las presentaciones, porque no tengo tiempo para estupideces. Quiero respuestas y las quiero ya. Así que hablad, señor de Valois.

Pude ver un destello de duda en su semblante. Estaba al borde de ceder, aunque su orgullo lo mantenía en pie.

—¿Protegeréis a mi hermana en la corte si hablo?

—Hablad —exigí—. ¿Dónde está el príncipe de las sombras?

Un largo silencio se extendió entre nosotros. Nicolas se movió detrás de mí, impaciente. Yo me mantuve impasible.

Finalmente, Bastien se decidió a abrir la boca.

—No sé dónde está —admitió—. Nunca lo he visto.

—Pero sabes quién es, ¿no es así?

—No.

—¿Cómo es posible, si formáis parte de la Nueva Fronda?

—No soy un conspirador.

—Sería capaz de creeros si no fuera por este lenguaje cifrado —dije, abriendo el diario de Humières por la mitad y plantándolo ante sus ojos—. Según tengo entendido, es invención vuestra. ¿Lo negáis ?

—No lo niego. Se lo mostré a un frondero, y él optó por utilizarlo sin mi permiso. No sé nada más al respecto.

Decidí cambiar el rumbo de la interrogación para que se relajase un poco.

—¿Es cierto que habéis vivido durante un año en la Corte de los Milagros?

—Más o menos. Me hice pasar por mendigo. Mantuve un perfil bajo en Les Halles durante algunas semanas hasta que un archissupot me tomó bajo su protección para enseñarme y así poder entrar en la Corte.

—Eso no es posible —intervino mi hermano.

—¿Qué es un archissupot ? —pregunté, mirando a Nicolas.

—Una especie de profesor de mendigos recién iniciados.

Les aleccionan sobre cómo hablar en la jerga local y cómo fingir una cojera o una ceguera.

Por eso la llaman la Corte de los Milagros —respondió mi hermano, no sin desprecio—, porque en cuanto ponen un pie en sus calles, quedan curados milagrosamente de esos males que pretenden sufrir para ganarse unas cuantas monedas.

—¿Está la Corte de los Milagros involucrada con la Nueva Fronda? —pregunté a Bastien, quien se afanó en negar con la cabeza.

—Oh, no. Ahí odian a los nobles. Bueno, en realidad odian a todos los que no sean como ellos. No trabajan juntos, si es lo que me preguntáis. Vallotton jamás permitiría eso.

Me tensé de inmediato ante aquel nombre.

—¿Cómo habéis dicho?

—Vallotton.

—¿Quién es Vallotton?

Bastien de Valois tragó saliva y nos miró a Nicolas y a mí.

—El Rey Mendigo.

Mi hermano se inclinó hacia él.

—¿Es cierto que antes de convertirse en el Rey Mendigo era un hombre religioso?

—Nadie lo sabe —se encogió de hombros Bastien—. No hay iglesias en los barrios marginales.

—¿Eso es verdad, Nicolas? —inquirí.

Él asintió.

—Ni siquiera los franciscanos o los carmelitas se adentran ahí a realizar misiones de caridad.

Volví a centrar mi atención en Bastien de Valois:

—Habladme de Vallotton. ¿Cómo es posible que el líder de la Corte de los Milagros acabe apareciendo en los papeles de un alquimista como Le Sorcier ?

—Porque está loco. —A Bastien le tembló la voz—.

Es un adicto a esnifar serpentio mientras juzga y condena a quienes no cumplen sus leyes.

Le he visto cometer verdaderas atrocidades por el simple hecho de divertirse.

Hasta donde yo sé, adquiría el serpentio a Manadou.

Cuando este se mudó a Versalles para ganarse la vida, empezó a comprarlo a otros alquimistas.

—¿Cómo puede el Rey Mendigo permitirse comprar una sustancia tan cara como el serpentio? —quise saber, recordando lo que Aurore Bechard me había contado de aquel veneno que muchos nobles usaban por diversión y que, mezclado con licor, podía ser altamente mortal.

—Cada mendigo y ladrón de la Corte de los Milagros le paga tributos.

—¿Vos también?

—Sí, yo también, si quería conservar mis extremidades.

Me quedé pensativo. Aparentemente, ya había localizado dos de los tres nombres que me faltaban de la lista de Le Sorcier . Me faltaba la tal Madame Leclair, pero ahora mismo ella no era mi prioridad.

—Habéis dicho que la Corte de los Milagros no forma parte de la conspiración.

—No como fronderos.

—Explícaos.

—Nunca participarían en una revuelta ideada por los nobles, pues los odian.

Pero sí lo harían como meros mercenarios.

Sé que han recibido el encargo de la Nueva Fronda de…

—Se revolvió en su asiento, incómodo por lo que tenía que decir—.

De secuestrar a un miembro de la familia real y llevarlo ante ellos para extorsionar a su majestad.

Si lo consiguen, la Nueva Fronda pagará a Vallotton cientos de francos.

Nicolas, situado detrás de mí, exhaló un juramento bajo mientras yo procesaba la gravedad de lo que acababa de oír.

¿La Nueva Fronda contratando mercenarios de la Corte de los Milagros para secuestrar a un miembro de la familia real?

Si aquello era cierto, la amenaza era mucho más seria de lo que habíamos previsto.

—¿A quién pretenden secuestrar? —pregunté con voz tensa.

—No lo sé. Solo escuché rumores —respondió Bastien—. Supongo que a alguien cercano al rey. O al propio rey.

—Su majestad apenas pisa las calles de París. Y difícilmente lo pueden secuestrar en Versalles.

—Pero Monsieur sí pisa las calles de París —repuso Nicolas—. Y su alteza, la princesa, también.

—Los duques de Orleans se quedarán en Versalles hasta primavera, así que de momento están a salvo aquí. No así el Delfín y el resto de los hijos de sus majestades.

Tenía que mandar aviso a Saint- Germain para doblar la vigilancia sobre los jóvenes príncipes de la corona. Nicolas se inclinó hacia mí y murmuró en voz baja:

—Si tienen intención de secuestrar a un miembro de la familia real, debemos actuar con rapidez.

Mi hermano tenía razón.

—Henri —llamé, y mi teniente entró de inmediato, su expresión grave—. Que los mosqueteros se preparen para reforzar la seguridad en el palacio. Y manda a alguien a Saint-Germain con la orden de doblar los guardias que custodian a los jóvenes príncipes.

—Sí, capitán.

Henri salió a toda prisa, dejando la puerta abierta tras de sí. Me dispuse a continuar interrogando a Bastien cuando Bontemps irrumpió en el despacho, su rostro pálido y tenso.

Enseguida supe quién llegaba tras él.

—¡El rey! —anunció el ayuda de cámara, antes de apartarse a un lado para dar paso al hombre más poderoso de Francia.